
“Hollywood es una casa de putas donde todos se vuelven locos”, dijo John Cusak.
Si eso es cierto, se comprende porqué Renée Zellweger, hija de un ingeniero noruego y una enfermera suiza, decidió un exilio de seis años fuera de los sets, las cámaras, los gritos y las pantallas.
No fue poco riesgo: las desapariciones súbitas, muchas veces, son un viaje sin retorno.
Sin embargo, no fue fácil, para el business del séptimo arte, olvidar una cara tan bella como atípica, y tan alejada de los estereotipos estéticos de ese mundillo, tan poderoso y demandante como un segundo astro rey después del Sol.
Tal vez se extrañaron mutuamente, se llamaron en secreto…, y Zellweger dio el primer paso del Operativo Retorno: volvió a levantar el telón sobre sus kilos de más, sus inolvidables ojos azules y algo achinados, y sus prominentes pómulos en la alfombra de los Woman in Hollywood Awards.
Era octubre de 2014, y nada de aquello –¡tan personal!– había sobrevivido. Aquellos kilos volaron para dejar paso a una figura estilizada. Todo rastro de arrugas se esfumó. Los ojos algo mandarines…, lo eran menos. Y hasta los inconmovibles pómulos habían cedido (aunque no del todo) ante el bisturí.
Los medios, la gente, las redes solo hablaron de su aspecto. La humillaron, ridiculizaron, se burlaron de ella. El escrutinio público fue cruel e implacable.

Pasados dos años, y luego de haber soportado el incansable acoso de la prensa, decidió hacer frente a los comentarios en una frontal y dura carta enviada al Huffington Post. Ya había regresado con la secuela El bebé de Bridget Jones. Se más sentía fuerte.
“No entiendo por qué tanta sorpresa y tanto cotilleo. Cambié algo mi cara y mis ojos. No es un acontecimiento de interés nacional. Sin embargo, hasta periodistas serios –o tomados por tal– lo convirtieron en un tema de primera plana. Es muy desconcertante. Revela la frívola pero poderosa fijación social por el cuerpo, lo físico, en detrimento de lo realmente importante”.
Lo que la preocupó no fue que su cirugía plástica se conociera, sino que se su historia fuera utilizada para poner de manifiesto los valores que regían a las mujeres. “No es un secreto que el valor de las mujeres fuera medido históricamente por su apariencia. Muy flaca, muy gorda, envejecida, mejor morocha, con celulitis, un estiramiento facial escandaloso, gordita o embarazada. Feos zapatos, feos pies, fea sonrisa, feas manos, feo vestido, fea carcajada”.
Y habló de bullying. prejuicios, igualdad y aceptación. “Quizás debamos debatir más acerca de por qué vemos de compartir colectivamente un apetito de ser testigos de personas humilladas por ataques por su apariencia y cómo impacta en generaciones más jóvenes. Quizás podamos debatir más sobre nuestros muchos desafíos sociales y cómo podemos hacerlo mejor”, concluyó.

Pero varios expertos en belleza pusieron a Renée bajo su indomable lupa. Veredicto: “También se retocó la nariz, se estiró los párpados, y se aplicó botox en la frente, que ahora luce lisa como la de una beba”.
¿Y cuando se habló del arte? Tarde y poco, olvidando que colosal éxito en el film El Diario de Bridget Jones la obligó, en cada entrega, a cambiar de aspecto, y en especial de peso. Para la primera debió engordar… ¡trece kilos!, y aprender el acento británico. Además y según el caso y el rol, su melena fue rubia, negra, larga, corta.
Ya en esta nueva etapa, se abrió a la prensa: “Mi nueva cara es de felicidad. Mi vida es más feliz y más plena. ¡Estoy sana! Me sometí a horarios crueles, inhumanos, y no supe ocultar esa crisis. Pero se acabó…”.
¿Hombres? No muchos, no tan pocos. Uno de los primeros fue Jim (de las mil caras) Carrey, vigente un año: 1999-2000. Luego, el músico Jack White: fugaz. En 2005, boda con otro músico, Kenny Chesney, y divorcio cinco meses después, pedido por ella, bajo la acusación de fraude. Siguió una larga amistad, y algo más, con Bradley Cooper, y hace seis años que es pareja de Doyle Bramhall, músico, guitarrista y productor de discos.
En una extensa entrevista con la revista New York Magazine, explicó que su decisión de dejar de actuar en 2010 tuvo un solo y dramático motivo: había caído en una profunda depresión y necesitaba descansar.
“Mi vida estaba llena de sombras. No estaba sana. No me estaba cuidando a mí misma. Fui lo último en mi lista de prioridades ", se sinceró.

