Las aventuras del General Pulgarcito: la estrella de los circos freak que estuvo cara a cara con la reina Victoria

Charles Stratton tuvo problemas de crecimiento. En su adultez apenas medía un metro. Fue captado por el productor más exitoso de los circos de rarezas

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General Pulgarcito circo freak
El General Pulgarcito solía vestirse como Napoleón

“¿Y este caballero en miniatura también tiene modales reales?”, preguntó la reina Victoria, apenas esbozando una sonrisa. El silencio era denso. Nadie se atrevía a interpretar si hablaba con ironía o con admiración.

Lo llevó al Palacio de Buckingham un empresario estadounidense, Phineas Taylor Barnum, un vendedor de ilusiones que había cruzado el Atlántico con su mayor joya: Charles Stratton, 66 centímetros de altura, 6 años de edad (pero presentado como un general de 11), y una personalidad tan afilada como la barba postiza que le colgaba del mentón.

El encuentro con la reina Victoria

Entró al salón del trono vestido con galones, botas, y un sable diminuto. Caminaba con la autoridad de un coronel napoleónico. Victoria, de 24 años y embarazada, observaba sin moverse desde el borde del sofá.

Lo invitaron a hablar. Y habló.

—Majestad, tengo el honor de presentarme como el general Tom Thumb (pulgarcito en inglés), veterano de cien batallas… en miniatura.

La reina se rió. Fue una risa contenida, de esas que se conceden más como acto diplomático que como impulso emocional. Pero fue suficiente.

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Parte del show de Pulgarcito en el circo freak de Nueva York

Stratton bailó. Cantó. Simuló un duelo con su diminuto sable. Y al final, la escena culminó con un gesto que los historiadores aún discuten: le ofreció a la Reina su mano enguantada para besarla, como un galán en versión muñeca. Victoria se rió otra vez. Luego, pidió verlo tres veces más.

—Nunca había visto a alguien tan pequeño con tanta presencia —diría más tarde en una carta a su madre, la duquesa de Kent.

El suceso marcó un antes y un después en la carrera del joven Charles. La prensa británica lo bautizó como el “pequeño rey de la comedia”. Se presentó ante la aristocracia europea, conoció a Luis Felipe de Francia, al káiser prusiano, al zar Nicolás I. Era tratado como noble. Pero seguía siendo parte de un espectáculo de rarezas.

La estrella del circo freak de Barnum

Barnum cobraba entradas como si Stratton fuera un tapiz viviente, una joya exótica que hablaba inglés perfecto y contaba chistes mejores que los cortesanos.

Lo que Victoria no sabía, o no quiso saber, es que Pulgarcito no era un general. Era un niño disfrazado. Uno que apenas dos años antes todavía jugaba con soldaditos de plomo en su casa de madera en Bridgeport, Connecticut.

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El productor de los espectáculos de rarezas Barnum junto a Pulgarcito

El nacimiento de Pulgarcito

La cuna estaba en una esquina del cuarto, cerca de la chimenea, y crujía cuando Mary lo acunaba con ritmo de mareo en el medio oeste de Estados Unidos. Afuera, los inviernos de Connecticut eran ásperos, pero adentro siempre olía a manteca derretida y pan de maíz. La familia Stratton no tenía lujos. Su marido, un carpintero llamado Sherwood, había construido la casa con sus propias manos. Tenía una caja de herramientas y un hijo, Charles Sherwood Stratton, nacido el 4 de enero de 1838.

Durante los primeros meses, Charles creció como cualquier otro bebé. De mejillas coloradas, con un apetito voraz y el llanto al amanecer.

Pero a los seis meses, el crecimiento se detuvo.

No fue repentino, sino imperceptible al principio. El pantalón que le había cosido la madre seguía sirviendo. Los zapatitos no apretaban. El niño reía, comía, gateaba… pero no ganaba tamaño. A los dos años, seguía pesando cuatro kilos. Los médicos ofrecieron diagnósticos envueltos en perplejidad: raquitismo, deformidad, un mal de los huesos. No sabían.

—Va a crecer —decía la abuela, mientras tejía en silencio.

—No va a crecer —respondía el padre, sin dejar de martillar clavos en el taller.

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Una de las últimas imágenes de Pulgarcito

Lo cierto es que Charles no parecía enfermo. Solo pequeño, desmesuradamente pequeño, con una voz infantil que tardaría en madurar, un cuerpo proporcionado como una estatua tallada a escala.

Los vecinos del pueblo empezaron a hacer comentarios. En el mercado, lo levantaban como si fuera un juguete. Algunos se persignaban al verlo.

