
Joe Kennedy, el patriarca de la trágica dinastía norteamericana, solía lustrarse los zapatos en la vereda de la Bolsa de Nueva York (ubicada en el número 11 de Wall Street) con un muchacho llamado Patrick Bologna. Una mañana, a mediados de octubre de 1929, el humilde lustrabotas, mientras sacudía su calzado con la gamuza, le dijo sin levantar la vista:
–¿Quiere un consejo? Compre acciones petroleras y de los ferrocarriles. No se arrepentirá.
Ya en el corazón de la Bolsa, Kennedy -que algo sabía del tema- le dijo a un agente amigo:
–Si cualquiera puede invertir en la Bolsa y un lustrabotas puede predecir el futuro…, sin duda el mercado está sobrevalorado. Mala señal…
El jueves 24 –que entraría en la historia como El Jueves Negro– tuvo un preludio cercano: el viernes 18, poco después de salir a la venta ocho millones de acciones, su precio bajó algo más de nueve puntos, y el sábado, otros doce.

Sin embargo, la crisis –la catástrofe– parecía imposible. Mientras una Europa destrozada por la Primera Guerra Mundial todavía sangraba y padecía hambre, los Estados Unidos, desde 1920, vivían una época de bonanza pocas veces vista, bajo las presidencias de Calvin Coolidge y Herbert Hoover. Éste, que al primer indicio de crisis, declaró oficialmente desde la Casa Blanca: “La ocupación fundamental del país, es decir, la producción y distribución de mercaderías, está asentada sobre una base sólida y próspera”.
Sin embargo, a 362 kilómetros, distancia entre Washington DC y la Bolsa de New York, esas bases empezaban a temblar.
El historiador norteamericano Frederick Lewis Allen (1890-1954) escribió en su libro Only Yesterday, brillante crónica de los locos años 20 en su país: “Parece posible que la causa principal del derrumbe de los precios durante la primera hora del 24 de octubre no fuese el temor, y tampoco una venta a la baja. Fue el aflujo al mercado de centenares de miles de acciones retenidas en nombre de pobres especuladores cuyos márgenes estaban agotados o a punto de agotarse (…) El gigantesco edificio de los precios estaba taladrado por el crédito especulativo, y ahora se derrumbaba bajo su propio peso (…) ¿Dónde estaban los cazadores de negocios brillantes, los trusts de inversiones, los poderosos banqueros que podían respaldar los precios? Y los precios seguían bajando y bajando. El rugido de voces que se elevaba desde la sala de la Bolsa…, se había convertido en un rugido de pánico”.

Nada menos. Y dos días clave señalados con la palabra “negro”: el jueves 24, y el peor: el martes 29 de octubre. Récord de caída del precio de las acciones, y récord de quiebras y pérdidas. La auténtica debacle…
Según el economista canadiense John Kennet Galbraith (1908-2006) en su famoso libro El Crac del 29, “ese jueves 24 fue el primer día de terror. Se transfirieron 12.894.650 acciones, muchas de ellas a precios que destrozaron los sueños y esperanzas de quienes las habían poseído (…) El rasgo más singular de la catástrofe de 1929 fue que lo peor… empeoraba continuamente. Lo que un día parecía el fin de la crisis, al siguiente se demostraba que sólo había sido el comienzo”.
Las causas del crack
Las principales al menos, pueden acotarse a tres. La superproducción agrícola, el subconsumo industrial disfrazado y mantenido por acción del crédito, y la especulación bursátil. El primer fenómeno inunda el mercado. Hay más producción que consumo. Y al bajar las ventas, empiezan los despidos.

Dato global. En el peor momento del crac, y con coletazos que se prolongaron por casi una década, perdieron su trabajo… ¡catorce millones de empleados, operarios y labriegos! La trágica época llamada La Gran Depresión. Que entre otros males hizo florecer el crimen: los asaltantes de bancos Bonnie Parker y Clyde Barrow, John Dillinger, la banda de Ma Baker…
Segunda razón: subconsumo industrial. Durante el auge del consumo y su varita mágica, el crédito –un Santo Grial de la economía norteamericana–, cualquier familia aspiraba a un Cadillac El Dorado (o dos: uno para el ama de casa), una vivienda dotada de todo aparato electrodoméstico inventado y por inventar, y una educación universitaria para sus hijos. Según los economistas en boga, “la gente se acostumbró a pedir créditos para comprar mucho más de lo necesario, pero el Crac del 29 redujo ese maná al mínimo, y ya no hubo camuflaje posible”.
Tercera razón. La especulación bursátil, determinada por los grandes financistas de Wall Street, que alcanzó una cifra colosal: la décima parte de la población invirtió sus ahorros en acciones de empresas industriales. Fenómeno que aumentó su valor…, pero tornó más estrepitosa la caída. Pero hubo un cuarto factor no menos importante: la Europa castigada por la guerra redujo al mínimo sus importaciones, y le cerró una gran puerta al poderoso sello Made In USA…

La bola de nieve
Un día clave antes de los dos “negros”. El 22 de octubre se frena el alza desaforado de las acciones, y empiezan a bajar como la marea…, hasta el jueves de la Gran Catástrofe. Según los cálculos y promedios del New York Times, veinticinco de las acciones industriales más fuertes bajaron de 469 a 220 puntos. Según Allen en su crónica, “El Gran Mercado Alcista estaba muerto. Miles de millones de dólares de ganancia habían desaparecido. El tendero, el limpiador de ventanas y la costurera habían perdido su capital. En todas las ciudades había familias que pasaron repentinamente de la riqueza ostentosa al endeudamiento. Día tras día, los periódicos publicaban torvos informes de suicidios…”.
La Prosperidad Coolidge-Hoover no estaba muerta todavía, pero boqueaba. La gran fiesta de la abundancia había apagado sus fuegos artificiales, devorados por una inmensa bola de nieve…
Pero bien dicen (los que dicen) que los Estados Unidos tiene el don de las resurrecciones más rápidas de la historia. En 1933 llegó al poder Franklin Delano Roosevelt y puso en marcha el New Deal, basado sobre las ideas del polémico economista John Maynard Keynes, que permitían la intervención del Estado en situaciones de gran emergencia: lo duramente opuesto al libre juego del mundo privado y su bastón mayor: el capitalismo.

Las medidas de ese hombre inagotable, tres veces electo presidente, y atormentado por la poliomielitis, funcionaron. Impulsó las inversiones, el crédito y el consumo. Consecuencia: bajó el desempleo. Subsidió a bancos y agricultores. Aumentó el salario y redujo las horas de trabajo. Exigió diseñar planes de asistencia sanitaria y un nuevo sistema de jubilaciones y pensiones.
Sin embargo, la crisis no amenguó sus efectos hasta mediados de 1939. Hasta el trágico día en que las tropas nazis invadieron Polonia. Primer día de septiembre. Y último, hasta 1945, de la paz. Casi seis años en que la poderosa industria norteamericana se puso en marcha a toda vela y vapor para producir armas, proyectiles, tanques, aviones, bombas.
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