
Hubo que esperar más de ochenta años para conocer el destino final de Amelia Earhart, la primera mujer aviadora en cruzar el Atlántico en un vuelo solitario y desaparecida en el aire en 1937 cuando intentaba convertirse también en la primera en dar la vuelta al mundo. Recién en 2018, un estudio permitió comprobar que los restos hallados en una isla del Pacífico en 1940 tenían una coincidencia mayor con los de la legendaria aviadora estadounidense respecto del 99% de los individuos con los que se los había comparado hasta entonces. El estudio, llevado a cabo por el experto Richard Jantz, del Centro de Antropología Forense de la Universidad de Tennessee, no dejó dudas sobre la identidad de la persona cuyos huesos se habían encontrado en la isla de Nikumaroro, que hasta ese momento se creía que pertenecían a un hombre.
Para llegar a esa conclusión, el antropólogo Jantz usó el programa informático Fordisc, con el que pudo establecer sexo, edad y altura partiendo de las mediciones de los restos óseos que había realizado en 1940 el médico D. W. Hoodless. Utilizando fotos y vestidos de la aviadora, Jantz obtuvo el largo de los huesos de Earhart y concluyó que “la explicación más convincente es que los restos son los de ella”.
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Hasta que Jantz develó el misterio, existían dos teorías sobre la suerte corrida por la aviadora y su acompañante en el Lockheed Electra con el que intentaba circunnavegar la Tierra. Una teoría sostenía que el avión se quedó sin combustible y se estrelló en medio del océano, sin dejar ningún rastro de este accidente. El problema para comprobarla siempre fue que la zona a buscar es demasiado amplia y el fondo del océano está demasiado profundo como para localizar un pequeño avión hundido a más de cinco kilómetros de la superficie.
La otra teoría, que finalmente resultó acertada y fue demostraba por el estudio de Jantz, apuntaba a que el avión había amerizado cerca unas islas del Pacífico, a unos 560 kilómetros al suroeste de su destino y se basaba, precisamente, en esos restos hallados en Nikumamoro junto con pedazos de la caja de un sextante y trozos de chapa de aluminio que podían haber pertenecido al avión perdido.
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Cuando Amelia Earhart intentó esa hazaña final y se perdió volando sobre el océano, su nombre ya era conocido en todo el mundo por su primer gran récord, logrado cinco años antes al ser la primera mujer unir volando sola en unir Canadá con Irlanda. “De vez en cuando las mujeres deben hacer por sí mismas lo que los hombres ya han hecho, y en ocasiones lo que los hombres no han hecho, realizándose así como personas, y tal vez alentando a otras mujeres hacia una mayor independencia de pensamiento y acción. Esta fue una de las razones que contribuyeron a que desease hacer lo que tanto quería hacer”, dijo entonces cuando le preguntaron qué la había impulsado a lanzarse a esa aventura.

La aviadora y el campesino
Galleher, Irlanda, 20 de mayo de 1932. El campesino irlandés, cuyo nombre no ha quedado en la historia, vio atónito cómo el avión descendía sobre sus cultivos. Corrió hacia él y su asombro se multiplicó cuando vio bajarse de la cabina a una mujer delgada que, cuando se quitó las antiparras y la gorra de piloto que cubría su cabeza, puso al descubierto unos ojos llenos de brillo debajo de un cabello corto y encrespado.
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-¿Dónde estoy? – le preguntó la mujer.
-En el pastizal de Gallegher – respondió el hombre y la interrogó: - ¿De dónde viene?
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-De Estados Unidos – le contestó la mujer.
Quizás por la emoción, Amelia Earhart no fue precisa en su respuesta: era norteamericana, pero no venía de los Estados Unidos sino de Canadá. Para el caso era la mismo: acababa de convertirse en la primera mujer en cruzar el Océano Atlántico en un vuelo solitario. Lo lograba cinco años después del primer y único varón que lo había conseguido, Charles Lindberg, lo que no era poco en tiempos donde esas eran cosas casi exclusivamente de hombres.
