
Cincuenta años atrás el gobierno de la presidenta Isabel Perón prometía que “el verdadero plan económico” no era el del ministro Emilio Mondelli, que estaba siendo impugnado por los empresarios, los sindicalistas, y las amas de casa que no encontraban casi nada en los almacenes. “Dentro de treinta días se conocerá el verdadero plan”, afirmó el ministro del Interior, Roberto Ares, que estaba convencido de que no habría golpe de Estado porque “los jefes militares así me lo dijeron”.
Pero ya no había tiempo para Isabelita y su gobierno porque el 17 de marzo de 1976 los jefes militares decidieron convocar de urgencia al economista que habían elegido para que se hiciera cargo de ese ministerio crucial luego de una suerte de casting entre profesionales del liberalismo criollo. Era José Alfredo Martínez de Hoz, Joe.
“Pero estaba en un safari en África”, me dijo el ex general Jorge Rafael Videla, jefe del Ejército y dictador durante los primeros cinco años del llamado Proceso de Reorganización Nacional, entre 1976 y 1981, en una de las entrevistas que forman parte del libro Disposición Final.
“Le pedimos que adelantara el regreso y nos reunimos con él. Le dijimos: ‘Esto se está precipitando, la cosa se nos viene encima. Tenemos este trabajo teórico y nos gustaría que viera si se puede aplicar a la Argentina real. Pero no tiene mucho tiempo para darnos su opinión; debería ser este fin de semana’. Le explicamos que debía tener en cuenta que el plan económico tendría como telón de fondo a la guerra contra la subversión, donde era clave ganarse el respaldo de la gente y no perderlo; por eso, las medidas de ajuste no deberían ser tan duras como para alejarnos de la gente. Nos contestó que sí, y los tres comandantes terminamos eligiendo, por consenso, a Martínez de Hoz”.

Fue el golpe más organizado de la historia nacional. Hacía ya unos meses —desde mediados de octubre de 1975— que los jefes militares: Videla; el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Orlando Ramón Agosti habían decidido el derrocamiento de la viuda de Perón. “No era una situación aguantable: los políticos incitaban, los empresarios también; los diarios predecían el golpe. La Presidente no estaba en condiciones de gobernar, había un enjambre de intereses privados y corporativos que no la dejaban. El gobierno estaba muerto”, intentó justificar Videla.
Pocos civiles que solían golpear la puerta de los cuarteles cuestionaron la fecha elegida, según recordó Videla en alusión a los miembros sin uniforme del llamado “partido militar”, un grupo informal integrado por políticos y dirigentes económicos y sociales que se refugiaban en las periódicas irrupciones políticas de las Fuerzas Armadas para contrarrestar el poderío electoral del radicalismo primero y del peronismo después.
Mencionó, en concreto, al patriarca liberal Álvaro Alsogaray: “Hubo una crítica muy fuerte de Alsogaray, que tenía mucho peso en aquellos años y se había convertido en un detractor del golpe a seis meses de las elecciones. Alsogaray decía que los militares debíamos esperar a que el desgobierno se profundizara aún más para que el peronismo fuera expulsado del gobierno por el malhumor popular.

“Pero —argumentó—, pensábamos que, si el golpe no se hacía en aquella época, el problema era el desborde en las Fuerzas Armadas: que nos pasaran por arriba los de abajo. Y eso era el anarquismo total, algo no podíamos permitir. En concreto, en el Ejército el riesgo era que nos pasara por encima algún coronel nacionalista. Mal que mal, nosotros teníamos algo preparado; ideas y proyectos sobre los cuales ya veníamos trabajando. Además, se trataba de ocupar el vacío de poder existente para que no lo llenaran la subversión y el marxismo con el objetivo final de salvar las instituciones republicanas, circunstancialmente paralizadas por el desgobierno reinante. Si en el golpe de 1955 la intención había sido corregir un exceso de poder, en el de 1976 hubo que llenar un vacío de poder. Siempre pensamos en devolver el poder a los civiles. Claro que esa devolución iba a ser a su debido tiempo”.
Los peronistas, en general, insisten en que no había tal vacío de poder, que esa mención recurrente era sólo una excusa del golpismo, de la cúpula del Ejército en primer lugar, y que, en todo caso, apenas se trataba de esperar unos meses hasta las elecciones, que ya habían sido adelantadas a octubre de aquel año a pedido de la oposición.
Cada golpe militar fue distinto; al 24 de marzo de 1976, por varias razones que incluyen la crisis del gobierno constitucional, la ineficacia de los políticos, el desafío de los grupos guerrilleros y el temor de la gente, las Fuerzas Armadas habían acumulado un tremendo poder en apenas tres años. Eso les permitió imponer soluciones autoritarias, por la fuerza, de arriba hacia abajo, no apenas en el plano de la lucha contra la guerrilla: pretendían cambiar a toda la sociedad argentina, volverla a fundar, moldearla como si fuera de plastilina para liberarla de las “plagas” que, según los militares, no la dejaban desarrollar todas sus potencialidades. Estaban convencidos de que podrían hacer prácticamente lo que querían sin tener que esperar el consenso de nadie.

