Durante más de una década, una figura discreta recorrió los pasillos de hospitales en Estados Unidos, dejando tras de sí una estela de muertes sin explicación. Charles Edmund Cullen, enfermero nacido en 1960 en Nueva Jersey, confesó haber asesinado a al menos 40 pacientes, aunque las autoridades sospechan que la cifra real podría superar los 400 casos.
Según reseñó Sky News, Cullen fue el menor de ocho hijos de una familia católica. Su padre murió cuando él tenía apenas siete meses. A los nueve intentó suicidarse por primera vez, y se estima que lo volvió a hacer en al menos veinte ocasiones durante su juventud. Su adolescencia transcurrió entre episodios de aislamiento y desequilibrio emocional. A los 17 años, sufrió otra pérdida: su madre, quien trabajaba como empleada doméstica, falleció en un accidente automovilístico.
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Más adelante, Cullen se casó con Adrienne Taub, con quien tuvo dos hijas. Pero el matrimonio terminó tras episodios de violencia doméstica y abuso de alcohol. Según NBC News, en 1987 ya estaba divorciado y comenzó a cambiar constantemente de empleo en centros médicos, dejando un rastro de muertes que, por mucho tiempo, pasaron desapercibidas.

El primer asesinato
De acuerdo con Daily Mail, su primer trabajo como enfermero fue en el Hospital Saint Barnabas de Livingston, donde asesinó a su primera víctima confirmada: el juez John Yengo. Este patrón se repetiría en otros centros: cada vez que surgían sospechas, Cullen renunciaba o era despedido, pero sin que se presentaran denuncias formales. Según NBC News, “fue despedido de cinco trabajos de enfermería y renunció a dos más entre sospechas de desempeño. Siempre conseguía otro puesto porque los hospitales temían ser demandados”.
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Durante dieciséis años, Cullen empleó principalmente insulina y digoxina para ejecutar los homicidios. Según declaró en una entrevista con el programa 60 Minutes, inyectaba dosis letales en bolsas de suero, lo que permitía que las sustancias se distribuyeran lentamente en los sistemas intravenosos de pacientes vulnerables. “Administraba sobredosis para evitar que los pacientes sufrieran paros cardíacos o respiratorios”, afirmó, aunque reconoció que muchas de sus víctimas no eran terminales. “Lo que hice no tiene justificación”, añadió.
Daily Mail señala que el propio Cullen admitió haber matado a unas cuarenta personas, mientras que las autoridades estiman que la cifra real podría superar las 400. No obstante, según la agencia AP, solo fue condenado por diecisiete asesinatos, recibiendo una sentencia de cadena perpetua múltiple.
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Entre 1993 y 2003, Cullen trabajó en varios hospitales de Nueva Jersey y Pensilvania, incluso después de haber sido detenido brevemente por acoso y allanamiento en el domicilio de una colega, la enfermera Michelle Tomlinson. Sus víctimas, de acuerdo con Daily Mail, tenían entre 21 y 91 años.
El curso de los acontecimientos cambió con la intervención de Amy Loughren, una enfermera del Somerset Medical Center. Según el libro The Good Nurse, del autor Charles Graeber, Loughren tenía un fuerte sentido de la intuición. En 2003, comenzó a sospechar de Cullen, con quien compartía guardias nocturnas. Al intensificarse las muertes, las autoridades le pidieron colaborar en la investigación. Aceptó colocarse un micrófono oculto y logró que Cullen confesara.
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“Le dije que tenía la oportunidad de ser el héroe ese día”, relató Loughren al New York Post. Cullen respondió: “Hablaré, pero quiero la pena de muerte”. Declaró durante siete horas, acompañado por Loughren, quien lo contuvo emocionalmente durante el proceso. “Creo que confesó porque me importaba”, repitió luego en declaraciones a Daily Mail.

Cullen fue arrestado en diciembre de 2003 y se declaró culpable para evitar la pena capital. En el juicio, escuchó los testimonios de unas sesenta familias. “Monstruo”, “basura” y “agente del infierno” fueron algunos de los calificativos que recibió, según NBC News. El juez Paul Armstrong fue contundente: “Traicionaste los cimientos más antiguos de la profesión de sanación”. Cullen, con un chaleco antibalas bajo el suéter, permaneció en silencio, solo murmuró: “No tengo nada que decir”.
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Tras el caso, más de veinte demandas civiles fueron interpuestas contra hospitales y residencias de ancianos que habrían encubierto despidos. El estado de Nueva Jersey aprobó leyes para proteger a las instituciones que reporten incidentes disciplinarios.
La historia de Charles Cullen inspiró libros, investigaciones y adaptaciones cinematográficas. La película The Good Nurse (El Ángel de la Muerte) dirigida por Tobias Lindholm y estrenada por Netflix, no se centró únicamente en la mente del asesino, sino en las fallas del sistema de salud que facilitaron sus crímenes.
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