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Amelia Earhart había volado 14 horas y 56 minutos desde que había despegado del aeropuerto de Habour Grace, Terranova, a las 19.12 (hora local) del 20 de mayo de 1932, a bordo de un monoplano monomotor Lockheed Vega 5B, con destino a Londonderry, Irlanda. No había sido un vuelo fácil porque las condiciones meteorológicas, con viento helado del norte, no ayudaron, e incluso sufrió algún inconveniente mecánico menor cuando el Lockheed sobrevolaba el Atlántico. Para mantenerse despierta había aspirado sales y había combatido el frío y el hambre con sopa caliente cargada en un termo. Al final, un error de cálculo le impidió encontrar el aeropuerto de Londonderry y terminó en medio del pastizal de Gallegher. De todos modos, había logrado su objetivo.
Si bien por ese logro su nombre llegó a las portadas de los diarios de todo el planeta, no fue ese el primer récord que batió Amelia Earhart y tampoco sería el último. Su vida entera fue un desafío, donde batir marcas y vencer obstáculos eran una constante. No solo en el campo de la aviación –en el que fue pionera– sino también en el de los derechos de la mujer en un mundo dominado por varones. Cuando cruzó el Atlántico estaba a punto de cumplir 35 años.
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Fascinación por los aviones
Amelia Mary Earhart nació en Atchison, Kansas, el 24 de julio de 1897, en el seno de una familia acomodada, fundamentalmente por la fortuna de su abuelo materno, que era juez y banquero. Cuando ya era famosa, contó más de una vez que, de chica, no le gustaban las muñecas ni jugar con su hermana Muriel a tomar el té y recibir visitas. Todo lo contrario, los regalos que les pedía a sus padres eran pelotas de fútbol, bates de béisbol e, incluso, un rifle de aire comprimido para dispararle a las ratas que veía pasar por el jardín. Vestía vaqueros y se trepaba a los árboles.
Sus ansias de aventura la llevaron a dejar su casa cuante tenía 18 años cuando para convertirse en enfermera y atender heridos de la Primera Guerra Mundial y, más tarde, a las víctimas de la epidemia de Gripe Española en Canadá. Al terminar la guerra quiso mantener su independencia y, para costearse esa vida, trabajó como telefonista, fotógrafa y dactilógrafa.
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A los 23, durante un viaje a Long Beach, California, quedó deslumbrada por un espectáculo de acrobacia aérea y se subió a un biplaza para sobrevolar Los Ángeles. Antes de que el avión aterrizara había tomado la decisión que marcaría el resto de su vida: aprender a volar. Utilizó todos sus ahorros para pagar las clases de aviación con otra pionera del vuelo, Neta Snook, la primera mujer en tener su propio negocio aéreo.
Con el paso del tiempo, el hecho quedaría como una anécdota, pero después de darle las primeras clases, Snook intentó convencer a Amelia de que abandonara sus intenciones de volar porque no le veía condiciones. No sólo no le hizo caso y se transformó en una de las primeras quince mujeres en conseguir la licencia de la Federación Aeronáutica Internacional, sino que convenció a su madre que la ayudara a comprar un avión: Un biplano biplaza Kinner Airster amarillo de segunda mano al que bautizó “El Canario”. Con ese avión batió al año siguiente el récord de altitud para mujeres, al alcanzar los 4.226 metros de altura. Tenía 25 años.
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De mujer a mujer
En 1928 se le presentó la primera gran oportunidad y fue casi por casualidad, debido a la frustración de otra mujer. La millonaria norteamericana Amy Phipps Guest había comprado un Fokker FVII trimotor con el objetivo de unir como tripulante Estados Unidos y Europa, pero su familia se lo impidió. Resignada, Guest pensó que si ella no podía hacerlo debía lograr que otra mujer norteamericana fuera la que tripulara el avión.
Entonces le encargó la selección de aviadoras a su amigo publicista George P. Putman, que también tenía la tarea promocionar el vuelo. Las opciones no eran muchas y Putman eligió Amelia Earhart. La oferta fue que formara parte de la tripulación, no que piloteara el avión. A cargo del vuelo estaría el piloto Wilmeer Stultz, acompañado por Amelia y el mecánico Louis Gordon.
