“Bebíamos como si no hubiera un mañana. Nos despertábamos… y volvíamos a beber”. La frase, atribuida a Malcolm Young, es más que una pose rockera: es una radiografía de época. Así se vivía —y se sobrevivía— en la primera encarnación de AC/DC, cuando el volumen estaba siempre al máximo y el exceso era casi un método de trabajo. Y en el centro de esa tormenta eléctrica estaba su primer frontman Bon Scott con su voz áspera, sonrisa torcida, carisma de pirata y una resistencia física que parecía infinita.
Hasta que no lo fue.
A 46 años de aquella madrugada del 19 de febrero de 1980, la muerte de Ronald Belford “Bon” Scott, sigue funcionando como una línea divisoria en la historia del rock. Antes: sudor, pubs, rutas interminables, riffs afilados como navajas y una banda australiana decidida a comerse el mundo. Después: mito, duelo, resurrección y uno de los regresos más impactantes que haya dado el rock.
Dos hermanos y una máquina de coser
La génesis no ocurrió en un estadio sino en una casa de inmigrantes escoceses en Sídney. Malcolm y Angus Young habían dejado Glasgow en 1963, siguiendo a su familia y a una escena musical que ebullía gracias a su hermano mayor, George, líder de The Easybeats.
El nombre AC/DC salió de la parte trasera de una máquina de coser familiar —corriente alterna/corriente continua— y el uniforme escolar de Angus fue un chiste privado que terminó siendo ícono global. Nada parecía demasiado calculado. Todo sonaba urgente.
La formación terminó de cerrarse en 1974 con la llegada del baterista Phil Rudd y de Bon Scott, un cantante que no solo interpretaba las canciones: las habitaba. Bajo su liderazgo, la banda encontró ese groove seco, directo, sin maquillaje, que haría escuela.
La autopista al infierno no era metáfora
El salto internacional llegó con High Voltage, pero la consagración definitiva fue Highway to Hell. El título parecía una fanfarronada típica del rock. No lo era tanto.
En discos como Let There Be Rock y Powerage, Scott desplegó un repertorio de antihéroes, chicas peligrosas y noches sin freno. Su voz no pedía permiso: atacaba. Y cuando en Highway to Hell todo terminó de encajar —producción más pulida, riffs gigantes, estribillos coreables— AC/DC dejó de ser una banda de culto para convertirse en una “amenaza global”.
Pero el estilo de vida no venía con manual de instrucciones.
En la madrugada del 19 de febrero de 1980, Londres fue el escenario del final. Bon Scott había pasado la noche en el Music Machine de Camden, uno de los clubes donde el rock y el exceso convivían sin horarios. Estaba acompañado por su amigo Alistair Kinnear. Cerca de las tres de la mañana decidieron retirarse y emprender el regreso.
Durante el trayecto, Scott se quedó dormido en el auto. Al llegar, Kinnear intentó bajarlo, pero no logró despertarlo. Ante la imposibilidad de hacerlo reaccionar, decidió llevarlo a su propia casa, también en Camden. Lo dejó en el vehículo, esperando que descansara y que, con el paso de las horas, se recuperara.

Quince horas después volvió al coche. Scott seguía allí, pero ya no estaba simplemente dormido: estaba inconsciente. Kinnear lo trasladó de inmediato al King’s College Hospital. El informe forense fue concluyente: murió por intoxicación etílica y asfixia con su propio vómito. Tenía 33 años.
La muerte llegó en la cima. AC/DC acababa de consolidar su fama mundial con Highway to Hell y Scott era la voz que había definido discos como High Voltage, Let There Be Rock y Powerage. Lo que parecía otra noche de excesos terminó convirtiéndose en el punto de quiebre de la historia del grupo.

El disco negro y la decisión de seguir
Cualquier otra banda habría desaparecido. AC/DC eligió lo contrario. Con el aval de la familia de Scott, audicionaron cantantes hasta encontrar a Brian Johnson, ex vocalista de Geordie.
El resultado fue Back in Black: portada negra en señal de duelo, canciones gigantes y una declaración de principios. Más que un reemplazo, fue una reafirmación. El álbum vendió cerca de 50 millones de copias y se convirtió en uno de los discos más vendidos de la historia. La banda transformó el dolor en combustible.
Johnson nunca intentó ser Scott. Entendió que el lugar estaba ocupado para siempre.
Hay temas que se vuelven reliquias. It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll) es uno de ellos. Con gaitas —sí, gaitas— aprendidas especialmente por Scott para la grabación, la canción quedó congelada en el tiempo. Tras su muerte, AC/DC decidió no volver a tocarla en vivo. Algunas ausencias también se honran en silencio.
Sobrevivir al propio mito
La historia posterior no fue un camino recto. Hubo despidos, regresos, problemas legales y personales.
En 1991, durante un concierto en Salt Lake City, la euforia se transformó en caos. Miles de fanáticos corrieron hacia el escenario y la presión de la multitud provocó una avalancha humana que terminó con la vida de tres personas, entre ellas dos chicos de 14 años. La banda, sin entender lo que estaba ocurriendo frente a ellos, continuó tocando hasta que advirtió la magnitud de la tragedia.

Después emitieron un comunicado en el que afirmaron que “nada que nadie diga o haga disminuirá la trágica pérdida o el sentimiento de dolor”. Al día siguiente, las críticas de la prensa fueron feroces. Brian Johnson recordaría que lo más doloroso fue ver en los diarios la acusación de que habían seguido tocando mientras los jóvenes morían, acompañada por una foto suya sonriendo sobre el escenario. “Fue una oportunidad periodística que traspasó los límites de la decencia; estaba tan enojado y dolido”, dijo.
Décadas después, el golpe fue interno. Malcolm Young, cerebro rítmico del grupo, debió retirarse por problemas de salud y murió en 2017. Tenía 64 años y llevaba tiempo alejado de los escenarios por problemas vinculados a una demencia que lo obligó a retirarse en 2014. Sin su pulso seco y obsesivo, esa locomotora de riffs que funcionaba como motor interno de la banda, el grupo perdió algo más que a un integrante: perdió a su columna vertebral. Si Bon Scott había sido la cara más visible del mito, Malcolm era la estructura invisible que lo sostenía.
Y sin embargo, la maquinaria siguió girando. Más de cuatro décadas después de aquellas primeras noches salvajes, AC/DC volverá a pisar la Argentina con tres fechas que se agotaron al poco tiempo de salir a la venta: 23, 27 y 31 de marzo de 2026 en el estadio de River Plate. No es un territorio nuevo para la banda: allí ya ofrecieron conciertos multitudinarios y registraron el álbum y DVD Live at River Plate, documento feroz de su conexión con el público local. Estas presentaciones forman parte del tramo sudamericano de su “Power Up Tour”.
Cada regreso funciona como un ritual colectivo: riffs que atraviesan generaciones, camisetas negras, miles de gargantas coreando al unísono. Lo que empezó como un grupo de hermanos escoceses emigrados a Australia hoy es una institución itinerante que sigue convocando multitudes.
AC/DC no es solo una banda: es una descarga eléctrica que, década tras década, vuelve a encenderse sobre el escenario. Y en marzo, River volverá a temblar.
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