
Durante más de un siglo, entre finales del siglo XV y el cierre del XVI, una generación de mujeres en el poder modificó el panorama de Europa. A través de reinas y regentes renacentistas, el continente experimentó la influencia femenina en alianzas, conflictos y cambios sociales y espirituales. Este fenómeno, impulsado por figuras como Isabel de Castilla, Catalina de Aragón e Isabel I de Inglaterra, sigue generando interés sobre el papel femenino en la política.
Según explica BBC History Magazine, el surgimiento de reinas gobernantes y regentes en la Europa renacentista constituyó una excepción histórica. Desde la ascensión de Isabel de Castilla en 1474, mujeres asumieron la dirección de reinos o ejercieron la regencia en Inglaterra, España, Francia, los Países Bajos, Portugal, Escocia y Hungría. El acceso al trono, habitualmente restringido por la Ley Sálica y las estructuras dinásticas, se vio alterado por factores favorables y la decisión de estas mujeres de ejercer su autoridad.
La influencia de este grupo se basó en complejas redes familiares. El poder y la sucesión dinástica se transmitieron de madre a hija, de tía a sobrina y de mentora a protegida. Isabel de Castilla fue decisiva: su matrimonio con Fernando de Aragón unificó los principales reinos españoles y estableció alianzas internacionales.

Su hija, Catalina de Aragón, replicó esa estrategia al convertirse en reina de Inglaterra y asumir la regencia durante la ausencia de Enrique VIII, defendiendo el reino en situaciones adversas. Ana de Beaujeu, como regente, formó a Margarita de Austria y Luisa de Saboya, generando una cadena de saber político y estrategias compartidas que trascendió fronteras y generaciones.
Estas mujeres no se limitaron a la herencia. Encabezaron ejércitos, negociaron tratados de paz y promovieron reformas sociales y religiosas. Isabel de Castilla, junto a Fernando, promovió la expulsión de minorías religiosas y la instauración de la Inquisición en España.
Catalina de Aragón fue central en la defensa militar de Inglaterra y, tras ser repudiada, mantuvo influencia en disputas religiosas y dinásticas. Luisa de Saboya y Margarita de Austria, superando la restricción de la Ley Sálica, negociaron el Tratado de Paz de las Damas en Cambrai, demostrando la capacidad de las regentes para resolver crisis continentales.

El contexto era hostil. La Ley Sálica restringía el derecho femenino al trono francés y existían dudas sobre la capacidad de gobierno de las mujeres. Los matrimonios dinásticos resultaban cruciales para la legitimidad sucesoria, aunque muchas enfrentaron obstáculos por la falta de herederos varones o la presión de rivales masculinos. La Reforma protestante y la consolidación de la Inquisición profundizaron las divisiones religiosas y dificultaron la colaboración entre gobernantes femeninas.
Cada protagonista dejó una huella particular. Isabel de Castilla unificó reinos y sentó las bases del poder imperial hispánico. Catalina de Aragón defendió la autonomía femenina en la corte inglesa frente al poder de Enrique VIII. Margarita de Austria impulsó una generación de reinas y regentes en los Países Bajos como gobernante y mentora. Ana de Beaujeu ejerció la regencia en Francia y transmitió enseñanzas de autosuficiencia política.
Luisa de Saboya influyó en la diplomacia europea desde el círculo del trono francés. Margarita de Navarra combinó liderazgo intelectual y reformas religiosas, y su hija Juana de Albret se convirtió en símbolo de la resistencia protestante. Ana Bolena, educada en varias cortes, llevó modelos de autoridad femenina a Inglaterra y generó cambios pese a su breve reinado.

Isabel I de Inglaterra consolidó el poder protestante y garantizó la estabilidad con estrategias prudentes. María I de Inglaterra, hija de Catalina de Aragón, se destacó por su firme catolicismo y la persecución religiosa.
El fenómeno perdió fuerza al concluir el siglo XVI. El recrudecimiento de las guerras religiosas, el fortalecimiento de leyes excluyentes y la restauración de la supremacía masculina en las casas reales redujeron de manera significativa el margen para la sucesión femenina.
Actualmente, el recuerdo de aquellas líderes resurge en el debate sobre la presencia de mujeres en cargos públicos. Sus historias permiten comprender los límites y posibilidades del liderazgo femenino en contextos adversos, aportando perspectivas históricas a la discusión sobre equidad y autoridad.
Las experiencias de estas reinas y regentes demuestran que, cuando el entorno es hostil, el liderazgo requiere más que diplomacia o habilidad política: la determinación fue esencial para abrir caminos a futuras generaciones de mujeres en el poder.
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