
Océano Atlántico, a 350 kilómetros de Cape Cod, miércoles 10 de abril de 1963, 9.09 de la mañana. En la superficie, atento a las comunicaciones por teléfono submarino, el radioperador del barco de apoyo Skylark escucha unas frases entrecortada y alarmante proveniente del submarino nuclear USS Thresher, sumergido a 300 metros de profundidad:
-Pequeños problemas… timón arriba… intento dar aire… – oye decir, antes de que la comunicación se corte. Preocupado, llama su superior. Pasan cuatro minutos de un silencio ominoso hasta que la comunicación se restablece. Son las 9.13 y ahora escucha otra voz, que reconoce como la del comandante del submarino, John Wesley Harvey. Apenas reconoce unas palabras.
-Experimentando pequeñas dificultades… ángulo positivo… intentando soplar… - son las que entiende, antes de que la comunicación vuelva a cortarse.
-¿Cuáles son sus intenciones? ¿Tiene el control? – pregunta el radioperador al máximo volumen.
La respuesta demora un minuto. Son las 9.16 y solo se escucha un número:
-Novecientos…
En el Skylark entienden que se trata de 900 pies, unos 270 metros, la profundidad donde puede estar el submarino. No hay más palabras desde abajo. Lo que se detecta a continuación un “evento hidroacústico de 0,1 segundo” de duración que solo puede interpretarse como el de una implosión violenta y el ruido de una deformación metálica a 400 metros de profundidad. A las 9.20, comienzan a emerger a la superficie manchas de aceite y fragmentos de plástico. La peor de las presunciones queda confirmada: el submarino nuclear USS Thresher, el más sofisticado de la marina estadounidense, acaba de estallar.
Más de seis décadas después, la explosión del Thresher sigue siendo el peor naufragio de un submarino en tiempos de paz. A bordo había 129 personas, incluidos 21 oficiales del Estado Mayor de la Fuerza de Submarinos de la Armada de los Estados Unidos y un grupo de civiles de la empresa que lo había construido. Recién en 2020, con la desclasificación de 3.600 páginas de archivos, se conocieron públicamente las causas del desastre.

El más avanzado
Cuando se hundió, el Thresher era el submarino nuclear de ataque más sigiloso, avanzado, rápido y mejor equipado que surcaba los mares. Tenía un innovador diseño de forma de huso redondeado con una vela hidrodinámica adelantada hacia proa, tanto su forma y su hélice fueron diseñados para navegar casi en silencio con una señal mínima de ruido hidroacústico. Su nombre era el de un tiburón prácticamente inofensivo para el ser humano, cuya principal característica es la longitud de su cola, que puede alcanzar la medida conjunta de su propia cabeza y cuerpo.
Construido en los astilleros navales de Portsmouth, New Hampshire, fue botado el 9 de julio de 1960 y entró en servicio el año siguiente. Corrían los tiempos de la Guerra Fría y su objetivo específico era detectar y destruir submarinos soviéticos furtivos. Desde el principio, su desempeño no había sido el más afortunado. El 18 de octubre de 1961, cuando estaba en el puerto de San Juan, Puerto Rico, se le apagó el reactor por un fallo eléctrico y la temperatura interior se disparó a 60° centígrados. Pudieron controlar la falla gracias al suministro de energía de otro submarino que le permitió reiniciar la autopropulsión y recuperar la actividad eléctrica.
En 1962 volvió a tener otro accidente cuando estaba anclado en Cabo Cañaveral y un remolcador lo golpeó. El impacto dañó seriamente uno de sus tanques de lastrado, por lo que tuvo que ser enviado a Groton, Connecticut, para ser reparado. Nadie se percató de que el arreglo no había quedado del todo bien. Volvió al servicio, para realizar pruebas de esos arreglos, el 8 de abril de 1963, al mando del comandante Wesley.

Las pruebas y el naufragio
El 9 de abril de 1963, el USS Thresher zarpó con 96 tripulantes, 12 oficiales y 21 técnicos civiles del astillero de Portsmouth junto al barco de rescate y apoyo submarino Skylark desde Portsmouth para efectuar ejercicios rutinarios de comprobación a una zona a 370 kilómetros al este del Cabo Cod, en el golfo de Maine donde comienza el talud continental. Las pruebas consistían en una serie de ejercicios de inmersión a diferentes profundidades para someterlo a diferentes presiones hidrostáticas y comprobar el hermetismo del casco con comunicaciones continuas al barco de apoyo cada 15 minutos. La prueba máxima era a 200 metros de profundidad y la secuencia de ejercicios consistía en hacer inmersión controlada cada 30 metros para verificar la inexistencia de fugas e integridad del casco de presión.
Esa misma tarde se realizaron dos pruebas hasta 100 metros de profundidad y esa noche quedó sumergido. La madrugada del 10 de abril emergió para comprobar en superficie si tenía fugas y volvió a sumergirse a las 7.47 para realizar una nueva prueba de resistencia del casco de presión. Debía bajar en una lenta espiral progresiva para no perder comunicación con el Skylark. Todo marchaba con aparente normalidad hasta que poco después de las 9 de la mañana comenzaron los fallos en la comunicación, con una serie de mensajes confusos, y a las 9.20 se registró la implosión. El Skylark declaró la emergencia e informó rápidamente que el Thresher había desaparecido.

