
En un suburbio tranquilo de Tokio, en un edificio común y corriente, vivía Takahiro Shiraishi, un joven japonés que pasó casi inadvertido durante buena parte de su vida. Quienes lo conocieron en la infancia lo describieron como un chico reservado, cortés con los vecinos, amante del béisbol y la actividad física.
Según Radio France Internationale, sus compañeros de escuela lo recordaban como alguien que “no se destacaba especialmente” pero que era un buen oyente. Años más tarde, ese perfil discreto contrastaría de forma estremecedora con uno de los crímenes más perturbadores de la historia reciente en Japón.
Shiraishi nació en 1990 y creció junto a su padre, un diseñador de autopartes, mientras su madre y su hermana menor se mudaban a otra zona para facilitar la escolaridad de la niña.
Terminó el secundario en 2009 y luego consiguió un empleo en un supermercado. Sin embargo, abandonó ese puesto tras dos años para involucrarse en el mundo del entretenimiento sexual en el distrito de Kabukicho, en Tokio.
Se desempeñaba como scout, un rol centrado en reclutar mujeres jóvenes para que trabajaran en clubes sexuales. En febrero de 2017 fue arrestado por haber reclutado a una joven con conocimiento de que sería forzada a ejercer la prostitución.

Aunque fue condenado, recibió una pena en suspenso. Varios usuarios en redes sociales comenzaron a advertir sobre un “scout sospechoso”, con mensajes como “tengan cuidado con este tipo”, acompañados por su fotografía, según publicó Daily Mail.
A mediados de 2017, su vida personal y emocional mostraba signos de deterioro. En junio, llegó a decirle a su padre que ya no sabía por qué seguía con vida. El 22 de agosto se mudó a un pequeño departamento en Zama, un suburbio al suroeste de la capital japonesa.
Fue en ese lugar donde, en apenas tres meses, perpetraría una serie de nueve asesinatos. Según Japan Times, una vez instalado creó varios perfiles en Twitter donde se identificaba como un “verdugo profesional” y afirmaba tener experiencia en ahorcamiento.

En su biografía prometía: “Quiero ayudar a personas que realmente estén sufriendo. Pueden escribirme en cualquier momento”.
Se contactaba con mujeres jóvenes que, en sus publicaciones, expresaban deseos suicidas o temor a morir en soledad.
Les ofrecía su ayuda para morir o incluso acompañarlas en el proceso, reconstruyó NHK, la cadena pública japonesa.
Una vez que concertaba una cita, las recibía en su departamento, donde según su propia confesión a los investigadores, las mataba casi inmediatamente tras conocerlas.

Luego procedía a desmembrar sus cuerpos, al principio demorando tres días para completar esa tarea, aunque más tarde logró hacerlo en menos de veinticuatro horas, según Japan Times.
En la vivienda se hallaron cuchillos, sierras, tijeras y herramientas de carpintería. Los restos humanos, incluidos unos 240 fragmentos óseos, fueron almacenados en cajas de herramientas y conservadoras, cubiertos con arena para gatos, con el fin de ocultar el olor.
Radio France International detalló que dos de los cuerpos presentaban signos claros de estrangulamiento, uno tenía fractura en las vértebras del cuello y otro mostraba hemorragias compatibles con asfixia.
Las víctimas, ocho mujeres y un hombre, tenían entre quince y veintiséis años. La primera fue una joven que lo contactó buscando un compañero para un pacto suicida.
En algún momento del encuentro, Shiraishi mató también al novio de ella, presuntamente para evitar que la desaparición fuese denunciada, según reportes de NHK
Con algunas de las víctimas fue registrado por cámaras de seguridad mientras caminaban juntos cerca de estaciones de tren.
El caso se reveló públicamente a fines de octubre de 2017. El hermano de una joven de veintitrés años, que había desaparecido después de publicar mensajes sobre sus deseos de suicidarse, logró ingresar a su cuenta de Twitter.
Sospechando de una cuenta en particular, pidió ayuda a una mujer que había estado en contacto con el sospechoso. Con su colaboración, los investigadores concertaron una cita falsa con Shiraishi y lo siguieron hasta su apartamento.
El 31 de octubre, agentes de policía tocaron a su puerta preguntando por la joven desaparecida. Según NHK, Shiraishi respondió señalando una de las cajas y dijo: “Está aquí adentro”.
El hallazgo fue escalofriante. En el departamento se encontraron nueve cuerpos desmembrados. La noticia sacudió a la opinión pública japonesa, en un país donde el suicidio juvenil es una problemática grave, con más de 20.000 casos anuales y alrededor de 500 menores de veinte años, quitándose la vida cada año.

“Ellos podrían haber pensado que él era la única persona que sinceramente los escuchaba”, dijo Akiko Mura, de la organización Befrienders Worldwide Tokyo, a la agencia AFP.
Durante el juicio, Shiraishi, de entonces 29 años, no negó ninguno de los nueve cargos por asesinato ni los reportes de abuso sexual que salieron a la luz.
Su defensa intentó argumentar que los homicidios se produjeron con el consentimiento de las víctimas, por lo que debía ser acusado de “asesinato con consentimiento”, delito que en Japón conlleva penas de entre seis meses y siete años de prisión. Sin embargo, el tribunal rechazó ese planteo.
Según The Guardian, el juez Naokuni Yano dictaminó que “ninguna de las víctimas consintió en ser asesinada, ni siquiera por consentimiento tácito”, y añadió: “La dignidad de las víctimas fue completamente pisoteada”.
El 15 de diciembre de 2020, el tribunal del distrito de Tachikawa condenó a muerte a Takahiro Shiraishi. Durante la primera audiencia, más de 600 personas se presentaron para acceder a una de las 13 plazas disponibles en la sala.
Japón, que aún mantiene la pena capital como práctica vigente y la ejecuta mediante ahorcamiento, no dio lugar a los argumentos de la defensa.
El “asesino de Twitter”, como lo bautizaron los medios, dejó una advertencia brutal sobre los peligros de la manipulación emocional en entornos digitales y la desprotección de quienes buscan ayuda desesperadamente.
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