
El RMS Lusitania representó un hito para la navegación comercial y la ingeniería naval de comienzos del siglo XX. Este transatlántico británico, lanzado al mar en 1906, destacó por su tamaño y velocidad, convirtiéndose en uno de los barcos de pasajeros más grandes y rápidos de su época.
Con una eslora de 238 metros y una capacidad de aproximadamente 2.198 pasajeros distribuidos en nueve cubiertas, el coloso del agua podía alcanzar una velocidad máxima de 28 nudos (casi 60 kilómetros por hora), gracias a sus cuatro turbinas de vapor de acción directa que sumaban 76.000 caballos de fuerza, según el libro Dead Wake: The Last Crossing of the Lusitania.
Junto a su buque gemelo, el Mauretania, dominaron durante años las rutas oceánicas entre Liverpool y Nueva York para la Cunard Line. En su segunda travesía, logró la prestigiosa Cinta Azul, galardón otorgado al transatlántico más veloz del Atlántico. En total, completó 202 viajes en siete años de servicio, consolidándose como símbolo de la modernidad y el lujo en el transporte marítimo.

El gobierno británico participó activamente en la construcción del Lusitania, imponiendo la condición de que, en caso de necesidad, el barco podría reconvertirse en un crucero mercante armado. Esta disposición cobró importancia tras el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914, aunque el navío continuó prestando servicios comerciales durante los primeros años del conflicto.
El hundimiento y el transporte de cargas secretas
El primero de mayo de 1915, el RMS Lusitania zarpó desde la ciudad de Nueva York con destino a Liverpool, llevando a bordo a 1.265 pasajeros y 694 tripulantes, entre ellos británicos, canadienses y estadounidenses. El coloso partió rumbo al viejo continente con sectores sobrevendidos y la ansiedad de cruzar el océano por parte de William Thomas Turner, quien había asumido los controles tras la enfermedad del anterior capitán.
En época de guerra, la embajada alemana en Estados Unidos alertó sobre el peligro de navegar en aguas hostiles. A pesar de las advertencias, el comandante aseguró velocidad y maniobras evasivas que mantendrían a los pasajeros a salvo. Sin embargo, el 7 de mayo, a las 14:12, un submarino alemán disparó un torpedo que impactó en el costado del estribor del barco a tan solo 17 kilómetros de la costa irlandesa.

El ataque provocó una explosión primaria y, según testigos como el propio Turner, una "erupción" secundaria, que pudo deberse a la detonación de las calderas tras el incendio inicial.
Esta segunda detonación aceleró la tragedia: el barco de 32.000 toneladas comenzó a hundirse rápidamente, con el ángulo del barco dificultando el lanzamiento de los botes salvavidas. Muchos de estos botes se astillaron y volcaron, arrastrando consigo a decenas de pasajeros.
El tiempo fue implacable. El navío se hundió en solo 18 minutos, obligando a todos a lanzarse a las frías aguas del Atlántico. La mayoría de las víctimas murieron por hipotermia o ahogadas. Aunque un barco de vapor se encontraba cerca, no acudió a prestar auxilio por temor a un nuevo ataque de torpedos. El saldo final fue devastador: de los 1.960 pasajeros registrados, 1.196 murieron.

Si bien se trataba de una embarcación comercial, los viajes tenían un aspecto oculto y secreto: el transporte de cargamento bélico. Con el correr del tiempo se descubrió que transportaba 173 toneladas de suministros de guerra, incluyendo alrededor de cuatro millones de cartuchos para armas pequeñas, todo destinado para las fuerzas británicas. Este dato, que se había convertido en una práctica frecuente, siempre permaneció encubierto para los pasajeros.
El hecho de que el Lusitania transportara municiones y armamento fue uno de los argumentos principales de las autoridades teutonas para justificar el ataque. Para Alemania, el barco dejó de ser solo un medio de transporte civil y se convirtió en un objetivo militar legítimo, al ser considerado un buque enemigo encubierto.
La presencia de este cargamento fue vista como una traición a la confianza de los pasajeros y a la neutralidad aparente del barco. El descubrimiento generó controversia y alimentó las sospechas sobre la verdadera finalidad de algunos viajes comerciales durante la guerra.

El capitán Turner, el principal responsable
Tras el desastre, la figura del capitán William Thomas Turner quedó en el centro de la polémica. Desde el primer momento, el Almirantazgo británico se apresuró a señalarlo como responsable de la tragedia. Documentos citados por Erik Larson, autor de Dead Wake: The Last Crossing of the Lusitania, muestran que, en menos de 24 horas después del hundimiento, las autoridades buscaron convertirlo en el principal culpable.
El Primer Lord del Mar Fisher fue tajante: “Es innegable que el capitán Turner no es un ingenuo, sino un sinvergüenza. Espero que sea arrestado inmediatamente después de la investigación, sea cual sea el veredicto”. Esta presión se sustentó en la acusación de que el capitán habría ignorado instrucciones precisas de seguridad, como realizar maniobras en zigzag para dificultar el ataque de submarinos.
El proceso oficial concluyó que el comandante desatendió las precauciones recomendadas, convirtiéndolo en la causa directa del hundimiento. Sin embargo, autores como Larson sostienen que esta acusación pudo haber respondido más a la necesidad de proteger intereses estratégicos británicos que a una verdadera negligencia. La rapidez y el énfasis con que se buscó un responsable inmediato generan sospechas sobre la existencia de otros motivos detrás de la acusación.

El ataque al RMS Lusitania generó un cambio radical en Estados Unidos con respecto al conflicto que se desarrollaba en Europa. Hasta entonces, el gigante norteamericano se inclinaba en la neutralidad, pero la muerte de decenas de ciudadanos estadounidenses cambió la percepción totalmente.
El autor del libro aseguró que el hundimiento provocó un sentimiento antialemán que derivó en una presión desmedida por la sociedad para que el gobierno tome medidas en el asunto.
Las relaciones entre ambas naciones se tensaron y los europeos enviaron unas disculpas formales, asegurando que limitarían los ataques submarinos sin restricciones. No obstante, el 6 de abril de 1917, la presidencia de Woodrow Wilson le declaró la guerra a los imperios centrales. El motivo fue que Alemania retomó la ofensiva hacia navíos neutrales luego de que haya sido interceptado el Telegrama Zimmerman, una propuesta hacia México para ir en contra de Estados Unidos.
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