
El muerto tiene apenas 40 años. Deja una mujer, Nadia, y tres hijos: Sophie, Irit y Shai. Es un muerto de hace segundos y será durante las próximas seis horas un trofeo en la Plaza Marje, en el corazón de la capital siria. De su cuello cuelga su cuerpo y un cartel escrito en árabe que detalla sus “crímenes”. La gente se agolpa para festejar su muerte y reprobar su gesta.
Es la mañana del 18 de mayo de 1965. Un carromato que recuerda los sangrientos días y los condenados de la Revolución Francesa lo traslada hacia el centro de la plaza. La muchedumbre lo recibe con gritos de odio. En su identificación lleva su verdadero nombre, Eli Cohen, y no el de Kabal Amin Taabes. El de su gloria y su tragedia: aquel espía que se hacía pasar como un hombre de negocios de familia siria que había vivido en Argentina.
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En primera fila está Amin Al-Hafiz, el presidente sirio, con un gesto en el que se mezclan la furia por haber sido engañado y, como una sombra, la profunda amistad que cultivó con ese hombre.
Tanta, que llegó a ofrecerle el cargo de ministro de Defensa. Carromato, verdugo y prisionero llegan al centro de la plaza en el corazón de Damasco.
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Lo cubren con un manto blanco sobre el que hay una larga leyenda en árabe: el anatema previsto para los traidores.
Lo ofrecen una capucha negra. La rechaza.
Verdugo y soga hacen su trabajo.

Pero mientras los gritos de repudio siguen, Israel lo honra como uno de sus más legendarios espías… El héroe que, entre otras hazañas, logró llegar hasta las Alturas del Golán y ver sus fortificaciones secretas, y clave para la victoria judía de la Guerra de los Seis Días: 5 al 10 de junio de 1967.
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Ha nacido en Alejandría en 1924. A los 20 se alistó en la juventud sionista. Intervino en tareas de sabotaje. Pero el día de gloria llegó en 1960, cuando cruzó los portones del Mossad, el Servicio de Inteligencia Israelí, y se ofreció como voluntario para el rango mayor: espía internacional.
Lo prepararon como tal. Lecciones intensas de árabe. Dominio del Código Morse a gran velocidad. Lenguaje encriptado. Y un nombre: Agente 88. En cuanto a su aspecto y vestimenta, lo convierten en un millonario sirio, experto en importación y exportación, dueño de un vestuario principesco –ayudado por su talla y sus rasgos nobles–, y lo lanzan al ruedo.
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Primer destino: Buenos Aires, Argentina. Pantalla: alquila una gran casona y se relaciona con lo más granado: políticos, militares, empresarios. Lo ayuda su habilidad para la baraja y el ajedrez. Seduce a más de una encopetada dama… con dueño o sin él.
Pregunta a la central del Mossad por qué Buenos Aires. Respuesta:
–Porque esa ciudad está llena de espías…

Y por fin, después de ese entrenamiento social –su mejor modo de no despertar sospechas: ser un perfecto caballero–, ¡a la boca del lobo! A Siria…
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No pierde tiempo en relaciones de menor cuantía. Avanza hacia lo más alto del poder, que sucumbe ante su canto de sirena. Un discurso flamígero de odio contra Israel, y una constante exaltación patriótica de Siria, a la que considera llamada a ser "el más grande y poderoso país de la Tierra".
Vive en un fastuoso departamento. Organiza fiestas de postín: black tie, uniformes entorchados, pechos cubiertos de medallas, damas enjoyadas ataviadas de seda… Y para ciertas expansiones eróticas, algunos rincones privados donde las sábanas son revueltas hasta el amanecer…
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En suma: todas las cuentas de un rosario de placer, sustentado –a despecho del credo musulmán– con un bar de costosos alcoholes.
Pero vive dos horas de peligro. Las ocho de la mañana y las ocho de la noche: la hora de transmitir al Mossad, por morse, al récord de 45 golpes y sin errores, los ansiados secretos militares que esperan sus jefes.
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Y va más allá en su misión. Abre cajones privados con información secreta y los convierte en microfilmes con una cámara especial. Envía cartas en código triangulando su destino: nunca directamente a Israel.
Se arriesga hasta más allá del deber: más de una vez está a punto de ser descubierto, pero además de un zar del espionaje se ha convertido en un enemigo inasible. A veces lo ayuda su genio; otras, la pura suerte.
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Y así, duplicando la apuesta, pasa a ser un patriota sirio ejemplar. Tanto que los hombres del alto mando militar descorren para él un telón de acero: las fortificaciones de los Altos del Golán, y los preparativos para un asalto letal contra Israel.
Miel para el oso: el Mossad recibe un caudal de información como jamás antes.
Pero el héroe empieza a pagar un duro precio: llegan hasta su mujer rumores de sus conquistas amorosas –algunas, por trabajo, pero no todas…–, y el feliz matrimonio empieza a hacer agua.
De pronto hay en Siria una revolución. El Partido Baaz, nacionalista socialista fanático, toma el poder. Las aguas, para Cohen, se enturbian: esa gente no es la suya. Aquella que no sólo lo considera un gran patriota sirio: también un futuro político sin límites de ascenso.
Alguien, sin embargo, y aun en los días dorados, sospecha de él. Nunca pudo pescarlo in fraganti transmitiendo por Morse ni violando cajones secretos, pero no se rinde: contrata un equipo especial soviético –en ese momento, apoyando a Siria con armamento e Inteligencia–, y pone en marcha un camión equipado con sofisticada tecnología para detectar ondas de todo tipo…
Y una noche, a las ocho –hora habitual de transmitir secretos a Israel–, una antena detecta el preciso lugar desde el que parten las ondas.
Una patrulla cae sobre Cohen, que no alcanza a ocultar su equipo. Lo han desenmascarado. En el momento exacto de su cumbre: a un paso de desembarcar en el Ministerio de Defensa.
Preso y torturado, nada le queda por decir.

Sólo el instante final en la plaza Marje.
Su cadáver queda en Siria.
Inútilmente, su mujer trata de rescatarlo. Es un trofeo…
Mucho tiempo y muchos trámites después, Israel y la mujer de Cohen recuperan su reloj: un Omega sin malla.
Para entonces han crecido los pinos que el espía hizo plantar en los Altos del Golán con la excusa de embellecer el árido paisaje.
Su última venganza.
Venganza Post Mortem.
Esos pinos le indicaron a los pilotos israelíes, claramente, los blancos para sus bombas y metralla.
Eso que los judíos llaman "justicia cósmica".
* El artículo original de esta nota firmada por Alfredo Serra se publicó el 9 de septiembre de 2019.
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