“Subiré con fuego al paraíso”: el día que la Inquisición mató en la hoguera a Giordano Bruno por la herejía de pensar diferente

La mañana del 17 de febrero de 1600, el filósofo y teólogo italiano fue atado a un poste y quemado vivo en el Campo di Fiori de Roma después de estar siete años encerrado en las mazmorras de la Inquisición

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Pasaron cuatro siglos antes de
Pasaron cuatro siglos antes de que la Iglesia Católica se cuestionara a sí misma por quemar en la hoguera a Giordano Bruno

“Tiemblan más ustedes al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”, había dicho siete años antes frente a los jueces de la Inquisición romana, cuando lo declararon hereje, blasfemo e inmoral, y lo condenaron a morir “sin derramamiento de sangre”, lo que significaba que sería quemado vivo. Tal vez por eso, a las cinco y media de la mañana del 17 de febrero del año del Señor 1600, cuando sus verdugos lo llevaron a lomo de mula por el Campo di Fiori hacia el poste donde lo harían arder en vida, Giordano Bruno tenía la lengua trabada. Algunos cronistas dicen que se la inmovilizaron con una brida de cuero, otros sostienen que con una prensa de madera y no faltan quienes aseguran que usaron un clavo.

Los inquisidores querían impedir que hablara ante la multitud que se había reunido para presenciar el macabro espectáculo de su muerte. No querían que dijera cosas como esta: “Subiré con fuego al paraíso”, la respuesta que dio a los jueces cuando, por orden del papa Clemente VIII, le dieron la opción de renunciar a sus ideas y arrepentirse para salvar la vida. Lo desnudaron, lo ataron a un poste y cuando un monje le acercó un crucifijo para que lo besara tuvo un último gesto: dio vuelta la cara. Segundos después las llamas comenzaron a consumir su cuerpo.

Pasaron cuatro siglos antes de que la Iglesia Católica se cuestionara a sí misma por quemar en la hoguera al filósofo, teólogo y pensador renacentista que cuestionó muchos de sus dogmas al punto de hacerlos tambalear. En febrero de 2000, el entonces presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, cardenal Paul Poupard, dijo que la Santa Sede se arrepentía de la condena y ejecución de Bruno y pedía “perdón a Dios y a sus hermanos” por lo actuado. No fue más allá porque aclaró que ese arrepentimiento no suponía rehabilitar su pensamiento.

Las ideas de Bruno no eran simplemente incómodas para el pensamiento hegemónico del Siglo XVI sino que llegaban a cuestionar la idea de Dios tal como lo concebía la Iglesia Católica y, en sintonía con Copérnico, sostenía que la Tierra giraba sobre su eje y alrededor del Sol, y que no era el centro del Universo. Iba incluso más allá, planteando al Universo como infinito y poblado por otros planetas similares, habitados por seres que tenían su propio Dios.

Cuando fue asesinado en la hoguera, Giordano Bruno llevaba siete años encerrado en las mazmorras romanas de la Inquisición. Lo había llevado allí, una vida dedicada a la producción de ideas revolucionarias para la época, por las que sufrió múltiples persecuciones, y la traición de un hombre en el que había confiado cuando le ofreció su hospitalidad.

Cuando fue asesinado en la
Cuando fue asesinado en la hoguera, Giordano Bruno llevaba siete años encerrado en las mazmorras romanas de la Inquisición

Una mente provocadora

Nacido en Nola, cerca de Nápoles, un día de enero o febrero de 1548, sus padres lo bautizaron con el nombre de Filippo, que él luego cambiaría por el de Giordano. También se hacía llamar “el nolano” por su ciudad natal. Su infancia estuvo atravesada por una profunda religiosidad combinada con una mente inquieta y cuestionadora. A los 15 años dejó Nola para ingresar al monasterio de Santo Domingo Mayor, de la orden de los domínicos, donde pronto se convirtió en una oveja negra por sus actos de desafío a las normas y la autoridad.

Provocó la ira de los frailes cuando sacó de las paredes de su celda las imágenes de los santos y las vírgenes que las poblaban para dejar un crucifijo solitario en un gesto sospechoso de protestantismo en tiempos en que la Iglesia Católica italiana perseguía a los seguidores de Lutero y Calvino. Eso le valió una primera denuncia a la Inquisición, de la que salió airoso. Más tarde se le abrió un nuevo proceso por recomendar a otro novicio que no leyera un libro sobre la vida de la Virgen y se dedicara a explorar otras obras más importantes, como los textos herejes de Erasmo de Rotterdam.

Finalmente fue ordenado sacerdote a los 24 años y cuatro años después se licenció como lector de teología. Al poco tiempo fue nuevamente acusado, esta vez por defender la herejía arriana, una doctrina cristiana del siglo IV, iniciada por el sacerdote Arrio, que negaba la plena divinidad de Jesucristo al considerarlo una criatura creada por Dios Padre y no de la misma sustancia que él.

