
“La neutralidad no existe. No hacer nada, no decir nada, ya es ser cómplice”, le dijo una vez, ya viejo, Adolfo Kaminsky a su hija Sarah y ese fue el punto de partida para que le revelara lo que nunca había contado, porque si algo sabía hacer Kaminsky era compartimentar, esconder, callar, costumbres de la vida de un militante clandestino.
Cuando su padre comenzó a contarle y ya no se detuvo, Sarah entendió un hecho que la había inquietado en la infancia y que, hasta ese momento, le resultaba inexplicable. La anécdota no se le había borrado de la memoria: un día, para esconder sus malas notas, ella había falsificado la firma de su madre en el boletín de calificaciones de la escuela y, por supuesto, la descubrieron. Esperaba lo peor, pero cuando Adolfo lo supo y vio la torpe firma falsificada, en lugar de castigarla no pudo contener la risa. “¡Hija, podrías haberte esmerado un poco más! ¿Hiciste una letra demasiado chiquita!”, le dijo, divertido.
PUBLICIDAD

Sarah quedó desconcertada por la reacción de su padre. No sabía entonces que si había algo que Adolfo podía hacer de manera magistral era falsificar, no solo firmas, sino también todo tipo de documentos, y que con esa habilidad había salvado la vida de miles de judíos en Francia durante la ocupación nazi, cuando tenía apenas unos años más que ella.
Comprendió todo cuando, ya adulta, su padre decidió contarle su vida y ella pudo escribir su biografía, Adolfo Kaminsky. El falsificador, una historia apasionante que -si no fuera cierta- podría competir con las mejores novelas de espías de John Le Carré o de Graham Greene.
PUBLICIDAD
Con la publicación del libro, el hombre que siempre había mantenido su vida en las sombras pasó a ser en los titulares de diarios y revistas “un hacedor de libertad”, “el Schindler argentino” -porque Adolfo había nacido aquí, aunque se fue de chiquito- y, sobre todo, “el mago de la tinta”.
Porque todo empezó cuando tenía 16 años y alguien de la Resistencia Francesa le dijo que no podían borrar la tinta Waterman azul de ciertos documentos para cambiarles los nombres y el respondió: “Yo sé borrarla. Todo puede borrarse”.
PUBLICIDAD

Un judío argentino
Adolfo Kaminsky nació en Buenos Aires casi por casualidad el 1° de octubre de 1925. Sus padres, judíos rusos radicados en Francia, salieron de ese país porque el hombre, sastre por oficio y marxista por convicción, fue expulsado porque escribía en una publicación comunista y se lo acusó de participar de una conspiración bolchevique.
Estuvieron poco tiempo en la Argentina, ya que en 1930 el matrimonio, ahora con sus dos hijos nacidos en estas tierras, pudo regresar a Francia, donde habían dejado parientes. De todos modos, esa corta estadía les sería muy útil después, porque regresaron a Europa con pasaportes que les daban la ciudadanía argentina.
PUBLICIDAD
Se radicaron en Normandía, en la ciudad de Vire, donde Adolfo comenzó a trabajar de muy chico para aportar a la precaria economía de la familia. A los 13 años empezó a trabajar en una fábrica del pueblo, pero en 1940, cuando llegaron los nazis, fue despedido junto con su hermano Pablo porque eran judíos.
Entonces consiguió el empleo que marcaría su vida en una tintorería cuya especialidad era teñir de otros colores los uniformes sobrantes de la Primera Guerra Mundial. Aprendió a teñir y a sacar manchas, una habilidad que más tarde le sería útil para falsificar documentos.
PUBLICIDAD

El dueño de la tintorería, un ingeniero químico, le enseñó a alterar o borrar colores y quitar las manchas más reacias. El uso de sustancias que producían esos efectos que le parecían maravillosos lo llevó a montar un pequeño laboratorio, donde trató de encontrar métodos todavía más eficaces.
Los fines de semana -cuando la tintorería permanecía cerrada- trabajaba en el área química de una fábrica de productos lácteos, donde aprendió otra cosa que sería fundamental para su oficio clandestino. Descubrió que para conocer el contenido de gracia que tenía la leche que traían los tamberos, se ponía en una muestra un poco de azul de metileno y se esperaba que el ácido láctico lo disolviera. En otras palabras, que ese ácido de la leche era capaz de borrar el azul de metileno, un producto que se utilizaba para determinadas tintas.
PUBLICIDAD
El pasaporte milagroso
Los invasores alemanes avanzaban día a día contra los judíos de la Francia ocupada: ya no sólo perdían sus trabajos sino que comenzaron a detenerlos para enviarlos a los campos de concentración y de allí al exterminio.
Toda la familia Kaminsky fue detenida a mediados de 1943 y trasladada al campo de concentración de Drancy, en las afueras de París. Sabían que ese lugar era apenas una escala hacia la muerte en otros campos, fuera de Francia, donde los esperaban las cámaras de gas.
PUBLICIDAD
Pablo, el hermano mayor de Adolfo, tuvo una idea que los salvaría a todos. Escribió cartas dirigidas al consulado argentino en París y se las entregó a trabajadores de los ferrocarriles y hasta llegó a tirar algunas por la ventana del tren que los trasladaba hacia Drancy.

