El día que condenaron al destripador de Yorkshire, el sepulturero que asesinaba prostitutas porque se lo ordenaba “la voz de Dios”

El 21 de mayo de 1981, Peter Sutcliffe fue sentenciado a cadena perpetua por la justicia británica. Durante cinco años había matado y eviscerado a por lo menos once mujeres obedeciendo un supuesto mandato divino sin que la policía pudiera detenerlo. Lo capturaron por casualidad

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Peter Sutcliffe
El 22 de mayo de 1981, Peter William Sutcliffe fue declarado culpable de asesinar a trece mujeres e intentar asesinar a otras siete entre 1975 y 1980. . Fue condenado a 20 penas concurrentes de cadena perpetua, que se convirtieron en una condena de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional en 2010

Peter Sutcliffe, un hombre simple y con pocas preocupaciones, llevaba años cavando tumbas en el cementerio de Bingley, un pueblito rural a 250 kilómetros al norte de Londres, cuando escuchó por primera vez “la voz de Dios”. En ese momento no la llamó así, pero fue el principio. Dejó caer la pala en el pozo que estaba preparando para recibir un ataúd y prestó atención. La voz estaba ahí y le hablaba suavemente, lo llamaba desde algún lugar que no podía identificar. Trató una y otra vez de precisar de dónde venía, porque estaba seguro de que le hablaba a él. Siguiendo el sonido llegó hasta una tumba descuidada, cubierta de yuyos, donde descansaban los restos de un polaco vecino del pueblo que había muerto muchos años antes. En la lápida había grabada una cruz. Sutcliffe se quedó parado frente a la tumba, escuchando, y no tuvo dudas: la voz surgía de las entrañas de la Tierra, precisamente desde esa sepultura.

Esa mañana Sutcliffe, que acababa de cumplir 29 años y dividía las horas de su día entre su trabajo de sepulturero y la práctica obsesiva del fisiculturismo en el gimnasio del pueblo, no entendió qué le decía la voz, que era casi un murmullo. A la noche, en el pub –donde todos los días bebía una pinta de cerveza, y no más, después de la jornada laboral– Peter les contó a unos amigos su experiencia con la voz y uno de ellos le sugirió que podía ser “la voz de Dios”. El buen sepulturero no había pensado en esa posibilidad, pero apenas escuchó el comentario estuvo seguro de que era así: ese día, en el cementerio, Dios le había hablado, aunque no sabía qué pretendía de él.

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Durante las semanas siguientes la voz siguió hablándole de a ratos, siempre en el cementerio. Peter empezó a entender sus palabras. Eran cosas buenas: le decía que era un buen hombre, que por eso le hablaba, que lo había elegido. Después la voz comenzó a acompañarlo a todas partes, le hablaba en los momentos más inesperados, hasta que una tarde, de nuevo en el cementerio, le dijo que lo había designado para cumplir una misión a la que no podía negarse: debía limpiar el mundo de prostitutas y tenía que hacerlo de manera terrorífica para que las mujeres temieran caer en la tentación de cometer ese pecado. Dios quería que fuera su instrumento para propinarles un castigo ejemplar.

El almanaque transitaba los días de octubre de 1975 cuando Peter Sutcliffe, el hombre al que todos llamarían “El destripador de Yorkshire”, empezó a matar. En los seis años siguientes asesinó a trece mujeres e hirió gravemente a otras siete. En muchos casos les mutiló los genitales, les abrió el abdomen y les extrajo los órganos. Esos fueron los casos comprobados, porque se sospecha que hubo muchos más, incluso dos fuera del Reino Unido.

