
-¿Hay algo de lo que Su Majestad esté arrepentida? – le preguntó el cronista de la realeza Gyles Brandreth a lord Charteris.
La respuesta no demoró un segundo:
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-Aberfan – contestó automáticamente el antiguo consejero de la reina Isabel II.
La pregunta y la respuesta fueron publicadas muchos años después de la tragedia que lord Charteris resumió en una sola palabra y que, además de cobrarse la vida de 144 personas, de las cuales 116 eran niños, quedó marcada como un estigma en la historia del largo reinado de la monarca británica.
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No porque la reina fuera culpable de esas muertes, sino por una actitud que muchos británicos entendieron como una muestra imperdonable de falta de sensibilidad: la ausencia.
Esa mancha en la historia de Isabel II se remonta al 21 de octubre de 1966, cuando una avalancha de lodo y barro procedente de la escombrera de una mina cayó sobre el pueblo de Aberfan, en Gales.
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En ese momento, los 116 niños que murieron se encontraban en el colegio de primaria de Pantglas Junior, una de las edificaciones más afectadas por el desastre.

La tragedia conmovió a todo el Reino Unido y los principales líderes del país se trasladaron en las horas posteriores hasta el lugar para comprobar de primera mano la magnitud de los daños y ayudar en las labores de rescate.
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Sin embargo, la monarca decidió quedarse en el Palacio de Buckingham y envió en su representación a su esposo, el príncipe consorte Felipe, y a Lord Mountbatten, el tío abuelo del actual rey Carlos III que sería asesinado por el Ejército Republicano Irlandés (IRA) trece años más tarde.
Isabel no demoró en arrepentirse de esa decisión – que desató una ola de críticas en los medios y la sociedad británica – y viajó ocho días después al lugar de la tragedia, cuando ya era tarde para revertir el desgaste que sufrió su imagen.
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“La avalancha negra”
El jueves 21 de octubre de 1966 a las 9.15 de la mañana, los chicos de la escuela primaria Pantglas estaban comenzando sus clases. Había un clima festivo en la escuela porque era el último día de escuela antes de que comenzaran las vacaciones.

También la comunidad de Aberfan comenzaba sus actividades, centradas en los pequeños comercios, pero fundamentalmente en la mina de Merthyr Vale, un yacimiento de carbón que llevaba un siglo produciendo y daba trabajo a gran parte del pueblo.
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Los chicos estaban acomodándose en sus pupitres y los maestros intentaban acallar su bullicio cuando las luces de las aulas empezaron a centellear. Un instante después se escuchó un violento ruido que uno de los docentes sobrevivientes definió como “si un jet estuviera volando demasiado bajo sobre la escuela”.
El ruido, en realidad, lo producía una avalancha negra que partía de la mina, bajaba por la ladera de la montaña y arrastraba todo lo que encontraba a su paso: rocas, árboles y casas que iban acrecentando su volumen.
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Esa “avalancha negra” eran más de 40.000 metros cúbicos de escombros de la mina de carbón de Merthyr Vale.

Durante más de 50 años, toneladas de desechos de la excavación de la mina habían sido depositados irresponsablemente en la cumbre de la montaña de Mynydd Merthyr, directamente sobre el pueblo y ese día colapsó debido a la acumulación de agua y piedra caliza que empezó a deslizarse por la ladera de la montaña.
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Pocos minutos después de que todos escucharan el estruendo, la “avalancha negra” inundó la escuela con una violencia inusitada.
Luego todo fue silencio, un silencio de muerte. “Todo quedó demasiado quieto y silencioso, como si la naturaleza se hubiera dado cuenta de que había cometido un error tremendo y hubiera quedado anonadada”, describió Cyril Vaughan, un profesor de la escuela secundaria del pueblo – muy cercana a la primaria – en 2016, cuando la BBC lo entrevistó al cumplirse medio siglo de la tragedia.
La escuela secundaria adyacente también sufrió daños y dieciocho casas en las calles circundantes quedaron destruidas. El barro y el agua del deslizamiento inundaron otras casas en las cercanías, obligando a muchos a evacuar sus hogares.

