
El misterio se fue desvelando de a poco, como si se fueran sacando las capas de una cebolla, pero demoró sesenta años en quedar resuelto del todo. Fue cuando el 7 de abril de 2004, un grupo de investigadores del Departamento de Arqueología Subacuática de Francia confirmó sin dudas que el avión hallado años antes en el fondo del Mediterráneo a veinte kilómetros de Marsella era el Lockheed P-38 Lighting con que Antonine de Saint Exupéry había despegado la mañana del 31 de julio de 1944 de una base de Córcega para realizar una misión de reconocimiento y nunca volvió.
Durante décadas se especuló con que la desaparición del autor de El Principito podía ser tanto un accidente como el resultado de un derribo. La nave de fabricación estadounidense tenía combustible para una hora de vuelo; sin embargo, a los pocos minutos de despegar, el avión de Saint-Exupéry desapareció del radar. Poco después una mujer informó que había visto la caída de una aeronave de combate cerca de Tolón y unos días más tarde se encontró en el mar un cuerpo con lo que quedaba del uniforme de un piloto francés. Sin embargo, el cadáver nunca se identificó y terminó en una fosa común en Carqueiranne, una pequeña población de la costa azul francesa.
A partir de entonces y durante más de medio siglo el destino del escritor fue un misterio para el mundo, hasta que, en 1998, cerca de la isla de Riou, frente a la costa de Marsella, el pescador Jean-Claude Bianco encontró en las redes de su barco, entre pescados y basura marina, un brazalete que aún conservaba grabado el nombre de Saint-Exupéry. El misterio parecía aclararse; sin embargo, la familia del piloto y escritor no creyó la versión e incluso amenazó con demandar al pescador por intento de estafa.

Quien sí le creyó al capitán Bianco fue el buzo Luc Vanrell y en mayo de 2000 regresó al lugar donde el pescador había encontrado el brazalete y descendió sesenta metros hasta donde estaban los restos del avión. Allí, examinó cuidadosamente las piezas oxidadas del fuselaje, el motor del avión y las partes del tren de aterrizaje, todas de color amarillo rojizo debido a los efectos de la oxidación. “Ese día, allí debajo del agua, me convencí de que había encontrado el avión correcto”, contaría después, aunque en ese momento no tenía manera de probarlo. No se amilanó, aunque le llevó 19 meses obtener un permiso oficial para continuar examinando los restos, ya que era ilegal alterarlos. Solo entonces pudo localizar el número de serie, que coincidía con el del avión perdido.
Entonces entró en escena un anciano expiloto de un caza alemán llamado Horst Rippert. Contó que el 31 de julio de 1944 vio a un avión Lighting que volaba unos tres mil metros por encima de su Masserchmidt ME-109. El avión alemán era más rápido, más potente, iba artillado y también iba en misión de reconocimiento. En cambio, el avión de reconocimiento de Saint-Exupéry no llevaba armas. “Cuando vi la bandera tricolor en sus alas –contó Rippert– ascendí para atacarlo”. El piloto alemán se puso detrás del avión francés y disparó: “Vi cómo lo alcanzaba y caía derecho al agua”, relató. El lugar donde Rippert recordaba haber derribado al Lighting era muy cercano al del hallazgo de Vanrell.
Pero aún quedaban dudas, porque los restos del avión que había revisado el buzo en el fondo del mar no tenía impactos de balas, lo que había confirmado que era la misma aeronave que había derribado Rippert. El gobierno francés decidió entonces tomar cartas en el asunto y le encargó al Departamento de Arqueología Subacuática que investigara a fondo para determinar si ese Lockheed P-38 Lightning era el mismo que piloteaba Saint-Exupéry.
Era una cuestión de Estado: después de su muerte, el autor de El Principito se convirtió en uno de los escritores franceses más leídos en el mundo, con una obra traducida a 250 idiomas y dialectos. Cuando desapareció en el aire tenía 44 años y aun no era famoso, pero su vida era una verdadera novela de aventuras.

