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La historia del polígrafo: el detector de mentiras que nunca pudo probar la verdad

Nacido como promesa de objetividad en la justicia y la investigación policial, jamás alcanzó validación científica confiable y hoy es recordado como un ejemplo de los límites de la tecnología en la búsqueda de la verdad

El polígrafo nunca logró validación científica como detector de mentiras, pese a su popularidad en la cultura y la justicia (NYT)
El polígrafo nunca logró validación científica como detector de mentiras, pese a su popularidad en la cultura y la justicia (NYT)
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El polígrafo, conocido popularmente como detector de mentiras, nunca logró validación científica como herramienta capaz de detectar el engaño. Su trayectoria involucra a investigadores, fuerzas del orden y jueces que, durante décadas, alimentaron un debate persistente sobre la efectividad del dispositivo, su legitimidad en procesos judiciales y su lugar en la cultura popular.

Orígenes y primeras controversias

La historia del polígrafo se origina en experimentos de fines del siglo XIX en la Universidad de Harvard, donde el psicólogo germanoestadounidense Hugo Münsterberg comenzó a utilizar mediciones fisiológicas para vincular las reacciones físicas con la veracidad de los testimonios. Münsterberg sostenía que la mentira dejaba un rastro físico identificable, pero los avances científicos posteriores demostraron que no existe un patrón fisiológico único asociado al engaño. Las reacciones pueden reflejar estrés, miedo o cualquier emoción intensa, no necesariamente mentir.

Inspirado por aquellos estudios, William Moulton Marston, doctor en Psicología y graduado en Derecho en Harvard, elaboró su tesis sobre la relación entre presión arterial e insinceridad, convencido de que era posible elaborar una técnica de interrogatorio basada en parámetros objetivos. Sin embargo, al finalizar su trabajo en 1921, no pudo demostrar la validez científica de su método. Tampoco logró que los tribunales estadounidenses aceptaran sus conclusiones: en 1922, cuando intentó aplicar su técnica al caso judicial de James Alphonse Frye, el tribunal rechazó su testimonio ya que evaluaba que invadía una función exclusiva del jurado. Tres años después, la Corte Suprema ratificó esa decisión, y el uso del registro fisiológico del engaño quedó excluido como prueba, tal como relató National Geographic.

Detector de mentiras
La falta de fiabilidad llevó a que muchos sistemas judiciales restringieran o prohibieran el uso del polígrafo como prueba (Wikipedia)

La BBC señala que este temprano rechazo judicial marcó el rumbo de la herramienta, y que la falta de una base empírica sólida impidió su consagración como evidencia en numerosos países.

Popularidad, perfeccionamiento técnico y debate

A pesar del revés en los tribunales, el desarrollo del polígrafo siguió avanzando en la policía científica de Estados Unidos, impulsado por figuras como August Vollmer. La máquina ganó fama bajo el apodo de “detector de mentiras”, gracias a la prensa y a campañas que la presentaban como infalible. Se comercializaron versiones domésticas del aparato y Marston participó activamente en su promoción. Sin embargo, el polígrafo solo registraba variaciones fisiológicas (como presión arterial, sudoración y ritmo cardíaco) que podían asociarse tanto a la insinceridad como a situaciones de miedo, ansiedad o incomodidad.

Detector de mentiras
Figuras como William Moulton Marston y Leonarde Keeler impulsaron el desarrollo y la promoción del polígrafo (Archivo)

Durante los años 30, Leonarde Keeler perfeccionó y patentó un modelo portátil empleando la técnica de la Relevant/Irrelevant Technique (RIT), y extendió su uso al ámbito empresarial. Keeler fue severamente criticado por John Larson, cocreador del dispositivo, quien denunció la falta de rigor y la manipulación ocasional de los resultados. Larson, decepcionado por el rumbo tomado por el invento, lamentó haber contribuido a su desarrollo.

Marston, por su parte, buscó reconocimiento mediante la publicación de The Lie Detector Test, donde relató su experiencia con el aparato desde 1915. Nunca fue aceptado como padre oficial del polígrafo ni ingresó al FBI como especialista, aunque logró fama mundial en 1941 como creador de Wonder Woman: la heroína portaba el “lazo de Hestia”, inspirado en su invención.

Debate sobre la fiabilidad y el legado cultural

El impacto cultural del polígrafo fue profundo, tanto en la cultura popular como en los procedimientos policiales. Sin embargo, sus fundamentos siempre estuvieron en entredicho. Según National Geographic, los defensores más acérrimos aseguran que el aparato tiene una tasa de acierto superior al 90%, aunque la American Psychological Association, Scientific American y la BBC, afirman que su fiabilidad real oscila entre el 64% y el 85%, sin pruebas de que la mentira produzca un registro fisiológico propio.

Detector de mentiras
Su historia revela los límites de la tecnología para determinar la verdad y las controversias éticas y legales que generó (Archivo)

Aún concediendo una efectividad del 75%, en un grupo de 1.000 acusados podrían producirse hasta 180 resultados erróneos, lo que representa un riesgo inaceptable en materia judicial. Por este motivo, múltiples sistemas judiciales en el mundo restringieron o rechazaron el uso del polígrafo como evidencia. Larson alertó sobre los peligros de su empleo indiscriminado y expresó arrepentimiento por su participación en el desarrollo del sistema. El debate sobre su fiabilidad y las implicancias sobre los derechos fundamentales siguen vigentes mientras la investigación científica actual prioriza métodos más precisos para evaluar la credibilidad.

Hoy, tras décadas de polémica, la comunidad científica ha desistido de encontrar en el polígrafo una respuesta definitiva sobre la verdad o la mentira. En su legado queda la advertencia sobre los límites insalvables de la tecnología frente a la complejidad humana.

Sin respaldo científico sólido, a pesar de su fuerte impronta cultural y con serias objeciones éticas y legales, el polígrafo es recordado como una herramienta controvertida cuya historia refleja la tensión permanente entre justicia, ciencia y tecnología.

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