Era como tirar una botella al mar, pero tuvieron suerte: una de las cartas llegó al cónsul que, apelando a la neutralidad argentina en la guerra, exigió que sus compatriotas poseedores de pasaportes nacionales fueran liberados. Y lo logró.
PUBLICIDAD
Para entonces, los Kaminsky estaban confinados en Drancy. “Éramos miles. Cuarenta por habitación. Hombres y mujeres separados durante la noche. Un hormiguero. Nadie se quedaba en Drancy. Es allí donde hacían la selección, antes de enviar a los convoyes a los diferentes campos de Europa”, le contaría muchos años después Kaminsky a su hija Sarah.
Se quedaron en París, donde el padre de Adolfo se puso en contacto con sus viejos compañeros de la revista marxista, que para entonces estaban participando de la resistencia clandestina a los nazis falsificando documentos para los judíos.
“Yo sé borrarla”
Aprovechando la corta edad de Adolfo, que le permitía moverse sin despertar demasiadas sospechas por las calles, le encargaron llevar de aquí para allá fotos y datos para fabricar documentos con apellidos bien franceses.
Debía pasar controles, para lo cual tuvo que, a su vez, controlarse. “Mantener la calma, camuflar mis emociones. Ante todo, que no me traicionen, no hoy, no ahora. No permitir que mi pierna marque el compás de una música desenfrenada. Impedir que esa gota de sudor se forme sobre mi frente. Reducir el flujo de sangre que va hacia mis venas. Desacelerar los latidos del corazón. Respirar lentamente. Comprimir el miedo. Disimular la angustia. Estoico. Está todo bien. Tengo que cumplir con una misión. Nada es imposible”, le contaría a su hija Sarah sobre esas experiencias.
El contacto de Adolfo, que usaba el nombre de guerra “Pingüino”, era apenas mayor que él y en uno de sus encuentros le confesó, preocupado, que tenían muchos problemas para borrar los nombres para poner otros en los documentos porque estaban escritos con tinta azul Waterman, que se resistía a todos los métodos que conocían.
“Pingüino” se quedó helado cuando Adolfo le dijo: “Yo puedo borrarla” y le contó las virtudes del ácido láctico para borrar el azul de metileno que se usaba en la tinta Waterman.
Julien Keller, el falsificador
Lo destinaron a un taller de falsificaciones instalado en la Rue de Saints-Pères, que funcionaba con la fachada de un estudio de jóvenes pintores. Sus compañeros eran todos estudiantes de Bellas Artes, que exhibían sus pinturas en el frente del local, mientras detrás se dedicaban a su trabajo clandestino. Las pinturas, además, les permitían justificar los olores de los disolventes químicos que utilizaban.
Falsificaban pasaportes, partidas de nacimiento, carnets de racionamiento, salvoconductos y cualquier papel que pudiera evitar a sus propietarios la captura, el confinamiento o la muerte en un campo de concentración.
El propio Adolfo se falsificó documentos a nombre de Julien Keller. La demanda de documentos era continua y creciente, por lo que Adolfo y sus compañeros trabajaban casi sin descanso. En una ocasión, él solo debió falsificar 300 documentos para otros tantos niños judíos, lo que le llevó tres días sin dormir y un daño irreparable en uno de sus ojos, pero lo logró.
“Mantenerse despierto. El mayor tiempo posible. Luchar contra el sueño. El cálculo es simple. En una hora puedo fabricar 30 documentos vírgenes. Si duermo una hora, 30 personas morirán”, pensaba en esos momentos y así se lo contó a Sarah.