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Peter Sutcliffe asesino en serie Reino Unido
Una imagen del 5 de enero de 1981, donde dos jóvenes, uno de ellos con una soga en la mano, a la derecha, se encuentran frente al Tribunal de Magistrados de Dewsbury, donde Peter William Sutcliffe, de 35 años, fue puesto en prisión preventiva (AP)

Asesino por mandato divino

Para entonces, la personalidad de Sutcliffe había cambiado a ojos vista, un cambio brusco que sorprendió gratamente a sus padres y también a su esposa Sonia, con quien se había casado en 1974. Por primera vez en su vida tomó una iniciativa productiva y se propuso sacar la licencia de conductor profesional con la idea de trabajar como camionero. Hasta entonces, salvo la obsesión por cultivar su físico en el gimnasio, el bueno de Peter había demostrado ser un bueno para nada. Nunca había durado mucho en un trabajo: siempre lo echaban por su desinterés y sus ausencias reiteradas y sin justificación. Primero de un molino harinero, después de un taller mecánico, más tarde de una fábrica donde lo tomaron como obrero no calificado. El único empleo que le había durado era el de sepulturero y eso porque, mientras la tumba estuviera cavada en la tierra, nadie controlaba qué hacía Peter el resto del tiempo.

Su familia nunca imaginó que esa sorprendente iniciativa no tenía que ver con sentar cabeza y mejorar su nivel de vida, sino que era un instrumento para cumplir con la misión que le había encomendado “la voz de Dios”. Como camionero, se podría mover con libertad para matar a las demoníacas prostitutas que poblaban las calles y las rutas de la región. Y Peter no sólo obtuvo la licencia de conducir, también consiguió el trabajo.

El 30 de octubre cometió su primer crimen. Levantó con su camión a Wilma McCann, de 28 años, y la mató en los alrededores del barrio de Chapeltown en Leeds. Cuando los forenses revisaron el cadáver comprobaron que le habían amputado burdamente los genitales y que le habían abierto el abdomen con un instrumento tosco para sacarle los órganos, que quedaron esparcidos cerca del cuerpo.

Peter Sutcliffe
Wilma McCann, la primera víctima del asesino en serie británico Peter Sutcliffe, fue hallada muerta a solo unos metros de su casa en Leeds, Yorkshire, Reino Unido, en octubre de 1975. Sutcliffe la golpeó dos veces con un martillo antes de apuñalarla quince veces (LNS)

Un rosario de prostitutas

Peter Sutcliffe esperó casi tres meses para perpetrar el segundo asesinato. El 20 de enero de 1976 requirió los servicios de Emily Jackson, de 43 años, a la que mató igual que a Wilma y cuyo cadáver destripado fue encontrado también en las cercanías de Chapeltown. A partir de entonces cometería por lo menos once asesinatos más y siete mujeres salvarían milagrosamente su vida.

El modus operandi era casi siempre el mismo. Merodeaba las zonas rojas con su vehículo, requería los servicios de una mujer, las subía al camión y las golpeaba en la cabeza, casi siempre con un martillo, para desmayarlas. Luego las bajaba en una zona desolada, la pateaba dejando las marcas de sus botas sobre el cuerpo, la remataba partiéndoles el cráneo con el martillo y las mutilaba y evisceraba.

La naturaleza truculenta de los crímenes hizo que pronto se bautizara a ese asesino desconocido como “El Destripador de Yorkshire”, evocando al nunca capturado “Jack el Destripador”, el asesino en serie que asoló las zonas rojas de Londres en el siglo XIX. Sin embargo, los modus operandi de uno y otro eran diferentes. Mientras Jack utilizaba preferentemente bisturíes para destripar a sus víctimas y demostraba tener conocimientos profundos de la anatomía humana, Sutcliffe usaba instrumentos al alcance de cualquiera, como sierras metálicas, destornilladores o cuchillos de cocina, y sus “intervenciones quirúrgicas” eran toscas. Su arma letal preferida eran los destornilladores, cuyas puntas aguzaba para blandirlas a manera de puñales. Su encarnizamiento era tan tremendo que en una autopsia los forenses llegaron a contar cincuenta y dos puñaladas infligidas sobre el cuerpo de una de las víctimas.

Peter Sutcliffe desarrolló su raid criminal durante poco más de cinco años sin que la policía pudiera detenerlo. Durante ese tiempo, los investigadores realizaron más de 130.000 entrevistas, visitaron más de 23.000 hogares y verificaron 150.000 vehículos sin obtener ningún resultado.

