En la noche de su cumpleaños número dieciocho, los hermanos gemelos Jonathan y Robert Maskell abandonaron la fiesta que su madre les había organizado en el norte de Londres para cumplir con una promesa oscura.
Según cuenta The Telegraph, la excusa fue sencilla: recibir una tarjeta de cumpleaños de un amigo. Lo que sucedió a continuación, durante esa madrugada de enero de 2004, cambiaría de forma definitiva la historia íntima de una familia y dejaría una marca indeleble en la comunidad de Edmonton.
Los gemelos salieron del domicilio familiar para encontrarse con su amigo Dwane Johnston, de 19 años, quien se había instalado dos días antes en la casa de Anjelica Hallwood, una viuda de 74 años que lo había recibido con generosidad tras su salida de prisión por delitos de conducción. La señora no era simplemente una anciana caritativa: era, para los Maskell, la “Nana”.
Ellos eran hijos de la exesposa del hijo de Hallwood y, aunque no existía parentesco biológico, habían sido tratados como nietos durante años. Johnston, por su parte, era pareja de Anna, la nieta biológica de Hallwood e hija del matrimonio anterior de Peter Hallwood, hijo de la víctima.

Según cuenta Independent, los tres jóvenes habían compartido aulas en una escuela para estudiantes con dificultades de aprendizaje desde los 14 años y mantenían una relación cercana, una dinámica frágil sostenida por los lazos de una familia extensa que se había visto obligada a confiar más por necesidad que por convicción.
Aquella noche, los tres ingresaron por la fuerza a la casa de Granville Avenue donde vivía Hallwood. Según reconstruyó la fiscalía ante el tribunal del Old Bailey, creían que la mujer guardaba hasta 1.300 dólares en efectivo, pero era un poco menos.
Durante el robo, Johnston sujetó a Hallwood, la golpeó en el rostro y le presionó el cuello mientras la mantenía contra el suelo.
La mujer, de apenas un metro con cuarenta y siete centímetros de estatura y contextura frágil, murió estrangulada en su dormitorio. Los jóvenes abandonaron la escena con el dinero, compraron una tarjeta para recargar el celular y un kebab, y luego regresaron a la fiesta familiar como si nada hubiese ocurrido.
Según Daily Mail, las cámaras de seguridad los captaron más tarde sonriendo, despreocupados, mientras gastaban parte del dinero robado en teléfonos móviles.

A la mañana siguiente, Joan Hallwood, hija de la víctima, intentó ingresar a la vivienda, pero no logró abrir la puerta por completo debido al pestillo de seguridad. Johnston, que estaba presente, logró deslizar la cadena desde el interior.
Según The Telegraph, al entrar, encontraron la casa revuelta. Joan le pidió a Johnston que revisara la habitación de su madre. Al regresar, él le dijo que creía que estaba muerta.
Aquella afirmación se convertiría en una pieza más del rompecabezas que los investigadores tratarían de desentrañar en los días y meses siguientes, marcados por declaraciones contradictorias, culpas compartidas y un pasado familiar que, en lugar de proteger, había ofrecido refugio a sus propios verdugos.

Durante el juicio, los tres acusados intentaron desvincularse del crimen, culpándose unos a otros. Robert y Jonathan apuntaron contra Johnston, mientras que este último reconocía su participación, pero intentaba diluir su responsabilidad.
La fiscalía, sin embargo, logró establecer que los tres habían actuado con conocimiento y coordinación, y que el motivo había sido “la codicia”, como sentenció el juez Gerald Gordon al dictar la condena.
Según The Times, el tribunal no encontró elementos suficientes para una condena por asesinato, pero los tres fueron hallados culpables de homicidio culposo. Además, los hermanos fueron condenados por el delito de robo, un cargo que Johnston ya había admitido.
La condena fue severa. El juez ordenó nueve años de prisión para cada uno por homicidio, más una extensión de tres años de licencia, lo que significaba que podían ser devueltos a prisión si violaban las condiciones de su libertad.

Según Independent, durante la audiencia, el juez fue explícito en su repudio a los acusados: “Es difícil imaginar un crimen más despreciable”, les dijo. Y agregó: “Por pura codicia, y sin importarles el efecto sobre ella, decidieron robarla. Podrían haberlo hecho mientras ella no estaba y hubiera estado a salvo”
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