Huyó entonces del convento sin esperar el final del proceso. Viajó a Roma, donde estuvo alojado en el convento de Santa María sobre Minerva, pero allí nuevamente sus opiniones provocaron escándalo y fue acusado de la friolera de 130 cargos. Volvió a escapar de lo que después describió como “la prisión angosta y negra del convento” para iniciar una vida errante en la que “toda la tierra es patria para un filósofo”.

Las celdas de la Inquisición
Las celdas de la Inquisición estaban cerca del palacio Vaticano

El filósofo fugitivo

Perseguido por la Inquisición, Bruno se convirtió en un fugitivo que iba de una ciudad a otra para no caer en sus garras. Pasó los siguientes cuatro años moviéndose por Roma, Génova, Turín, Venecia, Padua y Milán. Durante sus viajes, Bruno conoció a pensadores, filósofos y poetas que se sintieron atraídos por sus ideas y lo ayudaron en la publicación de sus obras. A medida que sus trabajos iban saliendo a la luz, la Iglesia los sumaba a su Índice de libros prohibidos.

A pesar de ser perseguido y ser señalado como hereje en Italia, en otros países europeos se lo tenía como un pensador controvertido pero estimable. Viajó y dio conferencias en Ginebra, Lyon y Toulouse hasta en 1581 llegó a París, donde algunos pensadores influyentes de la corte lo presentaron al rey Enrique III. Al monarca lo sedujeron sus ideas, pero a la vez evitó pronunciarse en forma abierta a favor de sus posiciones heréticas. Poco a poco, Bruno se convirtió en un personaje incómodo para la corte y entonces Enrique resolvió sacárselo de encima con una carta de recomendación para que fuera recibido por la corte inglesa.

En Londres estuvo tres años alojado en la residencia del embajador francés y fue recibido con frecuencia por la reina Isabel. En la capital inglesa enseñó en la Universidad de Oxford la nueva cosmología copernicana, atacando las ideas tradicionales, y produjo La cena de las cenizas, Del universo infinito y los mundos, y Sobre la causa, el principio y el uno. También publicó Los furores heroicos, donde en un estilo de diálogo platónico describía el camino hacia Dios a través de la sabiduría.

Para entonces, sus ideas eran conocidas en toda Europa y la Iglesia Católica sumaba ocho cargos en su contra: tener opiniones contrarias a la fe católica y hablar en contra de ella y sus ministros; tener opiniones contrarias a la fe católica sobre la Trinidad, la divinidad de Cristo y la encarnación; tener opiniones contrarias a la fe católica en relación con Jesús como Cristo; tener opiniones contrarias a la fe católica en relación con la virginidad de María, la madre de Jesús; tener opiniones contrarias a la fe católica en relación con la transubstanciación y la misa; decir que existen múltiples mundos; tener opiniones favorables de la transmigración del espíritu en otros seres humanos después de la muerte; y, como corolario, brujería.

A pesar de todo decidió regresar al continente, donde dio conferencias en varias ciudades. Por un corto período fue profesor de matemáticas en la Universidad de Helmstedt, pero tuvo que huir otra vez cuando fue excomulgado por los luteranos. Tuvo tiempo de terminar sus poemas De triplici minimo et mensura, De monade, numero et figura, y De immenso, innumerabilibus et infigurabilibus. En 1590 se dirigió al convento de los Carmelitas en Fráncfort, ciudad en la que ganó fama de “hombre universal” y donde publicó su obra poética. Estaba allí cuando recibió una invitación que lo llevaría a la perdición.

la Inquisición sometía a terribles
la Inquisición sometía a terribles torturas a los acusados de herejía

Traición en Venecia

La carta llegó a Fráncfort a mediados de 1591 y estaba firmada por el noble veneciano Giovanni Mocenigo. Con un texto florido y elogioso, el hombre se declaraba admirador de la obra de Bruno y lo invitaba a trasladarse a Venecia para enseñarle sus conocimientos. A cambio, le aseguraba, se convertiría en su protector y le pagaría muy bien. A pesar de que sus amigos le advirtieron que no le convenía viajar a Italia porque corría el riesgo de ser detenido por la Inquisición, Bruno aceptó y a fin de año viajó a la ciudad de los grandes palacios y los canales poblados de góndolas.

Allí, no solo se dedicó a darle clases particulares a su mecenas, sino que también asistía a las sesiones de la Accademia degli Uranini, lugar donde se reunían ocultistas famosos, académicos e intelectuales liberales y, además, daba clases en la Universidad de Padua. Todo marchaba a la perfección hasta que, en mayo de 1592, Bruno le anunció a Mocenigo que iba a viajar a Fráncfort para supervisar la impresión de sus obras. El noble no quería dejarlo ir y tuvieron una fuerte discusión, que terminó de saldarse cuando el filósofo prometió quedarse unos días más antes de partir.

