El día que el “doctor muerte” fue condenado a prisión por transmitir por televisión la grabación de una muerte asistida

El 26 de marzo de 1999 Jack Kevorkian fue sentenciado a entre 10 y 25 años de cárcel. Con sus técnicas de “suicidio asistido” y una máquina de su propia invención, ayudó a morir a más de cien pacientes terminales. Sus prácticas fueron el centro de fuertes debates en el ámbito de la ética médica, mientras la opinión pública se dividió entre quienes lo consideraban un pionero y los que lo acusaban de asesino. El pequeño detalle que mostró el video que lo llevó tras las rejas

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Primer plano de Jack Kevorkian, un hombre de edad avanzada con cabello gris, traje oscuro y corbata estampada, sonriendo y mirando hacia un lado
Jack Kevorkian, el controvertido médico conocido como "Doctor Muerte"

El juicio fue seguido con atención no solo en los Estados Unidos, donde se desarrollaba, sino en todo el mundo. Una atención algo escabrosa en la mayoría de los casos. Por eso, el viernes 26 de marzo de 1999, la fecha fijada para que el tribunal de Michigan diera a conocer su fallo, todas las cadenas estadounidenses previeron breaking news para dar a conocer la información sin demora. “Usted tuvo la audacia de aparecer en la televisión nacional, mostrarle al mundo lo que había hecho y desafiar al sistema legal a que lo pare. Bueno, señor, considere que lo han parado. Nadie, señor, está por encima de la ley. Nadie”, le dijo la jueza Jessica Cooper al doctor Jack Kevorkian antes de comunicarle que había resuelto condenarlo a una pena de prisión de 10 a 25 años.

Las relaciones entre la magistrada y el médico, de 70 años, habían sido tensas durante el proceso. Cuando Kevorkian le comunicó que asumiría personalmente su defensa a pesar de no ser abogado, Cooper le preguntó:

—¿Entiende que podría llegar a pasar el resto de su vida en prisión?

—No me queda demasiada vida por delante, de cualquier manera —le respondió el médico, que no tuvo reparo en admitir su participación en unas 130 muertes “asistidas”, aunque allí, en ese tribunal, se lo juzgara por una sola, la de un hombre llamado Thomas Youk, a quien había ayudado a morir mediante una inyección letal. El trasfondo del asunto, sin embargo, no era esa muerte sino su mediatización, porque dos meses después de que Youk exhalara su último suspiro, el médico le facilitó a la Cadena CBS un video con el registro de todo el proceso que fue transmitido en el programa 60 Minutos, por entonces el más visto de la televisión norteamericana.

Durante el juicio Kevorkian explicó que el objetivo de mostrar esa grabación al público era desafiar al sistema judicial, porque si luego de eso no lo procesaban significaría que la Justicia le daba su tácita aprobación a la eutanasia como acto legal. A la jueza Cooper no le cayó bien el argumento y a la hora de la sentencia le respondió que la condena que le imponía no tenía que ver con “la corrección política o moral de la eutanasia”, sino que se debía “a la anomia, a la falta de respeto (de Kevorkian) por una sociedad que existe por la fortaleza de su sistema judicial”.

Cuando la jueza Cooper pronunció su sentencia, el fondo del debate que Kevorkian pretendía instalar en la sociedad estadounidense, el derecho a la eutanasia, había quedado opacado casi totalmente por la cobertura sensacionalista de los medios, muchos de los cuales no dudaron en compararlo con un asesino en serie. Incluso le habían encontrado el apodo adecuado: “Doctor Muerte”, de la misma manera que llamaron “El asesino de las colegialas” a Ed Kemper o “El estrangulador de Boston” a Albert DeSalvo, por nombrar a dos asesinos en serie que causaron temor y furor en su época.

