Veinte minutos ante la oscuridad absoluta: la increíble hazaña del hombre que descendió hasta el lugar más profundo del mar

El 23 de enero de 1960 el explorador suizo y el teniente de la marina estadounidense Don Walsh se posaron, a bordo del batiscafo “Trieste”, sobre el fondo del abismo Challenger, en la Fosa de Las Marianas, a 10.911 metros de profundidad. Los descubrimientos que hicieron y la falla que casi les hace perder la vida

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La expedición del batiscafo Trieste,
La expedición del batiscafo Trieste, comandada por Piccard y Walsh, alcanzó los 10.911 metros, superando la altura del Everest en más de dos kilómetros (AP Photo/File)

A fines de marzo de 2012, luego de tocar fondo con su sumergible Deepsea Challenger en la Fosa de las Marianas, el punto más profundo de los océanos del planeta, James Cameron escribió en su cuaderno de bitácora: “En 1960, en el marco de un proyecto de la Marina estadounidense, el teniente de navío Don Walsh y Jacques Piccard se sumergieron en el gigantesco batiscafo ‘Trieste’ hasta la misma profundidad que yo ahora; somos los únicos tres seres humanos que lo hemos hecho”. La mención del director de Titanic al explorador suizo y el marino estadounidense no era solo un justo reconocimiento a quienes lo habían precedido en la hazaña sino también un gesto de admiración, porque hasta ese momento nadie había podido igualar el récord que esos dos hombres habían establecido 52 años antes, el 23 de enero de 1960, al descender 10.911 metros en el Pacífico, una profundidad que supera en más de dos kilómetros la altura del Everest, la montaña más alta del mundo.

El logro de Picard y su compañero Walsh tiene, sin embargo, un aspecto adicional que lo hace inigualable: viajaron hasta lo más profundo del mar con una tecnología mucho menos avanzada que la que Cameron tuvo a su disposición en el Challenger. Además, la inmersión del Trieste hace 66 años representó mucho más que un viaje que rompió un récord, lo cual ya era una hazaña por sí misma. También abrió la puerta a un mundo oceánico que hasta entonces nunca había sido estudiado por la ciencia y que se consideraba desprovisto de vida marina.

Al tocar el fondo, las lámparas de vapor de mercurio del batiscafo que Piccard y Walsh utilizaron para inspeccionar un área completamente oscura, vieron que distaba mucho de estar despoblado. “Por mucho, el descubrimiento más interesante fue un pez plano o pleuronectiforme que pudimos observar al acecho en el piso del océano, a través de la escotilla. Encontrar formas complejas de vida marina allí abajo nos dejó boquiabiertos”, contó después el oceanógrafo nacido en Suiza.

El teniente de la Marina
El teniente de la Marina Don Walsh y el explorador Jacques Piccard desciendieron al punto más profundo del océano del mundo en 1960, una hazaña que no volvió a repetirse hasta 2012, cuando el director de cine James Cameron regresó al mismo lugar en un pequeño submarino (U.S. Navy via AP)

El batiscafo de Auguste

Esos descubrimientos habrían sido imposibles sin la participación de otro Piccard, Auguste, el padre de Jacques y responsable de diseñar el batiscafo, llamado así su capacidad para sumergirse y maniobrar sin estar atado a un barco, a diferencia de una batisfera. Auguste no solo fue el inventor de la máquina, también era un explorador audaz, que había batido sus propios récords.

Amigo de Albert Einstein y del matrimonio Curie, Auguste Piccard no solo era conocido como inventor sino también por poner el cuerpo para probar los artilugios que diseñaba. En 1931, probando en compañía de su mujer –fotógrafa- una cápsula presurizada colgada de un globo que había diseñado y construido, alcanzó la altura récord de 16.200 metros y estudió los rayos cósmicos y los estratos ionizados de la estratósfera.

Las observaciones que hizo fueron recogidas por la revista Popular Science en su edición de agosto de ese año. “Piccard y su asistente encontraron rayos cósmicos, radiaciones misteriosas del espacio exterior, mucho más poderosas que en la superficie de la tierra, y midieron su intensidad. Los exploradores atraparon muestras del aire superior, ‘aire azul’, como Piccard informó que apareciera, en cilindros. El análisis puede demostrar que es excepcionalmente rico en ozono, el gas azul intenso supuestamente responsable de la capa Heaviside o ‘techo de radio’”, se puede leer en el artículo. Y agrega: “A través de las ventanillas, los observadores vieron la tierra. Lucía como un disco plano con los bordes levantados. Al nivel de diez millas, el cielo mostró un azul profundo y oscuro”.

La cápsula presurizada que Auguste Piccard construyó para elevarse en el cielo le sirvió de base para diseñar su primer batiscafo en 1937, que utilizó para investigar las profundidades oceánicas. Fue perfeccionando el diseño y en septiembre de 1953 logró sumergirse a 3.150 metros cerca del archipiélago de Cabo Verde. Lo hizo con su último modelo, el “Trieste”, construido ese mismo año en Italia. El nuevo batiscafo consistía en una esfera de tripulación pesada suspendida de un casco que contenía tanques llenos de combustible para flotabilidad, tolvas de lastre llenas de plomada de hierro y tanques de agua inundables para hundirse. Tenía quince metros de longitud y la esfera de presión estaba unida a la parte inferior del casco y alojaba a dos tripulantes que accedían a ella a través de un eje vertical que no estaba presurizado y se inundaba con agua de mar al descender. La esfera era completamente autónoma, con un sistema de recirculación de aire cerrado con oxígeno suministrado desde cilindros, mientras que el dióxido de carbono era eliminado del aire al pasar por cartuchos de soda cáustica.

