
No fue el principio del fin de la dictadura militar que instauró el terror en la Argentina hace medio siglo. Pero fue el fin del principio. El 30 de marzo de 1982, hace cuarenta y cuatro años, una gigantesca marcha convocada por la CGT a la Plaza de Mayo hizo que miles de manifestantes se lanzaran a las calles con un lema, “Paz, Pan y Trabajo” que parecía el único que sería gritado aquella tarde agitada, pero que finalmente fue coreado con otros estribillos que desafiaban al gobierno militar.
Aquel gobierno que en marzo de 1976 había instaurado la más sangrienta dictadura de la historia argentina, se resquebrajaba en una especie de danza de ambiciones, avaricias y soberbia, y en medio de una gran crisis económica y social. Quien había sucedido en el gobierno al general Jorge Videla, su par, el general Roberto Eduardo Viola, había durado sólo ocho meses en el gobierno. En noviembre de 1981, Viola había sido barrido del poder: la Junta militar lo declaró incapaz de ejercer como presidente por su precaria salud. Murió trece años después, en 1994.
En lugar de Viola asaltó el poder el general Leopoldo Galiteri, un militar bastante elemental con ansias de líder carismático, que se había tomado a pecho una frase un tanto desdichada y además exagerada pronunciada por Richard Allen, por entonces asesor de Seguridad del presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan: “Es un general majestuoso”.

Galtieri tomó la observación en todo caso estética de Allen como un vaticinio, y vio en ella un visto bueno, un guiño, una autorización, una vía libre para invadir las Islas Malvinas y reconquistarlas. Ese había sido la condición que el jefe de la Armada, almirante Isaac Anaya, había impuesto para apoyar el ascenso al poder de Galtieri, que asumió en diciembre de ese agitado 1981. La campaña de Malvinas sería el gran salto al vacío de la dictadura que esperaba que un éxito militar, político y diplomático la eternizara en el poder: si triunfaba, lo ganaba todo. También tenía todo para perder. Cuando los miles de manifestantes se lanzaron a las calles el 30 de marzo tras las banderas de la CGT, en Casa de Gobierno pensaban sólo en Malvinas que iba a ser invadida cuarenta y ocho horas después de la marcha, el 1 de abril; el clima en el Atlántico Sur postergó la invasión veinticuatro horas, hasta el 2.
Los primeros manifestantes en ganar la calle lo hicieron con letreros y cánticos que exigían tres cosas: “Paz, Pan y Trabajo”. No había nada de las tres cosas. La inflación interanual de 1981 había sido del ciento treinta y uno por ciento, azuzada por el desplante arrogante del entonces ministro de Economía del gobierno Viola, Lorenzo Sigaut, que había proclamado una frase ya legendaria: “El que apuesta al dólar, pierde”. Días después, devaluó el peso un treinta por ciento en relación al dólar, en un intento por atraer las inversiones extranjeras que nunca llegaron. Entrada la mañana del 30 de marzo, las primeras columnas de los manifestantes madrugadoras encontraron una ciudad ocupada por carros de asalto, hidrantes, patrulleros, tropas de la infantería policial con armas largas, fuerzas policiales a caballo, patrulleros y hasta fuerzas del Ejército con cascos y uniformes de combate. Una ciudad ocupada.
Los cordones policiales impedían el paso en una amplia zona rectangular del centro porteño: las Avenidas Santa Fe, 9 de Julio, Leandro Alem, Paseo Colón y Belgrano. El puente Pueyrredón estaba cortado para impedir el acceso desde el sur del conurbano, que era desde donde llegarían el grueso de las columnas. Los cálculos hablaban de más de cuarenta mil personas, aunque no todos eran trabajadores convocados por la central obrera y los sindicatos: se habían sumado estudiantes universitarios, organismos de derechos humanos, agrupaciones políticas y miles de espontáneos decididos a repudiar a la dictadura. La idea de los organizadores era entregar un petitorio en la Casa de Gobierno, y la idea del gobierno era impedirlo. Al mismo tiempo y a la misma hora, en el resto del país, otras decenas de miles de manifestantes ocupaban las plazas principales de sus ciudades y sus pueblos para reclamar lo mismo, paz, pan y trabajo y para repudiar lo mismo: al gobierno militar.