Jack Kevorkian
Jacobo “Jack” Kevorkian nació el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Michigan. Se graduó en 1952, se especializó como patólogo y se incorporó a la planta del hospital de Detroit, donde empezó a llamar la atención por un extraño pedido: que le avisaran cuando un paciente estaba por morir porque quería fotografiarlo para un estudio. Buscaba registrar sus ojos en el momento de la muerte

El “Doctor Muerte”

Si a fines del siglo pasado a algún editor de best sellers policiales se le hubiera ocurrido producir una ficción con un personaje basado en un médico devenido criminal, podría haber encargado una novela on the road donde el protagonista recorre las rutas del Estado de Michigan a bordo de una camioneta Volkswagen sembrando muertes. También le habría pedido al autor que lo pintara como un asesino en serie con un extraño modus operandi: lograba el consentimiento de la víctima para que la matara, la acostaba en una camilla instalada en la caja cerrada del vehículo y la conectaba a una sofisticada máquina que le provocaba la muerte.

La cabeza del personaje, en sus introspecciones, debería contener pensamientos tan malvados como siniestros, acordes con los de un criminal de esa calaña. En su retorcida mente, el médico asesino tendría incluso una justificación para matar: las víctimas querían morir y él, simplemente, las ayudaba a cumplir sus deseos. “Si podemos ayudar a las personas a venir al mundo, ¿por qué no podemos ayudarlas a dejar el mundo?”, podría decir el personaje en algún momento de reflexión, entre una muerte y la siguiente. El malo sería un malo de los más malos, de esos que no merecen ningún perdón.

Claro que para tener éxito la novela debería omitir el debate que, por entonces, el verdadero doctor Kevorkian —no el personaje, sino el médico de carne y hueso— había instalado en el ámbito de la ética médica: el de la validez de la eutanasia voluntaria. Y eso fue lo que muchos medios sensacionalistas de los Estados Unidos y del mundo hicieron en sus coberturas del caso al llamar a su protagonista “Doctor Muerte”.

De alguna manera, el médico también había contribuido a la construcción del personaje, porque, más allá de cualquier sensacionalismo, en lo único que coincidieron siempre los defensores y los detractores de sus prácticas fue que, para bien o para mal, Kevorkian estaba fascinado por la muerte o, mejor dicho, por el momento mismo en que ocurría la muerte.

Jack Kevorkian
Además de la Medicina, Kevorkian se interesaba por la pintura y el cine. Filmó un par de películas que no trascendieron y pintó cuadros en los que la muerte era un tema recurrente

Ayudar a morir

Nacido en Pontiac, Michigan, el 26 de mayo de 1928, Kervorkian se graduó en 1952 como médico en la Universidad de ese Estado e hizo la residencia en el Centro Médico que dependía de la facultad. Se especializó como patólogo y se incorporó a la planta médica del hospital de Detroit, donde empezó a llamar la atención de colegas y enfermeras con un extraño pedido: que le avisaran cuando un paciente estaba por morir, porque quería fotografiarlo en ese momento para un estudio que pensaba encarar. Buscaba, más que nada, registrar sus ojos en el momento de la muerte.

En una época en que se comenzaba a trabajar seriamente en el trasplante de órganos, sugirió dar a los condenados a muerte la posibilidad de ser ejecutados con anestesia para poder extraer sus órganos sanos y donarlos a las personas que los necesitaban. Presentó esa propuesta en 1958, durante una reunión de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia y provocó una fuerte polémica.

Kevorkian era un hombre versátil, interesado en la pintura y en el cine. Para poder combinar la medicina con esas dos disciplinar artísticas, en los ’70 se mudó a California, donde además de trabajar en su profesión se dedicó a pintar y filmó un par de películas que no llamaron la atención. En sus pinturas, el tema de la muerte era recurrente, e incluso llegó a pintar algunos trazos de sus cuadros con su propia sangre. También seguía fotografiando pacientes en sus últimos momentos y publicó una serie de artículos a favor de la eutanasia.

El momento bisagra en su profesión ocurrió en 1987, cuando viajó a los Países Bajos para asistir a un congreso médico y conoció las técnicas que utilizaban los profesionales neerlandeses para ayudar a suicidarse a los pacientes terminales. Volvió a Detroit dispuesto a aplicar técnicas similares en los Estados Unidos. Anunció el surgimiento de una nueva práctica médica a la que llamó “bioética y obiatría”, y empezó a ofrecer “asesoramiento médico en casos de muerte”.