Peter Sutcliffe
Las víctimas de Peter Sutcliffe, quien dijo cumplir una misión divina, tras escuchar la "voz de Dios" que le ordenaba limpiar el mundo de prostitutas mediante crímenes brutales

Atrapado por casualidad

Con el paso de los años, el sargento Bob Ring contaría la historia como si se tratara de la escena de una comedia donde él y el agente Robert Hides capturaban al asesino más buscado del Reino Unido sin saber quién era. Porque a Peter Sutcliffe lo llevaron a la comisaría por una simple infracción. Ocurrió la noche del 2 de enero de 1981, cuando los dos policías vieron un camión detenido en la entrada de un camino privado, cerca de una zona roja del condado, a unos 250 kilómetros de Londres. En el interior del vehículo, encontraron a un hombre con una mujer sentada en el asiento del acompañante.

La situación no era extraña ese lugar y la estaban por dejar pasar de largo diciéndole a Sutcliffe que buscara un lugar que no obstruyera el camino privado cuando uno de los agentes se percató de que las patentes del camión estaban mal colocadas, tapando a otras. Lo que ninguno vio es que, mientras revisaban la parte delantera del vehículo, el conductor arrojaba un martillo y un destornillador por la ventanilla hacia una pila de hojas secas. Los dos policías dejaron ir a la mujer, pero llevaron al conductor a la comisaría, como sospechoso del robo de un camión. Un caso más, un simple robo automotor, para procesar.

La situación cambió de manera radical cuando entraron a la seccional. Como si se tratara de una película cómica, los dos agentes movieron sus cabezas –en realidad dirigieron sus miradas– una y otra vez desde la cara de Sutcliffe hacia un retrato robot pegado en la pared. Ida y vuelta, una y otra vez, mientras sus bocas se iban abriendo de sorpresa. La cara del presunto ladrón de un camión al que acababan de detener era parecida, muy parecida, al rostro del retrato elaborado en base a las descripciones de algunas sobrevivientes de los ataques del hombre que aterrorizaba la zona, el temible “destripador de Yorkshire”.

Los agentes Ring y Hides se olvidaron del camión y empezaron a interrogar al hombre sobre los crímenes del “destripador”. El detenido primero negó todo hasta que, de pronto y sin ninguna razón en particular, empezó a reconocer uno tras otro los crímenes y les habló a los policías de su misión, la que le había encomendado “la voz de Dios”.

No hubo mérito policial en la captura casual de Sutcliffe. Muchos años después, algunos de los detectives que habían trabajado en el caso reconocerían que, por los prejuicios de la época, los asesinatos de prostitutas no eran tomados con total seriedad y que no habían puesto todo el esmero que requería la investigación. De hecho, el camionero había estado en la mira de la policía, pero zafó con facilidad. Había evidencias de que su vehículo circulaba asiduamente por las zonas rojas de Yorkshire, pero cuando lo interrogaron les contestó que eran parte de sus recorridos laborales, lo que nadie se ocupó de comprobar.

El exdetective Bob Bridgestock reconoció décadas más tarde en una entrevista que le hicieron cuando murió Sutcliffe: “La policía no era capaz, pero (en ese entonces) la capacidad de la policía era limitada y las revisiones del caso han demostrado cuán limitada era”. Y recordó que, una vez, cuando los agentes entrevistaron a Sutcliffe como presunto sospechoso, le mostraron una foto de la huella de la bota del destripador hallada cerca de un cuerpo y no se dieron cuenta de que ese día Sutcliffe llevaba exactamente el mismo calzado que el asesino.

Peter Sutcliffe - El destripador de Yorkshire
La ineficacia policial permitió que Sutcliffe continuara su ola de asesinatos durante años, pese a múltiples investigaciones y entrevistas en la región de Yorkshire (Reuters)

Una confesión delirante

Si la captura del criminal que aterrorizaba a Inglaterra fue casual, la confesión que le siguió resultó casi un delirio. Sutcliffe habló durante horas la noche del 2 y la madrugada del 3 de enero de 1981 en la comisaría, frente a los agentes Bob Ring y Robert Hides, en una sala que poco a poco se fue llenando de jefes policiales dispuestos a llevarse su tajada de prestigio por una captura que a todas luces había sido casual. Entre el relato de un asesinato y del siguiente, el “destripador” mencionaba una y otra vez el supuesto mandato que había recibido de Dios como razón más que justificada para sus truculentos crímenes.