Los nazis sabían que en París había un equipo de falsificadores y que uno de ellos era un verdadero experto, pero nunca pudieron encontrarlo. En eso, también, lo ayudó su corta edad.
“Sabía, claro, que todos los servicios de policía estaban tras las huellas del falsificador de París. Lo sabía porque había encontrado el modo de producir una cantidad tal de documentos falsos que, muy rápidamente, habían inundado toda la región del Norte, hasta Bélgica y los Países Bajos. Cualquiera que buscase documentos falsos en Francia sabía que los podía obtener instantáneamente estableciendo contacto con cualquier rama de la resistencia. Era obvio que, si todo el mundo lo sabía, la policía también. Mi principal ventaja era que probablemente la policía buscase a un técnico ‘profesional’, que tuviese máquinas, imprentas y una fábrica de pasta; ninguno de ellos podía sospechar que el falsificador que buscaban no era más que un chico”, se lo lee decir en el libro de su hija.
Siempre por la libertad
Cuando terminó la guerra, lo condecoraron con la Croix du Combattant y la Croix du combattant volontaire de la Résistance, y los servicios secretos franceses lo convocaron para que hiciera documentación a los judíos que querían emigrar a Palestina y, también, para algunos de sus agentes. Lo hizo durante algún tiempo, pero luego renunció, indignado por la política represiva del gobierno francés en Argelia.
Ya trabajaba como fotógrafo, pero detrás de esa fachada volvió a fabricar documentos falsos en la clandestinidad.
Durante años proveyó de papeles a cuanta organización de lucha o militantes perseguidos se los requirieran: opositores a la dictadura portuguesa, movimientos de liberación latinoamericanos, ciudadanos norteamericanos que querían evadir el reclutamiento para combatir en la guerra de Vietnam, estudiantes mexicanos perseguidos después de la masacre de Tlatelolco, resistentes a las dictaduras latinoamericanas, luchadores contra la dictadura de los Coroneles en Grecia. Él mismo calculó que, solo en 1967, mandó documentación falsa a 15 países diferentes.

También hizo un único aporte, muy particular, a las luchas del Mayo Francés, ayudando a uno de sus dirigentes más conspicuos, Dany “El Rojo”. “Permitirle a Cohn-Bendit -quien tenía prohibido ingresar a Francia- volver a entrar de manera clandestina fue mi única contribución a la revuelta de Mayo”, escribe Sarah que su padre le contó.
En 1971, “El mago de la tinta” decidió abandonar definitivamente su trabajo de falsificador al servicio de la libertad, pero pasarían muchos años más antes de que le revelara ese aspecto secreto de su vida a su hija Sarah y ella escribiera, en 2009, el libro que hizo conocer su historia.
Adolfo Kaminsky murió en París, a los 97 años, el 9 de enero de este año y, al contrario de lo que siempre decía -“todo puede borrarse”-, su vida dejó una marca indeleble.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
James Cameron inventó una joya para Titanic que se convirtió en ícono y Celine Dion terminó luciéndola en los Óscar
El Corazón del Océano pasó de ser una pieza de utilería hecha con piedra falsa a símbolo cultural global, con una versión real en zafiro de 171 quilates subastada por 2,2 millones de dólares tras la ceremonia

Shindo Renmei, la secta japonesa que asesinó a quienes aceptaban la derrota de Japón tras la Segunda Guerra Mundial
La mayor comunidad japonesa fuera de Asia quedó dividida entre quienes aceptaban el final de la guerra y quienes sostenían que la derrota era una conspiración. Andrei Serbin Pont reconstruyó en Infobae al Mediodía el origen y las consecuencias de esa fractura

La meditación salvó su carrera en el tenis y ahora entrena jóvenes mientras patrulla las calles de Tailandia
Danai Udomchoke llegó a ser número 77 del mundo, hoy es agente de policía y formador, relata cómo el budismo y la meditación cambiaron su vida dentro y fuera de la cancha. También dirige tres academias de tenis en Tailandia

Persecución, desaparición y misterio: el calvario que sufrió el hombre que desafío el saludo nazi
La fotografía de 1936 en Hamburgo marcó el inicio de una búsqueda, separación familiar que atravesó décadas y simbolizó el enfrentamiento al Tercer Reich

La caída del financista que fabricó el esquema ponzi más grande de la historia y fue condenado a pasar 150 años en prisión
Bernie Madoff construyó prestigio con exclusividad y cifras que parecían inmutables, incluso en crisis. Había creado un esquema fraudento sin precedentes. En diciembre de 2008, una ola de retiros empujó el secreto al borde del abismo




