Los aberrantes hechos aquí relatados ocurrieron hace poco más de 30 años en el estado de Washington, Estados Unidos.

El primer escenario es un parque. Allí donde los niños juegan, andan en bicicleta, pasean con sus familias. En esa oportunidad ese bucólico paisaje lleno de risas y tranquilidad se convirtió en una peligrosa trampa donde un depredador sexual acechó y atrapó a sus pequeñas víctima para satisfacer sus depravados instintos.

Fue el primer lugar donde actuó el monstruo. Habría más.

El perturbador historial al que nadie prestó atención

Westley Allan Dodd nació en Toppenish, Washington, el 3 Julio de 1961. Fue el mayor de los tres hijos de Jim y Carol Dodd.

Cuando fue detenido culpó a sus padres de no haberle dado contención emocional y alegó haber presenciado iracundas peleas entre ellos. Por otra parte, reveló que en el colegio no era bienvenido en ningún grupo social. Era solitario, no tenía amigos.

A los 13, empezó con sus conductas inapropiadas. Cuando los chicos pasaban por la vereda, él se paraba desnudo en la ventana que estaba en las escaleras de su casa y se exhibía mientras se tapaba la cara con la cortina. Algunos lo denunciaron y sus propios padres fueron alertados, pero las autoridades no le dieron importancia al asunto. Era algo menor.

Jim Dodd, su padre, en una entrevista años después de los horrendos hechos, con el diario The Oregonian, dijo que él se daba cuenta del extraño comportamiento de su hijo, pero que lo dejó pasar porque, después de todo, Westley Allan Dodd, era muy buen alumno y “no tenía problemas con las drogas, el alcohol o el cigarrillo”.

El joven Dodd cambió su estrategia: para no llamar la atención desde las ventanas de su casa, empezó a desnudarse por las calles. Salía con su bicicleta, buscaba chicos de unos 10 años, les hablaba o gritaba y, cuando le prestaban atención, él les mostraba sus partes íntimas.

Cuando entró en la secundaria y sus padres se divorciaron, Dodd ya experimentaba más y más deseos perversos. El mismo año en que se separaron, fue arrestado por exposición indecente, pero fue inmediatamente liberado con el consejo de que fuera supervisado por asesores juveniles. Por supuesto, no lo hicieron. El 3 de julio de 1976, el mismo día que cumplía 15 años, su padre intentó suicidarse luego de una pelea con su pareja.

Fue poco tiempo después que Dodd se animó y fue por más: concretó sus primeros abusos físicos. Agredió sexualmente a sus pequeños primos de 6 y 8 años. Se consumó como pedófilo y lo largo de su vida traicionaría a todos los niños que tuvo cerca. Avanzó sobre los hijos de una vecina, que él se había ofrecido cuidar, y también sobre los hijos de una mujer que había salido con su padre. La vecina se negó a presentar cargos pensando que iba a ser demasiado traumático para sus pequeños.

Dodd daba rienda suelta a sus bajos impulsos sin el menor remordimiento. Se describió a sí mismo como un ser aislado socialmente. Las chicas lo intimidaban. Mientras otros empezaban a salir con mujeres, él se quedaba en casa pensando alternativas para violar niños.

Se graduó del secundario en 1979 y con 18 años ya estaba desesperado por conseguir nuevas víctimas.

En agosto de 1981, con 20 años, intentó secuestrar a dos pequeñas niñas que lo denunciaron a la policía. No ocurrió nada con esa denuncia. Dos meses después, se alistó a la US Navy y fue enviado a la base de submarinos de Bangor. Allí siguió sumando acosos sexuales a su todavía ignoto prontuario: 14 casos más. Llegó a ofrecerles 50 dólares a unos chicos para convencerlos de que lo acompañaran a un motel a “jugar”. Fue denunciado y arrestado. Pero, a pesar de que confesó sus “pretensiones sexuales”, fue liberado nuevamente y no se dejaron asentados los antecedentes.

Poco después volvió a caer. Esta vez sí fue despedido de la fuerza y pasó 19 días detenido.

En mayo de 1984, fue otra vez encarcelado brevemente por molestar a un pequeño de 10.

