Debut y despedida en Broadway: la obra que fue retirada tras una sola función y pasó a la historia como la “más fea del mundo”

El 22 de febrero de 1983, “Moose Murders” subió a escena en el Eugene O’Neill Theatre y no volvió a presentarse. El público empezó a abandonar la sala y la crítica la destrozó sin matices, convirtiéndola en un símbolo del desastre escénico

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Moose Murders
22 de febrero de 1983: Moose Murders se estrenó en el Eugene O'Neill Theatre y fue retirada tras su única función oficial en Broadway

La obra teatral Moose Murders (Asesinato de Alces) estableció en 1983 un récord en Broadway al convertirse en una referencia absoluta del fracaso escénico. La obra, escrita por Arthur Bicknell y presentada en el Teatro Eugene O’Neill, fue levantada tras su única función oficial debido a un aluvión de críticas demoledoras y a la reacción adversa del público, que abandonó la sala antes de que concluyera la representación.

El episodio marcó no solo el final de una producción, sino el nacimiento de un mito: desde entonces, la pieza es citada como el parámetro contra el que se miden todos los desastres teatrales en la historia de Broadway.

El ambiente en la sala era tenso desde el inicio. A medida que avanzaba la función del 22 de febrero de 1983, parte de los asistentes comenzó a levantarse e irse, anticipando el veredicto que horas más tarde darían los críticos de Nueva York, sin ningún tipo de compasión. Según The New York Times, la experiencia dividió para siempre a los espectadores entre “los que fueron testigos de Moose Murders y los que no”, instalando la función inaugural como un rito de paso para quienes presenciaron lo que consideran una “catástrofe escénica irrepetible”.

El fracaso no sorprendió dadas las señales previas en la producción original. Eve Arden, figura central del reparto que buscaba su regreso a Broadway después de cuatro décadas, abandonó el proyecto tras el segundo preestreno. Fuentes citadas por The New York Times y otros medios atribuyeron la decisión a “diferencias artísticas”, aunque otras versiones sugieren que no recordaba su libreto. El reemplazo por Holland Taylor no alcanzó para revertir la suerte de la puesta, marcada por caos y deserciones incluso antes de la noche de estreno.

Las críticas publicadas la mañana siguiente sintetizaban la magnitud del rechazo. Frank Rich, en The New York Times, calificó la propuesta de Bicknell como “la peor obra que he visto en Broadway” y describió la producción como una sucesión de escenas grotescas, llegando a afirmar: “No olvidaré pronto el espectáculo de ver al momificado Sidney levantarse de su silla de ruedas para darle una patada en la ingle a un intruso, inexplicablemente disfrazado de alce”. Otros críticos de espectáculos, como Brendan Gill, de The New Yorker, fueron igual de lapidarios al afirmar que la obra “insultaría la inteligencia de un público compuesto exclusivamente por amebas”.

Moose Murders
Una cabeza de alce disecada que juega un papel importante en la obra

La trama

La trama escrita por Arthur Bicknell se definía como una “farsa de misterio”, ambientada en una cabaña de montaña en las Adirondacks. Allí, la familia Holloway y varios huéspedes quedaban atrapados por una tormenta y, durante el encierro, se sucedían juegos de misterio, confesiones incestuosas y asesinatos, en un entorno saturado de situaciones absurdas. La escena más recordada fue la del citado tetrapléjico momificado que se levantaba de su silla de ruedas para patear en la ingle a un hombre disfrazado de alce.

La producción sumaba elementos estrambóticos: personajes disfrazados, entre ellos el mayordomo Joe Buffalo Dance con trenzas y maquillaje de guerrero, diálogos percibidos como ininteligibles y secuencias ridiculizadas incluso por los especialistas en sátira teatral. La escenografía, obra de Marjorie Bradley Kellogg, incluía cabezas de alce disecadas que, según el diario neoyorquino, “quizás se suicidaron tras leer el guion”.

“Terriblemente mala”

Periodistas de la prensa especializada coincidieron en el diagnóstico: “La obra más fea del mundo”, “Terriblemente mala”, “Indescriptiblemente mala”, eran frases reiteradas en los artículos publicados tras la función. Algunos medios ironizaban sobre el director y el elenco: “parece estar dirigida por un hombre constantemente golpeado en la ingle” o la sugerencia: “Si su nombre es Arthur Bicknell, cámbieselo”.

Douglas Watt, del New York Daily News, denominó a Moose Murders como una “farsa de asesinato increíblemente cursi que no debería ocurrirle a un alce” y admitió haber olvidado cómo terminaba. Clive Barnes de New York Post optó por no describir la obra y elogió a Eve Arden por haberse retirado antes del desastre. Según relatos recogidos por Bicknell, un espectador llegó a pedir a un policía en la calle que “detuviera” el espectáculo.

El impacto trascendió la crítica y tomó nuevo significado en la cultura popular. Desde 1983, el nombre Moose Murders se utiliza para describir fracasos teatrales o televisivos de dimensiones legendarias. En 1998, un crítico se refirió a una comedia televisiva como “el Moose Murders de las sitcoms”; en 2014, la reposición en Broadway de It’s Only a Play mencionó la obra inevitablemente en las discusiones sobre catástrofes escénicas.

Moose Murders
El elenco de Moose Murders, la obra donde nada podría haber sido peor

El destino de Arthur Bicknell y revivals posteriores

Tras el fracaso, Bicknell, devastado pero fiel a su vocación teatral, intentó continuar su carrera. Se animó a estrenar nuevas obras, aunque tampoco alcanzaron notoriedad. Ni para bien, ni para mal. Finalmente, claudicó. Abandonó el teatro y eligió ganarse la vida como agente literario.

Con el paso de los años, Moose Murders fue reestrenada ocasionalmente en circuitos comunitarios y escenarios independientes. En 2008, el artista conceptual John Borek impulsó lecturas performáticas con la intención de resignificar la pieza “como obra de arte”, obteniendo cobertura en medios como The New York Times y el diario español El País. En 2013, el Beautiful Soup Theater Collective de Nueva York organizó una reposición de la obra en el Teatro Connelly, dirigida por Steven Carl McCasland, como parte de un ejercicio de recuperación y análisis de fenómenos teatrales considerados “de culto”.

Con una sola función oficial en Broadway, Moose Murders logró lo que muchas producciones exitosas no consiguen: permanecer en la memoria colectiva. No como triunfo artístico, sino como mito del fracaso absoluto. Y en el teatro, incluso el desastre puede alcanzar la inmortalidad.

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