La propuesta causó fuertes controversias. En tiempos que el simple hecho de “desconectar” —incluso a pedido de la familia— a un paciente en estado vegetativo de las máquinas que lo mantenían respirando generaba polémicas éticas y furibundos casos judiciales, sus propuestas fueron rechazadas tanto en el ambiente médico como en la Justicia, lo que provocó que en 1991 el estado de Míchigan le revocara su licencia médica, por lo que no podría ejercer su profesión ni atender pacientes. Pero, pese a la prohibición de ejercer la medicina, Kevorkian estaba dispuesto a seguir adelante.

Jack Kevorkian
Una de las pinturas del "Doctor Muerte"

“Thanatron”, la máquina mortal

Cuando le suspendieron la licencia, Kevorkian ya había construido su primera máquina de suicidio asistido, a la que llamó “Thanatron”. Era un aparato de su propia invención, con tubos, válvulas, engranajes y un interruptor que, al ser accionado por el paciente que quería suicidarse, liberaba dos químicos: el primero era una anestesia, el segundo le provocaba la muerte al paciente cuando ya estaba inconsciente.

La primera en utilizarlo, asistida por Kevorkian, fue Janet Adkins, una maestra de Oregon afectada por el Mal de Alzheimer. El médico intentó realizar la eutanasia en hoteles, funerarias y hasta en casas particulares, pero fue rechazado. La mujer tampoco quería hacerlo en su propia casa.

Finalmente, el 4 de junio de 1990, la propia Adkins accionó el interruptor del “Thanatron”, instalado en la caja de la destartalada camioneta Volkswagen de Kevorkian. La mujer estaba acostada en una colchoneta acomodada sobre el piso y murió mientras las hermanas de Kevorkian le leían poemas y cantaban salmos bíblicos. Cuando Janet murió, Kevorkian llamó a la policía. Cuando explicó cómo había muerto la mujer, los agentes lo arrestaron sin dudar un solo segundo.

Parecía un caso flagrante de asesinato, pero la propia familia de Adkins salió a defender a Kevorkian. El marido de Janet, Rod, llamó a una conferencia de prensa y leyó una nota de despedida que le había dejado su mujer. También puso a disposición de la prensa y de la Justicia una cinta VHS que habían grabado juntos en la que Janet decía que morir era una decisión que había tomado conscientemente y en total libertad. “Con la muerte busco mi autoliberación”, decía la mujer mirando a la cámara.

Jack Kevorkian
Kevorkian construyó una máquina de suicidio asistido a la que llamó “Thanatron” (AP)

Pedidos de todo el país

Jack Kevorkian fue llevado a juicio por la muerte de la mujer, pero entre la carta de Janet, el video, el testimonio de su marido y el vacío legal que existía en ese momento, fue absuelto. Si lo que se buscaba era frenar la práctica de muerte asistida, lo que se obtuvo fue el efecto inverso. La prensa se ocupó del caso y el “Doctor Muerte”, como se lo empezaba a llamar, dio innumerables entrevistas. “Mi objetivo final es hacer de la eutanasia una experiencia positiva. Estoy tratando de obligar a la profesión médica a aceptar sus responsabilidades, y esas responsabilidades incluyen ayudar a sus pacientes con la muerte”, le dijo a The New York Times en una de ellas.

En su campaña a favor del método de eutanasia que había creado, explicó también que sólo aplicaría su técnica con personas que dejaran constancia clara de su decisión y que les daría un mes para reconsiderarla. De ese modo, además de evitar que alguien se matara sin haberlo pensado a fondo, antes también buscaba que la Justicia no lo persiguiera.

Después de eso, comenzó a recibir cartas desde casi todo el país. “Estimado Dr. Kevorkian, ¡AYUDA! Soy una víctima de EM de 41 años. Ya no puedo cuidar de mí mismo. En mi sano juicio, deseo terminar mi vida en paz. Sé que solo empeoraré. Por favor, ayúdame", dice uno de esos correos que hoy es parte de la colección de sus trabajos, donados en 2014 a la Biblioteca Histórica de Bentley.

Durante los siguientes ocho años, Kevorkian asistió a 130 suicidios de adultos hombres y mujeres que viajaron para utilizar el “Thanatron”. Cuando las personas no podían trasladarse, el propio Kevorkian viajaba en su camioneta Volkswagen hasta donde vivían para poner a su alcance su máquina de suicidio asistido. Inventó también otro artilugio que le evitaba utilizar químicos. Lo llamó “Mercitrón” y permitía a los enfermos suicidarse inhalando monóxido de carbono a través de una máscara.

