La historia de Sangre negra reúne literatura, cine, política y uno de los capítulos más incómodos de la historia estadounidense. Basada en la novela Native Son, de Richard Wright, la película fue filmada en gran parte en la Argentina en 1951, después de que Hollywood y varios países europeos rechazaran el proyecto. Permaneció censurada durante décadas en Estados Unidos y recién pudo volver a verse completa gracias a un proceso de restauración impulsado por investigadores argentinos.
Ese fue el eje de la columna que Tomás Trapé presentó en Infobae a la Tarde, donde reconstruyó el recorrido de una producción que, según afirmó, terminó convirtiéndose en “la película sobre racismo más censurada de la historia de Estados Unidos”.
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Al introducir el tema, Trapé resumió por qué consideraba que se trata de una historia poco conocida. “La película sobre racismo más censurada de la historia de Estados Unidos fue producida en Argentina en 1951. Estuvo 70 años censurada y no solamente se hizo acá: también dos argentinos la rescataron del ostracismo y hoy es prácticamente un patrimonio del cine mundial”, sostuvo.

Richard Wright y la novela que incomodó a Hollywood
La historia comienza con Richard Wright, nacido en 1908 en una plantación de algodón de Mississippi y nieto de esclavos. Autodidacta y protagonista de la Gran Migración afroamericana hacia el norte de Estados Unidos, publicó en 1940 Native Son, una novela que se convirtió en el primer best seller escrito por un autor afroamericano en ese país.
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La obra narra la historia de Bigger Thomas, un joven negro del South Side de Chicago que, tras matar accidentalmente a la hija de la familia blanca para la que trabajaba como chofer, queda atrapado en un sistema judicial atravesado por la discriminación racial.
Según recordó Trapé, el propio Wright explicaba que había escrito esa novela para “pegarle al lector un golpe en el plexo solar” y obligarlo a preguntarse cuánto del destino de su protagonista respondía a sus decisiones y cuánto era consecuencia de la estructura racial de la sociedad estadounidense.
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El éxito del libro despertó rápidamente el interés de Hollywood, aunque las negociaciones se rompieron por una condición que Wright consideró inaceptable. “Hollywood quiere comprar sus derechos. Ahora bien, lo quiere hacer con una condición: que los actores sean blancos, que los personajes fueran blancos. Imaginate una película que denuncia las políticas raciales de Estados Unidos y la prioridad de Hollywood era actores blancos”, señaló Trapé al reconstruir aquella negociación frustrada.

De Europa a Buenos Aires
Después de rechazar la propuesta de Hollywood, Wright intentó avanzar con la adaptación en Europa, pero tampoco encontró apoyo. Según explicó Trapé, Francia e Italia se negaron a autorizar el rodaje porque atravesaban los primeros años del Plan Marshall y temían que una película de esas características afectara su relación con Washington.
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“Los mismos países que hoy dan cátedra sobre antirracismo se negaron a prestar un estudio de cine por miedo a perder la billetera norteamericana”, afirmó el politólogo al describir el contexto internacional en el que se desarrolló el proyecto.
La situación cambió gracias al director francés Pierre Chenal, quien había llegado a la Argentina escapando del nazismo y conocía de primera mano la industria cinematográfica local. Fue él quien convenció a Wright de trasladar el proyecto a Buenos Aires. Algunas escenas se registraron en Chicago, pero la mayor parte del rodaje se realizó en los estudios de Argentina Sono Film, donde se recrearon los barrios populares del South Side con un nivel de detalle que durante años llevó a muchos críticos estadounidenses a creer que esas secuencias habían sido filmadas en la ciudad norteamericana.
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La producción todavía enfrentaría un obstáculo inesperado. Canada Lee, el actor elegido para interpretar a Bigger Thomas, no pudo viajar porque se encontraba en Sudáfrica y quedó atrapado por las restricciones del régimen del apartheid. Frente a ese escenario, Chenal convenció al propio Wright de protagonizar la película basada en su novela.

“Chenal le dice: ‘No te pido que actúes, te pido que vivas tu propia pesadilla’. Así, Wright fue novelista, coguionista y protagonista de la misma película”, relató Trapé.
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El columnista también destacó el recibimiento que el escritor encontró en Buenos Aires, donde fue invitado por Victoria Ocampo a Villa Ocampo y recibió reconocimiento por parte del ambiente intelectual. “Mientras en Estados Unidos regía la segregación, en Buenos Aires se lo recibió como una celebridad. Su color de piel no impedía valorar sus obras”, resumió.
La denuncia contra las leyes de Jim Crow
Para Trapé, la censura solo puede entenderse a partir del contenido de la película. Sangre negra denunciaba el funcionamiento de las leyes Jim Crow, el sistema legal de segregación racial que rigió en el sur de Estados Unidos desde fines del siglo XIX hasta la década de 1960.
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“No hablamos de costumbres, de prejuicios; hablamos de leyes escritas: escuelas separadas, vagones separados, baños separados, fuentes de agua separadas. La Corte Suprema avala todo esto en 1896 con la doctrina de ‘separados pero iguales’”, explicó durante la columna.

La película también abordaba la denominada “regla de una gota”, utilizada para determinar quién era considerado negro desde el punto de vista legal. “Cualquier ascendencia africana, por remota que fuera, te hacía negro. Una gota de sangre alcanzaba para sufrir las leyes de Jim Crow”, señaló Trapé.
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En ese contexto, el politólogo vinculó la historia de la película con el libro Hitler’s American Model, del historiador de la Universidad de Yale James Whitman. “Cuando los juristas nazis diseñaron las leyes de Núremberg estudiaron la legislación norteamericana vigente. Eso mostraba Sangre negra en 1951, con las leyes Jim Crow en plena vigencia y el macartismo cazando comunistas reales o imaginarios", sostuvo.
Una película mutilada durante décadas
El estreno argentino de Sangre negra se realizó en marzo de 1951 y obtuvo una buena recepción. En Estados Unidos, en cambio, la película solo pudo exhibirse después de que la censura ordenara eliminar cerca de ochocientos metros de película, equivalentes a unos treinta minutos de metraje. Los cortes alcanzaron escenas de violencia, relaciones interraciales y buena parte del contenido político de la obra, lo que alteró profundamente la historia concebida por Chenal y Wright.
Durante décadas, esa versión mutilada fue la única que circuló en Estados Unidos, por lo que buena parte de la crítica analizó una película incompleta sin conocer el alcance de las modificaciones impuestas por la censura.

Trapé recordó que la recuperación comenzó muchos años después gracias al trabajo del historiador Fernando Martín Peña, quien consiguió una copia argentina de la película, y del antropólogo Edgardo Krebs, cuya investigación permitió localizar otros materiales para completar la restauración. “Estados Unidos censuró más de 30 minutos de la película y no fue hasta hace poco que en Argentina se recuperaron los últimos minutos que se habían perdido. Fernando Martín Peña los recupera”, destacó.
Ese proceso permitió reconstruir la versión original y que Sangre negra pudiera proyectarse íntegra en Estados Unidos recién en 2020, casi setenta años después de su estreno. Para cerrar su columna, Trapé recomendó el libro Hitler’s American Model para profundizar en el contexto histórico de la película y en los mecanismos legales de segregación que denunciaba una obra que, paradójicamente, encontró en la Argentina el lugar donde pudo filmarse y también el país desde el cual comenzó su recuperación definitiva.
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