La doctora que hacía abortos para salvar a mujeres del horror nazi: “Decidí que nunca más habría una embarazada en Auschwitz”

Gisella Perl era médica y sabía que en los campos de exterminio se ensañaban con las prisioneras que esperaban un hijo. Su decisión más difícil con un bebé recién nacido

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Gisella Perl médica Auschwitz Holocausto
Gisella Perl nació el 10 de diciembre de 1907 en Sighet, una pequeña ciudad de lo que entonces era Hungría y hoy es Rumania

“Dios, me debes una vida, un bebé vivo.” Gisella Perl pronunciaba esa frase cada vez que entraba a una sala de partos. Era el ritual que separaba el presente del pasado. Afuera quedaba Auschwitz. Adentro, la posibilidad de saldar una deuda. Treinta y siete años y miles de partos después de que el campo de concentración la obligara a hacer exactamente lo contrario, las mujeres que la reconocían en Israel caían de rodillas y la llamaban “Gisi Doctor”. Así la habían conocido en los barracones del campo de exterminio nazi.

Gisella Perl nació el 10 de diciembre de 1907 en Sighet, una pequeña ciudad de lo que entonces era Hungría y hoy es Rumania. La familia era judía y acomodada. Su padre, Maurice Perl, era hombre de negocios. Su madre, ama de casa. Tenía seis hermanos. Leían la Torá durante horas cada día y honraban el Shabat cada viernes.

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A los 16 años se graduó en el primer puesto de su clase en la escuela secundaria. Fue la primera mujer y la única judía en lograrlo. Cuando anunció que quería estudiar medicina, su padre se negó. Sus palabras, según ella los recordó décadas después. “No quiero que mi hija pierda su fe y se aleje del judaísmo”.

Meses más tarde, Perl volvió a intentarlo. Esta vez llegó con un libro de oraciones que su padre le había regalado y le dijo: “Juro sobre este libro que dondequiera que la vida me lleve, bajo cualquier circunstancia, siempre seré una buena judía, una judía verdadera”. Maurice Perl cedió.

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Años después, el día en que cobró su primer honorario como médica, Perl compró otro libro de oraciones. Hizo grabar en él el nombre de su padre y repitió el juramento. Maurice Perl llevó ese libro consigo al crematorio de Auschwitz.

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Gisella Perl escribió un libro con su testimonio en 1948

Perl comenzó su formación médica en Berlín, pero en 1933, con la llegada del nacionalsocialismo y la expulsión sistemática de médicos judíos de universidades y hospitales, regresó a Hungría. Allí se casó con el cirujano Ephraim Krauss y ejerció como ginecóloga.

El tren de ganado y el andén de la separación

Los nazis invadieron Hungría en marzo de 1944. La Gestapo detuvo a Perl junto con sus padres y su marido. Su hija pequeña, Gabriella, fue escondida justo antes con una familia no judía. El resto de la familia fue cargado en vagones de ganado desde Sighet hasta Auschwitz, en Polonia. El viaje duró cuatro días. Cuando los oficiales de las SS abrieron las puertas y los prisioneros en pijamas a rayas los arrojaron al andén, su padre y su marido la abrazaron. “Jura que nunca volveremos atrás -le dijeron-. Nos encontraremos algún día en Jerusalén”. Fue la última vez que los vio.

Perl nunca olvidó la imagen de su padre siendo llevado a la muerte por los nazis aferrado al libro de oraciones con el nombre grabado.

Al llegar al campo, las SS separaron a Perl del resto de la familia. Ante el pánico de sus compañeras, ella tomó la palabra. “No tengan miedo. Esto solamente es un centro de desinfección, nada nos pasará. Soy su doctora. Estaré con ustedes siempre”. Era su primer día en Auschwitz.

Mengele, la mentira de la leche y una decisión sin retorno

En el campo, Perl fue seleccionada entre los cinco médicos y cuatro enfermeras encargados de montar un hospital sin camas, sin vendajes, sin medicamentos y sin instrumental. Atendía cada enfermedad provocada por la tortura, el hambre, la suciedad, los piojos y las ratas. Operaba, sin anestesia, a mujeres cuyos pechos habían sido lacerados por látigos y se habían infectado. Trataba huesos rotos y cráneos abiertos a golpes.

