
"En Buenos Aires no tomaba sola ni un colectivo”, recuerda Daniela Sandoval (31 años). Pero esa anécdota quedó en el pasado. Hoy la abogada recibida en la Universidad Católica de Buenos Aires no solo dejó atrás sus fobias: emigró a Australia en busca de un cambio de vida. Y lo logró: en menos de cuatro años venció todas sus limitaciones, es dueña de un restaurante de comida brasilera... y va por más.
“Soy trilliza”, dice Daniela al presentarse. “Soy la del medio. Primero Nahuel y después Matías. Desde chica, por ser la única mujer, estuve acostumbrada a que hicieran todo por mí. Y a medida que crecía, lejos de independizarme, necesitaba más a mi familia”.
Sin embargo, dejó atrás a esa familia, a sus amigos, a su perro, y a su profesión, cruzó el Pacífico, y alcanzó la meta más difícil: la independencia.
Hasta los 27 años, Daniela no tuvo sorpresas: solo rutina.
Nació en Hurlingham, padre empresario, madre ejecutiva de cuentas, fue siempre al mismo colegio (allí se recibió), y forjó su núcleo de amigos .
“Tuve una educación muy, muy, conservadora. Estudié en el St. Hilda’s College, un colegio bilingüe, con formación académica estricta: doble jornada en todas las materias tradicionales, y además las complementarias: música, coro, teatro, artes plásticas, atletismo, campeonatos, y hasta viajes al Reino Unido..., algo que jamás me animé a hacer”.
Una vez que terminó el colegio, la gran incógnita: qué estudiar. Sin pensar mucho, eligió Derecho.
“Fue bastante simple. La carrera la hice al toque. Me la pasaba leyendo, memorizaba… ¡pasaba! Por un lado quería abrir un estudio, conseguir buenos clientes, y vivir bien. Pero por otro me tentaba el proyecto de empezar otra vida en el extranjero: algo muuuy difícil, porque tenía que revalidar mi título. De todos modos, por consejo de mi madre, trabajé un año en un estudio jurídico de en microcentro. Ella solo me dejaba partir si ganaba experiencia laboral”...
El primer plan fue Barcelona. Cerca del mar, el mismo idioma, y una cultura bastante similar a la argentina. Sin embargo, la novia de un amigo la tentó a ir más lejos. “Me estoy yendo a Australia en diciembre, me dijo, y me invitó a ir con ella. Lo pensé varias semanas, y veinte días antes saqué el pasaje: ¡el más caro de mi vida!”.
“Llegué un 28 de diciembre. Solo conocía a un amigo. Sabía que era un destino de argentinos. Que ibas con algo de plata, conseguías trabajo, y vivías muy bien. ¡Perfecto!”
El destino elegido en Australia fue Bondi Beach, una de las playas más codiciadas del país: arenas blancas, olas para surf y relax para el cuerpo y el alma.

“Me enamoré de ese paraíso. Lejos de buscar trabajo, me gasté todos mis ahorros en dos meses. Salía casi todas las noches, recorría playas, vivía de vacaciones. Hasta que un día fui a comprar un trago, y no pude, porque me rechazaron la tarjeta por falta de fondos”.
Casi desesperada, Daniela acudió a su madre y le pidió más plata para poder seguir viviendo hasta que consiguiera trabajo.
“Algo muy extraño: conseguí hacer ramos de flores para el Día de San Valentín, ¡y me pagaron! Con ese levanté mis deudas…”.
Sus días se dividían entre el trabajo y la playa. “La segunda experiencia fue repartir panfletos en los buzones de las casas con una chica que vivía conmigo. Pero pagaban muy poco, y tuve que buscar otra opción”.
Y la oportunidad laboral llegó en el famoso bar… ¡de la tarjeta rechazada!, que estaba en Bondi Beach.
“Iba todos los miércoles. En una mesa estaba mi futuro jefe, y me entrevistó ahí mismo. Me pidió que lo llamara, pero no lo hice, por desconfianza. Pero pasaron unos días, y me decidí”.
La tarea era simple: “Vender cremas con sales del Mar Muerto en un stand del shopping. De quince días, trabajaba catorce. Lo odié, me estresaba, pero fue un trabajo clave para aprender ventas: algo que me sirvió después… Pero al final renuncié, y me angustié mucho. ¿Qué más podía hacer?
Deprimida, sin un rumbo claro, Daniela se replanteaba todas sus decisiones.
“Un día, en casa, hablé con un amigo, Jack, que estaba en una situación parecida. Le propuse armar un proyecto urgente, porque si no tendría que volver a Buenos Aires”.
En tres semanas, con impulso y motivación, la dupla de amigos montó un plan de negocios gastronómico que dio vida a La Favela Bondi, un restaurante de comida y platos tradicionales de Brasil.

“Para empezar pedimos dos préstamos al banco. Y fue muy fácil, din tanto papleo y con buenas condiciones para devolver el monto que habíamos solicitado. Luego, encontramos un espacio que nos encantó. Teníamos que hacerlo a nuevo, con poca plata restauramos los muebles, pintamos las paredes y acondicionamos el lugar. Fue un desafío increíble: pensar desde el diseño hasta el menú… ¡y sin experiencia!”, cuenta.
“La Favela Bondi Tiene espíritu alegre: empieza en su diseño, y termina en sus sabores. Además todos los sábados tenemos feijoada con música en vivo. Y lo mejor, a metros del mar”.
Y Daniela cumplió con esa frase que siempre rondaba su cabeza: “Trabajar descalza y cerca de la playa”.

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