El Fokker fue bautizado como “Friendship” (amistad) y despegó el 3 de junio de 1928 desde Trepassey Harbour, Terranova y tras 20 horas y 40 minutos de vuelo llegó a Burry Port, Gales. Así Amelia se convirtió en la primera mujer en cruzar el Atlántico, pero no se sentía satisfecha. Lo que ella quería era pilotear el vuelo. Sobre esa experiencia dijo dos cosas: “La vida es algo más que ser una pasajera” y “me sentí como una bolsa de papas que llevaron de un continente a otro”.
Más allá de sus sentimientos, ese vuelo la hizo conocida y también le permitió, de la mano del publicista Putman convertirse en una “marca”. Hizo comerciales de cigarrillos y dio su nombre a una línea de ropa. También recorrió volando todo el territorio de los Estados Unidos, pero su obsesión era volar cruzar el Atlántico en un vuelo solitario. Tuvo que esperar cuatro años para poder intentarlo.

Carta de amor de una feminista
Debido a las dificultades que enfrentaba por su condición de mujer en un ámbito dominado por los hombres, paralelamente a su pasión por el vuelo, Amelia empezó a desarrollar otra serie de actividades destinadas a valorizar el género. Fundó una organización de mujeres aviadoras, The Ninety-Nines, que todavía existe, se convirtió en profesora de Aviación en la Universidad de Purdue en una época en que había muy pocas mujeres en la docencia superior, y fue columnista de la revista Cosmopolitan y promotora de campañas en favor de los derechos femeninos.
Al mismo tiempo, la relación con Putman había dejado de ser meramente publicitaria para convertirse en amorosa. Cuando el hombre que la había elegido para ser la primera mujer en volar sobre el Atlántico le propuso matrimonio, Amelia aceptó con una carta en la que aceptaba, pero también fijaba una posición revolucionaria para la época: “Creo que debería dejar escritas algunas cosas antes de que nos casemos, aunque ya hayamos hablado muchas veces sobre ellas. Tengo que reiterarte mis dudas con respecto al matrimonio, mi sensación de renunciar a oportunidades en un trabajo que tanto significa para mí. Tengo la sensación de que casarme es una de las decisiones más estúpidas que jamás he tomado. Sé que habrá compensaciones, pero no puedo ocultarte mis dudas. Para nuestra vida en común quiero que comprendas que no estarás sometido a ningún código de fidelidad y que yo tampoco me considero atada a vos. Si somos honestos, podremos evitar las dificultades que surgirán si vos o yo nos enamoramos de otra persona. Por favor, no interfiramos en el trabajo del otro, ni permitamos que el resto del mundo contemple nuestras alegrías o desacuerdos. En este sentido, voy a tener que mantener algún lugar donde pueda ser profundamente yo misma. No puedo soportar los confinamientos, por muy atractiva que sea la jaula. Debo exigirte una promesa cruel: que me dejarás marchar dentro de un año si no hemos encontrado la felicidad juntos. Voy a tratar de hacerlo lo mejor posible y ofrecerte esa parte de mí que conocés y que tanto querés”, le escribió.
Putman aceptó todas y cada una de esas condiciones. Y además se convirtió en el principal promotor de la carrera de su esposa, recaudando fondos para sus proyectos de aviación y organizando su agenda sin lamentar nunca haber quedado en una suerte de segundo lugar frente a los demás. El vuelo en solitario de Amelia sobre el Atlántico no habría sido posible sin su incansable colaboración.

La pasión intacta
Cuando regresó a Estados Unidos luego de su vuelo en solitario sobre el Atlántico en 1932 Amelia fue recibida como una heroína e invitada a la Casa Blanca por el presidente Herbert Hoover. Los honores y la fama no frenaron su pasión: para entonces ya estaba acunando su siguiente proyecto que, como todos los anteriores, tenía como objetivo hacer algo que ninguna otra mujer hubiese logrado antes. Se propuso unir en un vuelo solitario Hawái y el territorio continental de los Estados Unidos, para lo cual debía recorrer una distancia mayor a la que separa América y Europa, 3.875 kilómetros.
