
Pocos nombres de la política argentina del siglo XX generan una reacción como el de Mario Eduardo Firmenich. Fundador y jefe de Montoneros, la organización guerrillera peronista que operó en los años setenta, fue condenado en 1986 a 30 años de prisión por homicidios y atentados, y luego indultado en 1990 por Carlos Menem. Tiene hoy 78 años y reparte su tiempo entre Vilanova i la Geltrú, la localidad catalana donde se radicó tras su exilio, y Managua, donde asesora al gobierno de Daniel Ortega. Durante décadas eligió el silencio público.
Ahora publica sus memorias. Orígenes. Las raíces de nuestra militancia llega a las librerías argentinas el 1° de agosto y propone un recorrido por lo que Firmenich llama las raíces de su generación política: no la lucha armada, sino los años previos, cuando un grupo de jóvenes católicos universitarios hacía misiones en el interior del país y descubría una pobreza que no aparecía en ningún manual.
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El capítulo que reproducimos aquí transcurre en Tartagal, en 1966, y narra el encuentro con los hacheros tobas del monte santafesino: trabajadores atrapados en un sistema de deuda perpetua que Firmenich compara, sin rodeos, con la mecánica del FMI y la deuda externa argentina.
“Orígenes”, por Mario Firmenich (Fragmento)
Los obreros del monte chaqueño eran los “hacheros”. La mayoría de ellos eran de etnia toba. Pobres de toda pobreza. Inaceptablemente explotados de un modo inimaginable para un obrero industrial de los grandes centros urbanos de la segunda mitad del siglo XX.
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Solían alojarse en campamentos dentro del campo del patrón. Para encontrar un quebracho útil debían caminar mucho entre la espesura del bosque. Tanto para cortar y “pelar” un quebracho como para talar cualquier árbol y reducirlo a trozos pequeños para el carbón, el esfuerzo físico del hachero era enorme. Les pagaban a destajo, o sea, por cantidad de madera cortada. La comida, la yerba y el tabaco se los tenían que pagar ellos. En medio del bosque chaqueño, el único lugar donde podían comprar estas provisiones era en “la provista”, un almacén de ramos generales del patrón dentro del mismo obraje.

El trabajo era pagado a mes vencido pero el hachero no tenía ahorros para financiarse todo el mes hasta cobrar. Entonces el obrajero “le fiaba”. Le iba “adelantando” parte de sus jornales con vales de papel donde se anotaba un valor monetario. Eran una especie de billetes subdesarrollados de un juego de mesa. Con eso se les pagaba un “adelanto del jornal” para que el hachero lo fuera gastando en la provista. No se les pagaba el trabajo con dinero de curso legal, sino con esos “vales”. No hace falta explicar que los precios de la provista eran los típicos de la explotación monopólica del consumidor.
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Conclusión: cuando a fin de mes el patrón le liquidaba al hachero el valor de su trabajo, siempre resultaba que éste había gastado en la provista más de lo que había ganado trabajando. Esto lo obligaba a quedarse en ese trabajo. Debía pagar “la deuda”. Pero al término del mes siguiente la situación era la misma.

El hachero quedaba prisionero de una deuda eterna trabajando como bestia por una miseria. No es casualidad que el método sea básicamente igual a lo que ocurre con la deuda externa nacional y el FMI.
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La solidaridad necesaria que debíamos tener con los trabajadores ex-plotados no era la cooperativa de trabajo inviable. Nuestra prioridad para la misión pasó a ser la organización de un sindicato de hacheros. Necesitábamos asistencia jurídica. Algunos de los compañeros santafesinos de la misión eran de la ciudad de Reconquista. Nos dijeron que conocían a un abogado joven que colaboraba con ellos. Nos comunicamos inmediatamente con él para solicitar su presencia en Tartagal. Así nos conocimos en febrero de 1966 con el joven abogado Roberto Cirilo Perdía.