Pero Charles era travieso y valiente. A los cuatro años, imitaba voces, montaba escenas, se trepaba a los muebles y saludaba como si diera discursos desde un balcón imaginario. Amaba disfrazarse. Le gustaban los uniformes. A veces tomaba un palo de escoba, lo levantaba sobre la cabeza y gritaba:

—¡Ordene, coronel!

Y ahí estaba Barnum. El empresario ya era famoso por convertir lo exótico en rentable. Tenía un museo en Nueva York y olfato para los fenómenos. Un primo le habló del niño que no crecía. Viajó a Bridgeport y pidió verlo. Lo encontró jugando con un gato en el porche, en medias y con una gorra que le cubría media cara.

—¿Querés conocer Nueva York? —le preguntó.

—¿Tiene caballos? —respondió Charles.

En pocas semanas, ya no era Charles. Era General Pulgarcito, supuesto descendiente de una familia francesa de guerreros en miniatura. Lo presentaban como un joven de once años, experto en esgrima, danza y declamación. En realidad, tenía cinco, y no sabía leer ni escribir.

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Stratton dejó de crecer en los primeros años de su vida

El éxito de Pulgarcito

La transformación había comenzado. Barnum lo vestía, le escribía los diálogos, decidía cuándo reír y cuándo saludar. A los cinco años, Charles Stratton ya no era un niño. Era una estrella del circo freak de Nueva York.

—Este chico es una mina de oro —dijo Barnum en una carta que envió a su agente en Londres—. Solo necesita un poco de teatro y mucha disciplina.

Lo entrenó como se entrena a los actores de vodevil. Le enseñó a fumar puros, a beber vino (rebajado), a hablar con acento británico y a ensayar diálogos de Shakespeare. Cuando no estaba actuando, lo mantenía en habitaciones privadas de hoteles caros. El objetivo era que nadie lo vea, que su vida privada fuera un misterio. A veces lloraba por las noches.

—Quiero ver a mi mamá —decía en voz baja.

Barnum le prometía juguetes, lecciones de esgrima y un nuevo traje azul con botones de oro. Y cumplía.

El empresario no era un villano, al menos no en el sentido clásico. Tenía una mezcla letal de ambición y afecto. Lo cuidaba como a un hijo, pero lo vendía como un espectáculo.

En público, era todo luces: “El General Pulgarcito es un prodigio de la naturaleza, un caballero refinado en dimensiones de bolsillo.

En privado, le exigía perfección. Cuando Stratton no tenía ganas de actuar, Barnum le hablaba como a un empleado.

—No estamos aquí para descansar. Estamos aquí para triunfar.

Y triunfaron.

En solo tres años, Charles se convirtió en una celebridad transatlántica. Se codeaba con presidentes, banqueros, reinas. En cada ciudad había afiches con su rostro, banquetes en su honor, imitadores que copiaban su nombre y su estatura.

Barnum cobraba las entradas. Stratton actuaba. El contrato era verbal, pero efectivo: el niño hizo millonario al empresario, y el empresario convirtió al niño en inmortal.

A los nueve años, Stratton tenía más trajes que cualquier político de Washington. Barnum le había comprado una carroza en miniatura, tirada por ponis. Lo llevaba a recorrer Broadway como si fuera un embajador.

Pero la relación era más que negocio. Cuando Stratton enfermaba, Barnum dormía en una silla junto a su cama. Le mandaba cartas escritas con letra grande y tinta roja. En una, le decía:

“No olvides nunca que eres más que una rareza: eres un caballero. Un caballero diminuto, pero un caballero.”

A medida que Charles crecía (aunque apenas ganaba centímetros), la dinámica se volvió más equitativa. A los 18 años, exigió participar de las ganancias. Barnum aceptó. Firmaron un acuerdo. Desde entonces, Stratton no solo actuaba: invertía, administraba, opinaba.

Barnum siempre supo cuándo un fenómeno se volvía peligroso. Pero en Stratton vio algo diferente: no una curiosidad pasajera, sino una personalidad escénica con vida propia.

—Sin él, yo no sería nada —dijo una vez, en una entrevista tardía—. Y quizás él tampoco sin mí. Nos inventamos mutuamente.

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El casamiento de Pulgarcito fue un furor en Estados Unidos

El casamiento de Pulgarcito

El vestido era de satén blanco con bordados de perlas. La cola medía dos metros. Lavinia Warren no alcanzaba los ochenta centímetros de altura, pero parecía una emperatriz de bolsillo. Tenía 21 años, los ojos azules de porcelana y un perfil que recordaba a las muñecas francesas que vendían en los escaparates de la Quinta Avenida.

El 10 de febrero de 1863, el salón del Metropolitan Hotel de Nueva York se llenó de curiosos, periodistas, diplomáticos, aristócratas y fotógrafos que colgaban sus cámaras de grandes trípodes de madera. La boda de Pulgarcito con Lavinia fue el evento del año. Solo el estallido de la Guerra Civil podía competir por espacio en los periódicos.