En un pozo de tristeza, Zellweger recurrió a terapia por primera vez en su vida. La actriz confesó que fue su terapeuta quien la ayudó a “navegar por las emociones que sentía durante mi retiro de Hollywood” en pleno éxito de su carrera.
“Reconocí que pasé el 99 % de mi vida como persona pública y solo una migaja microscópica de una fracción como una persona real”, recordó la actriz, que luego de su ostracismo voluntario y a los 50 años volvió como protagonista de la serie Dilema (Netflix).
“Sentí que estaba perdiendo mi identidad. Era insoportable. Una carrera en el cine nada tiene que ver con la vida real. Es una máscara, sólo una máscara…”, confesó ya dispuesta a enfrentar nuevamente a la prensa.
Es más: admitió que para su nuevo retorno no eligió el cine. Prefirió la televisión, “porque ya no hay diferencia entre ambas, y a veces la pantalla chica supera a la gigante”.
Pero el amor por el cine pudo más. Y para esta nueva apuesta a su eterno amor, la elección no pudo ser mejor: una biopic sobre los últimos años de la dramática vida de Judy Garland, muerta por sobredosis de barbitúricos en 1969, a los 47 años, luego de una vida en el set (casi prisionera junto con su inseparable Mickey Roonie) y una larga pesadilla de depresiones, insomnio, y cócteles de pastillas para mantenerse en pie.
¿Qué hizo esos años fuera de los focos de la fama? Renée abrazó el campo solidario. Trabajó para organizaciones benéficas que luchan por la protección y la defensa de las mujeres en todo el planeta. En su caso, “pasé mucho tiempo en Liberia desarrollando un programa escolar para mujeres jóvenes”. También siguió con su terapia, hizo viajes que antes las obligaciones le impedían, asistió a clases en la Universidad de California, Los Ángeles, y escribió un piloto para Lifetime, que aunque fue rechazado por el canal la hizo sentirse plena.
Hoy, ya segura del lugar que desea ocupar, usa una dura y especial palabra para definir a Hollywood: “¡Tóxico!”

Sin embargo, tendrá, por unos días que abjurar del denuesto: su rol de Judy es ficha ganadora de más de un premio. Al fin y al cabo, como Meryl Streep o Jack Nicholson, pertenece a la elite de los poquísimos nominados tres veces, en años seguidos, al Oscar: el becerro de oro de la capital del cine. En su caso, por El Diario de Bridget Jones, Chicago y Cold Mountain. Las tres, producidas por el hoy Bestia Negra Harvey Weinstein, envuelto desde 2017 por la venenosa nube de acoso, abuso o violación sobre actrices a cambio de un pase libre al éxito. O supuesto éxito…
Interrogada sobre ese lúgubre caso, Reneé aclaró en un comunicado que “jamás hubo un acercamiento, ni me sentí una posible víctima. Salí indemne”.

Volviendo a Judy, se puso en el cuerpo y el alma de la atormentada estrella durante sus últimos días de vida en Londres, en los que –aunque destrozada– desplegó cinco semanas de agotadores conciertos con boleterías agotadas. Titánica, y una prueba de fuego para Reneé. Alguien capaz de volar sobre el arco iris (Over the Rainbow)…, ida y vuelta. Porque allí vuelve a cantar. Algo que hizo con genio en el musical Chicago, año 2002.
Créase o no, a pesar de tanta noticia positiva, todavía la acosan los comentarios –algunos, virulentos; todos, estúpidos– sobre sus cambios estéticos. Pero los responde con sabiduría: “Lejos de deprimirme, me hicieron sentirme mejor. Me hicieron aprender una gran lección sobre qué clase de mujer soy”.

En cuanto a las sospechas de haber cedido ante la extorsión de Weinstein a cambio de algunos roles, que cada tanto vuelven a la costa, como las olas -y que lanzó la actriz Melissa Sagemiller, una de las demandantes del productor- adoptó el silencio absoluto después de su comunicado, “porque en Hollywood, negar algo es ser culpable y manipuladora. ¡Al diablo! Espero que de algún modo se repare tanto daño”.
Lo dicho. Renée Zellweger. Una mujer capaz de interrogarse, juzgarse, y decidir que la vida real es más importante que la oculta por el maquillaje y los disfraces. Aunque siga jugando a lo que más sabe.
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