Juana I de Castilla, conocida popularmente como Juana la Loca, pasó a la historia como una reina consumida por la locura, argumento que también fue llevado al cine, entre otras, por la película española Juana la Loca, estrenada en el 2000 y dirigida por Vicente Aranda.
Sin embargo, un análisis de National Geographic y de algunos historiadores afirma que este encierro respondió a una estrategia política deliberada y no a una condición médica, distorsionando de raíz la realidad de la soberana.

Un filme estrenado en 2001 sigue la interpretación melodramática de la vida de Juana I, en la que el desequilibrio mental domina la narrativa. Según National Geographic, esta versión convierte una trama compleja de poder y manipulación en un drama romántico, alterando las verdaderas motivaciones de los personajes frente a los hechos documentados.
La película se basa en la corriente histórica que sitúa a Juana como víctima de sí misma, relegando a segundo plano las intrigas políticas que según esta nueva teoría determinaron su destino.
Contraste entre ambas versiones
De acuerdo con National Geographic, la relación entre Juana y Felipe “el Hermoso” estuvo marcada en sus inicios por estabilidad y felicidad.
Tras su matrimonio en Flandes en 1496, tuvieron seis hijos en siete años, sin que haya constancia de desequilibrios mentales por parte de Juana durante su estancia en Bruselas. Aunque las infidelidades de Felipe eran notorias, no existen pruebas de que la reina experimentara crisis emocionales graves en ese periodo, asegura el medio.

La autora Bethany Aram señala que el discurso de la locura solo surgió cuando, tras la muerte de Isabel la Católica, las opiniones políticas de Juana chocaron con los intereses de su padre y su esposo.
La figura de Felipe como soberano autónomo de Castilla representa otra distorsión de la ficción. La película lo muestra respaldado por la nobleza como rey con poder propio, pero en realidad solo detentó el trono a través de su matrimonio, porque Juana se convirtió en heredera legítima tras la muerte de sus hermanos y su sobrino. Cuando Isabel la Católica falleció, Juana accedió legítimamente al trono, y Felipe apresuró su viaje a Castilla para intentar asegurar el poder.

Manipulación política
La lucha política entre Fernando el Católico y Felipe por el control de Castilla fue determinante. Aunque Fernando proclamó a Juana como reina, continuó gobernando el reino de acuerdo con el testamento de Isabel.
Las tensiones entre ambos llegaron a su máxima expresión en la Concordia de Villafáfila en 1506, cuando Fernando se retiró a Aragón y permitió que Felipe gobernara con Juana como rey iure uxoris. No obstante, Felipe recurrió al argumento de la locura de la reina para excluirla del poder, aunque las Cortes de Castilla se negaron a declararla incapacitada. A pesar de ello, Felipe ejerció el poder durante un breve periodo, hasta su muerte prematura.

El supuesto desequilibrio de Juana se convirtió en un argumento recurrente para apartarla del poder. La película de Aranda profundiza en esa idea, pero National Geographic subraya que no existe diagnóstico médico oficial que lo acredite. Los conflictos atribuidos a Juana, como el rechazo a la disciplina religiosa o los celos por las infidelidades de Felipe, no constituyen pruebas de enfermedad mental.
Tanto Bethany Aram como el historiador Miguel Ángel Laredo Quesada coinciden en que la “locura” fue una construcción interesada de su entorno —su padre Fernando, su esposo Felipe y su hijo Carlos I— para despojarla del trono. Incluso durante su largo confinamiento en Tordesillas, Juana conservó su capacidad para razonar y firmar documentos oficiales.
Aseguran también que nunca se abrió un proceso formal para evaluar la salud mental de Juana I de Castilla. Su reclusión, que se extendió durante 46 años, se explicaría así como una maniobra política de su padre y su hijo antes que como reflejo de una incapacidad verdadera.
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