
Era martes 4 de agosto de 1987 cuando la vida de Joy White y Carl Tyson se quebró en mil pedazos. A las 2:30 de la madrugada, con el alma en vilo, habían dejado a su hija Carlina en la terapia intensiva pediátrica del hospital central de Harlem, en Manhattan, Nueva York, Estados Unidos.
Apenas tenía 19 días de vida y una fiebre feroz le quemaba el cuerpo. Los médicos les habían diagnosticado una infección causada por haber tragado meconio al nacer y le colocaron una vía para suministrarle antibióticos.
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Los padres, adolescentes —Joy 16 años, Carl 22—, se habían retirado del hospital siguiendo el consejo de una mujer que parecía una enfermera: “La bebé no llora por vos, vos llorás por la bebé”, les dijo, como si aquella frase fuera un conjuro para calmar el miedo. A las 3:40, cuando regresaron las enfermeras a la sala, Carlina ya no estaba.
El hospital era un infierno. Sirenas, policías, helicópteros sobrevolando Harlem. En menos de una hora, la vida de esos dos jóvenes había cambiado para siempre. La cuna estaba vacía, la vía arrancada, las cámaras de seguridad no funcionaban. La ciudad de Nueva York asistía al primer secuestro de un bebé en un hospital de su historia.
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La “enfermera piadosa” de uniforme claro, la mujer que les había aconsejado descansar, era ahora un fantasma. Nadie la reconocía. Ningún empleado coincidía con su descripción. Un guardia creyó verla salir cerca de las 3:30 con un gran bolso. Tal vez allí había ocultado a la niña.
Los días se hicieron semanas, las semanas meses, los meses años. La foto de Carlina White, con una pequeña marca de nacimiento en el brazo, fue publicada noticieros, tapas de diarios y carteles callejeros. El FBI (Federal Bureau of Investigation) y la policía local rastrearon pistas que se desvanecían. La investigación se estancó hasta enfriarse del todo.
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Joy y Carl, demasiado jóvenes y rotos, no resistieron. Un año después del secuestro, el matrimonio se disolvió. Cada uno reconstruyó su vida como pudo, siempre con la sombra de la bebé perdida flotando sobre sus respectivas historias.
A 70 kilómetros de distancia de la casa de Joy y Carl, en Bridgeport, Connecticut, una mujer llamada Ann Pettway presentaba al mundo a su hija recién nacida: Nejdra “Netty” Nance. En realidad, era Carlina White.
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Ann había crecido entre abusos, adicciones y pequeños delitos. Varias veces había quedado embarazada y perdido a sus hijos en abortos espontáneos. La obsesión de tener un bebé la llevó a cometer un acto criminal: disfrazarse de enfermera y robar a la hija de otra mujer. Durante semanas había merodeado el hospital de Harlem, mezclándose entre madres y enfermeras como si fuera una sombra con uniforme. En agosto de 1987 desapareció de la ciudad y volvió con “su” bebé en brazos. Nadie sospechó nada.

Carlina creció como Netty en una pequeña casa de Bridgeport. A los diez años tuvo un hermano biológico cuando Ann, esta vez sí, dio a luz. Netty fue a la escuela Thomas Hooker, se graduó del secundario en Warren Harding. La vida parecía ordinaria, pero dentro de ella algo no encajaba. No se parecía a nadie. Su piel era mucho más clara que la de su madre. Había un desajuste sutil entre su reflejo y la historia que le contaban. Aun así, atravesó una adolescencia relativamente feliz.
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En 2005, con 18 años, quedó embarazada. Necesitaba tramitar beneficios sociales y le pidió a Ann su certificado de nacimiento. La respuesta fue evasiva: que no lo encontraba, que no se preocupara por conseguir la ayuda estatal porque ella se haría cargo de todos los gastos.

Netty insistió. Un día, aprovechando que Ann no estaba, revisó sus papeles y encontró un certificado de nacimiento de Connecticut. Lo presentó. Las autoridades se lo rechazaron de inmediato: era falso, su nacimiento no figuraba en ningún registro. Netty volvió a casa enfurecida. Ann terminó confesando a medias: le dijo que no era su madre biológica, que una drogadicta la había abandonado en su puerta y le había pedido que la cuidara. Le inventó un nombre, Natasha, y una fecha aproximada de nacimiento.
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La verdad parcial solo disparó más preguntas. Netty tuvo a su hija, Samani, y comenzó a indagar. Primero en Bridgeport. Luego, en todo Connecticut. Nada. En 2010 amplió su búsqueda y llegó al sitio del Centro Nacional de Niños Desaparecidos y Explotados. Una noche, frente a la pantalla de su computadora, una foto en blanco y negro la dejó sin aliento: era la de una bebé robada de un hospital de Harlem en 1987, con una marca en el brazo idéntica a la suya. Su nombre era Carlina White. Netty temblaba. Llamó al centro. Era diciembre de 2010.

El 4 de enero de 2011 la pusieron en contacto con Joy White, la madre biológica. Joy se trasladó a la policía. Se ordenaron pruebas de ADN. Antes de los resultados, quisieron verse. El 15 de enero Netty voló a Nueva York con su hija de seis años. En el aeropuerto, Joy la abrazó como si quisiera recomponer de golpe 23 años de ausencia. La abuela materna Elizabeth dijo: “Fue maravilloso, no parecía una extraña. Encajó perfectamente”.
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El 18 de enero, a punto de volver a su casa, un detective le informó en el aeropuerto: el ADN era concluyente. Netty era Carlina. Los titulares de los diarios explotaron. Se había producido el reencuentro, pero esa situación traía consigo algo de dolor. La relación con su madre Joy fluyó mejor que con su padre Carl. Con él era como hablar con un desconocido. La familia biológica era una multitud de medios hermanos, abrazos, lágrimas, y también silencios incómodos.

En Bridgeport, Ann Pettway se había convertido en fugitiva luego de que se conociera la noticia. El 23 de enero se entregó. En el estrado, un año después, pidió perdón: “Estoy profundamente arrepentida. Este fue mi error más grande”.
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El juez P. Kevin Castel fue tajante: “Este no fue un crimen de ambición ni de venganza. Fue un acto de egoísmo, la peor pesadilla para cualquier padre”. Durante el juicio Joy estalló en llanto al verla.
En julio de 2012 Ann fue condenada a 12 años de cárcel. Ante ese monto de pena Carl gritó: “Lo que deberías recibir son 23 años, los mismos que me robaste con mi hija”.
Carlina no asistió al juicio. Sí lo hizo el hijo biológico de Ann, a quien la víctima del secuestro sigue llamando hermano. Entre el dolor y la rabia, Carlina admitía que seguía amando a la mujer que la había criado: “Si guardo toda mi furia, la que sufre soy yo. Ahora sé quién soy. Eso es lo importante”.
El reencuentro con Joy y Carl no fue del todo bueno. Hubo reproches, malentendidos, un fondo económico que ya no existía, discusiones sobre dinero y heridas imposibles de cerrar. Aunque más tarde Netty le reconoció a la prensa que el problema de los fondos había sido solo un malentendido y que se había dado cuenta de que para ella era importante sumar afectos.
Ella siguió usando el nombre de Netty incluso después de recuperar el legal: Carlina White. Era un puente entre sus dos vidas.

En 2014 declaró haber perdonado a Ann Pettway, su apropiadora: “Ahora tengo dos mamás y dos papás, y mi vida se enriqueció por eso”. Ann, als secuestradora, obtuvo la libertad condicional en abril de 2021, tras cumplir diez años de prisión.
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