Al frente de la marcha estaba el secretario general de la llamada CGT Brasil, Saúl Ubaldini, que entonces tenía cuarenta y cinco años y lideraba esa fracción de la central obrera dividida en dos: un sector del sindicalismo más propenso al diálogo con los militares, si aquello era posible, nucleados todos en la “CGT Azopardo”, que sesionaba en el histórico edificio de la central obrera, y otro sector, la “CGT Brasil”, con sede en esa calle a la altura de Constitución, enfrentada a la dictadura. Ubaldini había nacido en 1936 en Mataderos, era hijo de un obrero de la carne, había empezado a trabajar en el Frigorífico Lisandro de la Torre, donde fue elegido delegado y conoció la cárcel en las postrimerías del gobierno radical de Arturo Illia. En 1969 se había empleado en la Compañía Argentina de Levaduras y en 1972, el año del primer regreso de Juan Perón a la Argentina, había sido electo secretario general de la FOCA, Federación Obrera Cervecera Argentina.
La violencia militar desatada en marzo de 1976 había llevado al sindicalismo a la resistencia, o a cierta forma de resistencia. El golpe encarceló a dirigentes gremiales, secuestró y asesinó, “desapareció” a loa miembros de las comisiones internas de grandes empresas argentinas y multinacionales, e intervino la mayoría de los sindicatos. Ubaldini se unió a una Comisión de 25 gremios peronistas, la “Comisión de los 25”, junto a José Rodríguez, de Smata, Raúl Ravitti, de la Unión Ferroviaria, Roberto García, de Taxistas, Fernando Donaires del Papel y Osvaldo Borda, del caucho, junto las centrales sindicales de judiciales, municipales metalúrgicos, molineros, alimentación y camioneros entre otras.
Cuando en marzo de 1979, el entonces ministro de trabajo de Videla, general Llamil Reston, anunció una reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales que limitaría aún más los derechos de los trabajadores, o anularía varios de ellos, los 25 lanzaron una “Jornada de Protesta Nacional” programada para el 27 de abril: pedían recuperar el poder adquisitivo de los salarios, la vigencia plena de la Ley de Convenciones Colectivas de Trabajo, las paritarias, y la normalización de los sindicatos intervenidos.

Reston los convocó entonces a una reunión en el ministerio: era ir a visitar al oso en su cueva, pero Ubaldini y el resto de los dirigentes decidieron aceptar la invitación. Por las dudas, organizaron un Comité de Huelga para que llevara adelante la protesta en caso de que ellos no estuvieran en condiciones. Hicieron bien. Ni bien salieron de hablar con Reston, los dirigentes gremiales fueron detenidos por la policía, uno por uno, y encarcelados. La Jornada de Protesta igual fue un éxito y el 27 de abril no hubo actividad en el cordón industrial del Gran Buenos Aires y del interior y en los ferrocarriles Sarmiento, Roca y Mitre. Fue aquella la primera huelga contra la dictadura militar. Ubaldini fue liberado en julio y electo secretario general de la CGT Brasil en 1980, con el apoyo de otras dos figuras de entonces en el sindicalismo: el secretario general de la UOM, Lorenzo Miguel, y el de los petroleros, Diego Ibañez.
Toda la actividad gremial en el país era clandestina o ilegal a los ojos de los centuriones. En septiembre de 1979 la dictadura había sancionado una nueva ley sindical, 22.105, que prohibía a los sindicatos formar confederaciones o centrales obreras lo que dejaba en la ilegalidad a la CGT, entre otras grandes federaciones obreras. Entonces, los desafíos al gobierno militar se hicieron más frecuentes. En julio de 1981, la CGT Brasil llamó a una segunda huelga general, que fue exitosa, pero también reprimida con dureza en Mendoza, San Miguel de Tucumán, Rosario, Córdoba y en el conurbano bonaerense, en especial en Avellaneda.
Hubo varios ensayos previos a la gran marcha del 30 de 1982. Varios tanteos en los que midieron fuerzas los militares con la oposición encarnada por los sindicalistas de la CGT Brasil. El 7 de noviembre de 1981, la entidad convocó a una marcha hacia la iglesia de San Cayetano, en el barrio de Liniers. El santo es el patrono del trabajo y de los trabajadores y el fervor religioso de la CGT Brasil obedecía al acercamiento de sus dirigentes, con Ubaldini a la cabeza, con la Pastoral Social de la Iglesia Católica, que presidía entonces monseñor Justo Laguna. La Iglesia también había decidido tomar distancia, con moderados bríos, de un gobierno al que poco menos había tendido sus manos en marzo de 1976.