Parecía que nadie quería ver lo obvio: Dodd se pasaba la vida planeando la mejor manera de acercarse a niños pequeños. Se mudó a un complejo de departamentos en un barrio de familias con hijos; trabajó en restaurantes de comidas rápidas frecuentado por jóvenes y se anotó como consejero para campamentos infantiles... Sus estratagemas eran variadas y exitosas. Generaba juegos divertidos donde lo que buscaba era que los chicos terminaran desnudándose. Explotaba la inocencia y los manipulaba con su simpatía. Era un pervertido al que los adultos no detectaban y al que las autoridades no tomaban con la seriedad debida.

Bajo la mirada del monstruo

En 1986, con 25 años, se mudó a Seattle. Se sentía invencible porque ya había atacado con éxito al menos a 30 niños. Quería más. Lo escribiría así: “Había decidido que usaría la fuerza y que no aceptaría nunca un no por respuesta”. Eligió los más vulnerables, incluido el hijo de un compañero de habitación que tenía sólo dos años, era parcialmente sordo y no hablaba. El pequeño se resistió con todas sus fuerzas, pero él le ató las manos con el cinturón de una bata de baño. "La idea de usar la fuerza me excitaba”, reconoció a los peritos psicólogos.

A medida que pasaba el tiempo sus fantasías viraron a una mayor oscuridad. Tenía deseos de matar a sus víctimas. “Cuanto más lo pensaba más me excitaba la idea de matar. Planeé muchas maneras de matar a un chico. Pensaba también en la tortura, la castración e, incluso, en el canibalismo”.

A estas alturas era un sádico sexual, que se sentía estimulado por tener el control del sufrimiento y la muerte, que se encaminaba a convertirse en un temible asesino.

Las personas mayores, que podrían haber anticipado estas mutaciones, veían solo la máscara: un joven menudo, buen estudiante, simpático, consejero de campamentos, que se había alistado en el ejército, que no mataba ni una mosca.

En 1987, Dodd eligió el primer niño para asesinar. Tenía 8 años y lo había conocido en una obra en construcción, donde él trabajaba como custodio de seguridad. Un día le propuso que lo ayudara a buscar a otro niño que estaba perdido. Lo que en realidad pretendía Dodd era llevarlo a un lugar desolado para violarlo y matarlo. Pero el pequeño era demasiado inteligente y desconfió de este amigo nuevo. Le mintió y le dijo que iría a su casa para buscar unos juguetes así podrían llevárselos a ese niño perdido, pero cuando llegó a su hogar le contó todo asustadísimo a su madre, quien llamó a la policía.

Los investigadores observaron su pasado de abusador sexual y recomendaron ponerlo, al menos, cinco años tras las rejas. Pero como no había tocado al menor, solo recibió un leve castigo. Fue puesto en probation, le pidieron evaluaciones psiquiátricas y le mandaron tratamiento. Terminada la probation, Dodd abandonó dicho tratamiento, pero sus fantasías de crimen y violencia sexual seguían ahí, creciendo. En su mente depravada se estaba gestando lo peor.

Los pobres hermanos Neer

En 1989, unos meses antes de que Dodd comenzara su trayectoria asesina, se mudó con una antigua novia con un hijo -que decía era de él- a un hotel. La convivencia duró solo cinco días. Ella se fue con el hijo y Dodd se mudó a la ciudad de Vancouver, en el estado de Washington. No se supo nunca el motivo por el que terminaron la relación.

Ansioso por llevar a cabo sus planes siniestros recorrió a conciencia el enorme parque David Douglas en Vancouver: los senderos de tierra, las zonas inaccesibles y muy arboladas, los rincones desolados. Era el lugar que estaba buscando y quedaba solo a un kilómetro y medio de su departamento. En su diario escribió: “Era un buen lugar para violar, matar, secuestrar… era un buen coto de caza”.

En el mes de septiembre Dodd trabajaba como empleado en la compañía Pac Paper. Sus compañeros de trabajo contaron, tiempo después, que Dodd era "odd "(significa extraño en inglés): se paraba en una esquina, cerca del trabajo durante largo rato para mirar a los chicos pequeños que pasaban. También dijeron que él les había relatado que estaba divorciado y que sufría depresión porque su hijo acababa de fallecer por muerte súbita en su cuna. No sospecharon nada sobre sus inclinaciones turbias y todos pensaron que, si él hubiera querido, podría haber ascendido en la compañía. Solo que Dodd no estaba para nada interesado en el progreso laboral. Su vocación era otra e inconfesable.