Por los cielos argentinos
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger, conde de Saint-Exupéry, nació el 29 de junio de 1929 en Lyon, Francia. Perdió a su padre cuando tenía solo cuatro años y se crio en el ambiente de una familia aristocrática gobernada por mujeres. De Lyon, la familia se trasladó a Friburgo, en Suiza, donde terminó el bachillerato en 1917 en el colegio marianista Villa Saint-Jean.
Se hizo aviador cuando estaba cumpliendo con el servicio militar en Estrasburgo. Corría 1920 y hacía apenas 14 años que los hermanos Orville y Wilber Wright habían puesto en el aire la primera máquina voladora de la historia. La Primera Guerra Mundial había terminado, así que su entrenamiento como piloto de guerra le sirvió para obtener un empleo como aviador civil en la flota conocida como “La Línea”, que transportaba el correo entre Toulouse, Barcelona, Málaga Tetuán y el Sahara español e incluso a las antiguas colonias francesas que luego se convertirían en Senegal. A fines de 1927, lo destinaron como jefe de escala en Cabo Juby, donde en sus ratos libres comenzó a escribir su primera novela, El Aviador, a la que pronto seguiría otra, Correo del Sur.
Cuando al año siguiente Aeropostale lo envió a Buenos Aires para crear su filial sudamericana, descubrió el encanto de los vuelos patagónicos a bordo de los pequeños y bamboleantes aviones de Aeroposta Argentina. En esas rutas enfrentó y se acostumbró a las turbulencias de los vientos patagónicos y surgió Vuelo nocturno, basada en un hecho real sucedido a uno de sus compañeros cuando viajaba de Chile a Paraguay y una tormenta desplazó su pequeño avión desde la cordillera hasta el Atlántico.
“Su sorpresa fue extraordinaria: la claridad era tal que lo deslumbraba. Durante unos segundos tuvo que cerrar los ojos. Jamás hubiera creído que las nubes, que la noche, pudiesen deslumbrar. Pero la luna llena y todas las constelaciones las convertían en olas resplandecientes. El avión había ganado de un solo golpe, en el mismo segundo de emerger, una calma que parecía extraordinaria. Ningún oleaje lo zarandeaba. Como barca que pasa el dique, entraba en las aguas abrigadas. Había entrado en una región ignota y escondida del cielo, como la bahía de las islas felices. La tempestad, debajo de pel, formaba otro mundo de tres mil metros de espesor, atravesado por ráfagas, trombas de agua, relámpagos, pero presentaba a los astros un rostro de cristal y de nieve”, escribió allí.
En la Argentina también conoció y se casó con Consuelo Suncín, una salvadoreña tan bella como adinerada que se enamoró de ese piloto francés que hacía gala tanto de su talento literario como de su espíritu aventurero. Consuelo fue su cuarta pasión, detrás de volar, escribir y dibujar. Saint-Exupéry vivió poco más de tres años en el país, radicado en Concordia y en Buenos Aires, apenas dos bases donde descansaba entre uno y otro viaje por los fríos cielos del sur que surcó como un verdadero pionero. El crack de la bolsa neoyorquina de fines de 1929 llevó a pique, entre otras tantas compañías, a Aeropostale, lo que dejó al piloto sin empleo y debió volver con su flamante esposa a París.

Escribir y volar
De regreso en Francia comenzó a ejercer el periodismo y continuó escribiendo literatura. Como corresponsal, hizo una serie de agudos reportajes sobre la Indochina Francesa – la colonia que luego se independizaría como Vietnam – en 1934, sobre Moscú en 1935, y sobre España el año siguiente, donde reflejó el clima previo al inicio de la Guerra Civil.
Al mismo tiempo siguió volando, ahora como piloto de pruebas y también intentando récords de vuelo, un objetivo que casi le cuesta la vida. Fue en 1935, cuando volaba con su mecánico y navegador André Prevot en un monomotor con cuatro plazas. Los vientos lo agarraron en el desierto del Sahara, a la altura de Libia: el avión perdió altura y solo utilizando toda su pericia y su sangre fría, Saint-Exupéry logró un aterrizaje forzoso que los salvó de estrellarse contra el suelo.
Alrededor del avión averiado había solo arena y vientos. Tenían algo de agua, alguna fruta y no poca audacia. Al cabo de cuatro días se cruzaron con un hombre montado en camello. Para entonces sus caramañolas tenían solo recuerdos. Contó esa experiencia en Tierra de Hombres, un texto dedicado a Henri Guillomet, un aviador de Aeroposta Argentina que había vivido una situación muy parecida en plena cordillera de los Andes.
Henri Guillomet cubría las rutas chilenas hasta Paraguay y, en una oportunidad, a la altura del volcán Maipo los vientos le jugaron una mala pasada. Logró aterrizar al lado de la laguna del Diamante, del lado argentino, en pleno invierno. Salvó la vida de milagro. Cuando supo que su amigo no había llegado a destino, Saint-Exupéry recorrió varias veces esa ruta aérea del sur argentino a ver si lo encontraba. No lo logró, pero Guillomet, dos días después de esperar abrigado dentro del avión, salió a la intemperie, no sin antes escribir una frase en el fuselaje: “Salí hacia el este, dirección Argentina. Adiós a todos”. Finalmente logró llegar a pie a una población.

