
Cuando tenía solo nueve años, al niño Rudolf Steiner se le apareció el espíritu de una tía que vivía en un pueblo lejano y le pidió ayuda, o por lo menos eso creyó él. Días después llegó a su casa en el pueblo de Neudörfl una carta que informaba a la familia que esa tía había muerto. Desde ese momento, el niño que se convertiría en hombre y crearía la Antroposofía se convenció de que en su interior llevaba un misterioso conocimiento del mundo espiritual.
Intuición, premonición, clarividencia, comunicación con el plano espiritual… a esa edad el niño no supo cómo llamar a ese extraño fenómeno, pero años más tarde lo expresó así: “Sentó que uno debe llevar el conocimiento del mundo espiritual dentro de sí mismo, a la manera de la geometría, pues aquí se le permite a uno conocer algo que sólo la mente, a través de su propio poder, experimenta. En este sentimiento encontré la justificación para el mundo espiritual que experimenté, un mundo ‘que no se ve’”.
Más de medio siglo después de aquel día revelador de 1870, Rudolf Steiner, tuvo otra de esas vivencias: que un grupo de nazis intentaría matarlo. Corría 1922 y el partido que llevaría a Adolf Hitler al poder era un grupo político todavía marginal, pero la prédica encendida de su jefe y algunas acciones violentas lo estaban haciendo visible para la sociedad alemana.
Para entonces, Steiner era una figura ampliamente conocida en Alemania, Austria y muchos otros países europeos. Su obra era polifacética y abarcaba la crítica literaria y la filosofía tradicional pero también el esoterismo y la teosofía; había incursionado también en la educación, la arquitectura, la proposición de reformas sociales, la medicina y la agricultura, aunque se lo reconocía sobre todo como el fundador de una nueva escuela de raíces ocultistas, la Sociedad Antroposófica.

Los nazis divididos
Los postulados de Steiner tenían impacto en la dirigencia nazi, muy permeable a las teorías ocultistas, pero también generaban polémicas. Hitler las considerada odiosas por percibirlas opuestas al sustrato esotérico de sus políticas, y su segundo de entonces, Rudolf Hess, no solo creía en ellos sino que admiraba a su autor. En la cúpula del partido, esa división se repetía.
Hess hacía propias proposiciones como la que el fundador de la antroposofía había planteado en 1910, cuando afirmó que los pueblos germánicos y nórdicos pertenecían al mismo grupo étnico, la raza aria, y denunció “la atroz brutalidad cultural que fue el reasentamiento de negros en Europa, (que) hace retroceder al pueblo francés en tanto raza”
Ese tipo de ideas también coincidía con las de Hitler, pero el futuro führer no dudaba en despotricar contra Steiner en las reuniones de la cúpula del partido, donde incluso lo acusaba de haber hecho “magia negra” para trastornar el equilibrio mental del general Helmuth von Moltke, jefe supremo del ejército alemán en el período crítico de la invasión de Bélgica y Francia en 1914, con lo que de manera indirecta lo responsabilizaba de la derrota en la guerra. También, en un artículo del periódico de ultraderecha Völkischer Beobachte, lo acusó de ser un “instrumento de los judíos”.

Pero las razones de fondo que tenía Hitler para detestar al creador de la Sociedad Antroposófica eran de raíz más oscura. Quería preservar a su propio sostén esotérico, la Sociedad Thule, un grupo ocultista y racista creado por Rudolf von Sebottendorff que postulaba la superioridad de la raza aria, cuya origen procedía de un continente perdido, quizás la Atlántida.
Uno de los colaboradores de Hitler, Dietrich Eckart “había identificado a Rudolf Steiner como la figura central de un extenso círculo de iniciados en el Grial, que habían descubierto la naturaleza satánica del Grupo Thule y observaban todas sus reuniones y sus rituales de iniciación desde el plano astral. Eckart estaba convencido de que nada escapaba a las penetrantes facultades ocultistas de Steiner. Y dado que Steiner no ocultaba su intención de advertir a Alemania acerca de las metas secretas del partido nazi, había sido colocado a la cabeza de la lista de víctimas que debían ser liquidadas de inmediato por los asesinos del Thule”, sostiene Trevor Rovenskraf en su libro “Hitler, la conspiración de las tinieblas”.
Ante ese peligro, Hitler y la Sociedad Thule decidieron sacarlo de la escena a su manera, eliminándolo.