La tarde del 4 de septiembre fue una vez más al Parque David Douglas. Llevaba un cuchillo de pesca con una hoja de más de 15 cm y largos cordones de zapatos. Su idea fija era encontrar algún chico para concretar su fantasía más violenta.

Cole y William “Billy” Neer (de 11 y 10 años respectivamente) pedaleaban sus bicicletas de vuelta a su casa. Estaban llegando tarde a comer así que acortaron por el medio del parque. Habían pasado la tarde devolviendo las pelotas de golf a los jugadores que se salían de los links, ganando de esa forma un poco de dinero como recompensa. En su camino fueron detenidos por un hombre joven que les pidió amablemente que se bajaran de las bicicletas y fueran con él. Billy le preguntó por qué tenían que ir con él. Dodd respondió seco: “Porque yo te lo digo” y controló la situación.

Los hizo esconder las bicicletas entre los arbustos y salirse del camino. Los llevó a un sitio arbolado y aislado donde los hizo ponerse espalda con espalda. Les ató fuertemente las manos con los cordones. Les exigió que uno de ellos debía bajarse los pantalones. Los chicos estaban aterrados y muy confundidos. Cole preguntó si dolería... Dodd le aseguró que no. Cole, entonces, protegiendo a su hermano menor, se bajó primero el pantalón. Le siguió preguntando: “¿Por qué nos hacés esto?”. Dodd les prometió que después los dejaría libres.

Cuando comenzó a molestar sexualmente a Billy, el pequeño comenzó a llorar fuerte. Los obligó entonces a arrodillarse, sacó su cuchillo y cortó los cordones que los mantenían juntos. Billy chillaba que quería irse a su casa. Le ordenó sentarse y quedarse quieto, mientras volvió a atacar a Cole. El llanto de los chicos aumentaba su placer…. Se acercó a Billy con el cuchillo en la mano y le dijo: "Solo hay una cosa más”, y lo apuñaló en el estómago. Como Cole quiso escapar, Dodd se volvió hacia él. Mientras, Billy herido, pudo salir corriendo hacia una calle transitada. Iba en pánico absoluto. Dodd apuñaló varias veces a Cole hasta que paró de moverse. Luego salió corriendo tras Billy y lo alcanzó antes de que llegara a la ruta. Le dio dos cuchillazos más. Volvió para chequear si Cole había muerto y guardó los cordones para no dejar evidencia.

Se fue del parque con sus manos llenas de sangre escondidas en sus bolsillos.

Billy fue hallado enseguida. Primero pensaron que había sido atropellado por un auto, pero los médicos que lo revisaron rápidamente se dieron cuenta de que era algo mucho peor. De todas formas, Billy no vivió para contarlo.

Mientras, Clair Neer, el padre de los chicos, había llamado dos veces a la policía para reportar que no habían vuelto a casa y los buscaba preocupado por el vecindario. Los investigadores volvieron al parque para revisarlo bien. A las 2 de la madrugada hallaron a Cole, también brutalmente asesinado.

Al día siguiente, las familias de la ciudad de Vancouver, se aterrorizaron: dos chicos violados y asesinados en el parque era demasiado. Se organizaron para controlar los espacios verdes y los chicos tenían instrucciones severas para no ir a lugares desolados ni hablar con desconocidos. Estaban atemorizados y en alerta.

Pero Dodd no estaba conforme con la duración de su acto perverso. El ataque había sido demasiado rápido. No había podido concretar todas sus deseos. Lo que sí sabía era que las violaciones y los secuestros habían empezado a aburrirlo. Ahora fantaseaba con cirugías experimentales y muerte. En sus infinitos escritos de su horrendo diario, que el jurado tendría la ocasión de leer con disgusto, había expresado: “Deseo comerme los genitales…”.

Su desquicio iba tan lejos que daba náuseas. La violencia y la omnipotencia que sentía había desbordado absolutamente todos los límites.

El 29 de octubre, poco más de un mes después de haber terminado con la vida de los Neer, Dodd volvería a atacar.

