Los terribles testimonios de los soldados que liberaron Auschwitz: “Me sorprende que no todas estas personas hayan enloquecido”

Cuando en enero de 1945 las tropas del Ejército Rojo llegaron al mayor campo de concentración construido por los nazis para perpetrar la “solución final” ni siquiera su comandante sabía que existía porque Stalin no le había dado esa información. La historia del siniestro centro de exterminio donde fueron asesinadas más de un millón de personas en las cámaras de gas, por hambre, por castigos extremos, a balazos o en siniestros experimentos médicos

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Sobrevivientes luego de la liberación
Sobrevivientes luego de la liberación de Auschwitz, cruzando el cínico umbral: "Arbeit macht frei" ("El trabajo os hará libres")

“Entramos en el edificio de ladrillos y miramos dentro de los cuartos. Las puertas no estaban cerradas. En el primero había un montón de ropa infantil: pequeños abrigos, pantalones, chaquetas y blusas. La mayoría tenía manchas de sangre. En el otro cuarto había cajas llenas de coronas dentales y prótesis doradas. En el tercero, cajas llenas de cabello femenino. Y al final una de las prisioneras del campo nos llevó a un cuarto lleno de elegantes bolsos para mujeres, carteras y otros objetos de piel. Nos dijo: ‘Todo esto está hecho de piel humana’”, anotó todavía horrorizado el periodista Usher Margulis, uno de los primeros en entrar a Auschwitz con las tropas soviéticas en enero de 1945.

Muchos años después, en París, el historiador argentino Claudio Ingerflom le preguntó al antiguo general teniente Vasilii Petrenko, comandante de la división 107 de fusileros del Ejército Rojo, el primer oficial de alto rango en llegar al campo:

—General, ¿qué sintió cuando entró a Auschwitz?

—Nada —fue la sorprendente respuesta del militar, pero luego de una pausa explicó— ¿Usted sabe lo que yo vi desde que comenzó aquella ofensiva? ¿Sabe la cantidad de niños muertos, de mujeres mutiladas, de pueblos arrasados que ya había visto? En Auschwitz vi gente desnutrida, vi muertos… Vi lo que veníamos viendo a cada paso que dábamos con nuestros soldados.

En sus memorias Antes y después de Auschwitz, Petrenko relata que en aquel momento no sabía que acababa de liberar el mayor campo de concentración y exterminio nazi en Polonia. Eso lo supo después, porque el alto mando del Ejército Rojo jamás había informado a los generales que llevaban a cabo la ofensiva la existencia de esos centros donde se perpetraba lo que Adolf Hitler llamó “la solución final”. Si el horror se puede calcular en cifras, las de Auschwitz quedan a la cabeza. Durante sus casi cinco años de existencia pasaron por allí 1.300.000 personas, de las cuales 1.100.000 fueron asesinadas de diferentes maneras: en las cámaras de gas, por hambre, por castigos extremos, a balazos o en siniestros experimentos médicos. Según la Enciclopedia del Holocausto, allí murieron 960.000 judíos, 74.000 polacos, 21.000 gitanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos, y entre 10.000 y 15.000 detenidos de otras nacionalidades.

Una mujer frente a la
Una mujer frente a la vitrina de zapatos desechados, expuesta en el antiguo campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz, antes del 80º aniversario de la liberación del campo, el 9 de enero de 2025 (REUTERS/Kacper Pempel)

Un lugar estratégico

Situado a 43 kilómetros de Cracovia, en Oświęcim, Auschwitz fue mucho más que un simple campo de concentración. Se erigió como un complejo integrado por tres campos principales: Auschwitz I, el campo original; Auschwitz II-Birkenau, un campo de concentración y exterminio; y Auschwitz III-Monowitz, un campo de trabajo para la empresa alemana IG Farben. Tenía, además, otros 45 campos satélites.

