
Hacía calor a primera hora de la tarde del jueves 12 de julio de 1979 en Brooklyn. El verano estaba pegando fuerte en Nueva York y quizás por eso el capo Carmine Galante había elegido almorzar en el patio abierto del restaurante italiano Joe and Mary’s, situado en el 205 de Knickerbocker Avenue, donde sabía que estaba bastante fresco. No comía solo: alrededor de la mesa se sentaban Leonard Capolla, uno de los jefes de la familia Bonanno, aliado con Galante en la difícil trama de la mafia neoyorquina, Giuseppe Turano, dueño del restaurante, dos de los guardaespaldas sicilianos de Galante, Baldassare Amato y Cesare Bonventre y un sexto hombre cuya identidad nunca se supo. A las 14.45 habían terminado de comer y sobre el mantel de hule con motivos florales que cubría la mesa quedaban algunos panes, un cuenco donde todavía se veían los restos de una ensalada de lechuga y tomate, un durazno sobre un pequeño plato y una jarra de vino tinto semivacía.
Galante acababa de encender uno de sus habituales cigarros cuando entraron los tres encapuchados, armados con escopetas y pistolas .45 y comenzaron a disparar. Cayó de espaldas luego de un breve vuelo hacia atrás provocado por la fuerza del disparo de escopeta que lo alcanzó en la parte superior del pecho, donde también se alojaron varias balas de .45; quedó tendido con la cara deformada por un tiro de pistola que le perforó el ojo izquierdo. Murió en el acto, igual que Capolla, que recibió un solo disparo en la cabeza. El dueño del restaurante fue baleado en la cabeza y uno de los hombres quedó agonizando sobre el piso para morir poco después, cuando una ambulancia lo trasladaba al hospital Wyckoff Heights. Dos balas perdidas hirieron al hijo de Turano, John, de solo 17 años, que estaba en el otro extremo del patio. Después de vaciar los cargadores, los tres desconocidos salieron corriendo del patio, atravesaron el salón del restaurante y se perdieron en la calle. Lo mismo hizo segundos después el desconocido que compartía la mesa. Los guardaespaldas italianos Amato y Bonventre se quedaron congelados en sus sillas, llamativamente ilesos. Eso hizo que se hablara de complicidad e, incluso, de traición. En su descargo dijeron que estaban desarmados, algo imposible de creer tratándose de ellos.
El caso quedó a cargo del teniente Remo Franceshini, jefe de la brigada de detectives de la Fiscalía de Distrito de Queens y exjefe de la brigada contra el crimen organizado del Departamento de Policía, que se fue de boca con los periodistas. Contó que el cadáver de Galante todavía apretaba el cigarro con los dientes, que vestía pantalón azul y una camisa blanca abierta y que en los bolsillos tenía 860 dólares en efectivo. También dijo que el patio era un chiquero de sangre y que había casquillos de calibre .45 y perdigones doble cero de escopeta esparcidos por doquier.

Al día siguiente, la noticia del crimen encabezó la portada de The New York Times. “Galante y dos hombres fueron asesinados a tiros en un restaurante de Brooklyn”, tituló. En la nota, después de hacer una prolija crónica de los hechos, el periodista Robert D. McFadden, informaba que no se había podido capturar a los asesinos, pero que la policía creía que “el Sr. Galante había sido ejecutado por orden de un rival por el poder en el hampa, Frank Tieri, a quien las autoridades policiales describen como el líder de una “familia” criminal organizada por el difunto Vito Genovese”.
Asesino de la mafia
No era una hipótesis descabellada porque corrían tiempos de enfrentamientos entre las familias mafiosas de Nueva York y Galante lideraba una de ellas, la del difunto capo Joseph Bonanno, y contaba con doscientos hombres a sus órdenes. Cuando cayó bajo las balas de los tres encapuchados hacía poco más de tres meses que había salido de la cárcel pagando una fianza de 50.000 dólares, y que estaba esperando una audiencia para obtener la libertad condicional. Su medio declarado de vida era una tintorería en Little Italy, pero se sabía que detrás de esa fachada de buen comerciante italoamericano se escondía uno de los capos mafiosos más poderosos de la ciudad.