Lee Iseli, el niño que jugaba solo

El domingo 29 de octubre de 1989 el sol brillaba con fuerza. Dodd manejó, cruzó el río y llegó cerca de Portland, Oregon. Justin Iseli, de 9 años, y su pequeño hermano Lee Joseph Iseli de 4, de lacio pelo rubio y unos bellísimos ojos azules, le dijeron a su padre Robert que irían al parque del colegio Richmond a jugar con amigos. Robert pensó que estaba bien, ya habían ido antes un par de veces sin problemas. Aunque el vecindario era seguro les pidió que se quedaran juntos y que no hablaran con extraños.

Esa misma mañana Dodd había llegado manejando hasta el parque que rodeaba al colegio Richmond. Esperaba con paciencia una víctima. Había chicos mayores jugando fútbol. Pero su ojo vigilante apuntó a un pequeño que vio jugando solo, en la parte superior de una estructura de concreto que los chicos llamaban “el volcán”. Cuando después de un rato, el chico se deslizó hasta la base Dodd se acercó amistosamente: “¡Hola! ¿cómo estás?”, le dijo con una sonrisa.

Lee también sonrió y le dijo “Hola”.

"¿Te gustaría divertirte y ganar un poco de dinero?”, siguió Dodd. Lee dudó y miró a su alrededor antes de negar con su cabeza diciendo que NO.

Dodd insistió y le estiró la mano. Lee mecánicamente se la tomó. Dodd empezó a caminar con Lee hacia su auto. El pequeño intentó resistirse y le dijo: “No quiero ningún dinero”. Dodd percibió su miedo y le aseguró que todo estaba bien, que su padre lo había enviado a buscarlos. Lo sentó en el coche y arrancó. Lee muy despierto le señaló: “Yo vivo para el otro lado”. A lo que Dodd respondió: "Vamos primero a mi casa a jugar. Solo hacés lo que yo te digo y no te lastimaré. Pero tenés que quedarte quieto porque la mujer encargada de mi edificio no quiere a los niños pequeños”. Para ese entonces Lee ya estaba muy asustado.

Al mismo tiempo comenzaba en el parque la búsqueda desesperada del padre de Lee. Robert Iseli ya había llamado a la policía cuando Justin había vuelto llorando mientras decía que no había podido encontrar a Lee por ningún lado.

Dodd llegó a su casa sin que nadie lo viera con el menor. Una vez dentro, le pidió que se desvistiera y le sacó fotos. Luego lo ató a la cama con cuerdas y le siguió sacando fotografías. Le puso dibujos animados en la tele mientras él escribía minuciosamente los hechos del día en su macabro diario. Luego, llevó a Lee a un negocio K-Mart para comprarle un juguete. Allí, Lee tuvo la única oportunidad de torcer su destino cuando empezó a llorar desconsolado y un empleado del negocio se acercó a ellos preocupado. Dodd, se lo sacó de encima: le explicó que estaba todo bien, que era su sobrino que quería volver a su casa y que él lo estaba cuidando. Un rato después, fueron a un McDonalds y volvieron al departamento. Mientras Lee jugaba con su regalo, Dodd escribía con obsesión: "El no sospecha nada ahora. Esperaré para matarlo hasta la mañana”.

Dodd continuó con los abusos durante toda la noche con algunas pausas para seguir escribiendo. En esos escritos fantaseaba cómo iba a matarlo.

Muy temprano despertó a Lee diciéndole al oído: “Te voy a matar esta mañana”. Lee lloró asustado y le pidió que no lo hiciera. Dodd lo calmó, le dijo que era una broma. El pequeño se volvió a dormir y a las 5.30 de la mañana lo ahorcó. Lee luchó con fuerza, pero era una batalla demasiado desigual. Entonces, en vez de terminar su crimen, Dodd le hizo maniobras de resucitación que fueron exitosas. Pero al rato lo estranguló nuevamente con una soga y lo colgó en el closet lleno de ropa. Sacó más fotos y se fue a trabajar. No quería llegar tarde.

Cuando volvió a su casa, después de la jornada laboral, tomó su diario y escribió. Luego bajó el cuerpo, lo llevó al auto y manejó hasta una planta de papel, cerca del lago Vancouver, donde descartó el pequeño cadáver desnudo. Quemó la ropa de Lee en un barril y se guardó el calzoncillo como “souvenir”.

La mañana del 1 de noviembre de 1989, el día de todos los Santos, la ciudad de Vancouver sentiría un nuevo cimbronazo. Una persona que paseaba cerca del lago descubrió los restos de Lee. La búsqueda había terminado de la peor manera.