Al leer su confesión, los abogados defensores que el Estado le había asignado intentaron que se lo declarara inimputable por “demencia”, pero el tribunal desestimó el argumento y lo condenó a cadena perpetua el 21 de mayo de 1981. Fue a parar a la prisión de Parkhurst, donde estuvo encarcelado durante un año y cuatro meses, hasta que los psiquiatras penitenciarios dictaminaron que se lo trasladara a un hospital para enfermos mentales. Durante ese tiempo en la cárcel, Sutcliffe la pasó realmente mal. Por la naturaleza de sus crímenes, se transformó en el blanco preferido de las agresiones de los otros reclusos. Entonces lo trasladaron al asilo de Broadmoor, cercano a Londres, donde siguió recluido.

Estaba allí en 2010, cuando el Tribunal Supremo de Gran Bretaña rechazó su apelación de solicitud de libertad y confirmó la cadena perpetua impuesta, pero decidió que siguiera cumpliéndola en el asilo donde estaba destinado. Allí murió en noviembre de 2020 por coronavirus. Al conocer la noticia, Marcella Claxton, una de las víctimas que sobrevivieron al “Destripador” dijo que todavía sufría los efectos de su ataque 44 años después: “Tengo que vivir con mis heridas, 54 puntos en la cabeza, la espalda... además perdí un bebé, tenía cuatro meses de embarazo. Todavía tengo dolores de cabeza, mareos y desmayos. No puedo perdonarlo”, contó.

Peter Sutcliffe asesino en serie Reino Unido
El viernes 13 de noviembre de 2020, el Servicio Penitenciario de Gran Bretaña informó que el asesino en serie Peter Sutcliffe falleció en el hospital. Sutcliffe cumplía una condena de cadena perpetua tras ser condenado por el asesinato de trece mujeres en el norte de Inglaterra entre 1975 y 1980 (AP Photo, files)

Crímenes sin resolver

Cuando Peter Sutcliffe murió también se cerró la posibilidad de que confesara otros crímenes de cuya autoría era sospechoso por las similitudes en el modus operandi. No sólo en Gran Bretaña sino también en Suecia. En 2016, un correo electrónico enviado por un detective que había participado de la investigación de los asesinatos del “destripador de Yorkshire” sorprendió al jefe de la policía de la región sur de Suecia, Bo Lundqvist.

El mensaje decía que probablemente Sutcliffe había viajado a Suecia, un país donde en los ’70 y ’80 la prostitución era legal –aunque todavía no existían las zonas protegidas que se crearon después-, en cumplimiento de su “misión”. El policía inglés quería saber sobre la posibilidad que Sutcliffe hubiese viajado en camión, a bordo de un ferry, a Suecia en fechas que coincidían con los asesinatos de Gertie Jensen y Teresa Thorling, particularmente esta última.

Lundqvist, ya veterano policía, recordó esos dos casos sin resolver en 1980, cuando recién había ingresado a la fuerza. En uno de ellos, el cuerpo desnudo de Gertie Jensen -una joven de 31 años que se prostituía ocasionalmente para financiar su adicción a las drogas- fue encontrado en un lote en Gotemburgo, Suecia, con señales de extrema violencia sexual. Dos semanas después, en un callejón abandonado de la ciudad de Malmo, apareció el cadáver de Teresa Thorling, una rubia de 26 años con un perfil similar al de Gertie y muerta en circunstancias parecidas.

En 2020, poco después de la muerte de Sutcliffe, Netflix estrenó la serie documental El destripador de Yorkshire que reconstruye cronológicamente su raid criminal y pone en evidencia la torpeza que mostró la policía inglesa. Buena parte de esta docuserie se asienta en declaraciones de hijos, otros familiares y amigas de las víctimas, de un tono conmovedor que contrasta con las impresiones de los policías entrevistados que esbozan no sólo una falta de método para encarar una investigación importante, sino una peligrosa negligencia que permitió a Sutcliffe seguir con su siniestra “misión de Dios” hasta que fue atrapado por casualidad. Los crímenes del destripador de Yorkshire también dieron lugar a varios libros de investigación periodística entre los que se destaca Wicked Beyond Belief, de Michael Bilton, que desarrolla un análisis a fondo de los asesinatos, la investigación policial y los errores sistemáticos de los detectives que llevaron el caso.

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