
En el pequeño pueblo de Pień al sudeste de Polonia, arqueólogos encontraron el cadáver de una mujer. Lo que les llamó la atención fue la manera en la que estaba enterrada: con una guadaña afilada colocada en el cuello y un candado alrededor del dedo gordo de su pie.
El hallazgo peculiar ocurrió en agosto de 2022. La mujer sin nombre parecía joven. En su rostro se destacaba un diente grande y sobresaliente y en su cabeza encontraron una gorra de seda, indicador de que pertenecía a las clases más altas de la sociedad polaca del siglo XVII.
Entre los miembros del equipo científico polaco de la Universidad Nicolás Copérnico, concluyeron que se podría tratar de una “vampira”, enterrada ritualmente con medidas de precaución para que no volviera a amanecer en su tumba en búsqueda de sangre entre los vivos. Si la supuesta vampira se levantaba, la guadaña servía para cortarle el cuello. Por si eso no funcionaba, el candado tenía la función de amuleto, para impedir que su alma volviera al cuerpo.
Pero este suceso no era una rareza de la época. Al contrario, este tipo de entierros eran comunes en una sociedad donde se creía firmemente que los vampiros y la brujería existían, y que sus poderes mágicos les permitían resucitar tras la muerte.
El vampirismo en la historia eslava
La noción de vampiros tiene una larga historia tanto en el folclore cultural como en las obras literarias, así como en los medios populares contemporáneos. En la región eslava de Europa del Este, la creencia en los vampiros o cadáveres reanimados se remonta al siglo XI, de acuerdo a científicos que en el 2014 realizaron la investigación “Prácticas apotropaicas y muertos vivientes: una evaluación biogeoquímica de entierros desviados en la Polonia postmedieval”.
En el folclore polaco, el alma y el cuerpo son entidades distintas que se separan tras la muerte de una persona. Las almas, la mayoría de las cuales son inofensivas, abandonan el cuerpo y continúan habitando la tierra durante 40 días después de la muerte. Sin embargo, una pequeña minoría de estas almas fueron vistas como una amenaza directa para los vivos y en riesgo de convertirse en vampiros, explicaron los científicos en su investigación.

Por aquellos tiempos, existía paranoia y miedo alrededor de fenómenos o personas con capacidades sobrenaturales. Acusaciones de “ser un vampiro” solían recaer en personas que no encuadraban bien en la sociedad, aquellas que tenían algún tipo de característica física que llamaba la atención o que era considerada inusual -como por ejemplo el diente sobresaliente de la mujer encontrada en Pień–, practicar brujería, suicidarse, no estar bautizado, o haber nacido fuera del matrimonio.
Otra creencia popular de aquella época era que los vampiros eran atribuidos como responsables de la desgracia que ocurrió en una comunidad o hacia una persona. Si un área era afectada por una inundación, una plaga, una mala cosecha de cultivos, o alguna otra mala fortuna, la respuesta solía ser el vampirismo y la sociedad responsabilizaba a los recientemente muertos.
En el caso de una plaga, la primera persona en morir por la enfermedad era identificada como un vampiro. Su cadáver era profanado o alterado de alguna manera y los candados en el pie y las guadañas en el cuello no eran los únicos métodos que se utilizaban. A veces se ponían piedras en la cabeza del muerto para que su peso hiciera más difícil que el vampiro se levantara, o se metía una moneda en la boca del muerto antes de decapitarlo.
Otros casos de vampirismo
De hecho, el caso de la mujer “vampira” encontrada en Pień no es el primero.
En 2014, el mismo equipo de científicos que luego publicaron la investigación referida en este artículo, recuperó 285 esqueletos humanos en el pueblo de Drawsko, ubicado a unos 700 kilómetros al noroeste de Pień. De acuerdo a los investigadores, los cadáveres fueron enterrados entre los siglos XVII y XVIII.
Cinco de los esqueletos tenían guadañas fijadas alrededor de su cuello o en su abdomen. Otros dos tenían piedras grandes posicionadas debajo de la pera, supuestamente para prevenir que muerdan a humanos vivientes. De todos modos, estos esqueletos no fueron enterrados de manera segregada, sino que sus tumbas se encontraban cerca de las de los muertos no considerados vampiros.

En el caso de los esqueletos de personas consideradas “normales”, los científicos encontraron amuletos para ahuyentar a los malos espíritus. Hubo tres cadáveres que fueron enterrados junto a medallas -dos de ellas de San Benito-, un símbolo de protección contra el mal, principalmente a la hora de la muerte.
En otros casos, encontraron monedas enterradas cerca del cadáver o dentro de la boca del muerto. De acuerdo a los investigadores, en aquellos tiempos estas monedas prevenían que un espíritu maligno entrara al cuerpo a través de la boca. También se las ponía en la boca de los muertos acusados de ser vampiros, bajo el pretexto que les daba algo para morder y que esto los disuadía de alimentarse de los vivos.
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