También colaboraron inmediatamente con la idea de crear el sin-dicato de hacheros unos curas belgas y franceses que vivían y trabajaban como hacheros. Pertenecían a la comunidad de los Hermanos de Foucauld, cuya cabeza directriz era el padre italiano Arturo Paoli. Desarrollaban sus tareas pastorales en toda la cuña boscosa santafesina. Compartían la totalidad de su vida cotidiana con la sufrida realidad de nuestros compatriotas hacheros explotados.
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Recuerdo vívidamente la imponente presencia moral del padre Esteban. Era un belga de pequeña estatura y aspecto frágil. Con una sonrisa eterna en su rostro caminaba leguas y más leguas, con su hacha al hombro, recorriendo la agreste geografía de sus feligreses hacheros. Él también se ganaba la vida con el hacha, volteando quebrachos, algarrobos o lo que encontrara.
Con la ayuda de los lugareños enviamos la convocatoria a diversos obrajes para reunir una asamblea de hacheros, que estaban muy dispersos entre sí. Logramos reunir una asamblea en la escuela de Tartagal. Concurrieron más de cien, provenientes de diversos lugares.
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Uno de los hacheros denunció la situación de explotación que sufrían con una frase que nos impactó a todos y que Carlos Mugica haría famosa: “Nosotros aquí somos la alpargata de los patrones”.
A raíz de esta asamblea, los obrajeros nos denunciaron a la guardia rural. Era una gendarmería provincial santafesina especializada en la cuña boscosa. La guardia rural nos sitió en la escuela como a delincuentes acorralados. No nos acusaban de nada porque no violábamos ninguna ley. Éramos solamente un grupo de católicos en acción misionera encabezados por dos sacerdotes. La solidaridad social consistía en crear un sindicato conforme a la legislación vigente. Pero nos tenían confinados en la escuela sin dejarnos salir.
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Nos convirtieron en subversivos sin violar ninguna ley.
En esa situación, un obrajero que vivía en Tartagal mandó a su hijo para informarnos que su padre quería negociar. El joven llegó hasta la escuela aparatosamente, montando un hermoso caballo brioso. Su padre exigía que fuéramos a su casa dos de nosotros. Los elegidos fuimos Marta, una compañera de Buenos Aires de origen árabe que tenía unos ojos hermosos, y yo. No sabíamos qué pretendía ni por qué nos elegía a Marta y a mí. Lo conversamos entre todos y se decidió que fuéramos a ver de qué se trataba.
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El obrajero era un “turco”, como les decimos coloquialmente a los descendientes de árabes cuyos antepasados inmigraron con pasaportes del Imperio Otomano. El turco nos invitó a cenar. Fuimos. La mesa estaba preparada como para un evento importante. Nos sentamos, en una cena muy formal, junto al obrajero, su esposa, el joven que había ido a la escuela y una hija adolescente. Con palabras amables y en tono muy conciliador el patriarca nos dijo que este problema lo podíamos resolver rápidamente. ¡¡¡Nos propuso como solución que Marta se casara con su hijo y yo me casara con su hija!!!
Nos cruzamos con Marta en una mirada fugaz, como jugadores de truco que se entienden sin señas. Con una diplomacia telepática nunca ensayada, concluimos la cena conversando amablemente y nos fuimos, obviamente sin dar ninguna respuesta. Las carcajadas debieron esperar a que estuviéramos dentro de la escuela con todos los demás.
A pesar de que no hubo nupcias al estilo de una negociación medieval, alguien con sentido común (no sé quién) ordenó que la guardia rural se retirara y nos devolviera nuestra libertad de movimientos. ¡Vivíamos todavía en un supuesto estado de derecho con Arturo Illia de presidente!
Más allá de la jocosa anécdota insólita, aquella realidad socioeconómica era muchísimo más cruel que la pobreza de las villas de emergencia de Buenos Aires. Terminé de comprenderlo hablando con una vecina de Tartagal.

Visitábamos a las familias para ver si necesitaban algo en que nosotros pudiéramos ayudarlos. La señora me hizo pasar y me ofreció una silla. Conversamos un rato largo sentados en el patio de tierra.
Un chico de unos cinco o seis años, supongo que el hijo menor de la señora, descalzo, se sentó en la tierra frente a mí sin decir nada. Yo tenía puestos unos borceguíes. El chico se quedó todo el tiempo inmóvil en esa posición mirando mi calzado. Ellos nunca tuvieron ni tendrían borceguíes de cuero para caminar por la maleza de un bosque poblado de venenosas yararás. Él, de chiquito, estaba descalzo y de grande nunca tendría más que unas alpargatas.
La carita de aquel pequeño mirando mis pies bien calzados expresaba el sentimiento de humillación, mamado desde la cuna, de ser pisoteados como “la alpargata de los patrones”. Jamás hubiera imaginado que mis zapatos comunes pudieran ser un privilegio insultante. Nunca había sentido esa mezcla de tanto dolor y tanta vergüenza.
Mientras tanto, la señora me explicaba que su hijo mayor estaba en muy buena posición. Se había ido a trabajar a Buenos Aires. ¡Vivía en una villa de emergencia de Quilmes!
Toda esta realidad nos gritaba que nuestro compromiso cristiano con los más pobres estaba a años luz de lo necesario.
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