
El mediodía del 16 de septiembre de 1920, el bullicio habitual del distrito financiero de Manhattan se detuvo en seco. Eran las 12:01, la hora del almuerzo, y las calles hervían de actividad. Un hombre , minutos antes, había dejado un carro tirado por un viejo caballo delante de la sede de la U.S. Assay Commission, que estaba ubicada la frente al imponente edificio del banco J.P. Morgan, en el corazón mismo de Wall Street, el distrito financiero de Nueva York, Estados Unidos. Tras bajarse del vehículo, el conductor se esfumó rápidamente entre la multitud.
La U.S Assay Commission, una repartición del gobierno de los Estados Unidos, que funcionó entre 1792 y 1980 y tenía la función de fiscalizar la pureza de los metales con los que se acuñaban monedas. Aquel mediodía de septiembre de hace 105 años, las paredes del edificio se estremecieron.

Es que el carro explotó con una violencia inusitada. Contenía 45 kilos de dinamita y 230 kilos de fragmentos de hierro, pensados para actuar como una metralla mortal. La explosión, activada por un mecanismo de relojería, desató una lluvia de metal que sembró el caos y la muerte.
El caballo y el carro se desintegraron en el aire, y la onda expansiva mató a más de 30 personas de forma casi instantánea. La muerte había aturdido a la ciudad debido a la explosión ocurrida en cercanías de la esquina de Broad Street y Wall Street.

El saldo final fue desolador: 38 muertos y cientos de heridos, 143 de ellos de gravedad. Las víctimas fueron en su mayoría jóvenes trabajadores que caminaban por las calles: mensajeros, corredores de bolsa, empleados y taquígrafos. Ningún hombre de negocios murió en el atentado. El propio J.P Morgan estaba de vacaciones en Escocia cuando fue la explosión.
La escena era dantesca. El interior del edificio Morgan quedó completamente destruido y los daños materiales en la zona superaron los 2 millones de dólares de la época, una cifra astronómica equivalente a unos 30 millones de dólares de la actualidad.

A pesar del pánico, surgieron actos de heroísmo ciudadano. James Saul, un mensajero de apenas 17 años, no lo dudó: tomó un automóvil estacionado y comenzó a trasladar a los heridos, y llegó a transportar a treinta personas al hospital. La policía y los equipos de rescate se apropiaron de todos los vehículos cercanos para usarlos como ambulancias improvisadas.
Para evitar un colapso financiero, William H. Remick, presidente de la Bolsa de Valores de Nueva York (NYSE), tomó una decisión crucial: suspendió las operaciones apenas un minuto después de la explosión.

La determinación de la ciudad por no dejarse paralizar fue asombrosa. Durante la noche, los equipos de limpieza trabajaron sin descanso para despejar los escombros. Incluso en el proceso de limpieza se eliminó evidencia que podría haber servido para orientar la búsqueda de los autores del atentado.
Al día siguiente, Wall Street ya estaba de nuevo en funcionamiento. Con las ventanas rotas cubiertas por lonas y muchos trabajadores luciendo vendas, el corazón financiero de Estados Unidos demostraba que seguía en pie.

El Bureau of Investigation (BOI), antecesora del Federal Bureau of Investigation (FBI), se hizo cargo del caso, que se convertiría en una de sus primeras grandes investigaciones sobre terrorismo. La investigación, que había comenzado mal por la recolección de escombros y pruebas iba a seguir por un camino sinuoso.
Las sospechas recayeron casi de inmediato sobre grupos radicales opuestos al capitalismo: anarquistas, bolcheviques y socialistas militantes. El fiscal de distrito de Nueva York señaló que el momento, el lugar y el método apuntaban directamente a Wall Street (allí está situada la Bolsa) y a J.P. Morgan como los objetivos. La pista más sólida apareció poco antes del ataque: un cartero encontró en la zona panfletos de un grupo autodenominado “Luchadores Anarquistas Americanos”. Escritos de forma rudimentaria, exigían la liberación de presos políticos y eran similares a los utilizados en atentados anteriores. Esos panfletos fueron recibidos por las autoridades luego de la explosión. Y jamás arrojaron ninguna pista conducente a dar con los que planearon el que se conoce como el primer atentado con coche bomba.

Los investigadores se centraron en los “galleanistas”, seguidores del anarquista italiano Luigi Galleani, conocidos por su utilización de la violencia como modo de protesta. Una de las principales hipótesis era que el atentado fue una represalia por la detención y condena de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos anarquistas italianos cuyo caso generó una enorme controversia mundial.
Sacco y Vanzetti, que estaban vinculados con Galleani, fueron acusados por los asesinatos de Frederick Parmenter, un encargado de la nómina gubernamental y Alessandro Berardelli, un vigilante de seguridad; y del robo de 15.776,51 dólares de la Slater-Morrill Show Company, en Pearl Street en South Braintree, Massachusetts durante la tarde del 15 de abril de 1920. Los dos hombres habían sido arrestados en Buffalo, Nueva York el 5 de mayo de 1920. Se sospechaba que la bomba había sido una respuesta a esa detención. Sacco y Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica en 1927. Medio siglo más tarde, luego de que una comisión especial analizara el caso, Michael Dukakis, entonces gobernador de Massachusetts, declaró la inocencia de ambos militantes anarquistas.

Volvamos a la explosión que se produjo en Wall Street hace 105 años. Participaron de la investigación varias agencias. La Policía de Nueva York, los bomberos de esa misma ciudad, la BOI y el Servicio Secreto. Se siguieron diversas pistas pero no hubo nada concreto. La Policía logró reconstruir la bomba y su mecanismo de detonación. Pero no pudieron llegar más lejos. No había testigos que recordaran al hombre que dejó el carro que luego explotaría. A pesar de que la BOI investigó el caso durante más de tres años, interrogando a cientos de personas, no pudo probar la participación de nadie. El crimen permanece, oficialmente, sin resolver.
Aunque judicialmente el caso quedó en un punto muerto, la historia apunta a un nombre: Mario Buda, un anarquista italiano cercano a Sacco y Vanzetti y “galleanista”. Conocido por su alias Mike Boda, Buda era un experto en la fabricación de explosivos y se le atribuyen varias bombas utilizadas por los galleanistas, incluida una que mató a nueve policías en Milwaukee en 1917.

Se cree que actuó en venganza por la situación de sus compañeros. Años más tarde, en 1955, su sobrino Frank Maffi y su compañero anarquista Charles Poggi lo entrevistaron en Italia y confirmaron su participación en el atentado. A pesar de estar en Nueva York en el momento de la explosión, Buda nunca fue arrestado ni interrogado. Poco después del ataque, obtuvo un pasaporte y viajó a Nápoles, para no regresar jamás a Estados Unidos.
El atentado de Wall Street no solo fue uno de los más mortíferos de su tiempo, sino que también exacerbó la discriminación contra los inmigrantes, especialmente los italianos, y dio impulso a las controvertidas detenciones del juez Palmer. A más de un siglo de distancia, las marcas de la metralla aún son visibles en la fachada del edificio de J.P. Morgan, un recordatorio silencioso de un crimen que sacudió a una nación y cuyo misterio, probablemente, nunca tendrá un cierre definitivo
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