La leyenda del ladrón sanguinario que azotó los caminos de Inglaterra: la pelea con un vecino que lo delató y lo llevó a la horca

Dick Turpin fue un criminal brutal que fue ejecutado el 7 de abril de 1739. Sin embargo, un siglo después una novela lo convirtió en un mito heroico

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Richard "Dick" Turpin
La escena muestra el cruel momento en que sienta a una anciana sobre el fuego (Calendario de Newgate / Wikipedia)

El 7 de abril de 1739, Richard “Dick” Turpin subió al patíbulo ante una multitud curiosa. No cayó por sus peores crímenes, ni por la violencia que había sembrado durante años, sino por una disputa doméstica y el robo de un caballo. Su final no tuvo nada de épico. Fue, como tantas ejecuciones de la época, un espectáculo más.

El verdadero Turpin nada tenía que ver con el héroe que contarían después. En los bosques de Essex, al noreste de Londres, su nombre no inspiraba admiración sino miedo. Fue un cuatrero, un ladrón despiadado, un hombre capaz de torturar ancianos y de matar sin que le tiemble la mano. Nada en su vida remitía al bandolero elegante ni al justiciero romántico que la imaginación popular terminaría consagrando. Durante décadas, su historia quedó reducida a eso: un prontuario más en las páginas del Calendario Newgate, una publicación de estilo crónica negra de su tiempo. Parecía destinado al olvido, perdido entre otros nombres que habían corrido la misma suerte en una Inglaterra habituada a la violencia y al castigo público.

Pero casi un siglo después, en 1834, la literatura hizo lo suyo. En Rookwood, William Harrison Ainsworth lo reinventó: lo convirtió en un jinete audaz, dueño de la legendaria yegua “Black Bess”, capaz de cabalgar de Londres a York en una noche. Así nació el mito... El criminal se volvió un bandido romántico, y el recuerdo del hombre real quedó enterrado bajo una historia más seductora… y mucho menos cierta.

Richard "Dick" Turpin
Imagen de "Las aventuras (completamente inventadas) de Dick Turpin", protagonizada por Noel Fielding

Los inicios de un criminal

Dick Turpin nació en Hempstead, Essex, el 21 de septiembre de 1705, en el seno de una familia de carniceros. Aprendió el oficio, pero no tardó en encontrar un atajo más rentable a sus intereses: robar animales. Ese primer delito fue el inicio del camino a algo peor. A comienzos de la década de 1730 se integró a la Banda de Gregory, un grupo de peligrosos bandidos dedicado a irrumpir en casas rurales aisladas. Entraban de noche, armados, y obligaban a sus víctimas a entregar todo el dinero y bienes que tuvieran. No había estilo ni códigos: solo violencia organizada.

Los testimonios judiciales de la época detallan que, por ejemplo, en el asalto a la casa de Joseph Lawrence, en 1734, los atacantes —entre ellos Turpin— torturaron a la familia para robarles dinero: una anciana fue obligada a sentarse sobre el fuego de su chimenea. En otros casos documentados, las víctimas fueron golpeadas, amenazadas o amordazadas mientras las casas eran saqueadas. No era exceso ni descontrol. Era método. Para Turpin, la violencia era parte del oficio.

La presión de las autoridades terminó por desarticular la banda. Turpin huyó y se refugió en Epping Forest, una zona de bosques, donde adoptó la vida del asaltante de caminos. El cambio de escenario no implicó moderación en su manera de actuar. En 1737, durante un intento de captura, mató al guardabosques Thomas Morris. Desde entonces, su nombre circuló con una cifra de recompensa de £200 de 1737, lo que hoy equivaldrían a unas £46.000, aproximadamente 60.000 dólares. Era un hombre buscado, peligroso, cada vez más solo.

Richard "Dick" Turpin
Ilustración del modus operandi de los asaltantes de camino, como hacía Turpin

En ese período, la historia lo asocia a otro bandolero, Tom King, conocido como el “Gentleman Highwayman” (el bandido caballero). La leyenda posterior hablaría de camaradería, pero otras versiones hablan de una alianza frágil entre ellos. En un enfrentamiento en una posada, King recibió un disparo de Turpin y murió poco después. Turpin escapó.

Con la persecución en aumento, Turpin cambió de nombre. Bajo el alias de John Palmer se instaló en Yorkshire e intentó pasar por comerciante de caballos, una fachada que duró poco. Su temperamento terminó por delatarlo. En octubre de 1738, mientras vivía en Brough, regresó frustrado de una cacería. Enojado, disparó y mató al gallo de un vecino por puro capricho.

Cuando otro hombre, John Robinson, le recriminó por eso, Turpin lo amenazó con hacer lo mismo con él. Ese arrebato fue suficiente para que las autoridades lo arrestaran por alteración del orden público. Desde la cárcel escribió una carta a su cuñado; pero cayó en las manos equivocadas... A partir de ese momento, el caso dejó de ser un incidente menor.