Nacido el 21 de febrero de 1910 en un edificio de Harlem, al este de Manhattan, Carmine era hijo de Vincenzo “James” Galante y Vincenza Russo, que habían emigrado de Castellammare del Golfo, Sicilia, a Nueva York en 1906, donde Vincenzo trabajaba como pescador. Fue problemático desde chico, tanto que a los 10 años fue a parar a un reformatorio por pequeños delitos. A los 15 años ya era el líder de una pandilla juvenil en el Lower East Side neoyorquino y empezó a trabajar para la mafia en los tiempos de la Ley Seca. Allí empezó a matar y se convirtió en uno de los principales asesinos de la familia Genovese.
A principios de la década de los ’40, la policía calculaba que había cometido por lo menos ochenta asesinatos. “De todos los gánsteres que he conocido personalmente, y he conocido a docenas de ellos en todos mis años, sólo había dos que, cuando los miraba directamente a los ojos, decidía que no me gustaría que se enojaran personalmente conmigo. Aniello Dellacroce era uno y Carmine Galante era el otro. Tenían ojos malos, es decir, tenían ojos de asesinos. Podías ver lo aterradores que eran, la mirada gélida de un asesino”, dijo de él Ralph Salerno, un experimentado detective de la policía de Nueva York.
En 1943 asesinó a Carlo Tresca, editor de un periódico antifascista de Nueva York. Genovese, que vivía exiliado en Italia, se ofreció a matar a Tresca como favor al primer ministro italiano Benito Mussolini y le dio el contrato de asesinato a Galante. Aunque la policía lo consideró sospechoso, nunca se lo acusó del crimen.
Consigliere de Bonanno
Por esos años alternaba su vida entre la cárcel y las calles, siempre a las órdenes de Genovese, hasta que en 1944, con ese jefe exiliado en Italia, se puso a las órdenes de Joseph Bonanno, de quien pronto llegó a ser consigliere y hombre de confianza.
En 1953, el jefe Joseph Bonanno lo mandó a Montreal, Quebec para organizar allí el negocio de drogas y los garitos de la familia. Los Bonanno importaban grandes cantidades de heroína por barco a Montreal y luego la enviaban a Estados Unidos. La policía calculó que Galante estaba recaudando beneficios del juego en Montreal por valor de unos 50 millones de dólares al año. Cansado de él, pero sin poder probarle ningún delito, el gobierno de Canadá lo deportó a Estados Unidos en 1956.
En 1958, tras ser acusado de conspiración de drogas, Galante pasó a la clandestinidad, hasta que la policía pudo detenerlo el 3 de junio de 1959. Pudo salir en libertad pagando una fianza de 100.000 dólares, pero poco después lo acusaron de nuevos cargos por tráfico de drogas y le revocaron la fianza.

Durante la década de 1950, Galante ascendió en las filas de la familia Bonanno y se convirtió en un importante capo. Sin embargo, su carrera quedó interrumpida en 1957 cuando fue condenado por conspiración para extorsionar y sentenciado a 20 años de prisión. Durante su tiempo en la cárcel, Galante mantuvo su influencia sobre la familia Bonanno y siguió siendo una figura importante en la mafia.
El primer juicio por narcotráfico de Galante comenzó el 21 de noviembre de 1960 en un ambiente de terror, con jurados y suplentes que abandonaban sus lugares al ser amenazados por la mafia y la presencia intimidante de conspicuos matones en la sala de audiencias. El presidente del jurado, que se mantenía firme en su puesto, debió renunciar después de “caer” por las escaleras de un edificio abandonado en medio de la noche. Nada de eso, sin embargo, impidió que Galante fuera condenado a cumplir 20 años detrás de las rejas en una prisión federal. Estaba preso cuando se convirtió en el jefe en las sombras de la familia Bonanno, después del retiro de Joseph Bonanno, su jefe histórico.
La ambición y la muerte
Liberado en enero de 1974, comenzó a expandir las operaciones de la familia en el mundo de las drogas, y llenó de heroína las calles de Nueva York, usando como fachada una cadena de pizzerías para distribuirla. Uno de sus primeros actos al salir en libertad fue cobrarse una venganza simbólica contra otro jefe mafioso, Frank Costello, a quien había incluido en la lista de “hombres que debían morir antes que él”. Quería matarlo con sus propias manos. El problema era que Costello había muerto de cáncer en 1973, cuando Galante todavía estaba preso. Su consuelo fue volar el elegante mausoleo del cementerio de St. Michael donde descansaban los restos del capo muerto. “¡Vuelen el maldito mausoleo de ese hijo de puta de Frank Costello! ¡Que le jodan el cuerpo!”, ordenó a sus hombres y observó la explosión a prudente distancia. En el negocio del tráfico de drogas no demoró en entrar en guerra con la familia Gambino y mató a ocho de sus jefes en el transcurso de unos pocos meses.
El 3 de marzo de 1978, la justicia le revocó la libertad condicional de Galante por presunta asociación con otros mafiosos como Bonanno, y fue enviado de nuevo a prisión. Sin embargo, el 27 de febrero de 1979, un juez dictaminó que se la habían revocado ilegalmente y ordenó su liberación inmediata. Las familias mafiosas de Nueva York habían decidido matarlo para frenarlo en su ambición de apoderarse totalmente del mercado de drogas y convertirse en “capo di tutti i capi”. El fogonero de la conspiración contra Galante fue el jefe de la familia Genovese, Frank Tieri, que incluso consiguió que Joseph Bonanno, el antiguo jefe y mentor de Galante, aprobara su asesinato.

El “contrato” fue ejecutado a las 2.45 de la tarde del jueves 12 de julio de 1979, cuando los tres encapuchados balearon a Galante y sus acompañantes en el patio del restaurante Joe and Mary’s en Little Italy. “La policía afirmó que el asesinato se llevó a cabo con rapidez y precisión. Según un relato, dos hombres utilizaron una limusina Cadillac negra para bloquear el tráfico en la cercana calle Jefferson, aparentemente para asegurar una huida sin problemas, mientras otros cinco se detuvieron frente al restaurante en uno o dos autos, descritos de diversas maneras como un Mercury azul y un auto gris de último modelo. El inspector adjunto Martin Hayes dijo que tres hombres armados entraron al restaurante mientras otros dos se quedaron en la puerta principal, vigilando y apuntando con armas a los transeúntes”, dice la crónica publicada al día siguiente en la portada de The New York Times.
Carmine Galante siguió causando problemas incluso después de su muerte. La arquidiócesis católica de Nueva York no autorizó que se celebrara una misa en su memoria antes de que sus restos fueran enterrados en el Cementerio de San Juan en Middle Village, Queens.
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