
Si hubo una persona capaz de enfrentar a su destino, ese fue Christy Brown. Apenas llegó al mundo, en 1932, tuvo un diagnóstico lapidario: nunca podría caminar, ni hablar, ni escribir, ni aprender. Más tarde, el chico irlandés encontró una llave impensada que le abriría paso en un mundo en el que le habían avisado que no encajaría: su pie izquierdo.
Con ese pie comenzó a trazar líneas, hacer letras y luego formas; con ese pie comenzó a expresar lo que su cuerpo tenía escondido y, lentamente, se convirtió en su voz, su fuerza y su arte. Estampó sus emociones en lienzos vibrantes y coloridos; escribió páginas que contaban su lucha y la vida de los obreros de Irlanda con una profundidad literaria inesperada. Escribió novelas y poemas...
Christy no fue solo un sobreviviente. Fue un creador que no se conformó con desafiar el diagnóstico: lo superó con belleza. Su vida se convirtió en una obra de arte en movimiento, un manifiesto de lo que el espíritu humano puede lograr incluso cuando el cuerpo se niega a acompañar. Murió en 1981, a los 49 años, dejando un mensaje que el cine inmortalizó en la película Mi pie izquierdo, dirigida por Jim Sheridan e interpretada por Daniel Day-Lewis, que ganó el Oscar a Mejor Actor por este papel.

Los primeros años
Christy nació el 5 de junio de 1932 en Crumlin, un barrio obrero de Dublín, Irlanda. Fue el décimo de 22 hermanos, aunque solo 13 de ellos sobrevivieron a la infancia. Su padre, Patrick Brown, era albañil; su madre, Bridget Fagan, ama de casa. A minutos de nacer, los médicos descubrieron que Christy tenía una severa parálisis cerebral, que lo dejó casi totalmente paralizado. Todo movimiento era imposible.
Su madre se negó a aceptar esos vaticinios. Se convirtió en su primer sostén, en su primera maestra. Como no había una escuela que lo recibiera, Bridget le enseñó las letras, los colores y los sonidos del mundo. A los 5 años, Christy logró lo impensado mientras uno de sus hermanos hacía la tarea: tomó un trozo de tiza con los dedos de su pie izquierdo y, con un esfuerzo sobrehumano, trazó una letra A en el suelo. Aquella acción, simple y colosal para el resto del mundo, fue un quiebre definitivo en su vida: por primera vez, encontraba una vía para comunicarse con el mundo.
En la adolescencia, su camino se cruzó con el de Katrina Delahunt, una asistente social que había escuchado sobre ese chico que usaba su pie izquierdo y quiso ayudarlo. Comenzó a visitarlo con regularidad, le llevaba libros, cuadernos, pinturas. Ella, junto con su madre, alimentó en él el deseo de crear y convertir sus emociones y pensamientos en arte.

Poco a poco, Christy desarrolló otra habilidad extraordinaria: comenzó a escribir y pintar con la única parte de su cuerpo que podía controlar. No solo rompió las barreras físicas sino que empezó a escribir su destino.
Con esa habilidad ya desarrollada, comenzó a estudiar en la Escuela Clínica St. Brendan, en Sandymount, aunque no recibía educación formal. Allí conoció al doctor Robert Collis, quien no solo lo ayudó a perfeccionar su escritura, sino que también lo impulsó a publicar su autobiografía. En 1954, se publicó el libro Mi pie izquierdo, su autobiografía y testimonio de su lucha y su talento.
Christy narraba con ternura, lucidez y dignidad la historia de un niño que no aceptó ser un mero paciente. Y cómo su vida, marcada por la discapacidad, comenzaba a convertirse en ejemplo de resistencia.

El arte como grito de libertad
El Christy pintor sujetaba el pincel entre los dedos de su pie izquierdo y trazaba líneas cargadas de emoción. Sus cuadros estaban cargados de una gran fuerza expresiva. A través del color, contaba todo lo que la vida le había negado: la independencia, la movilidad, la libertad.
Sus trabajos comenzaron a llamar la atención de críticos y galeristas. Fueron exhibidos en Irlanda y en otros países, pero más allá del asombro por su técnica, lo que impactaba era la profundidad emocional de su arte porque él no buscaba pena ni gloria sino mostrar su talento, su visión del mundo, su sensibilidad.
En el camino de la literatura, en 1970 publicó Down All the Days (Abajo todos los días), su obra más ambiciosa en la que cuenta su infancia en los barrios populares de Dublín durante los años ’40 y ’50. La escribió durante una estadía en Connecticut, Estados Unidos, con la ayuda de Beth Moore, su asistente y futura esposa. El libro fue traducido a más de catorce idiomas y lo consagró como uno de los grandes narradores irlandeses de su tiempo.

En esa novela, Christy usó una forma especial de escribir llamada corriente de conciencia, influenciada por James Joyce, otro famoso escritor de Dublín. Esta técnica intenta mostrar los pensamientos y emociones de los personajes tal como pasan por su mente, sin orden ni estructura fija, como si pudiéramos escuchar lo que piensan en ese momento.
Gracias a esto, pudo contar la vida en los barrios obreros de Dublín con mucha sinceridad, ironía y profundidad. Ya no era solo un hombre con discapacidad que escribía, sino un verdadero artista con una voz única y poderosa.
Su tercer libro fue la novela Una sombra en verano (1974), siguió Salvajemente crecen los lirios (1976) y Una carrera prometedora, apareció de forma póstuma en 1982. También dejó un valioso legado poético en libros como Come Softly to My Wake y Background Music. Su obra entera es una lucha convertida en belleza.

El final
La vida íntima de Christy fue intensa. Se casó con Beth Moore, de quien se divorció al tiempo. Más tarde encontró una nueva compañía en Mary Carr. Aunque al principio parecía una etapa feliz, su salud comenzó a deteriorarse y se volvió cada vez más retraído. El 7 de septiembre de 1981, a los 49 años, murió asfixiado mientras cenaba en Somerset, Inglaterra. La autopsia reveló hematomas en su cuerpo, cosa que alimentó sospechas de malos tratos en sus últimos días.
Su hermano Sean no dudó en expresar sus dudas: “Christy la amaba, pero no era correspondido... Creo que se aprovechó de él en más de un sentido”. Fue enterrado en el cementerio de Glasnevin, en Dublín, en medio de una despedida marcada por la admiración y el desconcierto.
Su muerte fue trágica, pero su vida fue un triunfo. En 1989, ocho años después de su muerte, el director Jim Sheridan llevó su historia al cine con la película Mi pie izquierdo. Más allá de los galardones, el verdadero premio fue que millones conocieran su historia y sus obras. Eso era lo que él más deseaba.
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