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Cientos de prisioneros en el momento en que llegaban a Auschwitz

“Traté a las pacientes con mi voz”, contó en 1982. “Les contaba historias hermosas, les decía que algún día volveríamos a tener cumpleaños, que algún día volveríamos a cantar. No sabía cuándo era Rosh Hashaná, pero lo intuía cuando el tiempo se enfriaba. Así que hacía una fiesta con el pan, la margarina y los trozos sucios de salchicha que nos daban de comer. Decía que esta noche será el Año Nuevo y mañana vendrá un año mejor”.

Josef Mengele también le asignó la función de informarle de todos los embarazos que detectara. Les dijo que las mujeres embarazadas serían trasladadas a un campo mejor, con más nutrición, incluso con leche. Perl descubrió pronto la verdad. Eran llevadas al bloque de investigación, usadas como cobayas y arrojadas al crematorio. La política nazi establecía que el embarazo era punible con la muerte.

“Decidí que nunca más habría una mujer embarazada en Auschwitz”, dijo. Algunas mujeres que oyeron la conversación entre Perl y Mengele fueron directamente a entregarse y murieron.

Abortos en la oscuridad de los barracones

La decisión de no informar a Mengele resolvía un problema y creaba otro. Si las mujeres daban a luz en el barracón, el llanto del recién nacido alertaría a los guardias. La muerte sería para la madre, para el hijo y probablemente para todas las mujeres del barracón. Si las entregaba, morían igual, pero después de ser torturadas.

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En marzo de 1947, Perl llegó a Estados Unidos para hablar ante médicos y otros profesionales

Perl comenzó a interrumpir los embarazos “en la noche, en un suelo sucio, usando solo mis manos sucias”, según sus propias palabras.

Cuando el embarazo estaba demasiado avanzado, rompía el saco amniótico, dilataba el cuello uterino de forma manual y provocaba un parto prematuro. El bebé, al nacer antes de término, moría casi de inmediato. “Cientos de veces tuve partos prematuros. Nadie sabrá lo que significó para mí destruir a esos bebés, pero si no lo hubiera hecho, tanto la madre como el niño habrían sido cruelmente asesinados”.

Algunas de las mujeres que llegaban embarazadas habían concebido antes de la deportación. Otras habían sido violadas por oficiales del régimen o por otros prisioneros dentro del campo.

Un caso la persiguió de forma particular. Una joven llegó al campo con el embarazo casi a término. Perl asistió el parto en secreto y envió a la madre a la enfermería con un diagnóstico de “neumonía”, una enfermedad que no era punible con la muerte, a diferencia del tifus. Intentó mantener al bebé con vida, pero los llantos eran incontrolables. Escribió en su autobiografía, I Was a Doctor in Auschwitz, lo que hizo a continuación. “Tomé el cálido cuerpecito entre mis manos, besé la suave cara. Y luego lo estrangulé y enterré su cuerpo bajo una montaña de cadáveres que esperaban ser cremados”.

La mujer de ese episodio se llamaba Yolanda, una ex paciente de Perl en Hungría que había ido a consultarla alguna vez para poder concebir.

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En enero de 1945, con las fuerzas soviéticas aproximándose, los alemanes desmantelaron apresuradamente las cámaras de gas y evacuaron los campos. Perl fue trasladada a un campo cerca de Hamburgo

Bergen-Belsen y la primera niña nacida en libertad

En enero de 1945, con las fuerzas soviéticas aproximándose, los alemanes desmantelaron apresuradamente las cámaras de gas y evacuaron los campos. Perl fue trasladada a un campo cerca de Hamburgo y, dos meses después, a Bergen-Belsen, en Alemania. En su autobiografía lo describió como “la máxima expresión del sadismo y la bestialidad alemana”. Había escrito que Auschwitz “hacía que el infierno de Dante pareciera una comedia musical”, pero que al llegar a Bergen-Belsen “descubrí que Auschwitz no era más que el Purgatorio”.