El lugar había sido elegido estratégicamente. La ciudad de Oświęcim estaba ubicada en un enclave ferroviario favorable para los nazis, en el este, donde las líneas de ferrocarriles del sur de Praga y Viena se cruzaban con las de Berlín, Varsovia y las zonas industriales del norte de Silesia. Los planificadores de las SS, encabezados por el estratega de la “solución final”, Adolf Eichmann, y la Oficina Principal de Seguridad del Reich en Berlín encontraron todos los requisitos para realizar transportes masivos.

Fue el séptimo campo de concentración construido por los nazis, después de Dachau (el primero, construido en 1933, apenas Adolf Hitler se hizo con la suma del poder en Alemania), Sachsenhausen, Buchenwald, Flossenbürg, Mauthausen y el campo de mujeres Ravensbrück. Como la mayoría de los campos de concentración nazis, Auschwitz se construyó para cumplir con tres funciones: 1) Encarcelar por un período indefinido a los enemigos reales o presuntos del régimen nazi y de las autoridades de la ocupación alemana en Polonia; 2) Suministrar mano de obra forzada para las empresas de las SS relacionadas con la construcción y, más tarde, para la producción de armamento y otros elementos bélicos; y 3) Funcionar como un sitio para asesinar a los enemigos del Reich, cuya muerte era esencial para la seguridad de la Alemania nazi.

En su origen el complejo de Auschwitz tuvo una sola cámara de gas y un crematorio. Más tarde, las operaciones de gaseo fueron trasladadas al segundo campo, Auschwitz-Birkenau, después de convertir en cámaras de gas dos granjas que estaban justo fuera de la cerca del campo. Pero la afluencia de condenados a muerte llegó también a superar la capacidad de esas dos nuevas cámaras, y se construyeron cuatro crematorios grandes dentro de Auschwitz-Birkenau. Cada uno contenía una cámara de gas, un área para desnudarse y hornos crematorios. El gaseo terminó en los Búnkeres I y II cuando los Crematorios II al V comenzaron a funcionar, aunque el Búnker II se puso de nuevo en operación durante la deportación de judíos húngaros en 1944. El gaseo de los transportes de recién llegados se detuvo a principios de noviembre de ese año, cuando el avance del Ejército Rojo era incontenible.

Las vías de ferrocarril por
Las vías de ferrocarril por las que cientos de miles de personas llegaron para ser conducidas a las cámaras de gas en el campo de exterminio nazi de Auschwitz Birkenau, o Auschwitz II, en Oswiecim, Polonia (AP Foto/Markus Schreiber)

El “laboratorio” de Mengele

El horror de Auschwitz no solo puede medirse en términos de exterminio. Si las cámaras de gas y los crematorios eran el escenario fatal de la “solución final”, el hospital de la Barraca 10 de Auschwitz I no era un lugar menos siniestro. Allí, bajo las órdenes de Josef Mengele, se realizaban investigaciones pseudocientíficas utilizando a los prisioneros como cobayos humanos. Entre otras muchas atrocidades, los médicos de las SS enfocaron sus pruebas en hermanos gemelos, en personas cuyos ojos tenían dos colores diferentes y en enanos.

En el caso de los gemelos, la “investigación científica” incluía amputaciones innecesarias de extremidades, inoculaciones intencionadas con tifus y otras enfermedades a uno de los gemelos y transfusiones de sangre de un hermano a otro. Muchas de las víctimas murieron en el transcurso de los procedimientos. Una vez finalizadas las pruebas, a veces los gemelos eran asesinados y sus cuerpos diseccionados para hacer “estudios comparativos”.

Los experimentos con los ojos incluyeron intentos de cambiar el color del iris a través de la inyección de sustancias químicas y el asesinato de personas con heterocromía para extraer sus globos oculares y enviarlos a Berlín para su análisis.

A los enanos y a las personas con anomalías físicas les tomaban mediciones corporales, les extraían sangre y dientes sanos y les administraban de forma innecesaria drogas y rayos hasta matarlos. Los pocos que sobrevivían iban a las cámaras de gas.

