
Un día de marzo del año pasado, Belén se puso una calza negra y un top, acomodó su teléfono en el comedor de su casa, encendió la música y se grabó bailando sola, sensual, con cierto aire de superación. Después, subió el video a Instagram y recibió cientos de comentarios: “Qué linda estás”, “qué hermosa”, “estás re flaca”, “diosa”, “¿cómo hiciste?”.
Todo el mundo vio lo que parecía pero no lo que de verdad estaba pasando, por eso hace unos meses -después de varios intentos de suicidio- Belén volvió a publicar el video pero con otro título: “La anorexia disfrazada de felicidad”.
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“En ese entonces subía y bajaba las escaleras de mi casa corriendo, tendía la cama, limpiaba, me bajaba antes del colectivo, bailaba, todo estaba pensado para gastar una caloría más. Era mucho desgaste físico pero también mental porque, por ejemplo, no comía en todo el día, después tenía un atracón y vomitaba, me volvía a dar hambre, volvía a tener un atracón y volvía a vomitar. Y así he llegado a vomitar 7, 8 veces por día y después me ponía a bailar”, cuenta Belén Suárez a Infobae, desde esa misma casa, en Córdoba capital.
“Capaz estaba súper mareada, agotadísima, pero en el video mostraba una sonrisa de superación: ‘Acá estoy, bailando, feliz’. Me sentía mal pero al mismo tiempo me sentía superior. ‘Miren, ya no soy gorda’, porque gorda era sinónimo de fracaso, ‘soy delgada’, sinónimo de belleza. ‘Miren, yo logré hacer lo que nadie puede: dejar de comer”. Ese mismo año había estado internada dos veces en un neuropsiquiátrico.
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Belén Suárez tiene 25 años y en junio, cuando subió el video que ya tiene más de 22.500 reproducciones, también publicó el libro en el que cuenta su historia. Se llama “El cuerpo que soñé” y la palabra “soñé” está tachada y reemplazada por “odié”.
“Es que yo había tenido sobrepeso desde los 5 años, a esa edad había empezado con las nutricionistas y las dietas. Yo soñaba con un cuerpo delgado, antes de dormirme pensaba cómo sería mi vida si fuera flaca. Pero lo terminé odiando porque no lograba los objetivos que quería y por todo el daño que me hice”.
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El origen
Entró a la primaria siendo una nena con sobrepeso y el bullying se ocupó de hacerle creer que su cuerpo estaba “mal”: “Me decían ‘gorda’, que dejara de comer o se burlaban. Podía venir de cualquier lado: vecinos, compañeros de la escuela, familiares, maestras”.
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Belén tenía 11 años cuando se enteró de la existencia de las páginas pro Ana (de anorexia) y pro Mía (de bulimia), es decir, sitios en los que supuestamente enseñan técnicas para bajar de peso y seguir un cierto estilo de vida pero que, en verdad, empujan a graves trastornos de la alimentación.
“Para mí era la solución. Pensaba ‘bueno, si dejo de comer por un tiempo voy a poder bajar de peso y llegar a mi meta sin que me sigan mandando a nutricionistas’”, cuenta. “Cuando estás enferma es muy fácil engañar a tu alrededor. Mis papás me despertaban para ir al colegio, y en vez de desayunar agarraba un vaso, le ponía un chorrito de yogur y lo movía, para que pareciera que había tomado. Después, hacía unas migas con unas galletitas en el mantel y dejaba todo ese escenario ahí montado. Me iba al colegio y en el almuerzo no comía nada. A la tarde, mis papás trabajaban y ahí venían los atracones”.
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Rápidamente, se volvió “muy ocultadora, muy mentirosa”: si iba a la casa de una amiga decía ‘ya comí en la casa de mis papás’, y si estaba en su casa decía ‘ya comí en lo de mis amigas’”. El trastorno de la alimentación fue mutando porque, una vez que empezaron los atracones, siguieron los vómitos auto provocados y la actividad física en exceso.
“Enseguida me empecé a cortar el cuerpo”, sigue, especialmente las piernas, porque los brazos estaban más expuestos. Hace poco también puso en sus redes una foto de sus piernas con esas cicatrices para advertir a otras chicas. “Antes me acomplejaban porque eran ‘gordas’, porque era caderona, por las celulitis, por las estrías, por mis rodillas, porque cuando me depilaba me quedaban puntitos, porque eran muy blancas... En fin, porque no eran piernas de revistas. Entonces durante mucho tiempo las odié, odiando también todo el resto de mi cuerpo. Y eso me llevó a conductas autoagresivas para descargarme: los cortes”, escribió al lado.
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“Lo aprendí en los tratamientos. Los cortes me permitían cambiar una emoción por otra. Como no podía tolerar la angustia que sentía, me cortaba y transformaba todo en dolor físico, que era para mí más fácil de transitar”. Belén tiene más de 100 cicatrices: “La mayoría de los cortes fueron para eso, salvo dos veces en que intenté quitarme la vida”, sigue, no con la intención de dar ideas sino de advertir a otras y otros sobre la gravedad de la enfermedad.
