
Alguna vez Herman Göring reconoció que se había unido al nazismo por la determinación que vio en Adolf Hitler y sus primeros seguidores, y no por su ideología ni por su proyecto político. “Esas bobadas nunca me interesaron. La lucha en sí misma era mi ideología”, explicó. Una definición extraña en el hombre que ocuparía los más altos cargos en la jerarquía del partido, posiciones estratégicas durante la dictadura del Tercer Reich, el mando de la Fuerza Aérea durante la guerra y fue visto como el posible sucesor del führer hasta su caída en desgracia casi al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Tercer Reich que pretendía durar mil años estaba a punto de derrumbarse estrepitosamente.
Cuando se unió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) en 1922 era, por sus orígenes y su trayectoria, una suerte de mosca blanca entre esa primera caterva de ideólogos y afiliados cultores del esoterismo, oscuros adherentes a un ultranacionalismo berreta y odiadores de los judíos. Por el contrario, tenía una trayectoria militar propia, vínculos con la nobleza y también un padrino judío al que en su infancia le había profesado mucho afecto.
Göring venía de una familia de estirpe militar y diplomática, con un padre que había sido oficial de caballería, gobernador del protectorado alemán de África del Sudoeste, la actual Namibia, y cónsul en Haití. Él mismo era un oficial condecorado por su actuación en la Primera Guerra Mundial como aviador distinguido, tanto que le habían asignado el mando del famoso escuadrón conocido como “el Circo Volador” de la embrionaria fuerza aérea alemana luego de la muerte de Manfred von Richthofen, el célebre Barón Rojo. Poco que ver con ese lumpenaje que solía hacer ruidosos actos en salones de cervecerías.

Pasión por lo militar
Nacido el 12 de enero de 1893 en Rosenheim, Baviera, Hermann Wilhelm Göring fue el cuarto de los cinco hijos que Heinrich Ernst Göring tuvo con su segunda esposa, Franziska Tiefenbrunn. En el momento en que nació, su padre se desempeñaba como cónsul general en Haití, su madre había regresado brevemente a casa para dar a luz en suelo alemán. El bebé Hermann no pudo disfrutar de los cuidados maternos, porque apenas seis semanas después de parirlo, Franzisca se volvió sola a Haití para acompañar a su marido y lo dejó al cuidado de un amigo que vivía en Baviera.
Tuvo, en cambio, el cariño de su padrino, Hermann Epenstein, un acaudalado médico y empresario judío que su padre había conocido en África. Cuando en 1896 el matrimonio Göring volvió a Alemania y se reencontró con su hijo, Epenstein les facilitó primero una casa en Berlín y después un pequeño castillo de su propiedad en los alrededores de Núremberg. No fue un aporte desinteresado, porque pronto la madre del pequeño Hermann se convirtió en amante del médico, con quien tuvo una relación que duró cerca de 15 años.
En ese ambiente, el chico creció jugando a los soldaditos y diciendo que de grande quería ser militar, como su padre, que contento con esas manifestaciones le regaló un uniforme boer. Al cumplir 16 años se inscribió en la academia militar de Lichterfel, en Berlín, donde se graduó con las más altas calificaciones. Por su desempeño como aviador en la Primera Guerra Mundial fue distinguido con varias cruces de hierro. Al final del conflicto fue dado de baja con el grado de capitán y tuvo que plantearse qué hacer de ahí en adelante con su vida como civil, a la que le costó acomodarse. Quería seguir volando, pero en la Alemania derrotada resultaba imposible. Decidió entonces emigrar a Suecia, donde consiguió trabajo como piloto comercial. Allí conoció a la baronesa sueca Carin von Kantzow, una mujer casada que se separó de su marido para poder contraer matrimonio con él en febrero de 1923, cuando Göring ya había regresado a Alemania.

Göring y Hitler
Corría 1922 cuando Göring se afilió al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, ya conducido por Hitler después de haber desplazado a su fundador, el cerrajero esoterista Anton Drexler. El pasado militar del aviador y una rápida empatía con el líder nazi hizo que empezara bien arriba, como jefe de las recién creadas SA, las tropas de asalto del partido.
Por eso tuvo un papel preponderante en el fallido golpe de Estado del 8 de noviembre de 1923. Göring resultó herido en la cadera en los enfrentamientos y tras la derrota, las autoridades de la República de Weimar ordenaron su arresto. Pudo escapar a Suecia, donde para calmar los dolores de las heridas se hizo adicto a la morfina, tanto que debió ser internado en un sanatorio para desintoxicarse. En ese proceso se alejó del partido nazi y cuando volvió su reincorporación fue difícil. Si lo logró fue por los contactos que tenía con muchos líderes empresarios de la industria alemana, relaciones que Hitler ambicionaba para su proyecto político.
En las elecciones de 1928 por uno de los doce candidatos que obtuvieron escaños en el Reichstag y allí volvió a liderar gracias a sus contactos y a una muñeca política de la que carecía la mayoría de sus pares. Lo que nunca logró –aunque lo ambicionaba– fue que Hitler volviera a nombrarlo jefe de las SA, que quedaron en manos de Ernst Röhm. Cuando el líder nazi se convirtió en canciller, Göring fue nombrado ministro del Interior, un cargo que aprovechó para comenzar a “nazificar” a la policía incorporando a sus filas a algunos miembros de las SA, de las SS y de los Stalhelm, la organización paramilitar nazi especializada a perseguir opositores e internarlos en los primeros campos de concentración del régimen. Este último grupo fue el germen de la temible Gestapo, la policía secreta del nazismo.
Su relación con Hitler se hizo cada vez más estrecha, que lo nombró comisionado del Reich y jefe de la fuerza aérea alemana, la Lutwaffe, recién creada por el régimen. Después de la noche de los cuchillos largos, en 1934, en la que quedó fuera de juego su rival Röhm, le cedió su cargo de jefe de seguridad del Reich a Heinrich Himmler, quien quedó al frente de la Gestapo y de los campos de concentración que comenzaban a crecer como hongos. Se centró en conducir a la Luftwaffe al tiempo que se enriquecía con el expolio económico de los judíos.

