
Durante el otoño de 1931, la tripulación del Baychimo, un vapor de carga de origen sueco, se vio obligada a abandonar la nave frente a las costas de Alaska, cerca de Point Barrow. El clima extremo, el hielo implacable y una serie de daños mecánicos hicieron imposible continuar la travesía rumbo a Vancouver. Nadie lo volvió a capitanear ni hubo ningún rescate del barco; pese a ello, decenas de avistamientos posteriores alimentaron la leyenda del “barco fantasma del Ártico”.
El Baychimo fue construido en 1914 en los astilleros de Gotemburgo, Suecia, bajo el nombre de Ångermanälven, y sirvió de carguero por puertos bálticos y canadienses. Tras la Primera Guerra Mundial, fue incorporado a la flota británica por el Tratado de Versalles y, en 1921, Hudson’s Bay Company lo adquirió para operar en rutas comerciales árticas.
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Construido para “arremeter contra mares helados”, según descripciones históricas, navegó entre Vancouver, Alaska y el norte de Canadá, transportando pieles y víveres para la compañía.

Un accidente en septiembre de 1931 marcó el principio del fin. Según precisó Anchorage Daily News, el Baychimo sufrió la rotura de una de sus hélices y quedó atrapado entre densos bloques de hielo, mientras intentaba regresar con su tripulación y una carga de pieles rumbo al sur.
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La tripulación, enfrentada a temperaturas bajo cero y tempestades que bloqueaban cualquier escape por mar, optó por evacuar el barco y construir refugios en tierra, esperando el rescate, detalló Anchorage Daily News.
De vapor robusto a ícono de leyendas
De acuerdo con relatos recogidos por historiadores, Hudson’s Bay Company evacuó a parte de los marineros en avión, pero el capitán Sidney Cornwell y otros hombres permanecieron cerca del navío hasta octubre. Días después de una tormenta, salieron de sus refugios y descubrieron el Baychimo desaparecido sin dejar rastro en el hielo. Supusieron que el barco se había hundido, pero poco después, cazadores y tramperos reportaron haberlo visto a decenas de kilómetros, intacto y a la deriva.
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Según testimonios reunidos por David Reamer, la presencia errante del Baychimo se repitió durante décadas. Grupos de inupiat (indígenas de Alaska) abordaron la nave en 1932 y sobrevivieron una semana atrapados antes de que los rescataran.
Otra fuente, la botánica Isobel Hutchison, recordó en 1933 haber visto el imponente casco oxidado “como una torre” sobre el hielo, aún con bultos de pieles y pertenencias a bordo. El Baychimo no mostró signos de naufragio, a pesar de la dureza de los inviernos árticos y los años transcurridos a la deriva.
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El vapor fue visto al menos una decena de veces entre 1931 y 1969 por aventureros, pilotos y marinos en la región ártica. Los expertos estiman que, por las corrientes, pudo llegar hasta Rusia o seguir rumbo al este, como ocurrió décadas después con la isla de hielo Fletcher’s Ice Island. La última aparición documentada ocurrió en 1969, cuando inupiat divisaron un casco oxidado, aparentemente del Baychimo, atrapado entre Ice Cape y Point Barrow.

Sin tripulación, ni motor, ni destino conocido, el Baychimo se convirtió en mito y objeto de numerosas teorías. Nadie pudo explicar cómo resistió tanto tiempo a la deriva, ni por qué ningún temporal acabó hundiéndolo en los peligrosos mares árticos. Algunos intentaron localizarlo para usarlo como escenario cinematográfico, pero fracasaron.
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Los artículos y diarios de época, como el de Richard Bonnycastle, reflejaron el drama humano vivido a bordo: nerviosismo, sacrificio y el deseo desesperado de volver a casa. El entorno era amenazante: hielo que crujía contra el casco, visibilidad nula y el temor constante a quedar atrapados para siempre.
Los pocos restos rescatados —incluidos objetos recuperados por el barco Trader— se encuentran en el Museum of the North de la Universidad de Alaska Fairbanks. Nada más se supo del Baychimo; no se halló ningún naufragio ni restos dispersos en el fondo marino.
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Hoy, el Baychimo es recordado como uno de los enigmas más duraderos en la historia marítima de Alaska. El relato de un simple carguero de acero que desafió la lógica, convirtiéndose en el fantasma errante del Ártico, sigue inspirando mitos, investigaciones y coleccionistas de reliquias. Hasta la fecha, su paradero final se desconoce y permanece como uno de los grandes misterios sin resolver del Ártico.
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