El primer intento de suicidio -lo cuenta en el libro- fue a los 14 años. “No podía seguir cargando con todo eso: los ayunos, los vómitos, la actividad física, estar gorda. Entonces pensé ‘no voy a tolerar más esto, no voy a tolerar que todos mis esfuerzos no valgan la pena’. Entonces, la salida que parecía más fácil era morirme para dejar de sentir. Quería terminar con ese dolor, desaparecer”.
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Como mucha gente identifica un trastorno alimentario con una chica esquelética y Belén pesaba 95 kilos, nadie había notado la gravedad. El primer intento de suicidio fue “un click” para su familia y una especialista le diagnosticó bulimia nerviosa. Pero el tratamiento era grupal y cuando Belén vio que las otras adolescentes sí eran raquíticas pensó: “Yo no voy a ser ‘la gorda’ de este grupo. Lo digo así porque muchos años dije esa palabra en forma despectiva. Y ahí nomás empecé a copiar sus conductas”.
Leía en los auto-registros de comida de las más flacas que habían tomado un café con leche en todo el día y pensaba “si a ella le sirvió, a mí también me va a servir”. Así, estando en tratamiento, “empecé a bajar de peso y mi trastorno alimentario volvió a mutar de la bulimia a la anorexia. Cuando me dieron el diagnóstico fue como si me hubieran regalado un millón de dólares. Ser ‘la anoréxica’ significaba que dejaba de ser ‘la gorda’”.
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No era una cosa o la otra, porque la anorexia era “purgativa”: pasaba días sin comer hasta que tenía un atracón y vomitaba. “Yo estaba negada a recuperarme porque creía que eso implicaba perder todo lo que había ganado, o sea, el precio era volver a subir de peso. Había pasado de ser una nena gorda a ser una adolescente delgada, de pesar 95 kilos a pesar 50, no quería perder ese lugar que me había dado el trastorno alimentario”.
Pero volvió a subir de peso, sintió que le estaba haciendo daño a los demás y volvieron los intentos de suicidio. Empeoró, dejó ese tratamiento y pasó a un hospital de día, por varias internaciones psiquiátricas. “Muchas veces sentí que estaba tocando fondo pero estaba tan enferma que nada terminaba de asustarme. Vomitar sangre o ahogarme con la comida mientras vomitaba y tener que elegir entre volver a tragar y respirar, por ejemplo. Y yo no quería volver a tragar, quería sacarme todo lo que tenía adentro, que no era sólo comida sino millones de sentimientos”.

Belén pasó por seis tratamientos y ahora está en el séptimo y fue este año, en plena cuarentena, que llegó otro límite. “Estaba de novia pero sentía que no me daba bola y por la cuarentena no podía verlo. Me sentía muy sola y dije ‘bueno, voy a hacer algo que me haga daño’. Y tomé lavandina. No vi la gravedad hasta que él decidió cortar la relación, me dijo que no podía soportar que alguien a quien quería se hiciera tanto daño. Y a partir de eso empecé a mejorar considerablemente. Dije ‘si no es por él, tiene que ser por mí’”, cuenta y dice que siempre había hecho cambios sólo para que los demás no se preocuparan.
“El año pasado, le conté a mi acompañante terapéutica que mi sueño frustrado era terminar el libro. Y ella me preguntó ‘¿y por qué frustrado? Tenés 24 años, sacale esa palabra de adelante’. Cuando le saqué la palabra ‘frustrado’ quedó: mi sueño es terminar el libro’”. Belén siguió escribiendo, hizo hincapié en su recuperación y logró publicarlo. A la vez empezó a usar su cuenta de Instagram para publicar videos como el de la “anorexia disfrazada de felicidad” para desenmascarar a la enfermedad y a las imágenes que vemos, todos los días, en esas redes sociales.

“Quise mostrar que capaz ves a tu amiga muy feliz bailando en el boliche o en su casa y atrás se está muriendo, porque podés caer muerta en cualquier momento, literalmente”, cierra Belén, que está estudiando para ser Licenciada en Nutrición y convertirse en “la nutricionista que me hubiera gustado tener”.
Si bien sigue en tratamiento, dice que “el peso ya no es el centro de mi vida, aunque tenga kilos de más. Mi psicóloga me está enseñando a habitar el cuerpo, como cuando uno habita una casa. Si tenés un cuadrito que está chueco vas y tratás de enderezarlo, no por un cuadro chueco odiás a tu casa. Si tengo kilos de más trato de comer sano y hacer actividad física, es decir, el proceso es bajar de peso con responsabilidad, amor y cuidado: tener con nosotras la misma paciencia y compasión que les tenemos a los otros”.
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