
Pasaron casi 150 años desde el día en que este misterio empezó a gestarse. Y aunque el enigma todavía no está resuelto, detrás de esta historia se estima que unas 300 millones de personas aprendieron a salvar vidas. Todo gracias a una desconocida cuya identidad nunca se reveló.
En 1885, la Prefectura de París encontró el cadáver de una joven flotando en el río Sena, esa arteria que parte en dos a la Ciudad Luz. Fue en el Quai du Louvre, entre el Pont Neuf y el Pont des Arts, pero algo de ese cuerpo llamó la atención de las fuerzas de seguridad y, sobre todo, de los forenses de la morgue: no mostraba signos de violencia, algo bastante habitual en los cadáveres que aparecían en el agua.
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Después de los tratamientos necesarios para lograr la conservación de los cuerpos al menos por algunos días, los forenses de la morgue acostumbraban exhibir los que no eran reclamados por familiares de los muertos. Era la forma de que quienes estuvieran buscando a algún pariente o amigo desaparecido pudieran dar con una respuesta, por dolorosa que fuera. A diferencia de lo que ocurría habitualmente, nadie reclamó el cuerpo de esa joven.
Su expresión llamó la atención de los científicos de la morgue. Según cuenta la historia, su cara lucía un gesto pacífico y esbozaba una especie de sonrisa. Una media sonrisa que hizo que el escritor Albert Camus, que en 1957 obtuvo el premio Nobel de Literatura, la definiera como la “Mona Lisa ahogada”.
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Uno de esos científicos decidió que esa cara era digna de una máscara mortuoria, una decisión que solía tomar cada persona sobre lo que quería que se hiciera después de su muerte pero que en este caso corrió por cuenta de uno de los patólogos de la morgue parisina. Así que la confeccionó a través de una máscara de yeso.
La máscara fue replicada y empezó a comercializarse. Se convirtió rápidamente en un objeto de moda que los hogares parisinos lucían en su salón principal. La tendencia se exportó rápidamente a otros países europeos, donde la “desconocida del Sena” se popularizó todavía más y se convirtió, además, en un aspiracional de aspecto para las más jóvenes. Querían tener esa sonrisa misteriosa que se metía en miles de hogares y que estaba rodeada de enigmas, lo que la convirtió en ícono de belleza y erotismo de su época.
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No sólo Camus se sintió atraído por su historia. El autor austríaco Rainer Maria Rilke la evocó en una de sus obras, Los cuadernos de Malte Laurids Bridge. Escribieron sobre ella no sólo Camus sino también el autor alemán Reinhold Conrad Muschler, que la hizo protagonizar la novela Die Unbekannte. Su historia se adaptó al cine en 1936. Y en 1968, Gabriel García Márquez publicó El ahogado más hermoso del mundo, que posiblemente tenga reminiscencias de la historia de “La Desconocida”.
Sin embargo, la deriva más revolucionaria de la “desconocida del Sena” no fue en los hogares que embelleció a través de las reproducciones de su máscara mortuoria, sino en el mundo de las ciencias médicas. Y es que entre todos los que vieron ese ornamento, hubo uno que le encontró un nuevo destino.
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Asmund Laerdal vio por primera vez el rostro y la media sonrisa de la “desconocida del Sena” en la casa de sus abuelos, en las primeras décadas del siglo XX. Lo conoció como lo conocían todos los demás: a través de alguna reproducción ornamental. Pero décadas después, ese gesto sereno le parecería más útil que bello.
Laerdal era noruego y se dedicaba a la industria del juguete. Fabricaba, sobre todo, autos plásticos y muñecas. Sus saberes en la industria juguetera se combinaron con una experiencia familiar traumática: Laerdal había salvado a su hijo de un ahogamiento a través de masajes y golpes en el pecho. Por todo eso, recibió un encargo inédito. Debía diseñar un maniquí plástico que sirviera para enseñar la nueva técnica de reanimación cardiopulmonar (RCP) que empezaba a extenderse en el universo médico.
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Laerdal no dudó: esos maniquís, a los que los alumnos les aplicarían masajes en el pecho y respiración boca a boca, debían confeccionarse con el rostro de la “desconocida del Sena”. Eso otorgaría un gesto de serenidad y hasta calidez para quienes estuvieran formándose para resolver una situación traumática.
En 1960, la compañía que se había destacado en la industria del juguete lanzó al mercado Resusci Anne, el maniquí para practicar RCP. Había heredado el nombre “Anne” de una muñeca que confeccionaba la misma fábrica. Al día de hoy, se estima que la creación de Laerdal sirvió para que se formaran 300 millones de personas en todo el mundo. Por su éxito, la fábrica que se dedicaba enteramente a la industria del juguete viró completamente y se transformó en una industria volcada a la confección de equipamiento médico.
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Hubo, a lo largo de la historia, cuestionamientos sobre si la historia de la “Desconocida del Sena” era real o no. Un ex jefe de la brigada fluvial parisina, Pascal Jacquin, aseguró que los cuerpos que mueren ahogados se hinchan y se desfiguran, y que ese rostro no acusaba recibo de haber permanecido mucho tiempo en el agua.
Michel Lorenzi, que se desempeñó en uno de los talleres que hasta nuestros días sigue confeccionando y vendiendo reproducciones de “La Desconocida”, también sostuvo que, para ser la historia de una joven que murió ahogada, su expresión resulta “muy sana y muy vital”.
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Al misterio sobre la identidad del cadáver de fines del siglo XIX se le suman esas voces que desconfían de su historia. Las voces que no creen que la sonrisa del cadáver no identificado se haya vuelto primero un objeto de belleza en miles de hogares europeos, y después, el rostro de un objeto que permitió salvar millones de vidas desde 1960 hasta nuestros días.
Por la aplicación de la respiración boca a boca en la técnica del RCP, la “Desconocida del Sena” obtuvo un nuevo apodo: “La mujer más besada de la Historia”.
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Nunca nadie reclamó ese cuerpo, ni se supo qué había pasado con ella. La historia de su vida fue completamente desconocida. Lo que pasó después de su muerte es lo que la volvió famosa en todo el mundo.
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