El señor de los cielos
Pese a su exacerbado militarismo no fue partidario en un principio de iniciar la guerra e incluso en 1939 entabló negociaciones con un grupo de empresarios británicos liderados por el industrial sueco Birger Dahlerus para evitar que el Reino Unido entrara en el conflicto. Aun así, su Luftwaffe fue decisiva para aplastar a la resistencia polaca primero y luego para la conquista de Francia y el resto de los territorios ocupados.
Por entonces tuvo su primer enfrentamiento con Hitler por la marcha de la guerra: mientras el líder nazi quería continuar con los bombardeos con la flota existente, que inevitablemente iba perdiendo unidades en las batallas aéreas, Göring quería producir nuevos aviones de combate. Esas diferencias se fueron acrecentando cuando, luego de las victorias iniciales, la Luftwaffe no pudo ganar la batalla de Inglaterra y más tarde tampoco fue capaz de evitar los bombardeos de los aliados sobre el territorio alemán.
A partir de ese momento, la Luftwaffe comenzó a sufrir bajas en las tripulaciones aéreas y ya casi no tuvieron reemplazo. En ese contexto, al atacar las las refinerías de petróleo y las comunicaciones ferroviarias, los bombarderos aliados paralizaron el esfuerzo de guerra alemán para el final de 1944. Hitler empezó a excluirlo de las conferencias, pero lo mantuvo en su puesto al frente de la Luftwaffe y como plenipotenciario del Plan Cuatrienal.
Cuando finalmente perdió la confianza del führer, comenzó a pasar más tiempo retirado en diferentes residencias que ocupándose de la guerra. Casi retirado de la vida política, se dedicó a disfrutar de una vida de lujos, de las obras de arte robadas que habían engrosado su colección durante la guerra. Mientras tanto, su salud iba de mal en peor: a la adicción en la que recaía regularmente se le sumó la obesidad provocada por una enfermedad hormonal.

De delfín a traidor
Vio por última vez a Hitler el 20 de abril de 1945 en el bunker de Berlín cuando lo visitó para felicitarlo por su cumpleaños y, al terminar la reunión, el líder nazi lo despidió afectuosamente. Viajó a su casa de Obersalzberg el 22 de abril, el mismo día que el führer reunió a un grupo de sus colaboradores, admitió ante ellos que la guerra estaba perdida y les anunció que se quedaría en Berlín hasta el final pero que se suicidaría para no caer prisionero y ser tratado como “un fenómeno de circo” por sus enemigos. Les dijo también que Göring era el mejor hombre para negociar un acuerdo de paz honorable para Alemania.
Entre los asistentes a la reunión estaba el jefe de operaciones del Oberkommando der Wehrmacht, Alfred Jodl, que le transmitió lo allí se había hablado al jefe de gabinete de Göring, Karl Koller, quien sin perder un minuto voló a contárselo. Tenía que saberlo, porque una semana después de que el Ejército Rojo atravesara la frontera alemana, Hitler había firmado un decreto nombrando a Göring su sucesor en caso de muerte o si perdía su “libertad de acción”. Cuando Koller le contó la reunión del búnker, Göring dudó si debía hacerse cargo del poder o no. Estaba frente una disyuntiva: temía que lo tildaran de traidor si intentaba reemplazar a Hitler, pero también de ser acusado de incumplimiento del deber si no hacía nada.
Revisó su copia del decreto que lo nombraba sucesor del führer y consultó con Koller y otro hombre de su confianza, el secretario de Estado de la Cancillería del Reich, Hans Lammers. Entre los tres llegaron a la conclusión que, si Hitler se quedaba en Berlín –como había dicho– donde se suicidaría, él mismo se había incapacitado para gobernar, por lo que Göring debía reemplazarlo. De todos modos, no iba hacerlo sin consultarlo, y le envío a Hitler un telegrama pidiéndole permiso para asumir su cargo, en carácter de suplente. En el texto agregó que, si no recibía una respuesta antes de las diez de la noche del 23 de abril, consideraría que su jefe estaba incapacitado para gobernar y entonces él asumiría el liderazgo del Reich.
Pero el telegrama no llegó a manos de Hitler, sino que fue interceptado por Martin Bormann, el peor enemigo de Göring en el círculo íntimo del führer, que lo utilizó para convencer al líder nazi de que su número dos lo estaba traicionando. Indignado, Hitler le respondió con otro telegrama donde daba por caducado el decreto que lo nombraba su sucesor y amenazándolo con ejecutarlo por “alta traición” si no dimitía de inmediato a todos sus cargos. Aunque sorprendido por la respuesta, Göring obedeció y quedó bajo arresto domiciliario. Para no generar un escándalo político, el victorioso Bormann anunció por radio que la renuncia de Göring se debía a razones de salud.
Estaba detenido en el castillo de Mauterndorf cuando, el 26 de abril, Hitler también lo expulsó del Partido Nacionalsocialista Alemán por “intentar ilegalmente tomar el control del Estado” y nombró a Karl Dönitz como presidente del Reich. También allí se enteró, el 29 de abril, de los suicidios de Hitler y Eva Braun. Solo pudo salir cuando los guardias de las SS que lo tenían bajo custodia lo liberaron sin oponer resistencia a una división de la Luftwaffe que acudió a su rescate.