El 15 de abril de 1945, las tropas británicas liberaron Bergen-Belsen. En el momento exacto en que los soldados entraban al campo, Perl estaba asistiendo el parto de una integrante de la resistencia. La niña que nació ese día fue la primera en nacer en libertad.

Perl permaneció en el campo hasta el otoño. Después recorrió Alemania a pie durante 19 días buscando a su familia. Al final supo que su marido había sido golpeado hasta morir poco antes de la liberación. Su hijo adolescente había muerto en una cámara de gas. Solo entonces se derrumbó. Intentó envenenarse. No lo logró. Fue llevada a un convento en Francia para recuperarse.

Eleanor Roosevelt, Park Avenue y tres mil bebés

En marzo de 1947, Perl llegó a Estados Unidos para hablar ante médicos y otros profesionales. “Fui de ciudad en ciudad, como embajadora de los seis millones”, contó. En uno de esos actos, Eleanor Roosevelt subió al estrado y la invitó a almorzar. Perl respondió que no podía porque seguía las normas kosher. Roosevelt le dijo: “Tendrás un almuerzo kosher”.

Fotografía en blanco y negro de niños y jóvenes prisioneros detrás de alambradas. Visten uniformes a rayas y algunos llevan gorros
Perl comenzó a interrumpir los embarazos “en la noche, en un suelo sucio, usando solo mis manos sucias”, según sus propias palabras

En ese encuentro, la ex primera dama le dio un consejo directo. “Deja de torturarte y vuelve a ser médica”. Perl confesó que no quería serlo. “Solo quería ser testigo”.

Antes de llegar, en Nueva York había sido interrogada bajo sospecha de haber colaborado con los médicos nazis. El testimonio de las supervivientes la exoneró. Una de ellas declaró: “Sin el conocimiento médico de la doctora Perl y su disposición a arriesgar su vida ayudándonos, es imposible saber qué habría ocurrido conmigo y con muchas otras prisioneras”.

El representante demócrata por Nueva York Sol Bloom presentó el proyecto de ley que le otorgó la ciudadanía estadounidense. En 1951 abrió un consultorio en Manhattan. “Era la doctora más pobre de Park Avenue, pero tenía la práctica más grande. Todos los supervivientes de Auschwitz y Bergen-Belsen eran mis pacientes”, dijo.

Se incorporó también al personal del Hospital Mount Sinai, donde trabajó junto al doctor Alan F. Guttmacher, pionero de la planificación familiar y jefe del departamento de obstetricia y ginecología. Se especializó en el tratamiento de la infertilidad. Asistió el nacimiento de 3.000 bebés en Nueva York. Antes de cada parto, repetía su plegaria.

Pilecki Auschwitz
De toda la familia de Perl, sólo sobrevivió uno de sus hijos que había sido entregada a una familia no judía durante la guerra (Wikimedia commons)

Jerusalén, la promesa cumplida

A comienzos de la década del 80, Perl tomó la decisión de mudarse a Israel. El juramento del andén de Auschwitz seguía pendiente.

Se instaló en Herzliya con su hija Gabriella, que había sobrevivido la guerra escondida con una familia no judía, y con su nieto de 32 años. Donaba su tiempo a las clínicas ginecológicas del Centro Médico Shaare Zedek de Jerusalén. En 1948 había publicado I Was a Doctor in Auschwitz, uno de los primeros testimonios escritos en exponer las atrocidades del Holocausto y el primero en abordar directamente la violencia sexual sufrida por las mujeres durante el genocidio. La obra fue adaptada en 2003 en la miniserie televisiva Out of the Ashes, que ganó un Emmy.

Perl se llamaba a sí misma “la embajadora de los seis millones” y hablaba del pasado sin pausa, en conversaciones privadas y en los discursos que daba para recaudar fondos. Pese a que expresaba temor ante un posible resurgimiento del antisemitismo, decía: “Vale la pena vivir. Dios me recompensó. Me recompensa aún más ahora”. Gisella Perl murió en Israel en 1988.

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