“Soy Natascha Kampusch, llame a la policía”: la niña de diez años que estuvo 3096 días esclavizada y el llamado que le salvó la vida

El 2 de marzo de 1998, la niña había logrado que su madre le permitiera ir caminando sola hasta la escuela, pero nunca llegó. Un secuestrador solitario la subió a la fuerza a una camioneta y ya no hubo rastros de ella. La encerró en una celda subterránea, la violó, la torturó y la trató como a una esclava. Con el tiempo pudo ganarse su confianza y huyó cuando se le presentó la primera oportunidad. Habían pasado ocho años, cinco meses y 21 días desde su secuestro

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En 1998, Natascha Kampusch fue
En 1998, Natascha Kampusch fue capturada por Wolfgang Priklopil, un hombre solitario y misógino que la mantuvo cautiva en el sótano de su casa y la sometió a todo tipo de abusos, hasta el 23 de agosto de 2006

“Me acuerdo de lo sucedido durante todos aquellos años, pero no hago uso de esos recuerdos. Están almacenados en un archivo de mi mente, pero no me controlan. No estoy traumatizada. No es fácil asumir del todo lo que me pasó, pero he logrado muchos de los problemas. A veces, si estoy sola y hay un silencio absoluto, vuelvo a revivirlo. Es una carga, como una losa pesada sobre mí”, decía Natascha Kampusch diez años después de la finalización de su secuestro. Esa losa pesada eran todos los ocho años, cinco meses y 21 días –es decir, 442 semanas, o 3096 días– que había estado cautiva de Wolfgang Priklopil luego de que la raptara en plena calle el 2 de marzo de 1998 cuando iba caminando hacia la escuela primaria de Brioschiweg, a la que jamás llegó. Era entonces una niña de 10 años, tenía más de 18 cuando pudo escapar.

El suyo fue uno de los casos más impactantes de los anales criminales de Austria, aunque que cuando finalmente se liberó de su secuestrador su nombre todavía era recordado y la policía la seguía buscando, aunque no se sabía si estaba viva o muerta. Casi como una horrible broma del destino, Natascha fue secuestrada el mismo día que había logrado algo de libertad. Porque la mañana de ese lunes 2 de marzo, después de pedirlo durante días, consiguió que su madre le permitiera ir sola a la escuela. Por eso caminaba entre inquieta y feliz por la calle Melangasse del distrito vienés de Donaustadt cuando Prikopil la interceptó y la subió a la fuerza a una camioneta blanca. La escena tuvo un solo testigo, un chico de 12 años, que fue quien pudo describir el vehículo y algunas letras de su patente, lo que permitió identificar de qué zona era la camioneta. Siempre y cuando no se tratara de una placa falsa.

Con ese dato, la policía se movió rápido. Revisó el registro automotor, localizó y entrevistó a todos los propietarios de ese tipo de van color blanco de un territorio específico. Eran exactamente 776, y uno de ellos fue Wolfgang Priklopil, de 36 años, técnico en comunicaciones y sin antecedentes penales, que en ese momento estaba remodelando su casa. La policía no sospechó de él. “Era convincente, amable, cooperativo. No había motivos para dudar de su versión”, contó años más tarde uno de los policías que trabajaron en la parte inicial de la investigación.

Cuando se agotaron los propietarios de camionetas blancas como posibles secuestradores el caso quedó estancado. Era la única pista y había terminado en un callejón sin salida. Surgieron especulaciones sobre redes de pornografía infantil o de una organización dedicada al robo de órganos, y también se buscaron posibles vínculos entre el autor del secuestro y el criminal en serie francés Michel Fourniret, autor de los secuestros, violaciones y asesinatos de nueve niñas y adolescentes en un lapso de catorce años en las décadas de 1980 y 1990. Ninguna de esas líneas dio resultado. El caso siguió abierto, pero no se pudo avanzar un paso más. No había por dónde.

"’Soy tu rey y tú
"’Soy tu rey y tú eres mi esclava. Siempre quise tener una esclava’, me explicaba. Hablaba a menudo y con admiración de Hitler", relató Natascha Kampusch sobre Wolfgang Priklopil, su secuestrador

3096 días

Natascha, sin embargo, no estaba muy lejos. Inmediatamente después de raptarla, Priklopil la llevó a su casa en Strasshof, un suburbio de Viena, y la encerró en celda que había montado en antiguo refugio antiaéreo que su abuelo había construido durante la Segunda Guerra Mundial. Era una pequeña habitación de 2,78 metros por 1,81 que no tenía ventanas ni aire fresco. En el techo había colocado un ruidoso ventilador. A ese reducto criminal se llegaba gateando por un hueco que, a su vez, estaba sellado por una puerta de acero oculta detrás de un mueble en el sótano de la casa, debajo del garaje.

