
Hiroo Onoda nació en un rincón costero de la prefectura de Wakayama, Japón , el 19 de marzo de 1922. Era el quinto de siete hijos, cinco varones, dos mujeres, y su padre, maestro de escuela, era un hombre severo, de principios antiguos.
Según The Times, en 1942, con 20 años, fue reclutado por el Ejército Imperial Japonés. Allí comenzó otra vida. Fue seleccionado para un entrenamiento especializado en inteligencia y guerrilla en la Escuela Militar de Nakano, una élite secreta de operaciones especiales. Aprendió filosofía, historia, propaganda, combate cuerpo a cuerpo y técnicas de sabotaje.
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Las órdenes no eran abstractas. En su memoria, No Surrender: My Thirty-Year War, publicada tras su regreso, escribió: “Tienes absolutamente prohibido morir por tu propia mano”
El código Senjinkun exigía morir antes que rendirse, pero a él, como oficial de inteligencia, se le encomendó otra misión: resistir a toda costa, confundir al enemigo, sobrevivir para seguir combatiendo.
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En diciembre de 1944 fue destinado a Lubang, una pequeña isla de la Filipinas occidental, a unos 150 kilómetros de Manila. Debía destruir la pista de aterrizaje y el muelle para impedir el desembarco estadounidense.
Pero otros oficiales de mayor rango, ya desplegados en la isla, obstaculizaron su misión. Cuando el desembarco estadounidense llegó el 28 de febrero de 1945, la isla cayó rápidamente. Onoda y tres soldados escaparon a la selva. Allí comenzó su otra guerra.
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Según New York Times, el 9 de marzo de 1974, Onoda salió del monte con su uniforme en buen estado, su espada, su rifle y treinta años de selva detrás.
Permaneció 30 años sin saber que su país había sido derrotado, bombardeado con armas nucleares, reconstruido, convertido en una potencia económica con televisores, videojuegos, rascacielos y trenes bala. Estuvo tres décadas entre cocoteros y ciénagas, en una guerra que sólo existía en su mente.
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Los primeros años fueron compartidos. Eran cuatro: Onoda, Kozuka, Shimada y Akatsu. Se ocultaban bajo hojas, vivían en chozas de bambú, robaban arroz y mataban vacas. El calor tropical, las serpientes, las ratas y los mosquitos formaban parte del frente enemigo.
Según Daily Mail, cada avión que sobrevolaba, ya fuera en la Guerra de Corea (1950–53) o en la de Vietnam, era interpretado como parte de una contraofensiva japonesa. Cada panfleto lanzado por el aire era una trampa estadounidense.
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Cuando en 1950 Akatsu se entregó a las autoridades filipinas, Onoda asumió que había sido capturado. En 1954, Shimada murió en un tiroteo con un grupo de búsqueda. En 1972, Kozuka fue abatido por la policía local cuando intentaban quemar arroz en un campo. Onoda quedó solo.
Durante esos años no fue un espectador: según CNN, se le atribuyen hasta 30 muertes, en escaramuzas con campesinos que consideraba “enemigos”. Cuando vio fotos de su familia, pensó que eran falsificaciones. Cuando escuchó la voz de su madre desde un altavoz, la creyó una grabación manipulada.
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En sus memorias escribió: “Habíamos desarrollado tantas ideas fijas que éramos incapaces de comprender nada que no se ajustara a ellas”
Según Times, fue declarado muerto oficialmente en Japón en 1959. Su familia le levantó una lápida y su madre le había entregado, antes de partir, un cuchillo ceremonial de hara-kiri con una advertencia: “Si te capturan, úsalo para matarte. No traiciones a tu país”. Pero Onoda no lo usó. Era un soldado de inteligencia. Tenía que seguir vivo.
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Todo dio un giro en 1974, cuando Norio Suzuki, un joven japonés aventurero, idealista y algo excéntrico, se propuso hallar a Onoda. De acuerdo con The New York Times, su curiosa misión incluía tres objetivos: “el teniente perdido, un panda y el Abominable Hombre de las Nieves, en ese orden”.
Suzuki logró dar con Onoda, quien al principio dudó de él, aunque decidió escuchar su historia. Antes de irse, el joven le prometió regresar con su antiguo comandante. Y lo hizo.
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El 9 de marzo, en una ceremonia semijungla, el ya retirado mayor Yoshimi Taniguchi, convertido en librero, voló a Lubang para rescindir formalmente la orden de combate. Onoda salió del monte, saludó militarmente y entregó su espada al presidente filipino Ferdinand Marcos, quien lo perdonó por los crímenes de guerra cometidos mientras creía que seguía combatiendo.
En Japón fue recibido como un héroe. Multitudes agitaban banderas. “Onoda representa los valores que perdimos: el deber, el sacrificio, el honor”, dijo el Mainichi Shimbun (New York Times).
Pero Onoda se sentía un fantasma. Tenía 52 años. En Tokio lo esperaban sus padres, ahora ancianos; la ciudad era irreconocible.
El Japón de la posguerra, marcado por el avance industrial y el auge del materialismo, le resultaba ajeno e incómodo. Recibió una pensión militar y, según The Times, publicó un libro —dictado y editado por terceros— por el que firmó un contrato de 160 mil dólares. Sin embargo, no lograba encajar en esa nueva sociedad. “Ellos parecen gigantes”, comentó al referirse a sus compatriotas modernos.
En 1975 se mudó a Brasil. Compró una finca en el Mato Grosso do Sul, se convirtió en ganadero y, al año siguiente, se casó con Machie Onuku, una maestra japonesa de ceremonia del té. Fue en esa tierra tropical y lejana donde halló, quizás, su única paz.
En 2010 fue nombrado ciudadano honorario en su comunidad brasileña. Murió el 16 de enero de 2014 en Tokio, por complicaciones pulmonares. Tenía 91 años.
Su historia inspiró novelas, ensayos, documentales y películas. El director francés Arthur Harari la convirtió en una épica cinematográfica de tres horas, Onoda: 10,000 noches en la jungla, que recibió el premio César al Mejor Guion en 2022 y ovaciones en Cannes.
El cineasta alemán Werner Herzog, tras conocerlo en persona, escribió una novela inspirada en su odisea, según Daily Mail. La directora filipino-australiana Mia Stewart anunció un documental para finales de 2022.
Quizás Onoda nunca dejó de combatir, ni siquiera en la paz. Como escribió en su libro: “Si no hubiese vivido esa experiencia, no tendría la vida que tengo hoy”.
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