Mayo o junio de 1944.
Mayo o junio de 1944. Judíos de Europa central llegan a Auschwitz y son descargados en la rampa de Birkenau, muy cerca de las cámaras de gas. Las chimeneas al fondo pertenecen a los Crematorios II y III, a la izquierda y a la derecha respectivamente, cuyas estructuras albergan salas subterráneas de desvestimiento y gaseo

Una rebelión desesperada

Dentro del campo, las noticias sobre el exterminio corrían de boca en boca. La comprobación de que el único destino que esperaba a los prisioneros era la muerte provocó reacciones, entre ellas la creación dentro del propio campo de pequeñas organizaciones de resistencia. Para mediados de 1944, cuando el Ejército Rojo avanzaba de manera incontenible en territorio polaco, los asesinatos se multiplicaron, lo que llevó a un grupo de prisioneros a tomar una decisión extrema: rebelarse. El único levantamiento se produjo el 7 de octubre de 1944, cuando los integrantes del sonderkommando —unos 2.000 presos judíos obligados a llevar a las víctimas hasta las cámaras de gas y después cargar los cadáveres al crematorio— enfrentaron a los guardias, volaron una de esas instalaciones de muerte e intentaron escapar.

Los miembros de ese grupo especial de prisioneros sabían del avance de las tropas porque lo veían en las caras de sus guardias, cada vez más sombrías, y lo confirmaban por algunas conversaciones entre los oficiales de las SS que lograban escuchar, pero además tenían la información de la resistencia polaca, con la cual habían logrado establecer un contacto. También estaban convencidos de que, en lugar de la liberación, la llegada del Ejército Rojo significaría para ellos la muerte. No porque los soviéticos fueran a matarlos, sino porque los nazis los eliminarían antes de que llegaran por una razón de peso: eran testigos —más que ningún otro prisionero— de todo el funcionamiento de la maquinaria de terror y muerte del campo.

El intento fue improvisado, heroico y desesperado, pero no les quedaba alternativa. Gracias a un grupo de mujeres que era obligado a trabajar en la fábrica de municiones, consiguieron la pólvora necesaria para provocar una explosión que desconcertara a los guardias y les diera una oportunidad de escapar. No se sabe si ya había una fecha fijada para el levantamiento, ni siquiera si se había decidido, cuando el mediodía del 7 de octubre de 1944, la llegada imprevista de un tren que trasladaba a más de cuatro mil prisioneros provenientes de Hungría obligó a acelerarlo, aun cuando no se contara con el apoyo exterior de la resistencia polaca.

Al llegar el convoy a la estación, los soldados alemanes ordenaron como siempre que las puertas de los vagones permanecieran cerradas hasta que llegaran los sonderkommando para llevar a los húngaros a las cámaras de gas. Por una casualidad, el oficial de las SS que estaba a cargo ordenó que fueran los que estaban destinados en el Crematorio IV quienes se encargaran del traslado y esa decisión fue la que cambió todos los planes de los conspiradores. Como la pólvora que habían acumulado con la ayuda de las mujeres de la fábrica de municiones estaba allí, los sonderkommando creyeron que habían sido descubiertos y que estaban tratando de hacerlos salir de su barraca para matarlos.

Cuando se negaron a obedecer, los SS empezaron a disparar sus armas contra la barraca. Al sentirse perdidos, los prisioneros salieron, los atacaron con lo que tenían a mano, pudieron matar a guardias, hirieron a varios más y corrieron hacia el crematorio para hacerlo estallar. Recién entonces, los prisioneros de las otras barracas supieron que algo estaba ocurriendo y salieron para sumarse al levantamiento y la fuga. La descoordinación resultó fatal, porque los disparos y la explosión también pusieron en alerta a los guardias nazis, que comenzaron a disparar a discreción contra quienes trataban de escapar. El saldo fue de más de 250 prisioneros muertos, entre los que cayeron bajo las balas nazis en el intento de fuga y los que fueron recapturados y luego fusilados en el patio central ante la mirada del resto. No fue esa la única matanza: como escarmiento, los nazis reunieron a todos los sonderkommando y seleccionaron a doscientos —unos 70 por cada uno de los guardias muertos— y también los fusilaron.

