La victoria pírrica de Isabel, el congreso del “fiasco” y otros informes secretos en las vísperas de “acontecimientos sin retorno”

Documentos desclasificados de la embajada de Estados Unidos contribuyen a leer el panorama político del país a quince días de la “solución militar”. Mientras avanzaba la sombra del golpe, los alimentos escaseaban, los paros se acumulaban, el peronismo se fragmentaba y el gobierno pretendía mostrar un poder que ya no tenía. Crónica de los últimos esfuerzos por desanudar un futuro prácticamente sellado

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Isabel Perón, escoltada por el
Isabel Perón, escoltada por el edecán Martínez, Lopez Rega y José María Villone. La viuda de Perón había sido elegida la presidenta del PJ, un hecho que no modificó en nada el plan militar

A quince días del golpe militar que iba a instaurar la más sangrienta dictadura de la historia argentina, la Embajada de Estados Unidos mostraba sin recelos su decepción por el panorama político del país, en especial por el tortuoso rumbo que había encarado el peronismo, en manos de la presidente María Estela Martínez, la viuda de Perón. Con la economía en crisis, una inflación galopante, desatada una violencia guerrillera y paramilitar, con precios incontrolados, que debía controlar la Policía y que no podían enfrentar al dólar, un plan económico que había decretado el ochenta por ciento de aumento en las tarifas de transporte y sólo el doce por ciento de aumento en los salarios, con aquel país que se descascaraba por horas, el gobierno insistía en cerrarse sobre su propia incapacidad, en desoír las voces del resto del peronismo que intentaban frenar la tragedia por llegar, y parecía apostar a una mayor crisis, a un mayor aislamiento.

Tres documentos de la Embajada, fechados el 4, el 5 y el 9 de marzo, dan cuenta de la última oportunidad perdida por la política para arriesgar una salida institucional, y constitucional, a la crisis: enjuiciar a la Presidente y reemplazarla por el senador Ítalo Lúder, totular provisional del Senado. En 1975, Lúder ya la había reemplazado a Isabel por unos días, mientras tomaba un breve descanso en Ascochinga, Córdoba, en compañía de las esposas de los comandantes que iban a derrocarla.

Luego, Lúder se había negado, y se negaría hasta el final, a ocupar la presidencia en reemplazo de Isabel con una lógica de hierro: “Yo no voy a ser el traidor de la viuda del general”. Por otro lado, según otros documentos de la embajada estadounidense ya reproducidos por Infobae, tampoco el posible reemplazo de Isabel Perón garantizaba en absoluto que los militares dieran marcha atrás con el golpe. Y así lo habían hecho saber a la dirigencia política y sindical los tres comandantes en jefe, el general Jorge Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti.

Los integrantes de la junta
Los integrantes de la junta militar Jorge Rafael Videla, Eduardo Massera y Ramon Agosti, en un acto protocolar luego de tomar el poder en 1976 (NA)

En manos de Lúder estaba en estos primeros días de marzo convocar a la Asamblea Legislativa para tratar el juicio político a la Presidente, tal como lo había asegurado a finales de febrero. Pero el 3 de marzo, el senador dio marcha atrás. No lo dijo expresamente, pero su argumento sostenía que la convocatoria a la Asamblea podía ser inconstitucional. Pero el ministro del Interior, Roberto Ares, tal vez de modo involuntario, develó lo que Lúder no había dicho. El documento del 4 de marzo firmado por el embajador Robert Hill, cuenta el episodio: “(…) La semana pasada, el senador Lúder indicó que convocaría a la asamblea. Sin embargo, ayer, 3 de marzo, cambió de posición alegando que estaba estudiando la constitucionalidad de la convocatoria. El ministro del Interior Ares, consultado por la prensa minutos después, debe haber perturbado a Lúder al decir abiertamente la verdad sobre el asunto. Según Ares, Lúder decidió que la Asamblea Legislativa era inapropiada y que ya no pensaba convocarla”.