Era un aparato revolucionario para la época, pero para intentar el descenso hasta el abismo Challenger Piccard padre debió hacerle mejoras. Después de estudiar el tema, en diciembre de 1958 hizo reemplazar la esfera original del “Trieste” por otra fundida en Alemania, que según sus cálculos era capaz de resistir una presión de 1250 kilogramos por centímetro cuadrado, aproximadamente la que debía soportar el sumergible para que su hijo Jacques y el teniente Walsh pudieran descender hasta las nunca alcanzadas profundidades de la Fosa de Las Marianas.

Durante la inmersión de 1960,
Durante la inmersión de 1960, se observó un pez pleuronectiforme en el fondo de la Fosa de las Marianas, lo que permitió confirmar la existencia de vida marina a grandes profundidades (AP Photo/File)

La hazaña de Jacques

Con esas mejoras, el “Trieste”, con Jacques Piccard, de 37 años, y Don Walsh, de 28, apretados dentro de la esfera, fue depositado en el mar desde una embarcación de la Armada estadounidense la mañana del 23 de enero de 1960. El mar de Filipinas estaba agitado, lo que dificultó la maniobra que, finalmente, terminó con éxito y el batiscafo comenzó a descender.

La inmersión se desarrollaba con tranquilidad y según lo previsto hasta que, al llegar a los 9.000 metros, Piccard y Walsh escucharon un ruido muy fuerte. “Sonó como una explosión, pero después no pasó nada más. No representó un peligro de muerte, por lo menos no inmediato”, contó Walsh. Más tarde, descubrieron que una ventana exterior de plexiglás se había resquebrajado bajo la presión que llegó a medir hasta una tonelada por centímetro cuadrado, o casi mil veces la presión que existe en la superficie.

Después de cinco horas de descenso, a la una de la tarde, el “Trieste” se posó sobre el fondo de la Fosa de las Marianas, el lugar más profundo de la Tierra, a 10.911 metros, donde la oscuridad es absoluta. Entonces, Piccard y Walsh activaron las lámparas de vapor de mercurio y se dedicaron a observar maravillados el paisaje que tenían frente a sus ojos. “Tuvimos la inmensa suerte de ver, justo en medio del círculo de luz que proyectaba uno de nuestros reflectores, un pez. Así, en un segundo, pero después de años de preparación, pudimos responder a la pregunta que miles de oceanógrafos se habían hecho. La vida, bajo una forma superiormente organizada, era posible en cualquier profundidad”, relató Piccard. Ese descubrimiento tuvo una consecuencia determinante, porque al descubrir la existencia de vida a esa profundidad se prohibió el vertido de desechos nucleares en los abismos oceánicos.

No pudieron quedarse mucho tiempo. El riesgo de la presión sobre la cápsula era enorme, por lo que Piccard y Walsh estuvieron solo veinte minutos observando el fondo del mar antes de iniciar el ascenso. Demoraron tres horas y quince minutos en volver a la superficie, lo que sumó un total de más de ocho horas y media de permanencia debajo del agua. Cuando izaron el batiscafo hasta la cubierta del buque de la Armada estadounidense, la primera cara que vieron fue la de Auguste Piccard, que los esperaba con los brazos abiertos para felicitarlos.

Jacques Piccard continuó la obra
Jacques Piccard continuó la obra familiar creando mesoscafos y el primer submarino turístico, que transportó a miles de pasajeros en el Lago Ginebra (AP Photo/Keystone, File)

Un linaje de aventureros

Auguste Piccard murió en marzo de 1962, menos de dos años después de la hazaña lograda con su invención, pero su hijo Jacques continuó con la obra que había iniciado y se dedicó a construir mesoscafos (sumergibles de profundidades medias), y también botó el primer submarino turístico que llevó hasta 33.000 pasajeros hasta las profundidades del Lago Ginebra durante la Exhibición Nacional Suiza de 1964.

En 1969, Jacques protagonizó otro récord, cuando estuvo un mes bajo el agua en uno de sus submarinos y recorrió 3.000 kilómetros con una tripulación de seis personas para investigar la corriente del Golfo. Una hazaña que, más allá de los descubrimientos marinos, permitió también importantes avances sobre las consecuencias psicológicas en una tripulación confinada en condiciones extremas, que fueron de gran valor para la NASA. Su hijo Bertrand –nieto de Auguste– es un digno continuador de la estirpe aventurera de la familia y se convirtió en el primer ser humano en dar la vuelta al mundo sin escalas en un globo aerostático, con el que recorrió 45.755 kilómetros en un vuelo de 19 días, 21 horas y 47 minutos.

Jacques Piccard murió el 1° de noviembre de 2008, a los 86 años, en La Tour-de-Peilz, Suiza. El comunicado oficial de la familia lo despidió así: “Se fue uno de los últimos grandes exploradores del siglo XX. El hombre más profundo del mundo y verdadero Capitán Nemo, Jacques Piccard ha fallecido junto al lago Léman que tanto amó”.

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