Richard "Dick" Turpin
El modelo de horca que colgó a criminales notables, incluido Dick Turpin, y que simboliza la justicia pública del siglo XVIII: una sentencia de muerte expuesta ante la multitud (Wikipedia)

El patíbulo y el nacimiento de un mito literario

El hombre detenido en las celdas de Yorkshire ya no era simplemente un vecino problemático bajo el alias de John Palmer. Tras la llegada de James Smith, su antiguo maestro que reconoció su caligrafía (y recibió la recompensa), la máscara cayó: era Dick Turpin, un delincuente con un historial de sangre y asaltos incomparables. La detención se prolongó mientras las autoridades, con la lentitud burocrática propia de la época, reconstruían su identidad y su pasado. Sin embargo, la justicia no necesitó reabrir los expedientes de sus crímenes más violentos o de los asaltos a granjas; bastaba con un cargo sólido y directo que no admitiera fisuras ante un tribunal.

Ese cargo fue el robo de caballos, un delito que, en la Inglaterra del siglo XVIII, no se consideraba menor, sino un delito gravísimo contra la propiedad y la economía rural, castigado con la horca. Así, el episodio del disparo al gallo que cantaba, en octubre de 1738, quedó reducido a una nota al pie y se convirtió en una ironía del destino que sirvió para cerrar el cerco sobre él.

El 22 de marzo de 1739, tras un juicio breve en las Assizes de York, el veredicto fue el esperado. Lo que siguió fue el avance metódico de la ley: una condena firme y una sentencia que no tendría vuelta atrás. El camino al patíbulo ya estaba trazado bajo la severa mirada del juez William Chapple.

El 7 de abril de 1739, Turpin caminó hacia la horca en las afueras de York con una calma que asombró a los cronistas. Lejos de la imagen del reo suplicante, se preparó para su ejecución como si fuera a un evento social: vistió un abrigo nuevo de color castaño y botas relucientes, recibió visitas en su celda e incluso, según relatan las crónicas, contrató a cinco mujeres para que lloraran por él durante la procesión al cadalso.

Richard "Dick" Turpin
La obra que transformó a un criminal temido en un héroe literario, inmortalizando la figura de Dick Turpin y su legendaria yegua Black Bess en la imaginación victoriana

Al llegar a la plataforma, tras hablar brevemente con el verdugo, Turpin no esperó a que le quitaran la escalera; él mismo se lanzó al vacío, dejando que su cuerpo quedara suspendido ante la multitud. En ese instante, la brutalidad de sus años en la Banda de Essex pasó a un segundo plano; solo quedaba la aplicación fría de la norma. Durante décadas, su nombre sobrevivió apenas como un registro seco en el Newgate Calendar, una historia de advertencia moral entre tantas otras. En ese entonces, Turpin no era un mito ni un héroe de baladas: era, en esencia, un expediente cerrado por la soga.

Todo sobre su vida cambió casi un siglo después, en 1834. En Rookwood, el novelista histórico William Harrison Ainsworth tomó su nombre y lo convirtió en otra persona. Le dio modales aristocráticos, un código inexistente y una escena heroica: el hombre a lomo de su yegua Black Bess encaraba una cabalgata nocturna desde Londres hasta York. No era historia, era literatura. Pero funcionó. La cabalgata de 320 kilómetros, en realidad, ya circulaba asociada a otro bandolero del siglo XVII, John “Swift Nick” Nevison, y Ainsworth la trasladó al mito de Turpin. La novela fue un éxito en una Inglaterra que, en plena industrialización, miraba con nostalgia un pasado rural idealizado. Turpin encajó perfecto en ese deseo: no como fue, sino como convenía imaginarlo.

La transformación fue total. El hombre descrito en informes como vulgar y marcado por la viruela se volvió un caballero de capa y pistolas brillantes. El teatro, las baladas y más tarde el cine consolidaron esa imagen. La violencia real quedó fuera de cuadro. En su lugar, una figura ágil, irónica, casi heroica.

Richard "Dick" Turpin
Aunque sus restos reales probablemente se hayan desintegrado hace siglos bajo cal viva, esta lápida conserva el nombre de Dick Turpin y atrae cada año a turistas fascinados por la leyenda del bandolero (Wikipedia)

La ejecución de Turpin en Knavesmire fue un espectáculo para los curiosos. Lejos de mostrarse quebrado, Turpin saludó a la multitud con la arrogancia de una celebridad, que se lanzó desde la escalera para acelerar el final cuando quiso. Tras su muerte, el morbo no paró: su cuerpo fue trasladado a una posada para ser exhibido antes de ser enterrado en la iglesia de San Jorge. Aquella misma noche, saqueadores de tumbas desenterraron su cadáver para venderlo a un cirujano.

Al descubrirse el robo, una turba enfurecida de ciudadanos de York recuperó los restos y, para evitar futuras profanaciones, los volvió a enterrar en una fosa común rellena de cal viva. Aunque hoy existe una lápida conmemorativa en el lugar, es probable que los restos reales de Turpin se hayan desintegrado hace siglos bajo esa capa corrosiva, dejando únicamente el nombre de John Palmer grabado en la piedra que miles de turistas visitan cada año.

Hoy, su rastro persiste más en el turismo que en los archivos. En York y sus alrededores, posadas y recorridos evocan su nombre, a veces con objetos o relatos difíciles de verificar. La historia convive con una versión más rentable: la del forajido romántico, el héroe literario que el público prefiere recordar.

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