La depresión y la guerra
Saint-Exupéry publicó Tierra de hombres en 1939 poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Apenas iniciado el conflicto, se incorporó al Ejército del Aire francés como piloto de reconocimiento aéreo y realizó peligrosas misiones –algunas prácticamente suicidas– durante el avance alemán. Peleó en la fuerza aérea hasta la capitulación y se fue de allí luego del armisticio que puso al mariscal Phillipe Pétain a la cabeza de un estado títere de los invasores.
Hacia fines de 1940, el aviador y su esposa se instalaron en Estados Unidos. Consuelo, su mujer, pertenecía a una familia acaudalada y a Antoine no le faltaba dinero, producto de sus aventuras como aviador civil y de los libros que había publicado. En Nueva York, además de participar de campañas para que Estados Unidos entrara en la guerra, escribió en pocos meses otra novela, Piloto de guerra, un nuevo libro basado en sus propias experiencias de vuelo.
Estaba triste y desmejorado, pero la escritura lo salvó de la depresión. Impulsado por su editor, comenzó a escribir El Principito, su obra más famosa. Pese a lo breve del relato, estuvo más de un año con el texto y decidió ilustrarlo él mismo, disconforme con las propuestas que le hacían otros dibujantes. Fue una decisión afortunada: hoy es imposible leer El Principito sin ver un sombrero donde el personaje central del relato explica que se trata de una boa que se comió un elefante.
La amabilidad del niño protagonista que vive en un pequeño planeta no le impide interpelar a los adultos. Entre las tantas frases poéticas y punzantes que se pueden leer en El Principito hay una en la que el autor –utilizando a su pequeño protagonista- parece tener un diálogo imaginario con Friedrich Nietzsche. “Sólo los niños saben realmente lo que buscan –dijo el principito-. Dedican su tiempo a su juguete o a una muñeca que viene a ser lo más importante para ellos. Si se lo quitan, lloran...”, escribe Saint-Exupéry. A Nietzsche se le atribuye una frase en espejo con esa: “La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño”.
Es difícil encontrar un texto que vuele más lejos de la violencia como El Principito y, sin embargo, fue escrito en un extraño descanso entre dos batallas. En esa breve pausa Saint-Exupéry dejó una obra que encanta a los chicos y hace pensar a los adultos. Porque de esas dos maneras puede leerse como una lograda fábula infantil o como una profunda metáfora de la condición humana.

“El final más romántico”
Luego de escribir y dibujar El Principito –publicado en1943 en inglés, pero no en francés-, Saint-Exupéry decidió volver al campo de batalla para liberar a Francia. El curso de la guerra estaba empezando a cambiar: Estados Unidos había enviado tropas a Europa a fines de 1942 y, en pocos meses, junto a franceses e ingleses, hicieron pie en Sicilia entrando por el norte de África en Sicilia.
Con 43 años, el escritor volvió a calzarse el traje de aviador de combate. En el frente occidental, los aliados iban recuperando territorios y Saint-Exupéry se sumó a las fuerzas militares del general Charles De Gaulle. Sin embargo, a criterio de los mandos ya no tenía la edad adecuada para la guerra. Además, tenía el cuerpo achacado por las fracturas de algunos de sus aterrizajes forzosos. Insistió de tal manera que finalmente lo dejaron volver a volar en aviones de reconocimiento.
El 31 de julio de 1944 despegó desde la isla de Córcega a bordo del Lightning P-38 y ya no regresó. El avión cayó en el mar Mediterráneo, cerca de la isla de Riou, al lado de Marsella, a menos de 400 kilómetros de su Lyon natal. Así, Saint-Exupéry terminó sus días como “un desaparecido”, después de dar incontables vueltas al mundo pilotando aviones. El expediente, frío, registró que “el piloto no volvió a la base”.
El misterio sobre el destino final del autor de El Principito se prolongó durante seis décadas, hasta que el 7 de abril de 2004, los investigadores del Departamento de Arqueología Subacuática pudieron confirmar que el avión encontrado en el fondo del Mediterráneo, cerca de Marsella, era el mismo que piloteaba en su vuelo final del 31 de julio de 1944.
Actualmente, los restos del avión se encuentran en un espacio dedicado al escritor dentro del Museo del Aire y el Espacio, a las afueras de París. En cambio, los restos de Antonine Saint-Exupéry nunca fueron identificados, aunque probablemente se encuentren la fosa común de Carqueiranne, junto con los de otros soldados no identificados. Para el buzo Luc Vantell, el primero identificar el avión sumergido, que el cuerpo del autor de El Principito siga desaparecido tiene su costado poético: “Como lector de Antoine de Saint-Exupéry siempre pensé que su desaparición era un final apropiado para su vida, al igual que El principito, que también desaparece. Parecía el final más romántico para la vida de ese hombre legendario”, explicó hace unos años en una entrevista publicada por BBC Mundo.
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