Premonición y fatalidad
El plan para matar a Steiner era sencillo. El grupo comando encargado de hacerlo sabía fecha y hora en que abordaría un tren con destino a Basilea en la estación de Múnich. Cuando el fundador de la Sociedad Atroposófica se ubicara en su asiento, los asesinos irrumpirían en el vagón y le vaciarían los dos cargadores de una escopeta de cañones recortados a pocos centímetros de la cara. Después, aprovecharían la sorpresa y la conmoción para escapar de la estación.
Poco antes de viajar, Steiner tuvo una visión de su muerte en la estación, similar a la que de niño había experimentado con la muerte de su tía. Sin embargo, decidió seguir adelante con el viaje porque no quería oponerse a su destino.
“Más tarde admitió que sabía que aquella mañana intentarían asesinarlo, pero que había rechazado cancelar su viaje, porque sólo había sido advertido del atentado a través de sus facultades ocultistas. De acuerdo con su código moral, intentar evitar los acontecimientos que debían producirse a través de métodos ocultistas era magia negra. Por esta razón, no tomó ninguna precaución para protegerse”, escribe Rovenskraf en su libro.

Lo que su visión no le anticipó fue que, con métodos muy terrenales, uno de sus colaboradores le salvaría la vida. El hombre se llamaba Walter Johannes Stein y tenía información de primera mano sobre el atentado que preparaba el grupo comando de Thule.
“Steiner se habría precipitado a una muerte rápida y cruenta aquella mañana de 1922 si no hubiera sido por la oportuna llegada de Walter Johannes Stein y algunos de sus hombres. Stein tenía un infiltrado en la Sociedad Thule, y conocía todos los detalles del plan de asesinato. Ahora Rudolf Steiner se sentía justificado para marcharse de allí lo antes posible, y sus amigos le rodearon por todos los lados mientras se apresuraba a salir de la estación. Aquella misma noche lo llevaron a Suiza y nunca volvió a pisar Múnich”, cuenta el autor de “Hitler, la conspiración de las tinieblas”.
Steiner estaba a salvo, pero su Sociedad Antroposófica en Alemania no. La noche del 31 de diciembre de 1922, un grupo de desconocidos incendió el Goetheanum, la sede central de la escuela.
A partir de entonces, el creador de la antroposofía se dedicó a dar conferencias en diferentes países europeos, promoviendo la creación de una Sociedad Antroposófica en cada uno de ellos para que confluyeran en una suerte de federación internacional.
Ya se sabía enfermo y poco después debió suspender sus viajes. Sin embargo, siguió comunicándose con sus seguidores mediante una serie de cartas abiertas y escribió su autobiografía, “El curso de mi vida”.
Murió el 30 de marzo de 1925 en Dormach, cerca de Basilea.

Vivo después de muerto
La muerte de Steiner no acabó con las posiciones encontradas que había sobre sus ideas al interior del nazismo en ascenso. Los partidarios de algunos de los postulados del fundador de la Sociedad Antroposófica no eran pocos.
“Antes de 1933, Himmler, Walther Darré (el futuro ministro de Agricultura del Reich) y Rudolf Höss (el futuro comandante de Auschwitz) habían estudiado ariosofía y antroposofía, pertenecían al movimiento Artamanen de inspiración oculta… Y Himmler, Hess y Darré promovieron enfoques biodinámicos (antroposóficos) de la agricultura como una alternativa a la agricultura industrial”, desgrana Eric Kurlander en “La Controversia de los Magos Nazis: Ilustración, ‘Ciencia de la Frontera’ y Ocultismo en el Tercer Reich”.
“La facción antiesotérica instalada la Gestapo reconocía que se enfrentaban a adversarios influyentes en otros sectores de la jerarquía nazi. Sabían que Hess y su equipo, Baeumler, en el Amt Rosenberg, y Ohlendorf en el propio SD estaban dispuestos a intervenir en nombre de los esfuerzos antroposóficos”, asegura Peter Staudenmaier en “Entre el ocultismo y el nazismo”.

Rudolf Hess seguía siendo el principal defensor de sus ideas y de varias de sus creaciones. El segundo de Hitler fue mecenas de las escuelas Waldorf – fundadas por Steiner – y también promovió la aplicación de otra de sus creaciones, la agricultura biodinámica. Las SS organizaron programas de agricultura biodinámica en los territorios ocupados y los campos de concentración.
Ya comenzada la guerra, cuando Hess se lanzó con un paracaídas en Gran Bretaña para nunca volver, las ideas de Steiner no dejaron de tener defensores en la cúpula del nacionalsocialismo. Según Tommy Wieringa, un escritor holandés que creció entre los antropósofos, Heinrich Himmler, el temible jefe de las SS, consideraba a Steiner como su “alma gemela”.
“Tras la guerra, los antropósofos simplemente volvieron a sus asuntos y acallaron toda discusión sobre los aspectos más oscuros de su pasado”, cuenta Staudenmaier, y agrega: “Numerosos exnazis hicieron carrera en la antroposofía después de 1945″.
Quizás por todo esto, las polémicas alrededor de la posición de Rudolf Steiner frente a Hitler y el nazismo se repiten hasta estos días.
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