Eso fue fatal. La madrugada del día siguiente, 23 de mayo, al amanecer, Mocenigo entró en la habitación de Bruno con algunos gondoleros, que sacaron al filósofo de la cama y lo encerraron en un sótano oscuro. Más tarde llegó un capitán con un grupo de soldados y una orden de la Inquisición veneciana para arrestar a Bruno y confiscar todos sus bienes y libros. El antiguo protector lo había denunciado por estar “no satisfecho de la enseñanza y molestado por los discursos heréticos de su huésped”.

El juicio comenzó el 26 de mayo y el principal acusador, Mocenigo, que trabajaba desde hacía algunos años para la Inquisición. Tras declarar que, al invitarlo, le había tendido una trampa a Bruno, hizo una larga enumeración de las ideas heréticas que le había oído, muchas distorsionadas y algunas de su propia invención. Entre otras cosas, dijo que el acusado se burlaba de los sacerdotes y que sostenía que los frailes eran unos asnos y que Cristo utilizaba la magia. Cuando fue interrogado, Bruno explicó que sus obras eran filosóficas y en ellas sólo sostenía que “el pensamiento debería ser libre de investigar con tal de que no dispute la autoridad divina”. El filósofo creía que así podría convencer al tribunal de Venecia, donde la Inquisición no era tan dura como la romana, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo. En febrero de 1593 lo llevaron a Roma para juzgarlo.

"El proceso de Giordano Bruno
"El proceso de Giordano Bruno ante la Santa Inquisición", bajorrelieve en bronce, Ettore Ferrari, 1889

Condenado a la hoguera

Giordano Bruno pasó siete años en la cárcel de la Inquisición en Roma, junto al palacio del Vaticano. Permaneció en una celda oscura y húmeda. Cuando compareció ante el tribunal, en enero de 1599, estaba físicamente destruido, pero aún así se negó a retractarse.

Se mantuvo firme en ocho proposiciones a las que no estaba dispuesto a renunciar: la declaración de “dos principios reales y eternos de la existencia: el alma del mundo y la materia original de la que se derivan los seres”. La doctrina del universo y los mundos infinitos en conflicto con la idea de la Creación: “El que niega el efecto infinito niega el poder infinito”; la idea de que toda realidad, incluyendo el cuerpo, reside en el alma eterna e infinita del mundo: “No hay realidad que no se acompañe de un espíritu y una inteligencia”; el argumento según el cual “no hay transformación en la sustancia”, ya que la sustancia es eterna y no genera nada, sino que se transforma; la idea del movimiento terrestre que, sostenía Bruno, no se oponía a las Sagradas Escrituras, las cuales estaban popularizadas para los fieles y no se aplicaban a los científicos; la designación de las estrellas como “mensajeros e intérpretes de los caminos de Dios”; la asignación de un alma “tanto sensorial como intelectual” a la Tierra; y la oposición a la doctrina de Santo Tomás sobre el alma: la realidad espiritual permanece cautiva en el cuerpo y no es considerada como la forma del cuerpo humano.

Ante esas negativas, los inquisidores le ofrecieron cuarenta días para reflexionar, que se convirtieron en otros nueve meses de encarcelamiento. El 21 de diciembre de 1599 Bruno fue llamado otra vez ante la Inquisición, pero él se mantuvo firme en su negativa a retractarse. El 4 de febrero de 1600 se leyó la sentencia. Giordano Bruno fue declarado hereje y se ordenó que sus libros fueran quemados en la plaza de San Pedro. Después de eso, la Inquisición transfirió al reo al tribunal secular de Roma para que castigara su delito de herejía “sin derramamiento de sangre”, lo que significaba ser quemado vivo. Fue entonces que, luego de escuchar la sentencia, el filósofo volvió a desafiar a los jueces con una frase que pasó a la historia: “Tiemblan más ustedes al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”.

Desde mucho antes que la Iglesia Católica pidiera perdón por la condena y la ejecución en la hoguera de Giordano Bruno, en Roma se le rinde homenaje con una escultura de bronce cargada con símbolos masónicos, obra del artista Ettore Ferrari, que fue levantada en el lugar exacto donde fue quemado. Tiene una inscripción que dice: “A Bruno, el siglo que predijiste, aquí donde ardió la hoguera”.

Su inauguración, en 1889, provocó una airada reacción del Vaticano en boca del propio papa León XIII, que al año siguiente le dedicó un pasaje en su encíclica Ab Apostolici, donde sostuvo: “Esa obra eminentemente sectaria, la erección del monumento al renombrado apóstata de Nola, que, con la ayuda y favor del gobierno, fue promovida, determinada y realizada por medio de la masonería, cuyos portavoces más autorizados no se avergonzaron de reconocer su propósito y declarar su significado. Su propósito era insultar al Papado; su significado que, en lugar de la fe católica, debe sustituirse ahora la más absoluta libertad de examen, de crítica, de pensamiento y de conciencia, y es bien sabido lo que se entiende por tal lenguaje en boca de las sectas”. Sobre la barbarie que significó quemar vivo a un hombre por el simple hecho de pensar contra la corriente, Su Santidad no pronunció una sola palabra.

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