Niños sobrevivientes, bebés y mujeres,
Niños sobrevivientes, bebés y mujeres, rodeados por tramos de alambre de púas electrificado y puestos de guardia, mirando a sus libertadores. Una imagen del horror del campo de concentración nazi de Auschwitz -Birkenau, liberado el 27 de enero de 1945 (Grosby)

Testimonios del horror

Las cámaras de gas de Birkenau fueron destruidas por las SS el 24 de noviembre de 1944 en un intento por esconder las actividades del campo a las tropas soviéticas, que finalmente lo liberaron y registraron las terribles imágenes que mostraron a todo el mundo el horror del Holocausto cometido por los nazis. Los primeros días de enero de 1945, cuando la llegada del Ejército Rojo era inminente, los nazis evacuaron a 38.000 prisioneros. Los guardias de las SS que se quedaron exterminaron a más de 700 reclusos justo antes de la liberación. El día de la liberación había 7.000 prisioneros, procedentes de más de 20 países.

Entre los primeros oficiales soviéticos en llegar estaba el Iván Martynushkin. Al mando de un grupo de la compañía de ametralladoras 322 de la división de fusileros se posicionó la noche anterior en las cercanías. No sabía que estaban rodeando un campo de concentración. “Me acerqué a la valla con mi compañía, pero como ya era de noche no entramos. Ocupamos un espacio de vigilancia fuera del campo. Recuerdo que dentro hacía mucho calor y pensamos que los alemanes habían puesto la calefacción para ellos mismos. Al día siguiente iniciamos la operación. Estábamos en un asentamiento grande, con impresionantes casas de ladrillo, y cuando empezamos a avanzar nos dispararon de un edificio. Nos escondimos y solicitamos a nuestro comando que lo atacaran con artillería. Pero nos contestaron que no lo harían, porque ahí mismo había un campo con gente dentro, y debíamos evitar los tiroteos. Solo entonces entendimos para qué era la valla”, relató después.

El comandante de la compañía de fusileros Vasili Gromadski también fue uno de los primeros en entrar en el campo de la muerte. “Tenían las puertas con cerraduras, no sé si era la entrada principal o alguna otra. Ordené que tiraran la cerradura. No había nadie. Recorrimos unos 200 metros y vimos a los presos, unas 300 personas con ropa de rayas, correr hacia nosotros. Estábamos alerta, nos habían advertido que los alemanes podían cambiarse el atuendo. Pero realmente eran presos. Lloraban y nos abrazaban. Contaban que aquí exterminaban a millones de personas. Todavía recuerdo que nos dijeron que los alemanes habían enviado 12 vagones llenos de carritos de coche desde Auschwitz”, contó.

Los relatos de los soldados soviéticos sobre el horror que encontraron en el complejo de Auschwitz-Birkenau se pueden contar por cientos. Luego de la liberación, el lugar quedó a cargo del comandante Grigori Elisavetinski. En una carta que le escribió a su mujer el 4 de febrero de 1945, le cuenta: “En el campo hay un barracón para niños. Allí llevaron a niños judíos de diferentes edades y gemelos. Experimentaban con ellos como si fueran conejos. Vi a un chico de 14 años, le habían inyectado querosene en las venas por alguna razón ‘científica’. Después le amputaron un pedazo de su cuerpo y lo mandaron a Berlín. Luego le colocaron otro pedazo de cuerpo. Ahora está en el hospital, lleno de llagas podridas y no podemos hacer nada para ayudarlo. En el campo hay una chica joven y bonita, pero completamente demente. Me sorprende que no todas estas personas hayan perdido la cabeza”.

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