El embajador Hill parece hasta decepcionado por la decisión de Lúder: “(…) La aparente incapacidad de los civiles incluso para convocar a la Asamblea Legislativa frente a la actual crisis, señala para muchos observadores que una solución militar es inevitable”. La “solución militar” ya era inevitable al menos desde principios de año. La embajada lo sabía, y las principales figuras políticas y sindicales también. El documento cierra con un dato revelador y acaso también estremecedor: “De hecho, muchos de los contactos de la embajada dentro de los partidos políticos están comenzando a ajustarse a lo que creen serán las condiciones bajo el gobierno militar. Altos representantes de la UCR y peronistas anti verticalistas se han reunido con los militares y hablan de colaboración con el futuro gobierno castrense”.

El documento deja en claro que a dos semanas del golpe, parte de la dirigencia política y gremial de la Argentina, incluida la peronista, resignada ante lo inevitable, buscaba un lugar bajo el sol de la futura dictadura. También esas pocas líneas firmadas por Hill revelan que nadie conocía las intenciones, los planes y los métodos a implementar por el futuro gobierno. Aquel país devastado y aturdido parecía conservar aún un poco de inocencia. La iba a perder por completo en pocos días.

"La aparente incapacidad de los
"La aparente incapacidad de los civiles incluso para convocar a la Asamblea Legislativa frente a la actual crisis, señala para muchos observadores que una solución militar es inevitable”, reportó Robert Hill, embajador de EEUU durante la dictadura

Por fin, el 5 de marzo, Lúder se sinceró. Dijo: “Si violando la Constitución yo convocara a la Asamblea Legislativa, es obvio que ésta no podría adoptar ninguna decisión institucional y su único saldo sería un conflicto de poderes que podría resultar el detonante para la quiebra del orden institucional”. El entonces llamado Grupo de Trabajo, una treintena de diputados peronistas anti verticalistas, expresó su “absoluta disconformidad” con la decisión de Lúder y le exigieron una “respuesta responsable y comprometida con el destino histórico de la Patria”. El discursito colegial servía de nada. El PJ estaba en manos de los verticalistas y, en vez de la Asamblea Legislativa, lo que se armó fue un congreso del peronismo destinado a nombrar a las nuevas autoridades partidarias.

El documento del 5 de marzo firmado por el embajador Hill y destinado al Departamento de Estado que conducía Henry Kissinger, desnuda en parte la feroz interna peronista, todos al borde del abismo, que le habilita al diplomático ejercer un humor cargado de amargo sarcasmo, que era una de sus especialidades. “(…) Que el peronismo ya no sea capaz de solucionar sus propias crisis internas, podrá demostrarse en el Congreso del partido programado para mañana, 6 de marzo. Los delegados ya se han dividido en tres o cuatro fracciones con pocas posibilidades de reconciliación. El secretario privado de la señora Perón, Julio González, habría dicho que si el congreso no estaba controlado por los verticalistas, éste no se celebraría. En pocas palabras, el encuentro promete ser una pelea de perros”.

El comentario final, tal vez el fragmento de los informes que Hill se reservaba para escribir él mismo, dice: “Lo que suceda en el congreso del partido no afectará significativamente el resultado de la actual crisis política. Sigue siendo altamente probable que los militares asuman el mando más allá de lo que allí ocurra. En el caso de que se produzca una verdadera trifulca, sin embargo, podría añadir fuerza a los argumentos castrenses que afirman que las instituciones civiles son incapaces en este momento de dar solución a los problemas de la Nación”.

No hubo trifulca en aquel congreso del PJ del 6 de marzo. Cuando faltaban sólo dieciocho días para el golpe, el partido quedó en manos de Isabel Perón y del grupo de ministros y funcionarios que rodeaban a Isabel y la llenaban de elogios. Algunos habían acompañado a Perón en su primera presidencia en los años 40, como el ministro del Interior Ares, otros integraban el verticalismo más cerril, lo que quedaba de las huestes de José López Rega, que había intentado ser el hombre fuerte de la Argentina, a su manera lo fue, escudado tras la figura de la viuda de Perón.