Contra lo que dice la tradición, esa marcha no tuvo como estandarte la leyenda “Paz, pan y trabajo”. La CGT Brasil hizo imprimir en miles de pequeñas octavillas, sobre una escarapela argentina, “Paz y Trabajo. CGT”. Más de diez mil trabajadores se reunieron frente al templo de la calle Cuzco, pasadas apenas las vías del Ferrocarril Sarmiento, y fueron reprimidos con dureza por la policía. Era la primera gran movilización contra la dictadura desde el 24 de marzo de 1976. Ahora, las cartas estaban sobre la mesa: cualquier protesta gremial sería enfrentada con crueldad. Y la amenaza se extendía también a cualquier otro tipo de protesta pública.
Para cuando la marcha de marzo de 1982, a “Paz y Trabajo” se había agregado otro reclamo: “Pan”. Es difícil deducir si Ubaldini conocía el origen de su demanda: ese había sido el lema central de los bolcheviques liderados por Lenin para ganar apoyo popular durante la Revolución Rusa de 1917, antes y después de la abdicación de los zares. Y Ubaldini con los bolcheviques, nada que ver. Y con Lenin, menos. Pero aquella trilogía, a la que a menudo se agregaba la palabra “Tierra”, resumía las demandas urgentes de los rusos frente al hambre, a la Primera Guerra Mundial y al campesinado empobrecido. Como por arte de magia, en este caso de alquimia ideológica, la vieja consigna comunista había sido adaptada a la realidad argentina con la bendición de la Pastoral Social de la Iglesia Católica.
Como no podía ser de otra forma, dados los antecedentes y el despliegue de fuerza hecho por la dictadura, aquel 30 de marzo terminó en una batalla campal y en una represión enfurecida y frenética que se prolongó durante casi cuatro horas. Las tropas, según la estrategia diseñada por el comandante del Cuerpo de Ejército I, general Cristino Nucilaides, y del jefe del Estado Mator del Ejército, general José Antonio Vaquero, cargaron contra las columnas de manifestantes para romperlas y para tomar prisioneros. Los encuentros más duros se dieron alrededor de Tribunales y en la zona del puerto cuando la multitud, cortada la posibilidad de acceder a la Casa de Gobierno por la Avenida de Mayo, intentó hacerlo por la parte de atrás, a las espaldas del que había sido el antiguo fuerte de Buenos Aires y de su aduana.

Los grupos de protesta habían adoptado una táctica particular: se nucleaban en esquinas, enfrentaban a los gases y a los bastones con piedras, y se disolvían de inmediato ante la carga policial para aparecer de inmediato en esquinas vecinas; esa táctica, casi de supervivencia, obligaba a la policía a luchar el doble y a hacer todavía más dura la represión. Las cargas policiales, los gases, y los bastones cayeron también como es tradición sobre la prensa, incluida la extranjera. Tres periodistas fueron detenidos, entre ellos uno de una cadena de televisión estadounidense.
Dos hechos parecieron cambiar el fundamento de la marcha, originados ambos por la brutal represión. Por primera vez, en el centro porteño, desde las ventanas de las oficinas porteñas cayeron todo tipo de proyectiles sobre las tropas desplegadas contra los manifestantes. Y también, aunque quién sabe si por primera vez, a “Paz, Pan y Trabajo” se agregaron algunos cantos que ya se habían ensayado en las tribunas de los más populares estadios de fútbol. “Se va a acabar / se va a acabar / la dictadura militar”: síntesis y rima, para qué más. Otros cantos llegaban del pasado, de dictaduras antiguas: “El pueblo unido / jamás será vencido” y un tercero, “Luche y se van”, era un remedo por la contraria del exitoso “Luche y vuelve” que había prologado el regreso de Perón al país.
Las protestas ganaron gran parte del país, en simultáneo con la batalla de Buenos Aires. En Mendoza, murió asesinado por la Gendarmería el sindicalista textil José Benedicto Ortiz; en Rosario cerca de dos mil personas recorrieron el centro de la ciudad con cánticos contra la dictadura; en Mar del Plata y en Tucumán, cerca de doscientas personas fueron arrestadas por repudiar a la dictadura; en Córdoba, escenario de un alzamiento popular conocido como “Cordobazo” en 1969, el Tercer Cuerpo de Ejército patrulló las calles con columnas de vehículos militares por temor a otra pueblada.