Mientras tanto, el debate giraba en torno a si los pacientes tenían derecho a la ayuda de un médico para morir y si el profesional podía ofrecerles ese servicio. Sus principales detractores afirmaban, en tanto, que las personas a las que había asistido Kevorkian no eran terminales ni tenían estudios psiquiátricos que certificaran su salud mental al tomar la decisión.

La opinión pública y los medios de comunicación se dividieron: había quienes lo apoyaban por considerar que realizaba una tarea humanitaria, pero la mayoría se puso en su contra y llegó a calificarlo de asesino en serie. La Justicia lo procesó cuatro veces, por la muerte de seis pacientes, pero fue absuelto en tres de los juicios y el cuarto fue declarado nulo.

AP
Kevorkian asistió a 130 suicidios de personas que viajaron para utilizar el “Thanatron”. Cuando no podían trasladarse, el propio "Doctor Muerte" viajaba en su camioneta para poner a su alcance su máquina de suicidio asistido (AP)

El Caso Youk

Uno de los principales argumentos que durante todo ese tiempo permitieron a Kevorkian seguir adelante con sus suicidios asistidos fue que los propios pacientes eran quienes acababan con sus vidas y que el médico sólo les facilitaba la manera de hacerlo. Por eso, el caso de Thomas Youk, un hombre de 52 años que sufría de una esclerosis lateral amiotrófica que le impedía moverse, resultó decisivo para que Kevorkian terminara en la cárcel.

Fue a causa de un pequeño detalle. En las imágenes del video transmitido por la cadena CBS, donde el hombre expresaba claramente su voluntad de morir, también se podía ver a Kevorkian cuando le inyectaba cloruro de potasio para causarle la muerte.

Lo llevaron a juicio, acusado de homicidio, y el tribunal desestimó su defensa, basada en que el paciente no podía provocar su propia muerte porque no estaba en condiciones de mover sus manos. Tampoco sirvió para su defensa el testimonio de la viuda de Youk, que reafirmó la voluntad de morir de su marido y agradeció la colaboración del médico. “No fue una víctima. Le pidió ayuda al doctor Kevorkian y le estaba agradecido. No quería estar en un pulmotor, ni depender completamente de otros con un cuerpo totalmente paralizado”, declaró.

Pese a que fue condenado a entre 10 y 25 años, Kevorkian solo cumplió ocho de la pena. Fue liberado por buena conducta en 2007, bajo la condición de no volver a asesorar ni asistir a nadie sobre cómo morir. Desde entonces, no volvió a utilizar sus máquinas de suicidio asistido, pero se volcó con energía a promover la eutanasia asistida. El 15 de enero de 2008, siete meses después de ser liberado, Kevorkian volvió a defender sus tesis frente a casi cinco mil personas en la Universidad de Florida. Dijo entonces que su intención “no había sido la de matar a los pacientes, sino la de evitarles el sufrimiento”. También se postuló como representante al Congreso por Michigan para presentar leyes que permitieran el suicidio asistido, pero solo consiguió 8.897 votos, muy por debajo de la cantidad necesaria para ser elegido.

Jack Kevorkian murió el 3 de junio de 2011 por un coágulo de sangre que obstruyó su corazón en el Hospital Beaumont de Royal Oak, donde estaba internado por un cáncer avanzado. Para entonces, el suicidio asistido por médicos estaba permitido por ley en los estados de Oregon y de Nueva York. En cambio, Kevorkian no llegó a ver cómo la práctica médica de dar recetas para ayudar a los pacientes terminales a suicidarse se extendía a todo el país, aprobada por la Corte Suprema de los Estados Unidos.

Al conocer la noticia de su muerte, Philip Nitschke, director de la organización por el derecho a morir Exit International, la más importante del mundo, lo despidió así: “Jack Kevorkian hizo avanzar el debate sobre la eutanasia de una manera que nosotros no habíamos podido imaginar. Cuando comenzó fue duramente criticado y pagó con verdadero heroísmo un infierno como precio, pero logró que la gente entendiera que la muerte voluntaria y asistida es un derecho”.

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