Fechado el 4 de marzo
Fechado el 4 de marzo de 1976, el informe dice que desde la UCR y los peronistas anti verticalistas "se han reunido con representantes militares y están hablando sobre la colaboración con el futuro gobierno"

El largo documento de la Embajada estadounidense del 9 de marzo describe en parte aquel congreso del PJ, interpreta su resultado, (“El verticalismo asumió la conducción peronista”, decían la portada de los diarios de ese día), revela la enorme decepción del resto del peronismo no “isabelista” o anti verticalista, cita a dirigentes peronistas en contacto casi permanente con la Embajada y hasta ironiza sobre el contenido del discurso de la Presidente en aquella jornada de barricada celebrada en el teatro Cervantes. Lo primero que hace Hill es retractarse de su afirmación anterior sobre la calidad del congreso del PJ, del que dijo podía ser “una pelea de perros”.

“El congreso del partido peronista –dice el documento– no resultó ser tanto una pelea de perros, sino un fiasco. Los anti verticalistas decidieron boicotearlo. La señora Perón, que de cualquier manera no habría tenido más de 130 de los 280 delegados, logró juntar suficientes delegados de las provincias controladas por los verticalistas para tener quórum y controlar el congreso. Robledo, Báez (se refiere a Ángel Federico Robledo, que había sido canciller y ministro del Interior del gobierno de Isabel, y al sindicalista Genaro Báez) y varios otros anti verticalistas que trataron de asistir aparentemente con la idea de presentar sus posiciones, fueron amenazados por violentos grupos de verticalistas y se retiraron. El nuevo Consejo Superior está completamente supeditado a la señora Perón y a su entorno. Su composición es la siguiente: presidente, señora Perón; vicepresidente Deolindo Felipe Bittel, gobernador del Chaco: 2° vicepresidente, Néstor Carrasco; secretario general, Lázaro Roca. Eloy Camus fue electo presidente del congreso y el senador Armando Caro jefe del tribunal disciplinario del partido”.

Que Isabel Perón y sus seguidores se hubieran adueñado del PJ significaba poco y nada: aquel gobierno se balanceaba al borde de un abismo hacia el que parecía caminar a paso redoblado con despreocupada alegría. Al menos la Embajada lo intuyó, o lo supo, por el testimonio de los derrotados del PJ, los diputados del Grupo de Trabajo y el resto de los anti verticalistas. Sigue el documento:

“Esta fue una victoria pírrica para la señora Perón, ya que el boicot por parte de los anti verticalistas demostró que la división en el partido es total. Tal como un líder anti verticalista del Grupo de Trabajo le comentó a funcionarios de la embajada: ‘No tenemos nada que ver con la estructura del partido que incluye a la señora Perón y su pandilla. Seguimos siendo peronistas, pero no de su misma clase’”.

La presidencia de Isabel Perón
La presidencia de Isabel Perón enfrentó inflación, violencia y una interna peronista que profundizó el aislamiento del gobierno argentino

El boicot al que hace referencia el documento no había sido de hecho tan significativo: el Congreso sesionó y aún con el boicot en marcha, existió una fuerte resistencia a que los disidentes participaran de las discusiones. El secretario privado de Isabel, Julio González, se había plantado: sólo habría Congreso si era dominado por los verticalistas. La embajada amplía su diálogo con el dirigente peronista del anti verticalista Grupo de Trabajo:

“La misma fuente, cuando se le preguntó si no había sido un error táctico ceder el aparato partidista a la señora Perón, lo negó: ‘Ya no es más nuestro partido’ señaló y añadió que el nuevo Consejo ya no tiene importancia porque no durará más de un mes y que será barrido por los militares. Lo peor, comentó hubiera sido tener una batalla a gran escala y notoria en el Congreso. ‘Es mejor reconocer la división, dejarla a ella que tenga su partido y nosotros el nuestro’ (…) No todos los verticalistas estuvieron de acuerdo con el boicot. Debe recordarse que las fuerzas que ahora se concentran en el Grupo de Trabajo y en Reafirmación Peronista se fueron durante el último Congreso, mientras que Robledo y Báez defendieron a la señora Perón y seguían siendo considerados verticalistas. Las últimas fuerzas, por lo tanto, se pasaron al campo anti verticalista (…) Estando entonces ausentes la mitad de las fuerzas anti verticalistas, los miembros del grupo de Robledo y Báez comprendieron que serían avasallados por los verticalistas y decidieron entonces enviar una representación simbólica. (…) Los dirigentes no entraron y otros representantes fueron abucheados y rechiflados”.

