
En la Francia medieval, un cerdo podía ser arrestado, encarcelado, sometido a juicio formal y ejecutado públicamente si era considerado responsable de la muerte de una persona. Lejos de ser una rareza, este procedimiento respondía a una lógica donde la justicia buscaba restaurar el equilibrio tras hechos traumáticos y reafirmar el dominio humano sobre el reino animal.
Animales peligrosos y comunidades en vilo
Los cerdos de la Edad Media distaban mucho del animal apacible que conocemos en la actualidad. Eran robustos, ágiles y, en muchos casos, se movían libremente entre la gente, alimentándose de todo lo que encontraban, incluso restos humanos. Esta combinación de fuerza y dieta omnívora los convertía en una amenaza real, sobre todo para los niños en comunidades rurales.
Los archivos históricos recogen numerosos episodios de ataques mortales. En 1379, en Saint-Marcel-lès-Jussey, un grupo de cerdos mató al hijo de un porquero. En 1386, una cerda atacó a un niño en Falaise, quien falleció por las heridas.
En 1457, en Savigny, otra cerda mató al pequeño Jehan Martin y sus seis lechones, manchados de sangre, también fueron señalados por su cercanía al hecho, según reveló Popular Science.

Esta relación conflictiva entre humanos y animales refleja un contexto donde la frontera entre lo salvaje y lo civilizado era frágil. Los cerdos, al compartir los espacios urbanos y rurales, podían convertirse en protagonistas de tragedias que sacudían a toda la comunidad y ponían en cuestión el orden social.
El juicio: proceso formal y público
Cuando ocurría un ataque fatal, la reacción era inmediata. El animal acusado era capturado, encerrado y sometido a un proceso judicial formal similar al de las personas. El traslado del cerdo en carreta por el pueblo, la presencia de autoridades locales, la contratación de un verdugo y, en ocasiones, la intervención de figuras religiosas, dotaban al acto de solemnidad y de sentido colectivo.
Sven Gins, historiador de la Universidad de Groningen, explicó a Popular Science que los cerdos medievales “eran muy rápidos, muy fuertes y comían de todo, incluso carne humana en ocasiones”. Esta peligrosidad justificaba la necesidad de un juicio ejemplar que apaciguara el temor general y devolviera la confianza en la justicia.

Durante el proceso, no solo se juzgaba al animal, sino que también se indagaba la posible negligencia del dueño o la responsabilidad de la familia. Así, el juicio buscaba esclarecer los hechos, asignar responsabilidades y evitar nuevos incidentes, reforzando el rol de la justicia como mediadora del conflicto social.
Poder, perdón y la autoridad feudal
Algunos casos trascendían la esfera local y requerían la intervención de la nobleza. En 1379, la abadía de Saint-Marcel-lès-Jussey solicitó al duque Felipe el Atrevido clemencia para sus cerdos, argumentando que eran animales bien criados. El duque accedió y otorgó el perdón.
Décadas después, para ejecutar a un cerdo que llevaba cinco años encarcelado, fue necesario pedir autorización al duque Juan Sin Miedo, quien finalmente la concedió.
Estas intervenciones reforzaban el control de la autoridad feudal sobre la vida cotidiana y la administración de justicia. Otorgar perdón o autorizar una ejecución reafirmaba la jerarquía social y el poder político, convirtiendo cada proceso en una demostración pública de dominio sobre la ley y el destino de los habitantes.

Simbolismo y sentido de los juicios
La ejecución pública de un animal iba más allá del castigo físico. En la mentalidad medieval, estos actos tenían un profundo significado simbólico y espiritual. Damian Kempf, especialista en monstruosidad medieval, sostuvo en Popular Science que el juicio y la ejecución buscaban “restaurar lo que se había roto” tras un hecho caótico.
La cosmovisión de la época situaba a humanos y animales en un orden divino jerarquizado; una agresión brutal exigía una reparación visible y contundente ante la comunidad.
La exhibición del castigo tenía un efecto doble: servía de advertencia y de consuelo. El ritual reafirmaba que ninguna transgresión quedaba impune y devolvía la certeza de que el equilibrio social podía ser restablecido.
Incluso los detalles del procedimiento, como el uso de verdugos profesionales y la cárcel para animales, subrayaban la seriedad del proceso, equiparando a los animales con los humanos en materia de responsabilidad legal, aunque desde una lógica simbólica.

Un fenómeno extendido en la Europa medieval
Si bien los juicios a cerdos son los más documentados, la Europa medieval llevó a juicio a otros animales considerados peligrosos o transgresores, como caballos, toros, perros y hasta ratas.
En muchos casos, las sentencias podían incluir la ejecución, el destierro o el exorcismo, según la gravedad del “crimen” y la percepción del animal en la comunidad.
Estos procesos reflejan una visión del mundo donde la ley y el castigo servían para explicar y contener lo inexplicable. En ausencia de conocimiento científico sobre el comportamiento animal, los juicios funcionaban como una manera de dar sentido y respuesta a tragedias individuales y colectivas.
La documentación conservada en registros judiciales y crónicas permite reconstruir un universo mental donde la justicia era parte integral de la vida cotidiana y donde la frontera entre responsabilidad humana y animal podía desdibujarse ante la necesidad de restablecer el equilibrio social.
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