Al ser interrogado sobre la naturaleza del ruido que había escuchado, el experimentado radioperador del Skylark respondió: “Nosotros escuchamos un ruido que nos resultaba familiar, debido a que habíamos escuchado muchos submarinos reventar durante la Segunda Guerra Mundial, después de haber recibido el impacto de un torpedo”.
La mañana del 11 de abril se perdió la última esperanza de encontrar el Thresher y el Almirante George W. Anderson Jr. se presentó ante la prensa para anunciar la pérdida del submarino con toda su tripulación. Ese mismo día, el presidente John F. Kennedy ordenó que todas las banderas ondearan a media asta desde el 12 al 15 de abril, como homenaje a las 129 vidas perdidas en la tragedia.
En mayo de 1963, el buque oceanográfico USSNS Mizar detectó con barridos de sonar algunas estructuras que podía corresponder al submarino perdido a unos 2.500 metros de profundidad. Con esos datos, al mes siguiente se contrató al batiscafo Trieste para tomar fotografías que aportaran a la investigación del accidente. Las imágenes revelaron que el Thresher se había desintegrado y sus restos estaban esparcidos en un campo de escombros de 134 kilómetros cuadrados. Se fotografiaron los restos de mayor tamaño como la vela, la sección de operaciones, la cola de popa y sección de proa. Algunas fotografías apuntaron a tubos exteriores en la sección de popa cuyas válvulas y soldaduras parecían dañadas. En septiembre de 1964, el batiscafo Trieste II no solo tomó fotografías, sino que además pudo extraer piezas escogidas para que fueran investigadas en la superficie. Después de eso, el silencio oficial fue total y las causas del hundimiento del Thresher se convirtieron en un misterio o, mejor dicho, en un secreto celosamente guardado por la Armada estadounidense.

Documentos desclasificados
Recién en 2020 –57 años después de la tragedia– en respuesta a una demanda presentada por el comandante James Bryant, la justicia estadounidense ordenó la desclasificación de las de 3.600 páginas escritas por expertos navales durante la investigación del hundimiento del submarino.
Una de las primeras teorías apuntaba a una falla las soldaduras durante las pruebas, que no habrían soportado la inmersión a una profundidad tan grande, lo que habría causado un cortocircuito en los sistemas eléctricos del submarino y agotado su potencia. Según esta hipótesis, una costura defectuosa fuera del casco hizo que el submarino se llenara rápidamente de agua y los intentos de estabilizarlo y llenar los tanques de lastre fracasaron.
Sin embargo, los archivos desclasificados mostraron que los motivos de este desastre naval fueron más y más complejos. Según el grupo de expertos convocados, la Armada quería poner en operaciones al Thresher cuanto antes para contrarrestar un nuevo tipo de submarinos nucleares soviéticos. Esa urgencia hizo que la tripulación destinada a esta embarcación no estuviera suficientemente preparada y se mostrara confiada en exceso creyendo que era imposible que un submarino de propulsión nuclear perdiera energía. La versión oficial decía que en el momento del accidente el Thresher estaba a una profundidad de unos 250 metros, pero el comandante Bryant dijo que era probable que “ya se hubiera hundido por debajo de su límite de profundidad de prueba”. Algunos minutos después, un buque de apoyo detectó a 400 metros de profundidad un ruido propio de una implosión violenta y de una deformación metálica, y los técnicos de sonar informaron haber escuchado misteriosos ruidos de “aire corriendo”.

El historiador naval Normal Friedman llegó a la conclusión que una formación inadecuada precipitó los problemas una vez se produjo el primer fallo, ya que la tripulación fue incapaz de responder con la suficiente rapidez para salvar la embarcación. Eso explicaría el hermetismo de la Armada para dar a conocer las causas del desastre. Después de analizar los documentos, el experto naval Kyle Mizokami aseguró que el contenido de los archivos revela que no hubo un encubrimiento real por parte de las autoridades, y que la Marina mantuvo el secreto para evitar que los detalles operativos de los sumergibles nucleares estadounidenses cayeran en manos de los soviéticos en plena Guerra Fría.
Además de ser el primer submarino nuclear perdido en el mar, el Thresher es también el tercero de cuatro submarinos –nucleares o no– que naufragaron con más de cien personas a bordo. Los otros son el Argonaut, con 102 tripulantes a bordo en 1943, el Surcouf con 130 personas en 1942, y el ruso Kursk, que se hundió con 118 marineros a bordo en 2000.
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