Una vez que el material del deslizamiento se detuvo, se solidificó nuevamente. Un enorme montículo de lodo de casi diez metros de altura bloqueó el área.
El director en funciones de la escuela secundaria recordó: “La entrada de las niñas estaba aproximadamente entre dos tercios y tres cuartas partes llena de escombros y materiales de desecho... me subí a los escombros de la puerta... cuando miré directamente delante de mí... vi que las casas de Moy Road se habían esfumado en una masa de material de desecho y que el frontón de la Junior School, o parte del techo, sobresalían de este pantano. Miré a mi derecha y vi que las casas de Moy Road habían desaparecido”.
La desesperación de un pueblo
Cuando el derrumbe se detuvo, padres de los alumnos y vecinos corrieron desesperados al colegio y comenzaron a excavar para tratar de desenterrar a los niños. Después llegaron la policía y los rescatistas, y a medida que se propagó la noticia, también cientos de personas de poblados cercanos llegaron a Aberfan para tratar de ayudar.
Fue muy poco lo que pudieron hacer. Sólo unos pocos niños fueron rescatados vivos en los primeros minutos. Después de las 11 de la mañana local ya no se encontraron sobrevivientes.
Muchos de los niños y maestros murieron por el impacto o asfixia. Entre los fallecidos hubo cinco maestros y 116 niños de entre 7 y 10 años, casi la mitad de los alumnos de la Primaria Pantglas. Otros 38 niños resultaron heridos, algunos gravemente.

El resto de los muertos eran habitantes que se encontraron en el paso de la avalancha de barro.
Cuando se conoció la noticia del derrumbe y el terrible saldo en vidas que había dejado, Gran Bretaña entera se conmovió.
La ausencia de la reina
El Papa Paulo VI expresó desde Roma toda su “compasión y ternura por el dramático suceso”, mientras el primer ministro británico, Harold Wilson, viajó de urgencia hasta Aberfan para solidarizarse con sus habitantes.
Como se dijo, también fueron los dos enviados de la reina Isabel II, el príncipe Felipe y Lord Mountbatten, a los que se sumó el marido de la princesa Margarita, Lord Snowdon, quienes permanecieron varias horas e el pueblo como muestra de apoyo a los vecinos y los familiares de las víctimas.
Pero ninguna de esas presencias sirvió parar disminuir el impacto que provocó en la sociedad británica la ausencia de la reina.

Su visita ocho días después de la tragedia, cuando fue recibida por una niña que le entregó un ramo de flores y un mensaje “de parte de los niños que quedan en Aberfan”, no sirvió para acallar las críticas que había provocado esa demora.
La mayoría de los medios británicos calificaron a la monarca de “insensible” y en un intento de corregir su error, la Isabel II visitó luego en cuatro ocasiones el pequeño pueblo de Gales, una de ellas para inaugurar un nuevo colegio de primaria, tal y como prometió cuando se produjo la tragedia.
La mirada de The Crown
El episodio de la ausencia de la reina inmediatamente después de la tragedia de Aberfan volvió a ser objeto de discusión con el estreno del capítulo que aborda el hecho en la serie The Crown – la serie de Peter Morgan para Netflix que reconstruye la vida y el reinado de Isabel II -, donde vuelve a mostrársela como una persona insensible al dolor de sus súbditos galeses.

En la serie, todo el mundo está devastado por el desastre minero menos la reina, que se esconde de la conmoción en el Palacio de Buckingham, incapaz siquiera de emocionarse con una tragedia que se cobró casi 150 vidas, la mayoría de ellas de niños.
En la reconstrucción se rescata la razón que alegó Isabel en un primer momento para no viajar a Aberfan: que su presencia allí acapararía la atención y se convertiría en un estorbo para los trabajos de rescate. Sin embargo, se la muestra fría como el hielo, al punto de apenas derramar trabajosamente una lágrima por los muertos.
Pero esa imagen que muestra la serie reabrió también el debate y puso en negro sobre blanco por primera vez otras posibles causas de la ausencia de la monarca.

“Creo que Aberfan afectó profundamente a la reina cuando fue allí. Fue una de las pocas ocasiones en que derramó lágrimas en público”, salió a decir Sir William Heseltine, que servía en la oficina de prensa real en ese momento.
También se rescató un mensaje que la monarca envió de inmediato a los pobladores del pueblo galés, donde dice que está “profundamente conmovida” y que acompaña “profundamente en el sentimiento” a los familiares de las víctimas. Y termina: “Estoy abrumada y horrorizada al saber el terrible desastre”.
Para dar por terminada la polémica, Sally Bechdel Smith, biógrafa de Isabel II, citó la explicación que dio la propia reina para no viajar de inmediato a Aberfan: “No voy a ir porque la gente me atenderá a mí y tal vez desatenderán a algún pobre niño que puede ser hallado bajo los restos”, dijo.
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