Enjuiciado y condenado
Hermann Göring sintió alivio cuando, a las 5.30 de la tarde del 8 de mayo, se entregó a una avanzada de la de la 36 División de Infantería del Ejército de los Estados Unidos cerca de Radstadt. Trasladado al comando, lo recibió formalmente el general de brigada Robert Stack, que así entró en la historia como el hombre que capturó al número dos del Tercer Reich. Después de los saludos formales entre militares, Göring le pidió al general norteamericano que lo llevara ante el general Dwight Eisenhower, a quien le había enviado dos cartas. Stack le respondió que lo lamentaba mucho, que el comandante de las tropas estadounidenses estaba muy ocupado en esos momentos con los trámites de la rendición alemana y que aún no había podido siquiera leer sus cartas.
La entrevista de Göring con Eisenhower nunca se concretó y el alemán fue a parar al campamento Ashcan, un campo de prisioneros de guerra temporal ubicado en el Palace Hotel en Mondorf-les-Bains, en Luxemburgo. Para combatir su adicción lo trataron con dihidrocodeína -un derivado suave de la morfina– y también lo sometieron a una dieta estricta que le hizo perder 27 kilos en poco tiempo. Estaba recuperado en septiembre, cuando lo llevaron a Núremberg, donde se realizarían los juicios a los principales jerarcas nazis.
Luego de 218 días de proceso judicial, el tribunal lo encontró culpable de los cuatro cargos y lo condenó a morir en la horca. “No hay nada que decir como atenuante. Pues Göring era muchas veces, de hecho casi siempre, la fuerza motriz, solo superada por su jefe. Fue el principal agresor de guerra, tanto como jefe político como militar; fue el director del programa de trabajo esclavo y el creador del programa opresivo contra los judíos y otras razas, en Alemania y en el extranjero. Todos estos crímenes los ha admitido francamente. En algunos casos específicos puede haber conflicto de testimonio, pero en términos generales, sus propias admisiones son más que suficientemente amplias para concluir de su culpabilidad. Su culpa es única en su gravedad. El registro no revela excusas para este hombre”, dice la sentencia.

El suicidio
Göring no apeló la condena de muerte, pero sí exigió que lo fusilaran como a un soldado en lugar de ser ahorcado como un criminal común, pero el tribunal se negó. Para evitar lo que consideraba una humillación, se suicidó la noche del 15 de octubre de 1946, el día anterior al fijado para su ejecución, con una pastilla de cianuro. Su cuerpo, como los de los ejecutados, fue exhibido en el sitio de la condena para los testigos de las ejecuciones. fue cremado en Ostfriedhof, Múnich, y las cenizas arrojadas en el río Isar.
Aunque se investigó en profundidad, nunca se pudo establecer cómo Göring consiguió la pastilla de cianuro con la que se suicidó. La versión más difundida afirma que Jack G. Wheelis, un teniente estadounidense a cargo de la seguridad de Núremberg, se la dio a cambio de un reloj de oro y otros objetos de valor. Sin embargo, en 2005, el exsoldado estadounidense Herbert Lee Stivers relató que una mujer alemana le había pedido que le entregara al jerarca nazi una lapicera que contenía una “medicina” y que él lo hizo sin saber que se trataba de veneno.
Hasta el final, Hermann Göring se mostró soberbio y ególatra. En una última carta a su esposa, escribió: “Dentro de 50 o 60 años habrá estatuas de Hermann Göring por toda Alemania. Pequeñas estatuas, quizá, pero una en cada hogar alemán”.
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