
En la historia de la música, pocos nombres han sido tan injustamente reducidos por el mito como el de Antonio Salieri. Durante siglos, la cultura popular lo encasilló como la sombra de Mozart, el antagonista en una trama de celos y rivalidad, condenado a la caricatura. Sin embargo, la realidad es otra: Salieri fue el arquitecto silencioso de la Viena musical, un creador admirado en su tiempo, maestro de los grandes y protagonista de una era de esplendor artístico.
Nacido en 1750 en Legnago, Italia, Salieri mostró desde niño un talento prodigioso. Quedó huérfano a temprana edad y fue acogido por Florian Gassmann, compositor de la corte imperial, quien se convirtió en su mentor y lo llevó a Viena. Ya en el corazón del Imperio, Salieri ascendió rápidamente. En 1788 fue designado Kapellmeister de la corte, el cargo musical más importante de la ciudad, y llegó a recibir un salario anual superior a 3.000 florines. Esta cifra duplicaba los ingresos que podía reunir Wolfgang Amadeus Mozart, según National Geographic.
El mito de la rivalidad feroz entre Salieri y Mozart fue una construcción tardía, alimentada por la literatura y el cine. Los documentos de la época muestran una realidad distinta: colaboración, competencia natural y respeto mutuo. En 1784, ambos compusieron juntos la cantata “Per la ricuperata salute di Ofelia”, celebrando la recuperación de la soprano Nancy Storace. Salieri mantuvo en su repertorio varias obras religiosas de Mozart, supervisó interpretaciones y asistió a funciones de “La flauta mágica” junto a su alumna Caterina Cavalieri, según la biografía de Maynard Solomon.

El ambiente musical vienés era exigente y competitivo, pero los gestos de reconocimiento entre ambos compositores son innegables. Antes de que Mozart alcanzara fama plena en Viena, Salieri ya había estrenado más de 13 óperas en la ciudad y era considerado una figura central en la vida cultural local.
Obras como “Axur, re d’Ormus” superaron el centenar de funciones en los primeros años del siglo XIX, reflejando una popularidad notable. La versatilidad de Salieri para abordar tanto la ópera seria como la bufa le permitió adaptarse a los gustos cambiantes de la corte y del público vienés, consolidando su lugar como uno de los compositores más influyentes de la época.
Su impacto trascendió la composición. Como pedagogo, Salieri formó a músicos que marcarían la historia: Ludwig van Beethoven, Franz Schubert y Franz Liszt pasaron por sus clases y reconocieron su rigor y sabiduría. En una Viena donde el arte era campo de batalla y vidriera de poder, Salieri supo combinar creatividad, disciplina y apertura a nuevas generaciones.

Su rol como formador de talentos fue clave para la proyección de la música europea en el siglo XIX. La leyenda negra en torno a Salieri se consolidó a partir de mediados del siglo XIX, cuando la ópera “Mozart y Salieri” de Rimski-Kórsakov, basada en un relato de Pushkin, y luego la obra teatral de Peter Schaffer y la película “Amadeus”, difundieron la sospecha infundada de que había participado en la muerte de Mozart.
Sin embargo, investigaciones históricas y testimonios directos, como los recogidos en 1829 por Mary Novello y confirmados por el propio hijo de Mozart, Franz Xaver, descartaron cualquier implicación de Salieri en el fallecimiento. Las causas documentadas incluyeron insuficiencia renal e infecciones habituales en la época, según National Geographic.
En los años posteriores a la muerte de Mozart en 1791, Salieri mantuvo una posición de liderazgo en la vida musical vienesa. Siguió componiendo, dirigiendo y educando hasta su fallecimiento en 1825.

Su música sonó en los principales teatros de Europa y su nombre fue sinónimo de rigor y elegancia musical. El paso del tiempo y la fuerza de la narrativa romántica relegaron a Salieri a un rincón de la memoria colectiva.
En las últimas décadas, investigadores e intérpretes han devuelto el foco a su figura, recuperando partituras y redescubriendo el brillo de su obra. Rescatar la verdadera historia de Antonio Salieri es abrir una ventana a la riqueza y la complejidad de la Viena clásica, donde la genialidad no fue patrimonio exclusivo de Mozart, sino también de quienes, como Salieri, supieron transformar el arte en una celebración colectiva.
La música de Viena fue grande porque fue plural, y en esa polifonía, la voz de Salieri merece ser escuchada con atención renovada. Su historia invita a mirar más allá del mito y a reconocer el verdadero pulso de una ciudad que fue cuna de los mayores talentos de la música europea.
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