
André Maginot, héroe francés de la Primera Guerra Mundial y ministro de Defensa, no olvidaba el horror que había vivido en las trincheras. Lo llevaba en su cuerpo mutilado por la metralla en aquel infierno. Vio -como vio Francia- que detrás de la frontera con Alemania, un monstruo se desperezaba: Hitler y su Tercer Reich amenazaban con teñir de sangre al mundo. Pero primero a su país.
Y entonces, contra ese miedo atávico a la invasión, el saqueo y la muerte, tuvo una idea que creyó genial.
Sobre un mapa de Europa trazó una casi infinita raya, con el comienzo en su país y continuaba en la serpenteante frontera que compartía con Italia y Alemania. Había nacido la Línea Maginot.
Era una fortificación gigante (400 kilómetros en su alargue final desde Suiza hasta el Canal de la Mancha), de hormigón y acero, con 108 fuertes cada 15 kilómetros y una gran cantidad de pequeños fortines de apoyo a un costo de 5 mil millones de francos de 1930 (6 mil millones de dólares de hoy).

El acromegálico proyecto chocó contra el primer ministro Paul Reynaud y contra el entonces coronel Charles de Gaulle, veterano –como Maginot– de la primera gran guerra, y también herido en Verdún: una simetría que los hermanaba, pero no en su visión moderna de un conflicto armado.
De Gaulle juzgó demasiado caro el proyecto de Maginot. Según él, era más sensato invertir esa fortuna en armas, vehículos blindados y aviones. Pero a Maginot lo apoyaban los mariscales Joseph Joffre y Phillipe Pètain: ambos casi octogenarios y aferrados al concepto de la rígida (y tan sangrienta como inútil) guerra de trincheras.

(Nota: Pètain –1856–1951 tiraría su honra a los perros en la Segunda Guerra Mundial: durante toda la ocupación nazi en Francia –1940–1944– presidió el gobierno títere de Vichy, cómplice de Alemania).
Según sus mentores, la Línea Maginot ahorraría tropas: un modo de compensar las bajas de la primera gran guerra. Frenaría a tiempo un posible ataque alemán. Protegería las cuencas industriales y las minas de Alsacia y Lorena, que en anteriores conflictos habían sido un apetecible botín para el enemigo. Serviría de base para un contraataque. Obligaría a las tropas nazis a eludirla y pasar por Bélgica, Suiza o la región del Sarre, uno de los dieciséis estados federados de Alemania. Un largo y ambicioso sueño… de amargo despertar.
Los trabajos empezaron en 1928: no en la frontera alemana sino en la italiana, pues el fascismo de Benito Mussolini provocaba más inquietud que la República de Weimar alemana, instalada en la ciudad de ese nombre después de la derrota de 1914–1918 como nuevo régimen destinado a resucitar al país. Reinó entre 1919 y 1933, cayó en medio de graves conflictos políticos y sociales, y desembocó en el preludio de la Gran Tragedia: el nombramiento de Hitler como canciller. La hora de Satán…

La obra principal de la Maginot fue terminada en gran parte antes de 1939. Se alargó desde Suiza hasta Luxemburgo, y una extensión mucho más simple fue ampliada hasta el Canal de la Mancha después de 1934. Pero pronto el fracaso mostró su peor cara. Temblaron los bloques de piedra, los fuertes y las torretas giratorias artilladas –la defensa estática– cuando la Alemania nazi inauguró su atroz mecanismo: la Blitzkrieg (guerra relámpago).
El 10 de mayo de 1940, sin declaración de guerra, a traición, invadió a velocidad nunca vista antes Holanda, Bélgica, Luxemburgo. En apenas dieciocho días logró la rendición belga, y aprovechando los intrincados bosques y las montañas fronterizas rompió las escasas defensas francesas, ya que la Maginot no cubría la zona de las Ardenas: error gravísimo…
Abierto ese boquete y aisladas las tropas de la ambiciosa y gigantesca muralla, escasas de alimentos y para colmo sin apoyo aéreo, sus empalizadas y casamatas fueron ratoneras mortales: los alemanes arrojaban explosivos por las aspilleras (angostas aberturas verticales) y las tomas de aire, matando por asfixia…
Catástrofe ¡se derrumbó en menos de un mes!
Y toda Francia, en manos del Hitler y su Tercer Reich, ocupada hasta 1944.
Así las cosas, la orgullosa y –en los mapas– inexpugnable fortaleza, cayó desde Suiza hasta el Atlántico…

Hoy, la Línea Maginot está en las guías de turismo, aunque con horarios de visita muy acotados. Cuenta con traductores en francés, inglés y alemán. Los turistas pueden caminar por sus galerías durante dos horas, al precio de 10 euros por cabeza.
Y les cuesta creer que ese monumento defensivo de 19 bloques de combate y 10 kilómetros de galería erigido en seis años por 1.800 hombres… haya servido para nada.
La mayor sorpresa es, dentro de la línea, el fuerte Hackenberg, a 30 metros de profundidad. Por esos 10 kilómetros circulaba un tren que partía desde el polvorín cargado de cajas de proyectiles que subían a los vagones por raíles de grúa. Destino: los cañones de superficie, que recibían esa carga por medio de ascensores.

Operación de alto riesgo: un error y/o descuido podía desatar un infierno… Pero toda esa arquitectura se estrellaba contra un absurdo: ¡los cañones sólo apuntaban contra Alemania!
A pesar de su posterior inutilidad, un solo polvorín no bastaba: había otros, más chicos, en las galerías, por si el principal quedaba bloqueado.
La fortaleza, preparada como para resistir una larga guerra y salir triunfante, tenía comedor, sala de comunicaciones, enfermería, quirófano… para que ninguno de los 19 bloques operativos quedara huérfano.
Pero tan breve fue su vida, que cuando los soldados ingleses y norteamericanos la recorrieron, se asombraron: los fusiles lucían nuevos, sin haber disparado jamás.
Aquél dorado sueño es hoy un melancólico museo.

Dura lección de la historia: Charles De Gaulle y Paul Raynaud tenían razón. Tanta como el remoto fabulista que imaginó a un ratón venciendo a un elefante.
¿Imposible?
No para el escritor, científico, naturalista y militar Gayo Plinio Segundo (Plinio el Viejo), que en su enciclopedia Naturalis Historia, publicada en el año 77 del siglo I de la Era Cristiana, aseguró que los elefantes temen a los ratones.
Por algo será.
Y por algo la línea Maginot se desplomó antes de derribar a un solo soldado enemigo.
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