Un héroe llamado James

La cacería del asesino de niños en los parques se desató. Pero Dodd sabía mantener un perfil bajo: se quedaba en su departamento escribiendo sobre sus planes futuros para seguir matando.

El 11 de noviembre de 1989, Dodd encontró a su nueva víctima. Estaba en el New Liberty Theater, en Camas, en las afueras de Vancouver. Se sentó en la última fila de la sala en la que se proyectaba Querida, encogí a los niños. En la oscuridad, sus ojos escaneaban a los presentes. Vio a un pequeño que salía por el pasillo hacia el lobby. Iba solo. Dodd se levantó silenciosamente de su asiento y lo siguió al baño. Llegó a la puerta antes que el niño, y con una sonrisa abrió y lo dejó pasar. El chico era James Kirk II y tenía 6 años.

Los empleados en el lobby estaban relajados cuando el aire se destempló con aterradores gritos infantiles provenientes del baño de hombres. Se acercaron a la puerta y se toparon con Dodd que salía llevando sobre sus hombros al chico que chillaba. Dodd que era menudo, bastante joven, tenía pelo oscuro y un tupido bigote le decía al niño: “Calmate, calmate hijo”.

Pero el chico no se calmó nada y empezó a gritar más fuerte frente a los empleados: “¡Ayúdenme, ayúdenme!”. Salieron dubitativos tras ellos. Dodds había bajado a James al suelo y lo llevaba con firmeza de la muñeca, pero cuando llegó al auto tuvo que soltar un momento a James para buscar sus llaves. James aprovechó el brevísimo instante de libertad y salió disparado hacia los empleados del cine. No paró hasta que se agarró con fuerza de las piernas de uno de ellos y gritó con desesperación: “¡Ese hombre me iba a lastimar!”.

Tenía razón.

El novio de la madre de James, William Graves, que había escuchado gritos desde el interior de la sala, justo salía a ver qué estaba pasando y por qué James no volvía del baño. En un par de segundos se enteró de todo. Le dijeron que el secuestrador estaba en un Ford Pinto Station Wagon color mostaza. Salió enfurecido a buscarlo a pie por el barrio. Increíblemente, a menos de dos cuadras de allí, el Pinto estaba detenido. Se le había parado el motor y no arrancaba. Graves se acercó a su conductor, disimulando su ira, y le ofreció ayuda. Cuando Dodd la aceptó y relajó, Graves lo tomó del cuello por sorpresa y lo detuvo: “Te atrapé. Ahora vamos a esperar a la policía”, le dijo. Lo llevó de vuelta al teatro y entre todos lo ataron con un cinturón. Dodd miraba el piso sin decir una palabra.

Después de los trágicos casos de los hermanos Neer y Lee Iseli, la madre de James, asustada, le había enseñado a él y a sus hermanos qué debían hacer si algo les pasaba: debían gritar como locos, patear, morder y pelear con todas sus fuerzas. Eso hizo James. El consejo de su mamá le había salvado la vida.

La valiente actitud de James despertó la admiración de la policía: "Este chico es un verdadero héroe”. Gracias a él, el depredador sexual más horrendo había sido detenido.

Una confesión detallada

Al Dr. Ronald Turco el FBI le había pedido elaborar un perfil psicológico de cómo podía ser el asesino serial de niños. El profesional, en su análisis, sostuvo: que era posible que tuviera entre 25 y 35 años; que si se había alistado en alguna fuerza seguro que había sido expulsado; que era un ser solitario; que guardaría fotos de sus víctimas y un diario de los hechos; que consumiría pornografía infantil. No se equivocó en nada.

Westley Allan Dodd era todo eso. Además, era pequeño de tamaño y poseía voz de niño. Era amigable y no encajaba en el perfil violento característico que los chicos naturalmente temerían.

La policía local contactó a la de Portland que estaba investigando el crimen de Lee Iseli. Turco junto con el capitán C.W. Jensen y el sargento Trimble de la policía de Portland, fueron los que se ocuparon de interrogarlo.

En menos de cinco minutos, con la red de datos del FBI, las autoridades sabían que tenían entre sus manos el sospechoso de tres recientes crímenes en el área.