Barnum se frotaba las manos.

—Esto no es una unión. Es un milagro. Es el amor... a escala humana —declaró, mientras vendía entradas para la recepción a razón de 75 centavos de dólar cada una.

Un reverendo los casó bajo un dosel de flores. Ella llegó en brazos de su cuñado. Charles la esperó en la punta del altar, con un frac negro a medida, cuello de encaje y una sonrisa temblorosa.

Después vino el banquete, con pasteles miniatura, cubiertos de oro, muebles a medida. En la sala había una réplica exacta de una casa victoriana en escala 1:4. El país entero parecía hipnotizado por el romance.

En realidad, el matrimonio fue una coreografía planificada.

Barnum eligió el anillo, contrató a los sastres, diagramó la cobertura de prensa. Pidió que se imprimieran 5.000 tarjetas de invitación y organizó una visita especial a la Casa Blanca: el presidente Abraham Lincoln los recibió con su esposa Mary Todd dos días después. La Primera Dama les ofreció un té. Lincoln bromeó:

—Mi señora dice que nunca ha visto una pareja tan perfecta. Ni tan pequeña.

La gira de bodas fue aún más larga que la luna de miel. Recorrieron Filadelfia, Boston, Nueva Orleans. En cada ciudad los esperaban multitudes. Algunos querían ver a los “novios de juguete”. Otros, simplemente llorar frente a una historia de amor improbable.

Pero detrás del espectáculo, había complicidades verdaderas.

Charles amaba a Lavinia. Se escribían cartas largas, discutían por dinero, se reconciliaban. Se querían con la pasión y la torpeza de cualquier pareja. Barnum —que los había unido como si fuera un casamentero profesional— empezó a respetarlos como socios.

Compraron una casa en Middleborough, Massachusetts. Allí intentaron una vida normal: té por la tarde, un jardín con flores silvestres y visitas de familiares.

Pero la “vida normal” nunca fue del todo posible.

Las fotos de la boda se seguían vendiendo por miles. Las revistas imprimían relatos románticos con detalles inventados. La pareja era propiedad pública. Cada discusión, cada viaje, cada intento de retiro… volvía a ser parte del guion.

Lavinia, años después, escribiría en sus memorias:

“Fue un matrimonio feliz. Solo que, a veces, se sentía como un acto eterno.”

Se había comprado un carruaje blanco, tirado por ponis, igual al que usaban los jueces en Inglaterra. Tenía un jardín con peonías y una hamaca de cuerda. Y por fin, tiempo para estar con Lavinia sin flashes, sin funciones, sin maquillaje.

Pero el descanso duró poco. En 1865, un incendio destruyó el Museo Americano de Barnum en Broadway. Las llamas devoraron no solo vitrinas y esqueletos falsos, sino también las cuentas, los contratos, los ingresos acumulados. Barnum quedó en bancarrota. Y Stratton, que había invertido casi todo allí, también.

La noticia llegó por telegrama. Lavinia lloró. Charles, no.

—Volvemos al ruedo —dijo. Y se calzó el frac.

Tenía 27 años, pero se sentía viejo. Su salud se había deteriorado. Sufría crisis respiratorias, dolores en las articulaciones y fatiga constante.

Aun así, regresó a los escenarios. Recorrieron el sur de EE.UU., después Europa, más tarde Australia. La rutina era implacable: subir, saludar, bromear, bailar, firmar autógrafos, fingir juventud. Pero la mirada había cambiado.

Ya no era un niño fenómeno. Era una leyenda viviente.

La audiencia aplaudía con nostalgia. Algunos lo recordaban de cuando eran niños. Otros venían a ver “al hombre que una vez besó la mano de la Reina Victoria”.

Entre gira y gira, Charles escribía cartas a amigos. En una, fechada en 1882, decía: “Siento que el mundo se hace más grande y yo más pequeño. O quizás es solo que estoy cansado.”

La salud lo traicionó del todo en julio de 1883. Tuvo un derrame cerebral. Murió tres días después, el 15 de julio, a los 45 años, en su casa de Middleborough, rodeado de médicos, Lavinia y algunos sirvientes. Pesaba 15 kilos. Medía 1 metro y 2 centímetros.

Más de 10.000 personas asistieron a su entierro. Lavinia caminó detrás del féretro, vestida de negro, con un velo que le cubría el rostro.

Fue sepultado en el cementerio de Mountain Grove, en Bridgeport, la ciudad donde había nacido. Su tumba tiene una estatua de tamaño natural. Como si alguien intentara corregir el tamaño de su mito.

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