
En el siglo XIX, el auge del comercio y la creencia médica en las sangrías propiciaron que miles de personas, principalmente de los sectores más vulnerables y en su mayoría mujeres, se sumergieran en pantanos con las piernas desnudas para extraer sanguijuelas, a las que permitían adherirse a su piel y alimentarse de su sangre durante largos minutos.
La revista de divulgación científica National Geographic relata que este fenómeno dio lugar al oficio del recogedor de sanguijuelas. La medicina occidental, guiada por la teoría humoral, consideraba que extraer sangre podía curar numerosas enfermedades. Impulsados por la demanda de hospitales y boticas, estos trabajadores se arriesgaban en humedales y estuarios para recolectar los valiosos animales.
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Bajo el influjo de esta doctrina, médicos como François-Joseph-Victor Broussais promovieron el uso intensivo de sanguijuelas, utilizando entre cinco y 50 ejemplares por paciente y contando con el apoyo de instituciones como el St. Thomas’ Hospital de Londres, uno de los principales hospitales de Londres.

El consumo de sanguijuelas alcanzó cifras impactantes: entre 1815 y 1822, el hospital londinense incrementó su utilización de 1.607 a más de 50.000 ejemplares. A escala internacional, en 1833 Francia importó hasta 42 millones de sanguijuelas en un solo año, evidenciando la magnitud del comercio y la importancia económica del sector.
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El precio humano y animal de la fiebre de las sanguijuelas
El trabajo del recolector se desarrollaba en entornos insalubres, como marismas y ríos, con graves riesgos para la salud. Estas personas soportaban pérdidas importantes de sangre e infecciones persistentes debido al contacto directo con animales hematófagos. Esta labor recaía casi siempre en personas pobres, sobre todo mujeres, para quienes el “cebo vivo” representaba una de las últimas alternativas de subsistencia.
Las precarias condiciones incluían largas jornadas, exposición a enfermedades y ausencia de medidas de protección. Cuando la demanda superaba la capacidad de los recolectores humanos, se utilizaban caballos viejos como cebo: eran llevados al agua hasta el agotamiento y, luego, se les desprendían las sanguijuelas adheridas a sus patas y vientres.
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Este método, mencionado por la revista de divulgación científica National Geographic, ilustra el grado de maltrato animal ligado a la industria y pone de manifiesto los riesgos humanos y animales que sostenían el negocio.
Cómo se recolectaban y utilizaban las sanguijuelas
El centro de la práctica era la sanguijuela medicinal (Hirudo medicinalis), dotada de tres mandíbulas y una saliva capaz de liberar hirudina, un anticoagulante que prolongaba el sangrado. La extracción requería precisión: mediante tubos, los médicos guiaban a los animales hasta la zona indicada del cuerpo y permitían la succión.
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La hirudina mantenía la herida abierta durante horas y facilitaba la continuación de la extracción, incluso después de retirar la sanguijuela. No existían restricciones en el uso: se aplicaba en la infancia y, a menudo, a las conocidas como “condiciones femeninas”, documentándose la colocación en zonas íntimas. Práctica habitual del período, este uso masivo fue descrito por National Geographic como “un auténtico museo de los horrores”.
Auge y caída del comercio de sanguijuelas

Este comercio internacional creció rápidamente. Alemania y Australia se transformaron en grandes exportadores; empresas del sector, como Negus and Co., en Melbourne, enviaban cientos de miles de ejemplares a Europa y América para responder a una demanda que excedía la oferta local. Francia se consolidó como centro neurálgico del consumo, importando volúmenes sin precedentes.
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La decadencia del sector se debió tanto al aumento de los precios y la escasez, provocados por la sobreexplotación, como a un cambio de paradigma científico. El surgimiento de la teoría germinal, liderada por Louis Pasteur a mediados del siglo XIX, puso en cuestión la eficacia de las sangrías y desplazó la teoría humoral.
Esta transformación, sumada a la explotación excesiva, acabó con el comercio y motivó la desaparición de la Hirudo medicinalis en la Europa occidental. Con años de sobreexplotación, la sanguijuela medicinal casi desapareció de los hábitats acuáticos europeos.
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