Si bien, al principio, Dodd negó su participación diciendo que él “amaba a los niños”, a medida que pasó la noche y la policía le recordó que trabajaba en una planta a menos de dos kilómetros de dónde había sido hallado Lee Iseli, empezó a confesar todo brutalmente, dando detalles pormenorizados. Mientras sus interrogadores se descomponían escuchándolo, él disfrutaba más y más. Dodd descubrió, en ese momento, que su confesión le daba la oportunidad de revivir sus crímenes y eso le otorgaba mucho placer.

Se declaró culpable. En el juicio, entonces, sólo se decidiría su castigo.

El equipo de investigación fue con una orden de allanamiento a su vivienda de Vancouver. En el pequeño, pero ordenado departamento, encontraron: sogas y cinturones para atar a sus víctimas; cuchillos X-Acto de alta precisión; cuerdas en la cabecera y piecera de su cama; cuatro libros para padres e hijos; una copia del Nuevo Testamento con las palabras “Satán vive”, garabateadas en sus páginas; una cama de tortura que todavía no había sido usada; la ropa interior de Lee Iseli y un portafolio lleno de fotos… En ese portafolio encontraron lo peor: las fotografías polaroid de los abusos y torturas a Lee Iseli.

Dodd no tenía pensado detenerse nunca.

Por suerte, James Kirk II le hizo caso a su madre y gritó enloquecido. Sino Dodd hubiese seguido su sangriento derrotero.

La historia de Dodd cambió la manera de proceder de las fuerzas de la ley y las conductas de las familias. Logró, además, que se endurecieran las leyes contra los abusadores de niños.

Dodd confesó haber cometido unos 250 delitos contra niños. Durante el juicio, los siniestros diarios del acusado -en los que aceptaba su culpabilidad y describía los hechos- fueron leídos por la fiscalía en voz alta. También se mostraron sus propias fotos. La defensa no llamó a ningún testigo, se dedicó a pretender probar que Dodd era legalmente insano.

Pero el fiscal, Roger Bennett, ironizó efectivamente frente al jurado: "Miren lo que al señor Dodd le gusta hacer en su tiempo libre”. Y pasó a detallar lo que nadie quería escuchar.

La fiscalía pidió la pena de muerte y el jurado, seis hombres y seis mujeres, estuvo absolutamente de acuerdo. Uno de esos jurados se desmayó en la sala mientras se leían las atrocidades cometidas por Dodd.

El panfleto de la bestia, películas y libros

Dodd se dio el gusto de escribir un panfleto para padres sobre cómo mantener a los chicos a salvo de pedófilos como él. La comunidad donde él atacó dijo que no necesitaban que Dodd fuera su portavoz en contra de la pedofilia, no querían ser manipulados por este pavoroso personaje.

Pero Dodd necesitaba hablar y llamar la atención. Dio decenas de entrevistas a diarios y revistas. Llegó también a los talk shows de TV como el de Sally Jesse Raphael y tuvo un especial en la CNN. Desde la cárcel llamaba desde su propio celular a las radios. Hablaba con cualquiera que quisiera escucharlo. Encontraba placer en su infame-fama.

Durante el juicio, el juez Robert Harris se agotó de tanto rebusque mediático y lo amenazó: si seguía así endurecería sus condiciones de encarcelamiento y revocaría sus permisos de hablar por teléfono o mail. Cuando el acusado pidió que su juicio fuera televisado, el juez harto de tanta exposición, se lo negó.

La muerte de Lee Iseli en manos de Dodd fue retratada por Netflix en la serie Real Detective (Detective Real), en el episodio Malicia. Además, muchos libros fueron escritos sobre el caso. Uno fue Driven to Kill, del autor de crímenes reales Gary C. King. Otro, fue del psiquiatra forense Ronald Turco, que escribió sobre su experiencia en el caso cuando fue llamado para elaborar el perfil del asesino.

¿Qué pueden hacer los padres?

Westley Allan Dodd se convirtió en el símbolo de lo que se hacía mal en la sociedad. A pesar de su larguísimo historial de abusos nada funcionó para prevenir lo que vendría.

El caso le dio ímpetu al grupo de ciudadanos comprometidos, The Tennis Shoe Brigade, que demandaban: sentencias más largas para depredadores sexuales; terminar con las liberaciones anticipadas de los condenados; obligarlos a hacer tratamientos para rehabilitación y la creación de un registro obligatorio de delincuentes sexuales en el estado de Washington.

