
Christina Beinhoff pasó buena parte de su carrera en los pasillos donde se decide la seguridad de Alemania: la Cancillería Federal, el Ministerio de Defensa, la Embajada en Estocolmo durante el ingreso de Suecia a la OTAN. Desde el verano pasado, sin embargo, conduce un territorio distinto, el de la cultura, la educación y la ciencia que Berlín proyecta hacia el mundo. La transición no le resulta una rareza, sino una continuidad: en su lectura, el llamado poder blando no es un complemento amable de la diplomacia, sino una de sus piezas estratégicas. “El poder blando es parte integral de la política exterior alemana”, resume, en una entrevista con Infobae mantenida en la Embajada de Alemania en Buenos Aires, durante una visita oficial a la Argentina.
La diplomática, directora general de Cultura y Sociedad del Ministerio de Relaciones Exteriores, llega a la región en un momento que ella misma describe como de cambio de orden: competencia entre grandes potencias, un eje desplazado entre Washington y Beijing, y una Europa obligada a redefinir su lugar. En ese tablero, Alemania mira a la Argentina como un socio antiguo y previsible —“compartimos los mismos valores”, dice—, sostenido por décadas de vínculos: una red de colegios alemanes, más de 300 colaboraciones universitarias, institutos como el IBioBA, único instituto partner de la Sociedad Max Planck en América Latina. Su agenda en el país incluye una reunión con los agregados culturales alemanes, un encuentro con estudiantes sobre el acuerdo UE-Mercosur y la inauguración de un instituto cultural franco-alemán en Córdoba.
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—Usted viene de la política exterior y de seguridad, y ahora dirige el poder blando alemán. ¿Qué papel juegan la cultura y la ciencia como espacios de diálogo en un mundo de tensiones crecientes?
—En el sistema alemán, la diplomacia científica y cultural es parte integral de la política exterior; por eso depende del Ministerio de Exteriores. No financiamos a las instituciones culturales para que hagan lo que quieran: esos instrumentos responden a las prioridades de la política exterior, que bajo este gobierno son tres: seguridad, libertad y prosperidad. Un proyecto de teatro o de danza puede mostrar la libertad del arte y la libertad de expresión. Promover el idioma alemán puede abrirles a jóvenes calificados la puerta a formarse y trabajar en Alemania. Mi trasfondo era la política de seguridad y ahora tengo otra herramienta, el poder blando. Se trata de desarrollar proyectos, conocer actores, mantener una relación de largo plazo por fuera del contacto de gobierno a gobierno. Eso permite conservar interlocutores confiables también en tiempos de crisis: si las relaciones entre gobiernos no son buenas, uno todavía tiene con quién hablar y recibir una devolución de lo que está pasando.
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—Llega a América Latina en plena competencia entre China y Estados Unidos. ¿Qué busca hoy Alemania en su relación con la Argentina y con la región? ¿Estamos ante una transición?
—El orden mundial está cambiando. No es el que amábamos y cuidábamos. Hay nuevos centros de gravedad, múltiples potencias, competencia entre grandes potencias, y Europa necesita encontrar su posición. Alemania tomó decisiones de fondo: invertir masivamente en defensa para ser un pilar europeo más fuerte dentro de la OTAN. No se trata de autonomía estratégica, sino de robustecer ese pilar. La otra cara es que Alemania siempre fue un país exportador, y su prosperidad depende de un orden previsible, con reglas. Por eso necesitamos diversificar relaciones y no mirar solo a Estados Unidos. La Argentina siempre estuvo muy cerca de nosotros; compartimos valores y miramos las cosas de manera parecida. Por eso queremos fortalecer esos lazos.
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—¿Qué puede hacer el poder blando occidental, y el alemán en particular, para contrabalancear las narrativas de Rusia y China y el avance de la desinformación?
—Lo primero es la capacidad de detectar la desinformación y luego reaccionar; la respuesta cambia según el caso. En el pasado descubrimos, junto con otros socios europeos, una campaña de desinformación rusa contra Alemania, y la hicimos pública. Pero nuestros medios son limitados. Es clave aumentar la alfabetización mediática en otros países, mantenerse alerta y usar nuestros canales para difundir los hechos, para no cederles el terreno a quienes quieren dividirnos. Porque lo que Rusia y China quieren es dividir a Europa, sembrando rumores.
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—Y disponen de enormes recursos para esas campañas.
—Sin duda. Por eso buscamos cooperar con socios afines, dentro y fuera de Europa. Y aquí entran la ciencia y la educación: cuando uno coopera con otro país y conoce a su juventud, comprende que los problemas son más complejos y no se pueden reducir a respuestas fáciles. Ampliar la mirada a través de la educación o de proyectos culturales, ponerse en los zapatos del otro, prepara a las personas para ser críticas, para preguntar antes de opinar. Esa es una buena manera de no caer víctima de la desinformación.
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—Hablará con estudiantes sobre el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, que se aplica de forma provisional desde el 1 de mayo pero todavía despierta resistencias en Europa, como en Francia. ¿Qué espera de este momento?
—Alemania apoyó con fuerza cerrar esto después de veinticinco años. Sé que lo vemos quizá de un modo distinto que Francia, pero nos alegró mucho llegar a esta conclusión. También en la Argentina hubo quienes se preguntaban si el acuerdo sería equitativo, si el país se beneficiaría. Lo esencial es que funcione para ambas partes y que lo implementemos como socios. Puedo asegurar que Alemania estará muy atenta a que sea un buen acuerdo también para la Argentina.
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—La cooperación científica entre ambos países se construyó durante décadas. Hoy hay un debate intenso en la Argentina sobre el financiamiento del sistema científico. ¿Cómo ve Alemania la sostenibilidad de esos vínculos?
—Llegué hoy y no conozco los detalles, pero para nosotros la cooperación científica es muy importante. El presupuesto alemán también necesita ajustarse, y yo misma debo justificar recortes en el ámbito cultural. Hay que diferenciar. Nadie recibe siempre más dinero; también hay que repriorizar, enfocar y generar sinergias para que las instituciones que reciben fondos estén mejor coordinadas. Creo que hay margen para un sistema más ágil, con quizá menos recursos, sin perder calidad. Lo que es seguro es que la cooperación científica es una inversión en el futuro. No se trata de gastar dinero inútil, sino de invertir en el futuro de nuestro país y de los científicos. No lo veo en blanco y negro.
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—¿La ciencia debería estar regida por el Estado? El gobierno argentino suele promover que el Estado se retire de ciertas áreas.
—En Alemania lo hacemos distinto. El Estado también financia investigación y desarrollo. Aunque la mayor parte del monto proviene del sector privado, el Estado complementa e invierte mucho.
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—El Centro Universitario Argentino-Alemán solo se compara en importancia con el que Alemania mantiene con Francia. ¿Por qué la Argentina ocupa ese lugar?
—Sigo aprendiendo. Pero, por lo que entiendo, se debe a esa importante migración alemana que se remonta a muchos años atrás: hay un conocimiento profundo y un gran interés por lo que ocurre en Alemania, tanto en el arte como en la ciencia. Percibo aquí una suerte de placer en trabajar con Alemania, porque tenemos buena reputación, somos confiables, innovadores. La Argentina conserva lazos tradicionalmente estrechos y un buen sistema educativo, y ese es un terreno perfecto para la cooperación.
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