El mismo día del secuestro, la chica se atrevió a preguntarle a su secuestrador si iba a abusar de ella. “No, sos muy chica para eso”, le respondió Priklopil y le dijo que pediría rescate por ella y que sus padres pagaban la dejaría ir. Con el paso de los días, Natascha se dio cuenta de que le había mentido y que la iba a matar. Cuando la visitaba en la celda, el hombre iba con la cara descubierta. “Cómo me va a dejar ir si puedo contar cómo es”, pensó.

Pasó los primeros meses de su cautiverio, tal vez más de un año, sin salir de la celda ni una sola vez. Sentía que Priklopil tenía dos personalidades y no sabía con cual de ellas se iba a encontrar cada vez que entraba en la celda. A veces tenía gestos supuestamente bondadosos, que incluían regalos; otras, la maltrataba sin piedad. Durante los primeros tiempos el secuestrador para bañarla la metía desnuda en una palangana: “Me fregaba como si fuese un coche, sin ningún sentimiento, ni segundas intenciones”, contaría después.

Un niño de 12 años
Un niño de 12 años presenció el secuestro y le contó a las autoridades que se la habían llevado en una camioneta blanca. Uno de los 776 propietarios que la policía entrevistó era Wolfgang Priklopil, de 36 años, técnico en comunicaciones y sin antecedentes penales (REUTERS/HO/Police)

Luego, poco a poco, atada o vigilada, Priklopil comenzó a llevarla a la planta baja, luego al primer piso, y más tarde la llevó a dormir atada en su propia cama. La obligaba a limpiar, pero tenía que hacerlo desnuda y mirando hacia el suelo. Empezó también a violarla. Con el paso del tiempo la dejó salir al jardín y la llevaba en ocasiones a hacer las compras en su auto en negocios cercanos a la casa. La paralizaba con una amenaza: si escapaba, no solo la mataría a ella sino a toda su familia.

La relación que mantenía con ella seguía siendo ambivalente: le festejaba los cumpleaños y celebraban juntos Navidad y Año Nuevo, pero al día siguiente volvía a humillarla, pegarle y violarla. Cuando se enojaba con ella la dejaba a oscuras por mucho tiempo o la obligaba a mantenerse despierta gritándole por un intercomunicador. Por un lado, le daba regalos y por el otro le quitaba alimentos. Cuando Natascha llegó a la adolescencia comenzó a desafiarlo, lo que fue castigado con más torturas y golpes. En ocasiones la dejaba días encerrada y sin comer. Solo cuando Natascha, quebrada, le pedía perdón, volvía a alimentarla. En esos momentos, contaría después, Natascha sentía que la dejaría morir ahí, enterrada viva.

Se propuso sobrevivir a cualquier costo. Soportaba de manera estoica todos los castigos y ser violada con frecuencia. En sus días más crueles, el secuestrador le rapaba la cabeza, la mantenía encadenada a la cama y la torturaba hasta el borde de la muerte. “Me agarraba por el cuello, me sumergía la cabeza en la bacha de la cocina y me apretaba la tráquea hasta que perdía el conocimiento. Me gritaba. ‘No Natascha, nunca más. Ahora sos mía”, relataría la chica después.

"Cuando cumplí 12 años y
"Cuando cumplí 12 años y entré en la pubertad, su comportamiento cambió drásticamente. Comenzó a tratarme como si fuera sucia y repugnante. Me pateaba y me golpeaba; también me sometió a agresiones sexuales menores como parte de su acoso diario", contó (AFP)

La oportunidad y la huida

Sometida de esa manera y con la amenaza permanente de matar a su familia, durante años Natascha Kampusch no pensó en escapar sino simplemente en seguir con vida. Fue así incluso cuando Priklopil relajó su vigilancia sobre ella: la dejaba moverse libremente por la casa, con la seguridad de que no escaparía, y solamente seguía atándola a la cama por las noches.