Por la noche, cuando todavía no se había disipado el aire acre de los gases lacrimógenos, los noticieros de televisión trazaron un parte de guerra: en todo el país las cifras daban un muerto, el sindicalista Ortiz den Mendoza, más de dos mil quinientos heridos y cuatro mil detenidos, entre ellos Ubaldini, cinco miembros de la comisión directiva de “Los 25”, el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel y un grupo de Madres de Plaza de Mayo. Al día siguiente, el día fijado por la dictadura para la invasión de Malvinas, postergada por veinticuatro horas, la CGT preparó su propio balance sobre la marcha. Afirmó en un documento que el proceso militar estaba “en desintegración y desbande” y exigió “un gobierno de transición cívico-militar hacia la democracia”. El documento nunca fue publicado porque al día siguiente se produjo el desembarco de tropas argentinas en Malvinas.
Después del 2 de abril de 1982, cuando la Plaza de Mayo se colmó de argentinos eufóricos que aplaudían al régimen militar, la “CGT Brasil”, en su documento “Primero, la Patria”, decidió hacer “un paréntesis en su plan de acción (…) con el propósito de no perturbar la gesta de recuperación soberana de las Malvinas y la lucha entre todos los frentes contra el imperialismo”. Era una tregua.
Cuando el poder militar invitó a la CGT Brasil a integrar la delegación de organizaciones civiles que viajaría a Malvinas, cuando días antes había sostenido que la entidad había sido disuelta, su secretario de prensa, Ricardo Pérez, respondió con un sarcasmo y una firmeza: “Los subversivos de ayer somos los patriotas de hoy (…) Deseamos aclarar que no estamos aquí para hacer más fuerte la posición del gobierno argentino, que es una dictadura, que no es un gobierno elegido. Estamos aquí para explicar la posición del pueblo argentino, que ha sentido por largo tiempo que los territorios perdidos debían reconquistarse. Pero la reconquista de las Malvinas no modifica en modo alguno nuestros serios problemas internos”.

Ubaldini siempre se sintió orgulloso de aquel combate contra la dictadura. Lo elevó a la cima de lo épico: “La jornada más maravillosa para mí fue la del 30 de marzo de 1982, antes de Malvinas, cuando salimos a la calle y fuimos detenidos. Fue una movilización masiva, con una sola tristeza: la muerte del compañero Benedicto Ortiz. Después, fue el pueblo el que reaccionó. Desde los balcones tiraban macetas a la policía, tiraban de todo. Yo creo que apresuró el camino hacia la democracia. Fue una jornada maravillosa. No tuvo el brillo del 17 de octubre, pero yo creo que tuvo la valentía misma del 17 de octubre”.
Exageraba un poco, era un tipo de emociones fáciles, cuando comparaba la marcha del 30 de marzo con la movilización popular del 17 de octubre de 1945 que había dado nacimiento al peronismo. Pero nadie podía quitarle a Ubaldini lo bailado, ni lo que danzaría una vez recuperada la democracia en 1983 frente al gobierno de Raúl Alfonsín. Esa es otra historia.
El 30 de marzo de 1982, la CGT Brasil y una sociedad harta y devastada cargaron una piedra sobre los hombros deshilados de una dictadura sangrienta. Con la invasión de Malvinas, el poder militar se quitó la piedra de encima y la tiró al lago del olvido. Las aguas se agitaron un poco y después quedaron quietas. Pero la piedra siguió en el fondo del lago.
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