Lo consiguió en 1935, después de volar casi 18 horas entre el Wheeler Army Airfield de Honolulu y el Aeropuerto de Oakland, California. Era la primera piloto de la historia en completar este peligroso trayecto sobre aguas del Pacífico a solas. Fue una verdadera hazaña. Ese trayecto ya se había cobrado la vida de diez pilotos, pero para ella acabó siendo un vuelo casi rutinario. Incluso, en las últimas horas del trayecto se relajó oyendo la retransmisión radiofónica de la ópera de Nueva York.
El último vuelo que Amelia Earhart hizo pilotando su Lockheed Vega 5B fue entre Ciudad de México y Nueva York. Un éxito que casi le costó la vida, no por problemas al volar sino porque la multitud que la esperaba en el aeropuerto de Newark casi la despedaza en el festejo y debió ser rescatada por la policía. A la mujer récord de la aviación sólo le restaba dar la vuelta al mundo. El desafío le costaría la vida.

La (casi) vuelta al mundo
Esa nueva aventura presentaba un gran obstáculo: el Océano Pacifico, una vasta extensión de agua en la que prácticamente no hay nada y en la que el más mínimo error puede acabar en tragedia. La única opción era volar hasta una pequeña isla en medio del Océano, la isla de Howland, un minúsculo pedazo de tierra de dos kilómetros de largo por apenas medio de ancho muy cerca del límite de la autonomía de cualquier avión de la época. Repostar en ella y continuar hacia Hawái para luego llegar hasta el continente americano.
Consciente de que era una hazaña que no podía intentar sola, Amelia eligió al capitán Harry Manning y a Fred Logan para que la acompañaran, quienes irían intercambiándose en las diferentes escalas. El avión elegido fue un Lockheed Electra 10E, un bimotor que fue convenientemente modificado para el vuelo. Se le agregó un enorme depósito de combustible y toda la aviónica necesaria para el vuelo instrumental.
El 1° de junio de 1937, Amelia despegó de Miami y voló hasta San Juan de Puerto Rico, bordeando el continente americano hasta saltar hacia África y llegando hasta el Mar Rojo. Desde allí se voló hasta Karachi, Pakistán, para continuar hacia Calcuta, Rangoon, Bangkok y Bandoeng y Singapur. El día 29 de junio llegaron a Lae, en Nueva Guinea. La última etapa antes de “saltar” sobre el Océano Pacifico. Habían volado 40.744 kilómetros y quedaban sólo 12.964 km por recorrer para terminar el trayecto.
Amelia Earhart y Fred Noonan partieron de Lae el 2 de julio, con combustible permitía una autonomía de vuelo de 21 horas. Aproximadamente siete horas y media después de despegar, la aviadora reportó su posición a unos 30 kilómetros al suroeste de las Islas Nukumanu. A partir de allí se recibieron algunas comunicaciones por radio, pero eran demasiado breves para que se pudiera situar su posición desde el guardacostas Itasca, que estaba fondeado en la isla de Howland para ayudar en la navegación del vuelo.
La última transmisión de Amelia Earhart se recibió 19 horas y media tras el despegue, en ella decía que pensaban que estaban en la zona de la Isla de Howland, pero no podían localizarla. El combustible estaba acabándose. De ahí en más todo fue silencio.
La búsqueda comenzó dos horas después de ese último contacto, con la certeza de que el avión se había estrellado al quedarse sin combustible. Se desplegaron nueve barcos y 66 aviones, pero ninguno encontró nada. Después de dos semanas sin obtener resultados, la operación de rescate se suspendió el 18 de julio de 1937.
Antes de partir, en la conferencia de prensa, Amelia Earhart había anunciado que ese intento sería su último gran vuelo, el único que le quedaba por hacer. “Creo que tan sólo queda un vuelo exitoso más en mí, y espero que éste viaje sea eso. De cualquier manera, cuando termine este trabajo pienso retirarme de esta clase de vuelos de ‘malabarismo de larga distancia’”, fueron sus palabras.
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