Quizás a Natascha le faltaba que se le presentara una oportunidad que la hiciera sentir segura y llegó la tarde del miércoles 23 de agosto de 2006, cuando estaba en el parque de la casa limpiando el auto bajo la mirada vigilante de su secuestrador. Sonó el teléfono de la casa y Priklopil cometió el error definitivo de ir a atender la llamada. Apenas se vio sola, Natascha salió a la calle y comenzó a correr. Corrió unos 200 metros por los jardines vecinos y una calle, saltando vallas y pidiendo a los transeúntes que llamaran a la policía, pero nadie le hacía caso. Finalmente, desesperada, golpeó la puerta de una casa y la atendió una mujer de 71 años que le reprochó que le pisara el jardín. “Soy Natascha Kampusch, llame a la policía”, le pidió la chica. El auto policial llegó a la 1.04 de la tarde, la hora en que Natascha se sintió libre por primera vez en 3096 días.

El momento en que Natascha
El momento en que Natascha Kampusch reaparece ante el público el 24 de agosto de 2006, un día después de escapar de su secuestrador, Wolfgang Přiklopil, tras pasar más de ocho años en cautiverio

En la comisaría volvió a decir: “Soy Natascha Kampusch, nacida el 17 de febrero de 1988”. Dudaron en creerle, tanto que recién dieron su identidad por confirmada cuando se le realizaron pruebas de ADN y vieron una cicatriz en su cuerpo que era idéntica a la que su madre había descripto más de ocho años antes, cuando la policía le preguntó si su hija tenía alguna seña particular.

Cuando Wolfgang Priklopil vio que Natascha había escapado, se subió al auto y comenzó a buscarla por el barrio. Lo hizo hasta que se dio cuenta de que la policía lo iba a ir a buscar. Entonces huyó. Desde un teléfono público llamó a un amigo y le contó toda la historia en menos de dos minutos, desde el secuestro de la chica ocho años antes hasta su fuga. Atónito, su interlocutor le recomendó que fuera a la comisaría y se entregara. Apenas cortó la comunicación, el hombre también llamó a la policía. Pero Priklopil no se entregó. Con la perspectiva de pasar el resto de su vida en la cárcel, se suicidó arrojándose al paso de un tren.

Una foto de archivo muestra
Una foto de archivo muestra a la víctima de secuestro Natascha Kampusch hablando con el ex campeón austriaco de Fórmula Uno Niki Lauda en Viena el 30 de mayo de 2008 (REUTERS/Handout/PULS4)

La vida después

La primera aparición pública de Natascha Kampusch después de su liberación no fue para celebrarla sino para desmentir ante un tribunal civil en Graz los rumores que señalaban a su madre, Brigitta, como posible cómplice de Priklopil. “Esperamos que esta absurda teoría se descarta de una vez por todas”, declaró.

Los primeros tiempos no fueron fáciles, sobre todo por una exposición pública que no quería ni esperaba. Fue incluso víctima de acoso por las redes sociales y recibió amenazas de todo tipo. “Deberías haberte quedado en ese sótano para siempre”, decía una de ellas. Otras le deseaban la muerte. También la acusaban de no haber escapado antes porque tenía un vínculo equívoco con su secuestrador.

Decidió, entonces, ponerse a la contraofensiva y comenzó a conceder entrevistas para contar de primera mano toda la historia. La primera fue con la emisora ​​pública austriaca ORF y se difundió a fines de septiembre de 2006. No cobró por la entrevista, pero negoció que los ingresos por la venta de los derechos a otros canales para que la difundieran, unos 300.000 euros, vayan a mujeres víctimas de violencia de género en México y África. Con el correr de los años, la propia Natascha escribió y publicó dos libros sobre su traumática experiencia: 3096 días, en 2010, y 10 años de libertad, en 2016, en coincidencia con el décimo aniversario de su huida.

En una de las entrevistas que formaron parte de la campaña de prensa para la presentación le preguntaron:

-Se cumplen diez años de su huida y del suicidio de su secuestrador. ¿Qué emociones le provoca ese día?

-Pienso poco en eso, porque simplemente siento que no lleva a nada. Esa persona está muerta. Las circunstancias de entonces ya no existen. En principio, fue un día muy desagradable. Es decir, la huida fue hermosa, pero no lo fue sentarse con la policía y tener que someterme a un interrogatorio.

-¿Puede realmente perdonar a su secuestrador?

-Sí, claro. Porque está muerto. No hay duda de que era un criminal y no era buena persona. Quizá tenía cosas buenas, pero no era una buena persona. Para mí así es más fácil, porque una siente que se ha hecho justicia.

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