
Nació un 16 de enero de 1974 en las afueras del sur de Londres, en Croydon. Su infancia transcurrió en Addiscombe y Sanderstead, zonas pertenecientes a ese municipio. Linda Rosina Shepherd, quien trabajaba como camarera, y Peter, empleado en una aerolínea, fueron sus padres. La separación de ellos se produjo cuando la niña tenía apenas 13 años. En su núcleo familiar, también se encuentran su hermano menor Nick y su media hermana Lottie, cuyo nombre completo es Charlotte.
Durante su formación educativa, asistió primero a la escuela primaria Ridgeway y luego al instituto Riddlesdown en Purley, conocido hoy como Riddlesdown Collegiate. En su adolescencia, además de estudiar, se ganaba la vida en diferentes comercios locales.
Tenía 14 años cuando una mujer —fundadora de una agencia de modelos— la descubrió en un aeropuerto neoyorquino. Era 1988. Lo que siguió no fue una aparición fulgurante en el mundo del modelaje, sino una irrupción silenciosa y disruptiva: una figura escuálida, lánguida, de belleza no tradicional, que comenzó a cambiar los estereotipos desde las páginas publicitarias y editorial de las revistas referentes de la moda.
Mientras la industria se rendía ante las super modelos de las pasarelas curvilíneas y siempre sonrientes —las que respondían a nombres como Naomi, Cindy o Claudia—, ella encarnó otra cosa. Su delgadez extrema, los ojos ojerosos y la piel pálida la convirtieron en referente de una estética que luego sería bautizada como heroin chic. Frente a la exuberancia, impuso una imagen cruda, juvenil y melancólica. Su cuerpo hablaba de una adolescencia real, de inseguridades, rebeldía. La belleza que llegaba al primer plano, no era de la perfección, sino todo lo contrario: aunque no era proclive a la sonrisa sus dientes se veían desalineados, su mirada con un leve estrabismo, sumado a unas piernas arqueadas.
Así se convirtió en un ícono sin proponérselo. En 1990, una sesión para la portada de The Face, realizada por una fotógrafa ligada al grunge y al “realismo sucio”, marcó un punto de inflexión. Ella tenía 16 años. Era una adolescente tímida que todavía cargaba con la frase de su madre: “No creo que seas muy fotogénica”. Aun así, tuvo una actitud arrolladora frente a las cámaras. Lo que ella vestía, se vendía como pan caliente: salían a comprar sus prendas o buscaban imitar su estilo.
Vivió el vértigo del éxito y también sus grietas. Recordó, décadas después, un casting particularmente incómodo, que tuvo mucho por enseñarle sobre el ambiente que sería parte de su vida: tenía 15 años cuando un fotógrafo, a cargo de una producción de lencería, le pidió que se sacara el corpiño. No lo hizo. Tomó sus cosas y se fue. Esa experiencia, dijo, afiló su instinto. Aprendió a reconocer a depravados. Desde entonces, anduvo sola por Londres con un mapa en el bolsillo, buscando direcciones de castings que podía apenas imaginar.
“Un día me miré en el espejo y me odié. Estaba tan flaca… Nunca me gustó estar así”, dijo muchos años más tarde. El cuerpo que la había hecho famosa era, para ella, un espacio de conflicto. Quiso parecerse a otras. Recién más tarde aceptó lo que la volvía única.
Su carrera fue el sueño hecho realidad de toda modelo. Desfiló, fue la mimada de los grandes diseñadores, rompió moldes. También fue noticia por sus excesos, las fiestas desbocadas, escándalos y relaciones turbulentas. Le preguntaban por qué se divertía tanto. Ella respondía: “¿Y por qué no?”.
Aunque nunca se consideró hermosa, su imagen terminó por dominar revistas, pasarelas y campañas publicitarias durante más de treinta años.
Respuesta: la niña de la foto es Kate Moss
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