En Estados Unidos hay unos 354.600 chicos que son secuestrados por un miembro familiar cada año. Los raptados por un desconocido son muchos menos, cerca de 200. De esos casos no todos terminan en violación y muerte. Pero cada vez que ocurre, obviamente, los padres entran en pánico absoluto. La pregunta del millón es: ¿se puede prevenir? Las pautas de las autoridades del NCMEC (National Center for Missing and Exploited Children), del país del Norte dicen que sí y sugieren algunas conductas básicas:

-Acompañar siempre a los chicos a los baños públicos.

-Cuando estén solos en casa deben saber mantener las puertas cerradas y jamás decirle a alguien que estarán solos.

-Deben saber cómo llamar a un vecino si tienen miedo o necesitan ayuda.

-Si se pierden en un lugar público hay que enseñarles cómo buscar ayuda segura.

-Tienen que saber decir NO a un adulto, aun si el adulto se les acerca pidiendo ayuda.

-Bajo ninguna circunstancia deben subirse a un auto, aceptar dinero o tareas de un extraño.

-Tienen que estar preparados para gritar, patear y hacer todo lo que haga falta si algún extraño los agarra por la fuerza. Deben gritar claro y fuerte: “Él no es mi padre”.

Condena cantada

Westley Allan Dodd se esmeró en dejar documentado todo el horror que cometió. Eso facilitó enormemente la tarea policial.

Dodd admitió que era incontrolable y que volvería a matar si tuviera la chance: “Tengo que ser ejecutado antes de que tenga la oportunidad de escapar y vuelva a matar a alguien. Porque si escapo, yo les prometo que volveré a violar y a matar y voy a disfrutar cada minuto de ello (...) No voy a intentar mitigar mis culpas. Sería solo una excusa (...) Debo ser castigado con todo el peso de la ley, como todo los delincuentes sexuales y asesinos. Si mi muerte le trae alivio a las familias de la víctimas, ¡que sea tan pronto como sea posible!”, dijo a la Corte.

El psicólogo Kenneth Von Cleve dijo que vio en el acusado un peligro severo: "La historia de asaltos sexuales a menores de el señor Dodd es las más larga que he visto en mi vida en un hombre de su edad”. Y concluyó que Dodd en libertad era “un riesgo extremadamente alto. Que podía volver a hacerlo”.

El 14 de julio de 1990, fue condenado a muerte. Le dieron a elegir: inyección letal o ser colgado. Él eligió la horca, porque "esa fue la manera que Lee Iseli murió”, explicó. Los símbolos para él eran importantes.

Pero su elección generó controversias. La Unión Americana para las Libertades Civiles (American Civil Liberties Union) sostuvo que el método era una violación de la 8 enmienda de la Constitución Americana. El argumento no conmovió a nadie. Los hechos eran aberrantes por donde se los mirara.

Su ejecución en la horca fue la primera en los Estados Unidos desde 1965 y fue presenciada por 12 testigos: familiares de las víctimas, periodistas y oficiales de policía. Afuera de la prisión dos grupos de gente, con opiniones enfrentadas, gritaban.

Su última comida fue salmón hervido y papas fritas. Y sus palabras, recogidas ese día por los periodistas, fueron: “Una vez alguien que no recuerdo me preguntó si había alguna manera de que se pudiera parar a los abusadores sexuales y violadores. Le dije que no. Pero estaba equivocado. Estaba equivocado cuando dije que no había esperanza, que no había paz. Hay esperanza, hay paz. Yo encontré las dos en el Señor Jesucristo. Miren a Jesucristo y encontrarán la paz”.

A las 12.05 del 5 de enero de 1993, en la penitenciaría de Walla Walla, Dodd fue ejecutado. Tenía 29 años recién cumplidos.

Le llevó 3 minutos morir, dijeron los forenses. Mucho menos que la agonía que padeció su última víctima, Lee Iseli, que pasó una noche aterrado en sus manos y fue ahorcado, resucitado y vuelto a ahorcar.

Hay historias que revuelven las tripas. Esta es una de ellas. Tanto como para que Jensen, el detective que lo interrogó, dejó la fuerza y renunció años después del caso Dodd. Le diagnosticaron estrés postraumático. Había visto y escuchado demasiada maldad.

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