Luego, sin perder su módica cuota de humor, el documento, y el embajador Hill, se refiere al discurso que dio Isabel Perón al cierre de las deliberaciones. Es una descripción un poco vaga y bastante cruel. Destaca sí, con agudeza, una frase de la Presidente que revela que o bien presentía, o ya sabía que su destino estaba sellado. Dice el documento:

“El congreso del partido peronista
“El congreso del partido peronista no resultó ser tanto una pelea de perros, sino un fiasco. Los anti verticalistas decidieron boicotearlo", precisa el documento de la Embajada de EEUU

“La señora Perón, ovacionada por aplaudidores de oficio quienes aseguraban ‘Isabel es divina’ (en inglés en el original) habló dos veces en el Congreso. Su discurso no fue memorable, ni por su contenido, ni por la forma en que fue expresado. Hizo un llamado a la unidad y dijo que continuaría trabajando por el bien del partido y del país, como deben hacerlo todos los peronistas. Sin embargo, no ofreció ninguna idea, ni ninguna nueva directiva, incluso cuando advirtió que la Argentina podría estar ‘en las vísperas de acontecimientos de los cuales no hay retorno’. Más aún, pese a su exhortación a la unidad, cuando su barra entonó cánticos pidiendo que los opositores sean colgados, ella señaló que se debería dejar que ellos se ahorcaran solos. También indicó que, a veces, tiene deseos de usar el látigo e incluso el hacha con sus opositores”.

Las crónicas de la época recogen mejor los dichos de la Presidente que la Embajada cita de forma no textual, salvo la referencia a los “hechos que no tienen retorno”. La referencia a la horca y a los ahorcados se dio en medio de una especie de arenga de la Presidente y de alguna réplica del público integrado sólo por sus seguidores. Isabel Perón aludió a las arremetidas del anti verticalismo, sin mencionarlo, y dijo: “Dicen que hay que ‘peronizar’ al gobierno. Y yo les digo que algunos que no son peronistas merecerían serlo por lo bien que trabajan, mientras que otros que se titulan peronistas no tienen de peronistas más que la camiseta”. En ese momento, algunas personas gritaron: “¡A la horca!”. Y la Presidente replicó: “Yo no mando a nadie a la horca. Se ahorcan solos”.

Látigo y hacha aparecieron después. En un casi diálogo con su público, de haber sido otro el contenido bien pudo ser la escena de un drama verdiano, la Isabel habló del “entorno”, el sustantivo adjetivado que definía a quienes la rodeaban en su acción de gobierno: “A mí nadie me ‘entorna’. Ni Perón, dicho con todo el respeto que me merece el general, me ha podido ‘entornar’ en dieciocho años”. En seguida, una mujer se quejó de los precios cada día más altos, e Isabel dijo: “Se creen que no sé nada de lo que pasa en la calle y de los pillos que existen. Pero a ellos también les vamos a dar con un hacha. Si es necesario, me tendré que con verter en la mujer del látigo para defender los intereses de la Patria”.

Crónicas de la época aparte, por último el embajador Hill arriesga una posible unidad de las fuerzas anti verticalistas encarnadas por el Grupo de Trabajo y la Reafirmación Peronista. Es extraño que Hill haya vencido la tentación de hacer algún comentario sobre la banalidad de esa unidad, en momentos en que en las unidades militares se aprestaban las armas, un hecho que Hill tampoco ignoraba. Dice su último comentario: “El Grupo de Trabajo ya constituye un bloque independiente del peronismo en la Cámara de Diputados. Sin embargo, la Reafirmación Peronista se describe como una tendencia dentro del peronismo, no como un partido independiente. El hecho de que los anti verticalistas cedieran la estructura del partido justicialista a la señora Perón sin oponer resistencia, sin embargo, sugiere que algunos de ellos podrían estar considerando convertirlo en uno solo. Hill”.

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