“Nuestro objetivo —explicó el dictador— era disciplinar a una sociedad anarquizada; volverla a sus principios, a sus cauces naturales. Con respecto al peronismo, salir de una visión populista, demagógica, que impregnaba a vastos sectores; con relación a la economía, ir a una economía de mercado, liberal. Un nuevo modelo económico, un cambio bastante radical; a la sociedad había que disciplinarla para que fuera más eficiente. Queríamos también disciplinar al sindicalismo y al capitalismo prebendario". El otro cambio que pretendían realizar era eliminar “la influencia del comunismo en la cultura y la educación”.
Para todo eso, había que cambiar la economía. Los militares pensaban que en esa estructura se jugaba el partido clave: “En el Ejército siempre hubo sentimientos nacionalistas, estatistas, rastros del peronismo. Pero el consenso al que habíamos llegado en aquel momento en los niveles de conducción del Ejército era remover todos los obstáculos para ir hacia una economía liberal. En Economía, nombramos a un civil, al igual que en Educación: Martínez de Hoz y (Ricardo) Bruera. Pensábamos que había que poner orden en la economía, que estaba mal manejada, el país no tenía crédito. Me acuerdo que, apenas asumí la comandancia en jefe del Ejército, el ministro (Antonio) Cafiero viaja al exterior y después de muchas reuniones consigue una miseria de crédito. Todo eso por el manejo populista, demagógico”.
Ese objetivo coincidía con la opinión del sector empresarial encabezado por Martínez de Hoz, quien, junto con Bruera, fueron los únicos civiles del primer elenco de ministros de Videla. Bruera fue propuesto para Educación por monseñor Adolfo Tortolo, arzobispo de Paraná, vicario castrense y titular del Episcopado. Martínez de Hoz se convirtió en la principal figura de aquel gabinete junto con su aliado, el ministro del Interior, general Albano Harguindeguy; fueron los únicos ministros que duraron todo el mandato de Videla, cinco años.

Cuando asumió, el 29 de marzo de 1976, Martínez de Hoz ya era una figura relevante del poder económico: abogado y economista, descendía de una familia de terratenientes; había sido secretario de Agricultura y ministro de Economía entre 1962 y 1963, durante el gobierno de José María Guido; integraba el directorio de varias empresas de primera línea y dirigía la siderúrgica Acindar, y mantenía relaciones estrechas con personajes poderosos de Estados Unidos, como Nelson Rockefeller, vicepresidente de ese país.
Martínez de Hoz anunció su plan económico cuatro días después en un mensaje por radio y TV. Desde el principio, quedó claro quiénes serían los ganadores: el agronegocio y el sector primario en general, las inversiones extranjeras, y las empresas y grupos locales que supieran o pudieran sobrevivir, adaptarse o aprovechar una drástica apertura económica, la competencia de los artículos importados y el recorte discrecional de los subsidios estatales. Rápidamente, se agregó a la lista de beneficiados el sector financiero.
Videla niega que el nombramiento de Martínez de Hoz haya sido una imposición del establishment. “La verdad —afirmó— es que a Martínez de Hoz lo nombró el Ejército, es decir yo. El 24 de marzo de 1976, yo ‘era el Ejército’ y contaba, además, con la consideración y el respeto de las otras dos fuerzas. En ese momento, había unidad, cohesión, afinidad en todo el sector castrense”.

Incluso, Videla aseguró que Martínez de Hoz “no fue más que el ejecutor de una política económica delineada por las Fuerzas Armadas” y que resultó elegido unos días antes del golpe al final de un “casting” del que participaron otros candidatos como Roberto Alemann, José María Dagnino Pastore y Lorenzo Sigaut.
Martínez de Hoz era miembro del llamado Grupo Perriaux, que, según reveló Videla, “había pensado el plan económico, que Martínez de Hoz puso luego en práctica. También integraban ese grupo Juan José Catalán, que luego fue mi ministro de Educación; Mario Cadenas Madariaga; el empresario José Estenssoro, una gran persona; Horacio García Belsune padre. Era una decena de personas”.
El abogado Jaime Perriaux, “Jacques”, era el animador de ese grupo. Discípulo del filósofo español José Ortega y Gasset, Perriaux había sido ministro de Justicia durante la dictadura del general Alejandro Lanusse. El Grupo Perriaux solía reunirse en una casa en la calle Azcuénaga; llegaron a Videla a mediados de 1975, cuando ya se perfilaba como el futuro jefe del Ejército, a través del general Hugo Miatello, cuyo último destino en actividad había sido la titularidad de la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE), también con Lanusse. Videla y Miatello eran amigos desde la infancia compartida en Mercedes. “Perriaux tenía un grupo de pensadores que abarcaban todas las áreas y eran un elemento de consulta serio”, sostuvo Videla.
* Periodista y escritor, extraído del Capítulo 7 de Disposición Final.
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